Siempre se me ha enseñado a orar, pero a menudo parece que no recibo respuesta. Tengo fe y creo que soy digno. ¿Qué debo hacer?

• Creo que todos hemos enfrentado el problema de las oraciones “no contestadas”; al ocurrir eso, se nos plantea una situación difícil. Usualmente no nos preocupa que las oraciones sean contestadas o no cuando todo anda bien; mas cuando estamos en dificultades, cuando tenemos necesidades especiales, entonces buscamos con cierta ansiedad obtener una respuesta; y al no llegar ésta, parece que nuestra necesidad aumenta.

• En esa situación es natural llegar a pensar: “¿Dónde estás, Padre Celestial? ¿Estás escuchando?”

• Podemos contestar a esas preguntas recordando que Dios es constante y que obra según principios preestablecidos, con sabiduría y no por impulsos. También debemos recordar que Él ha prometido no dejarnos solos; de manera que, a parecer mío, si no obtenemos respuesta, el problema no es el Señor sino nosotros y nuestra forma de pedir.

• ¿Cuáles son algunos de los problemas comunes que pueden impedirnos recibir una respuesta? Uno de ellos es que pedimos impacientemente; por lo general esperamos que el Señor nos dé respuestas inmediatas; pero Él no nos ha prometido eso, y a veces es para nuestro bien que demora. Cuando no contesta nuestras preguntas inmediatamente, ni en el correr de un día, de una semana o de un mes, damos por sentado que no va a contestar nunca. Eso, naturalmente, es un error grave, ya que en tanto que continuemos nuestras oraciones, tenemos la promesa de una respuesta. Pero nunca se nos ha prometido respuesta a preguntas que no hacemos ni tampoco una respuesta inmediata.

• El segundo problema es que no escuchamos. Nuestros sentidos son bombardeados constantemente con otra información. Nos arrodillamos a orar y sentimos la dureza del piso debajo de las rodillas y la tensión de los brazos cruzados sobre el pecho; pasa un camión a toda marcha frente a la casa; la lluvia golpea; el reloj deja oír su sonoro tictac… No es de extrañar que sea difícil encontrar suficiente tranquilidad espiritual como para escuchar las cosas que el Señor está tratando de decirnos. Pero podemos empeorar la situación si fracasamos en el intento de hacer un esfuerzo verdadero para prestar atención. Pronunciamos nuestras oraciones, y aun cuando sea con sentimiento y sinceridad, parecería que no le damos demasiada importancia porque inmediatamente nos incorporamos y saltamos a la cama, o nos levantamos y salimos apresurados para el trabajo, o conversamos con nuestros familiares acerca de cosas que no se relacionan con la oración que acabamos de dar.

• ¿Cómo puede el Señor hacernos oír una respuesta en esas condiciones? Se requiere práctica y paciencia para aprender a recibir comunicaciones espirituales, aun en las mejores circunstancias. Repito: la dificultad no es del Señor sino nuestra. Creo que Él nos dará las respuestas bastante generosamente, pero si no estamos prestando atención o si no estamos en comunión con su Espíritu, no les recibiremos o no las entenderemos. El resultado es que tal vez pensemos que el Señor ni siquiera nos está escuchando, cuando el problema verdadero es que nosotros somos quienes no escuchamos.

• Podemos aprender a escuchar tratando de libramos de interferencias externas, así como internas, y dedicando tiempo a sentir el Espíritu.

• ¿Qué más podemos considerar al intentar recibir respuesta a una oración? Primero, no debemos esperar que el Señor lo haga todo por nosotros. Oliverio Cowdery recibió una revelación especial enseñándole ese principio:

• “He aquí, no has entendido: has supuesto que yo te lo concedería cuando no pensaste sino en preguntarme.” (D. y C. 9:7.)

• Luego el Señor explica el procedimiento: Primero debemos estudiar el problema y considerar los distintos factores que pesan sobre el mismo; luego debemos llegar a una decisión. Entonces podemos acudir al Señor para buscar su aprobación, sus sugerencias u otro consejo.

En segundo lugar, debemos tener cuidado de no pedir “lo que no debes pedir” (D. y C. 8:10). Ocasionalmente pedimos cosas que no serían para nuestro bien; en tales casos el Señor se muestra muy bondadoso al no concedernos nuestros deseos. Pero cuando queremos algo intensamente, es común que no escuchemos la respuesta si no es la que esperamos; y como el Señor no nos va a dar algo que sabe que sería perjudicial para nosotros, nos parece que no nos contesta.

En tercer lugar, debemos sentirnos deseosos de esforzarnos por obtener la respuesta a nuestras oraciones. Si oramos para salir de deudas y luego nos quedamos sentados esperando que alguien venga milagrosamente y nos dé la cantidad exacta que necesitamos, probablemente nos sentiremos desilusionados; si oramos para salir de deudas, debemos estar dispuestos a trabajar mucho y ser lo suficientemente inteligentes para lograr lo que queremos. Cuando los misioneros oran para ser dirigidos hacia los de corazón honesto, deben sentirse deseosos de ir en la dirección que se les muestra. Si una persona ora pidiendo un testimonio, debe hacer su parte estudiando los mandamientos y viviéndolos.

Cuarto, debemos aprender a reconocer la respuesta cuando nos llega. Una persona bien puede hacer todo lo antedicho y sin embargo tal vez no oiga lo que el Señor está tratando de decirle; parte de la dificultad puede radicar en el hecho de que sencillamente no conoce la voz del Señor; y tal vez no sepa cómo se siente uno cuando recibe una respuesta, de manera que no la reconoce como tal.

• Hay muchas maneras en que las oraciones son contestadas: José Smith a menudo tuvo visitaciones angélicas; Moisés, oyó una voz que provenía de la zarza ardiente; algunas personas tienen sueños. Debo confesar que nunca he visto una visión ni he tenido tales sueños, ni he oído una voz que me hable desde el otro lado del velo; pero puedo identificarme con Enós cuando dijo:

• “Y mientras me hallaba así luchando en el espíritu, he aquí que la voz del Señor de nuevo llegó a mi alma. . .” (Enós 10.)

• Así es como el Señor generalmente contesta las oraciones. Posiblemente Él sepa que es la forma en la que estoy mejor preparado para escucharlo.

• También contesta en otras maneras. A Oliverio Cowdery le habló en cuanto a un sentimiento que es como un ardor en el pecho (D. y C. 9:8). He sabido que esa sensación se percibe en formas diferentes; para unos es una impresión cálida en el pecho, para otros es un sentimiento de euforia, y para algunos tal vez se presente en otra forma.

• Pero debemos recordar que el ardor en el pecho no es el método que el Señor menciona más como medio para contestar oraciones. En revelaciones a José Smith, Oliverio Cowdery y Hyrum Smith, se refiere a contestar iluminando la mente, hablando paz al alma, manifestándole las cosas al individuo en la mente y en el corazón, y llenando de gozo al alma (D. y C. 6:15, 23; 8:2; 11:13-14). Él nos hablará en las formas que sean más eficaces para nuestra condición. Debemos aprender a reconocer cómo nos sentimos cuando el Espíritu nos acompaña y se comunica con nosotros.

• A veces la respuesta a la oración es un no. Podemos recibirla en La forma de un “estupor de pensamiento” (D. y C. 9:9); o puede venirnos como un sentimiento de obscuridad, de inquietud e intranquilidad, un sentimiento de malestar.

• Temo estar haciendo que esto parezca muy complicado. En realidad, no lo es una vez que lo hemos aprendido. Al buscar en justicia la ayuda y consejo del Señor, recordando los principios que hemos considerado aquí, desarrollaremos nuestra habilidad de recibir e interpretar las respuestas a nuestras oraciones.

• Nuestro Padre no es un ser cruel ni desinteresado. Él nos ama y quiere que nos desarrollemos y progresemos; además, está deseoso de contestar nuestras oraciones. El prometió mediante Santiago, hermano de Jesús:

• “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría” (o necesita consuelo, o busca instrucción o ayuda para vencer las cadenas del pecado, o desea ayuda celestial), “pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.

• Pero pida con fe, no dudando nada…” (Santiago 1:5-6.)