La función mundial y crucial de la religión

Liahona Junio 2017

La función mundial y crucial de la religión

Por el élder Dallin H. Oaks
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

El élder Oaks pronunció este discurso el 9 de junio de 2016 en la Universidad de Oxford, Inglaterra, durante un simposio sobre la libertad de culto.

No podemos perder la influencia de la religión en nuestra vida pública sin poner en serio riesgo todas nuestras libertades

religious scenes

Durante más de treinta años, he sido uno de los Doce Apóstoles de Jesucristo. Bajo la direción de nuestra Primera Presidencia, lideramos nuestra Iglesia mundial de casi dieciséis millones de miembros en poco más de 30.000 congregaciones. Enseñamos y testificamos sobre la divinidad de Jesucristo y Su sacerdocio, y la plenitud de Su doctrina. Algo singular en nuestra doctrina es el conocimiento de que Dios continúa llamando a profetas y apóstoles para que reciban revelación y enseñen cómo poner en práctica Sus mandamientos bajo las circunstancias de nuestros días.

1. La importancia de la religión a nivel mundial

La libertad de culto es algo que me ha interesado toda la vida. Mi primera publicación cuando era un joven profesor de derecho en la Universidad de Chicago hace cincuenta y cuatro años fue un libro que edité sobre la separación “Iglesia-Estado” en Estados Unidos1.

Hoy en día, mucho más que entonces, ninguno de nosotros puede ignorar la importancia de la religión a nivel mundial, ya sea en la política, en la resolución de conflictos, en el desarrollo económico, en la ayuda humanitaria y en otros aspectos más. El ochenta y cuatro por ciento de la población mundial se identifica con alguna religión en particular2; sin embargo, el setenta y siete por ciento de los habitantes del mundo vive en países con grandes o muy grandes restricciones en cuanto a la libertad de culto3. Comprender la religión y su relación con las inquietudes y los gobiernos mundiales es esencial a fin de procurar mejorar el mundo en el cual vivimos.

Aunque la libertad religiosa es algo desconocido en la mayoría del mundo y está bajo la amenaza del secularismo y del extremismo en el resto, yo defiendo el ideal según el cual las libertades que procura proteger la religión son concedidas por Dios e intrínsecas, pero que se implementan mediante relaciones mutuamente interdependientes con los gobiernos que buscan el bienestar de todos sus ciudadanos.

Por consiguiente, los gobiernos deben garantizar la libertad de culto para sus ciudadanos. Tal como se indica en el artículo 18 de la influyente Declaración Universal de Derechos Humanos de las Naciones Unidas: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”4.

Las correspondientes responsabilidades de la religión, por medio de sus adeptos, son observar las leyes y respetar la cultura del país que garantiza sus libertades. Cuando se garantizan las libertades religiosas, tal acto es una deuda de gratitud que se paga de buena gana.

Si hubiera una aceptación y una aplicación uniformes de esos principios generales, no habría necesidad alguna de estas deliberaciones sobre la libertad de culto. No obstante, como todos sabemos, el mundo está asediado por conflictos relativos a esos principios generales. Por ejemplo, hay voces prominentes que ahora cuestionan la idea en sí de protecciones específicas para la religión. Uno de esos libros se titula Freedom from Religion [Libres de la religión] y otro, Why Tolerate Religion? [¿Por qué tolerar la religión?]5.

Otras opiniones procuran marginar la religión y a los creyentes, por ejemplo, al limitar la libertad de culto a la enseñanza en las iglesias, sinagogas y mezquitas, mientras se niega el ejercicio de las creencias religiosas en público. Por supuesto que tales intentos transgreden las garantías de la Declaración Universal sobre el derecho a manifestar la religión o las creencias “tanto en público como en privado”. El libre ejercicio de la religión también debe aplicarse cuando los creyentes actúan como comunidad, por ejemplo, mediante sus labores en la formación académica, la medicina y la cultura.

2. Los valores sociales de la religión

También se critican creencias y prácticas religiosas tildándolas de irracionales y contrarias a importantes objetivos gubernamentales y sociales. Yo, por supuesto, mantengo que la religión es singularmente valiosa para la sociedad. Tal como un ateo ha admitido en un reciente libro: “No hace falta ser un creyente religioso para entender que los valores esenciales de la civilización occidental están arraigados en la religión y para preocuparse porque la erosión de la observancia religiosa socava, por lo tanto, esos valores”6. Uno de dichos “valores esenciales” es el concepto de la dignidad y el valor intrínsecos al ser humano.

historical figures

La Madre Teresa, el Dr. Martin Luther King Jr., el Presidente de Estados Unidos Abraham Lincoln, el obispo Desdmond Tutu y William Wilberforce.

Los siguientes son otros siete ejemplos de los valores sociales de la religión:

1. Muchos de los avances más significativos de la civilización occidental han sido motivados por principios religiosos, y la predicación de estos desde el púlpito ha persuadido a que se adopten de manera oficial. Así fue con la abolición del comercio de esclavos en el Imperio Británico, la Proclamación de Emancipación en Estados Unidos y el Movimiento por los Derechos Civiles de los últimos cincuenta años. A aquellos avances no los motivó ni impulsó la ética secular, sino que los impulsaron principalmente personas que tenían una clara visión religiosa de lo que era moralmente correcto. Seguir leyendo

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Los domingos son para otro fin

Liahona Junio 2017

Los domingos son para otro fin

Por Alexei Chemezov
El autor vive en Leópolis, Ucrania.

Nos dimos cuenta de que invitar a Nikolai a vivir los principios del Evangelio era más eficaz que tan solo hablarle de ellos.

couple and friend walking to church

Hace muchos años, mientras trabajaba como vendedor ambulante en un pequeño poblado de Polonia, conocí a un hombre llamado Nikolai Shaveko. Descubrimos que ambos proveníamos de Chernígov, Ucrania, y pronto nos hicimos amigos.

Con el tiempo, me enteré de que Nikolai no tenía dónde alojarse, de modo que mi esposa y yo lo invitamos a quedarse con nosotros. Nuestro apartamento no tenía muy buena calefacción ni era muy cómodo, pero tenía una habitación adicional. Nos respondió que sí de manera agradecida y se alojó con nosotros durante algún tiempo; y comenzó a ver cómo vivíamos.

¿No trabajan los domingos?

Como la mayoría de los vendedores ambulantes de productos domésticos, necesitábamos trabajar arduamente muchas horas para tener dinero suficiente para subsistir. No obstante, a diferencia de la mayoría de las personas, mi esposa y yo no trabajábamos los domingos. Un día, Nikolai preguntó por qué. ¿Por qué dejamos de trabajar y de ganar dinero durante un día entero?

“Los domingos no existen para trabajar ni para ganar dinero”, le dije. “Se hicieron con un propósito diferente”.

“Pero, ¿cómo se las arreglan para pagar la comida y el alquiler del apartamento si no trabajan siete días a la semana?”, preguntó.

Para contestar su pregunta, lo invitamos a acompañarnos a los servicios de adoración. Aquella era la primera ocasión en que escuchaba sobre la Iglesia y no le dio mucha importancia en ese momento. Aún consideraba que éramos increíblemente extraños por preferir asistir a las reuniones en vez de ganar dinero. Sin embargo, de allí en adelante, le hablamos a menudo de nuestras creencias y, poco a poco, comenzó a interesarse más y más.

Ponlo a prueba y verás

Nikolai nos veía vivir lo que sabíamos que era verdadero; veía las bendiciones que recibíamos en nuestra vida. Es cierto, era difícil ganar el dinero suficiente para subsistir, pero sabíamos que lo correcto era santificar el día de reposo; y el Señor nos bendecía. Siempre teníamos suficiente dinero para pagar lo que necesitábamos. Aquello fortaleció nuestro testimonio de aquel principio y nos ayudó a ser mejores testigos para Nikolai. Tuvimos la convicción de invitarlo diciéndole: “¡Ponlo a prueba y verás!”.

Así lo hizo cierta semana; en lugar de ir a trabajar, asistió a la Iglesia con nosotros. Él no creía que fuera posible trabajar solo seis días a la semana, pero debido a la esperanza y las bendiciones que había visto en nuestra vida, lo puso a prueba.

Aquella semana, cuando contó el dinero, se sorprendió; ¡había ganado más dinero esa semana que lo que normalmente ganaba al trabajar los siete días de la semana!

También pon a prueba el diezmo

Lo mismo ocurrió cuando hablamos sobre el diezmo. Al principio, Nikolai no podía entender cómo podíamos renunciar al 10 por ciento de nuestros ingresos.

“¡Jamás tendré suficiente dinero para hacerlo!”, insistía.

Nosotros tan solo nos encogimos de hombros y dijimos: “Si lo pones a prueba, verás que sí”.

Se mostró escéptico, pero luego comenzó a esbozar una sonrisa. “De modo que es como aquello de no trabajar los domingos”, dijo. “Si pagas el diezmo, tendrás suficiente dinero para ti y para lo que necesites”.

Aquella fue una gran revelación para Nikolai; aprendió por experiencia propia que si obedecemos los mandamientos de Dios, Él nos bendice y las cosas resultan para nuestro beneficio.

Cuando Nikolai regresó a casa en Chernígov, invitó a los misioneros a que le enseñaran a él y a su familia; y poco después todos se unieron a la Iglesia. Más adelante, Nikolai prestó servicio como presidente de rama y su hija como misionera, en Rusia.

Nos agradaba hablar con Nikolai sobre la Iglesia pero, en definitiva, invitarlo a vivir los principios del Evangelio fue más poderoso que tan solo hablarle de ellos. Él y su familia obtuvieron un testimonio y cambiaron sus vidas porque eligieron vivir las verdades del Evangelio.

Vengan y vean

“Los invitamos a oír las verdades restauradas del evangelio de Jesucristo a fin de que las estudien, las mediten, oren y lleguen a saber por sí mismos si lo que estamos compartiendo con ustedes es verdad…

“Así como Jesús invitó a dos de Sus discípulos a venir y ver (véase Juan 1:39), los instamos a que vengan y vean si el evangelio restaurado de Jesucristo aumenta y enriquece aquello que ustedes ya saben que es verdad”.

Élder David A. Bednar, del Cuórum de los Doce Apóstoles, “Vengan y vean”, Liahona, noviembre de 2014, pág. 107.

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Recuperar mis convenios

Liahona Junio 2017

Recuperar mis convenios

Se ha omitido el nombre

Aprendí a atesorar mis convenios después de haber experimentado su pérdida a causa de la excomunión

distraught woman

Crecí en la Iglesia y me bauticé y fui confirmada a los ocho años de edad. El Evangelio era una forma de vida para mí y para la mayoría de las personas que me rodeaban. El Espíritu Santo era una presencia muy familiar en mi vida.

Cuando me excomulgaron, percibí un sentimiento casi tangible que se alejaba de mí. Sentía como si mi capacidad de pensamiento se hubiera visto afectada y ralentizada, y tomar decisiones era confuso y difícil. Sentía ansiedad y me era muy difícil tener paz.

Jamás me había dado cuenta del modo en que perder mi condición de miembro de la Iglesia cambiaría mi vida por completo. Ya no podía usar el gárment ni asistir al templo. No podía pagar el diezmo, ni prestar servicio en ningún llamamiento, ni tomar la Santa Cena, ni compartir mi testimonio u orar en la Iglesia. Ya no tenía el don del Espíritu Santo. Lo que es más importante, no estaba en una relación de convenio con mi Salvador a través de las ordenanzas del bautismo y del templo.

Estaba destrozada y aterrada. Por entonces, mis tres hijas tenían 16, 14 y 12 años de edad. Ellas eran mi legado y yo tenía un gran deseo de dejarles un patrimonio de esperanza. Les pedí que se sentaran y les dije que si moría antes de poder volver a bautizarme, necesitaría que realizaran la ordenanza de nuevo a mi favor tan pronto como se lo permitieran. Me aterraba no contar ya con las bendiciones de guardar mis convenios bautismales y me preocupaba que no pudiera ser limpiada otra vez.

Mi travesía de regreso

Jamás tuve duda alguna de que la Iglesia fuese verdadera y de que el Evangelio fuera el modo en que quería vivir la vida, así que continué asistiendo a la Iglesia. Quería que el Padre Celestial supiese que lo amaba y lamentaba mucho mis acciones. Iba a la Iglesia todas las semanas, aunque era muy difícil. El barrio se sentía incómodo con mi presencia y casi nadie deseaba hablarme. Sin embargo, había una joven especial que padecía síndrome de Down y se llamaba Holly, que era particularmente afectuosa. Cada domingo, al entrar en la capilla, ella corría hacia mí, me estrechaba en un gran abrazo y me decía: “¡Qué bueno verte! ¡Te quiero!”. Yo sentía como si ella actuara en nombre del Salvador, haciéndome saber que Él estaba feliz de que estuviera allí.

En particular, era difícil tener que dejar pasar de largo la Santa Cena sin poder tomarla, porque sabía que no recibía las bendiciones. Tomar la Santa Cena es una gran bendición; es increíble tener la bendición de ser limpiados mediante el poder del Salvador y Su sacrificio expiatorio, ser perdonados de nuestros pecados y debilidades semana tras semana, y volver a comprometerse con amor y fidelidad al convenio que hemos hecho de recordar siempre a nuestro Salvador y guardar Sus mandamientos.

Ya que pagar el diezmo era tan importante para mí, abrí una cuenta bancaria donde depositaba mis diezmos cada mes. Necesitaba que el Señor supiera que, aunque Él no pudiese aceptar mi diezmo entonces, aun así yo quería pagarlo. En aquel momento no estaba casada y criaba a mis tres hijas adolescentes, y sentía que necesitaba las bendiciones de mostrarle al Señor mi disposición de pagar el diezmo, a pesar de no poder hacerlo. No me cabe duda alguna de que se nos bendijo en extremo por ello.

La restauración de las bendiciones

smiling womanMe bautizaron de nuevo poco después de transcurrir un año de mi excomunión. ¡Qué alivio fue salir del agua sabiendo que Jesús era ahora mi abogado, mi compañero! Él había pagado por mis pecados y yo me hallaba de nuevo en una relación de convenio con Él. ¡Rebosaba de gratitud!

Recibí de nuevo el don del Espíritu Santo. Una vez más sentí una presencia tangible; ¡mi querido amigo había regresado para quedarse! Quería intentar con todas las fuerzas no ofenderlo otra vez para que no tuviera que dejarme.

Cerré la cuenta bancaria que contenía mis diezmos, libré un cheque por el dinero y se lo entregué al obispo con entusiasmo.

Cinco años después, se me restauraron las bendiciones del templo. Me sentí muy aliviada y agradecida. Una vez más se me cubría de amor y se me protegía mediante el poder de los convenios que había hecho en el templo.

Ahora estoy sellada a un hombre que me ama mucho y yo a él, y juntos trabajamos activamente para establecer nuestro sellamiento como un relación de convenio que perdurará por las eternidades.

La cautividad de la culpa

En los veinte años que han transcurrido desde entonces, a veces he tenido un sentimiento de gran culpa que me ha invadido y causado gran infelicidad e inquietud. Me preguntaba si había hecho lo suficiente para arrepentirme y si en verdad se me había perdonado. Apenas hace unos pocos años, mis sentimientos llegaron a compararse con los de Alma, hijo, que se describen en Alma 36:12–13:

“Me martirizaba un tormento eterno, porque mi alma estaba atribulada en sumo grado, y atormentada por todos mis pecados.

“Sí, me acordaba de todos mis pecados e iniquidades, por causa de los cuales yo era atormentado con las penas del infierno; sí, veía que me había rebelado contra mi Dios y que no había guardado sus santos mandamientos”.

Un día me arrodillé en oración y pregunté: “¿Padre, he hecho suficiente? Haré cualquier cosa que deba hacer para que se quite esto de mí”. Entonces esperé y escuché a mi corazón.

La respuesta llegó muy claramente: “Has hecho lo suficiente”. Yo rebosaba de puro gozo; no podía dejar de sonreír y me brotaban lágrimas de dicha. Todo aquel día me sentí llena de gozo. Toda la vergüenza y la culpa se fueron para siempre.

De nuevo reflexioné en la experiencia de Alma, hijo:

“Ya no me pude acordar más de mis dolores; sí, dejó de atormentarme el recuerdo de mis pecados.

“Y, ¡oh qué gozo, y qué luz tan maravillosa fue la que vi! Sí, mi alma se llenó de un gozo tan profundo como lo había sido mi dolor” (Alma 36:19–20).

Mi travesía para recuperar mi condición de miembro de la Iglesia y mi relación de convenio con el Salvador fue desgarradora y tierna. Salí de aquella prueba sabiendo que la expiación de Jesucristo es lo más preciado. Me ha llevado casi todos estos veinte años superar la vergüenza y la culpa de mi excomunión, y encontrar la fortaleza para compartir mis experiencias con los demás. Espero que mi experiencia inspire a otras personas a hallar el valor para cambiar y tender la mano a quienes quieran cambiar. Puedo testificar con firmeza y sin duda alguna que la expiación de Cristo es real; Su poder puede cambiar la vida de usted no solo para bien, sino para lo mejor posible.

Amo profundamente mi condición de miembro de la Iglesia; es un don de incalculable valor y una bendición increíble en mi vida. Jamás quiero volver a perderla.

El camino a una mayor felicidad

“Dondequiera que se encuentren en el sendero para heredar el don de la vida eterna, tienen la oportunidad de mostrar a las personas el camino a una mayor felicidad. Cuando deciden si van a hacer un convenio con Dios o si lo van a cumplir, deciden si van a dejar un legado de esperanza para aquellos que sigan su ejemplo”.

Presidente Henry B. Eyring, Primer Consejero de la Primera Presidencia, “Un incalculable legado de esperanza”, Liahona, mayo de 2014, pág. 22.

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La Primera Visión: La clave de la verdad

Liahona Junio 2017

La Primera Visión: La clave de la verdad

Por el élder Richard J. Maynes
De la Presidencia de los Setenta

Tomado de un devocional mundial para los jóvenes adultos, “La verdad restaurada”, que se pronunció en el Tabernáculo de Salt Lake el 1 de mayo de 2016; para leerlo y ver el video, visite lds.org/broadcasts. El texto completo de los cuatro relatos de la Primera Visión pueden consultarse en history.lds.org/firstvision.

No olvidemos ni subestimemos las muchas y preciadas verdades que hemos aprendido de la Primera Visión de José Smith

Los profetas, a lo largo de la historia, previeron y predijeron la restauración de la plenitud del evangelio de Jesucristo en los últimos días. Por lo tanto, la Restauración no debería tomar por sorpresa a quienes estudian las Escrituras. Decenas de declaraciones proféticas a lo largo del Antiguo Testamento, del Nuevo Testamento y del Libro de Mormón predicen y señalan claramente hacia la restauración del Evangelio1.

A finales de la década de 1790, aproximadamente 2.400 años después de que el rey Nabucodonosor viera en un sueño que “el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido” (Daniel 2:44), comenzó una serie de resurgimientos religiosos en Estados Unidos que duró décadas. Los historiadores conocen tales resurgimientos como parte del Segundo Gran Despertar. Fue a través de los conceptos antagónicos de esas reuniones de resurgimiento que José Smith y su familia transitaron su compromiso religioso.

En José ejercían una gran influencia las enseñanzas y las conversaciones de su padre, quien buscaba aunque no podía hallar entre las religiones de resurgimiento alguna que estuviera organizada según el orden antiguo de Jesucristo y Sus apóstoles. José escuchaba y meditaba durante el estudio de la Biblia en familia. Para los doce años de edad, empezó a preocuparse por sus pecados y el bienestar de su alma inmortal, lo cual lo llevó a escudriñar las Escrituras por su cuenta.

Mientras escudriñaba, decidió “hacer lo que Santiago aconsejaba, esto es, recurrir a Dios” (José Smith — Historia 1:13; véase también Santiago 1:5). La subsiguiente aparición a José de Dios el Padre y Su Hijo, el Señor Jesucristo, dio comienzo a la dispensación del cumplimiento de los tiempos.

Los cuatro relatos

young Joseph Smith

El profeta José Smith escribió o dictó cuatro narraciones de la Primera Visión. Además, sus contemporáneos registraron lo que recordaban haber oído decir a José acerca de la Visión. De ello se conocen cinco relatos. Es una bendición tener esos registros; hacen de la Primera Visión de José la visión mejor documentada de la historia. Los insto a ir a history.lds.org/?lang=spa para aprender más sobre los relatos y ver cómo presentan en conjunto un panorama más completo.

El ensayo en Temas del Evangelio “Relatos de la Primera Visión” afirma: “Los varios relatos de la Primera Visión narran una historia uniforme, aunque naturalmente difieren en énfasis y detalle. Los historiadores anticipan que cuando una persona vuelve a contar una experiencia en varios entornos a diferentes audiencias a lo largo de muchos años, cada relato hará hincapié en diversos aspectos de la experiencia y contendrá detalles únicos. De hecho, existen diferencias similares a las de los relatos de la Primera Visión en los múltiples relatos de las Escrituras de la visión de Pablo en el camino a Damasco y de la experiencia de los apóstoles en el Monte de la Transfiguración. Sin embargo, a pesar de las diferencias, existe una uniformidad básica a través de todos los relatos de la Primera Visión. Algunos han argumentado erróneamente que cualquier variación en el relato de la historia es evidencia de que es una invención. Pero, por el contrario, el abundante registro histórico nos permite aprender más acerca de este notable acontecimiento de lo que podríamos si estuviera menos documentado”2.

El relato de 1832

En primer lugar, el relato de 1832 es la narración escrita y detallada más antigua de la Primera Visión. Es parte de una autobiografía de seis páginas, la mayoría de la cual José escribió de su puño y letra. Ese documento ha estado en posesión de la Iglesia desde que se escribió. Después del viaje de los pioneros al Oeste, permaneció guardado en un baúl durante varios años y era desconocido, por lo general, hasta que se publicó en una tesis de maestría en 1965. Desde entonces se ha publicado en repetidas ocasiones, incluso en LDS.org y en The Joseph Smith Papers.

En el documento, José menciona que siente angustia por no saber dónde encontrar el perdón del Salvador. Y testifica: “El Señor abrió los cielos sobre mí y vi al Señor”3. Algunas personas han interpretado esa declaración como que José se refería a la aparición de un solo ser divino, aunque cuando se lee a la luz de los otros documentos, puede entenderse que la frase significa que Dios el Padre abrió los cielos y reveló a Su Hijo Jesucristo a José.

Ese relato recalca de manera hermosa la expiación del Salvador y la redención personal que brindó a José. Dice en parte: “El Señor… me habló diciendo: ‘José, hijo mío, tus pecados te son perdonados… fui crucificado por el mundo para que todos los que crean en mi nombre tengan vida eterna’”. José testificó que sintió gozo y amor, pero que no pudo encontrar a nadie que creyera. “Mi alma se llenó de amor y por muchos días me regocijé con gran gozo y el Señor estuvo conmigo, pero no pude encontrar a nadie que creyera en la visión celestial. No obstante, medité esas cosas en mi corazón”4.

El relato de 1835

Luego, el relato de 1835 es la descripción de la visión que José hizo a Robert Matthews, quien visitó Kirtland, Ohio, ese año. El escriba de José lo registró en el diario de este. No se incluyó en las primeras ediciones de la historia de José y se publicó por primera vez en BYU Studies, en la década de 1960. En ese relato, José testifica que Dios se le apareció primero y luego vio al Salvador, también: “[Elevé] al Señor una ferviente oración. Apareció una columna de fuego arriba de mi cabeza; esta gradualmente descendió hasta descansar sobre mí y fui lleno de un gozo indescriptible. Un Personaje surgió de entre medio de esta columna de fuego, la cual se extendía a todas partes y, aun así, no había consumido nada. Enseguida apareció otro Personaje, de la misma manera que lo hizo el Primero. Él me dijo, ‘Tus pecados te son perdonados’”. En ese relato, José también señaló: “Vi muchos ángeles en esa visión”5.

El relato de 1838

El relato de 1838 es el más conocido y proviene de la Historia Manuscrita de José. El primer borrador se escribió después que José huyó de Kirtland a principios de 1838, y el segundo, poco después de escapar de Misuri en 1839. De modo que se escribió en medio de gran oposición. Se publicó por primera vez en 1842 en Times and Seasons, el periódico de la Iglesia en Nauvoo, Illinois. También se incluyó en la Perla de Gran Precio en 1851, que en un principio era un folleto para los santos británicos; se canonizó como Escritura en 1880. Seguir leyendo

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El fiel miembro del sumo consejo

Liahona Junio 2017

El fiel miembro del sumo consejo

Por Donald A. Coe

Aprendí una valiosa lección sobre “impulsar desde donde estén” de un fiel sumo sacerdote de Alemania.

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En octubre de 2008, mientras escuchaba la transmisión de la sesión del sacerdocio de la conferencia general, el presidente Dieter F. Uchtdorf, Segundo Consejero de la Primera Presidencia, comenzó a hablar sobre prestar servicio en la Iglesia. Contó una historia sobre cómo él y otro hermano intentaron mover un pesado piano. Cuando todos sus esfuerzos fallaron, un hombre los instó a simplemente ponerse de pie juntos e “impulsar desde donde estuvieran”1.

El presidente Uchtdorf continuó hablando de servir en la Iglesia donde sea que uno es llamado a servir. Algunas personas sienten que podrían prestar mejor servicio si solo fueran llamados a hacer algo que se adaptara a sus considerables talentos. Dijo: “Ningún llamamiento es indigno de nosotros. Cada uno de ellos nos ofrece la oportunidad de servir y de progresar”2.

Mientras el presidente Uchtdorf hablaba, mi mente se dejó llevar a una época en que conocí a un modesto miembro de la Iglesia que estaba deseando impulsar desde donde estaba.

En 1985, yo estaba apostado como oficial del ejército de los EE. UU. en un pequeño pueblo de Alemania. Había servido en una misión en Alemania 10 años antes. A mi llegada en 1983, como soldado con mi esposa Debra, y dos hijas pequeñas, comenzamos a asistir a una rama militar de unos 100 miembros. Después de dos años, decidimos sumergirnos completamente en la cultura alemana y comenzamos a asistir a la pequeña Rama Bad Kreuznach, la cual tenía unos 12 miembros.

Alrededor de la segunda semana después de que comenzamos a asistir, notamos a un hombre nuevo allí. Tenía unos cuarenta y tantos años y nos enteramos que era el miembro del sumo consejo asignado a nuestra rama. Él no estaba allí para tratar asuntos de la estaca, solo estaba de visita. Hablamos un rato después de las reuniones de la Iglesia y, cuando nos despedimos, supuse que lo veríamos de nuevo quizás en seis meses.

A la semana siguiente, el miembro del sumo consejo estaba allí otra vez. Me enteré que vivía como a una hora de nuestro pequeño pueblo. Durante el resto de su llamamiento como miembro del sumo consejo, vino a nuestra rama dos o tres veces al mes. Era amigable, sencillo y alentador. Siempre hablaba con cada miembro de la rama. Y, con una rama tan pequeña, a menudo se le pedía que discursara. Impresionado por su dedicación, en mi mente lo apodé “el fiel miembro del sumo consejo”.

Un domingo vino a las reuniones de la rama por la mañana y luego regresó a las 18:00 h para asistir a un bautismo. Entre tanto, había ido a otra rama. Tengo que admitir que por mi mente cruzó el pensamiento: “¿Qué hizo para molestar al presidente de estaca? ¿Por qué otro motivo habría sido asignado a la rama de la estaca más pequeña y alejada?”. Quizás él no era en realidad el hombre inteligente, humilde y simpático que pensé que era. Quizás a él no le gustaba su propio barrio y usaba esta asignación para escaparse. No podía descifrarlo, así que simplemente lo acepté.

Varias semanas después de este bautismo, regresé a casa después de la medianoche, que ya era domingo. Había estado en unos entrenamientos militares cerca de la frontera entre Alemania Oriental y Occidental, y me había tomado tres horas y media llegar a casa. Estaba exhausto cuando entré. Mi esposa Debra aún estaba levantada. Me dijo que “el fiel miembro del sumo consejo” había llamado. Quería reunirse conmigo. Pregunté: “¿Antes o después de las reuniones de la Iglesia?”. La Iglesia comenzaba a las 10:00 h. Esperaba que fuera después, para que pudiera dormir hasta las 8:30. Seguir leyendo

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La autosuficiencia y el aprendizaje del Evangelio

Liahona Junio 2017

La autosuficiencia y el aprendizaje del Evangelio

Por David B. Marsh
Departamento del Sacerdocio y la Familia de la Iglesia

Cuando llegamos a ser autosuficientes en el aprendizaje del Evangelio, sabemos alimentarnos espiritualmente y fortalecer nuestra relación con Dios.

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Una vez, una maestra de jardín de infantes observaba a los niños de su clase mientras dibujaban. Al caminar por el salón para ver la obra de arte de cada niño, le preguntó a una pequeñita: “¿Qué estás dibujando?”. La niña respondió: “Estoy dibujando a Dios”. Algo sorprendida, la maestra le dijo: “Pero nadie sabe qué aspecto tiene Dios”. Sin vacilar, la niña contestó: “En un minuto lo sabrán”.

¿No sería estupendo tener ese nivel de confianza? En realidad, el Padre Celestial desea que estemos seguros del conocimiento que tenemos de Él. El Señor le dijo a Jeremías que no debemos gloriarnos en nuestra sabiduría, en nuestra valentía ni en nuestras riquezas. Más bien, dijo Él: “… alábese en esto el que haya de alabarse: en entenderme y conocerme…” (véase Jeremías 9:23–24).

El profeta José Smith (1805–1844) enseñó: “Dios no ha revelado nada a José que no hará saber a los Doce, y aun el menor de los santos podrá saber todas las cosas tan pronto como pueda soportarlas, pues llegará el día en que ningún hombre tendrá que decir a su prójimo: Conoce a Jehová; porque todos… lo conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande”1.

El llegar a estar seguros de nuestro conocimiento de Dios no sucede sin un esfuerzo personal. Los padres y los maestros pueden ayudar, pero debemos ser autosuficientes en nuestro aprendizaje del Evangelio. Tal como aprendemos a alimentarnos físicamente para sustentar nuestro cuerpo, debemos aprender a alimentarnos espiritualmente para sustentar nuestro espíritu.

Hace años, las gaviotas de San Agustín, Florida, EE. UU., estaban muriéndose de hambre. Por generaciones, las gaviotas habían aprendido a depender de que las flotas de pesca de camarones les brindaran los restos adheridos a sus redes. Con el tiempo, las embarcaciones de pesca de camarón se fueron de aquella zona. Las gaviotas no habían aprendido a pescar por sí mismas, ni tampoco habían enseñado a pescar a sus crías. Por consiguiente, las grandes y hermosas aves se estaban muriendo aunque había muchos peces a su alrededor en el agua2.

No podemos permitirnos ser como las gaviotas, ni tampoco podemos permitir que, a lo largo de su vida, nuestros hijos dependan de nosotros ni de otras personas en cuanto a su conocimiento del Señor. “Nuestros esfuerzos”, dijo el presidente Marion G. Romney (1897–1988), Primer Consejero de la Primera Presidencia, “deben tener siempre el objetivo de lograr que las personas capacitadas sean autosuficientes”3. Cuando llegamos a ser autosuficientes en el aprendizaje del Evangelio, sabemos alimentarnos espiritualmente y fortalecer nuestra relación con Dios.

El presidente Boyd K. Packer (1924–2015), Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles, enseñó: “La autosuficiencia espiritual es el poder sustentador de la Iglesia. Si les quitamos eso, ¿cómo pueden recibir la revelación de que hay un profeta de Dios? ¿Cómo pueden obtener respuestas a las oraciones? ¿Cómo pueden saber? Si nos apresuramos para responder todas sus preguntas y brindar muchas maneras de resolver todos sus problemas, podríamos terminar debilitándolos en vez de fortaleciéndolos”4.

Aunque nos gusta aprender y recibir inspiración en la Iglesia, nuestra nutrición espiritual no puede depender únicamente de ello. El presidente George Albert Smith (1870–1951) explicó: “Temo que como miembros de la Iglesia dependamos demasiado de las organizaciones auxiliares y del consejo de aquellos que no pertenecen a nuestra propia familia. Ya hemos oído hablar de muchas de las bendiciones que el Señor nos ha dado, en los registros sagrados que se han conservado hasta nuestros días, y que contienen el consejo de un Padre omnisciente. Parece extraño que tantos de los de nuestro pueblo… no estén familiarizados con el contenido de estos registros sagrados”5.

Me gusta aprender el Evangelio en la Iglesia, pero siento más entusiasmo por el Evangelio cuando descubro conceptos inspirados durante mi estudio personal. No hay nada más emocionante para mí que encontrar un pequeño tesoro de verdad en las Escrituras que ilumine mi entendimiento y me llene del Espíritu del Señor.

Aprendan a aprender

young adult man studing scriptures

Cuando regresé de mi misión, vi que era necesario ir a charlas fogoneras y devocionales casi cada semana para mantener mi espiritualidad. Los oradores me alimentaban con sus perspectivas del Evangelio, y me gustaba la forma en que estas me hacían sentir. Yo había estudiado y enseñado el Evangelio durante dos años, pero no parecía tener las habilidades necesarias para alimentarme de forma constante. Tan solo leía las Escrituras, pero en verdad no las escudriñaba diligentemente.

El estudio del Evangelio se parece mucho a aprender a pintar; no es intuitivo o natural para todos. No pensaríamos en darle a alguien una paleta de pinturas y esperar que se convirtiera en un artista de inmediato. Lo mismo sucede con llegar a ser autosuficientes en el aprendizaje del Evangelio. No podemos esperar descubrir conceptos profundos con frecuencia si no hemos aprendido algunas técnicas básicas de estudio del Evangelio. El presidente Packer explicó que en las Escrituras “encontramos la plenitud del Evangelio sempiterno, una eternidad de conocimiento. Sin embargo, uno debe aprender a usarlas o la búsqueda resultará desalentadora”6. Seguir leyendo

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Soldado del Señor

Liahona Junio 2017

Soldado del Señor

Por Enoc R. Verde Reyes
El autor vive en la Ciudad de México, México.

Tenía que decidir entre ocuparme del asunto yo mismo o dejarlo en las manos del Señor y enfocarme en mi servicio misional.

soldier for the Lord

Hace muchos años presté servicio como misionero de tiempo completo en la Misión México Monterrey Norte. Sentía que era un gran privilegio prestar servicio misional.

Cuando comencé mi misión, dejé un asunto sin resolver. Aún no había recibido el documento que declaraba mi relevo del servicio militar. Este documento es sumamente importante. Significa que un joven ha cumplido su servicio militar obligatorio y tiene el derecho a trabajar y estudiar, y se lo reconoce como un ciudadano de México.

A medida que se acercaba la fecha de emisión de ese documento, me empecé a preocupar. Escribí a mis padres y les pedí que averiguaran si era posible que ellos recogieran mi cartilla del servicio militar. Cuando recibí su que carta, me preocupé aún más. Me dijeron que ya les habían informado que la cartilla podía entregarse únicamente a la persona a quien pertenecía.

Sentí la urgente necesidad de orar al Señor y preguntarle qué debía hacer. La respuesta, la cual no llegó de inmediato, fue que le explicara el problema a mi presidente de misión. Durante mi conversación con él, analizamos dos alternativas. La primera era que simplemente podía “confiar en el Señor”. La segunda era que podía ir a recogerla en persona. La decisión era mía.

No estaba seguro de qué debía hacer. Le conté mi preocupación a mi compañero, y fuimos fortalecidos al leer esta Escritura: “¿No sabéis que estáis en las manos de Dios? ¿No sabéis que él tiene todo poder, y que por su gran mandato la tierra se plegará como un rollo?” (Mormón 5:23). Esa Escritura disolvió mi nube de confusión. Desde el momento que la leí supe que tenía el deber de dar todo mi esfuerzo a la obra misional. Mi problema estaba en las manos del Señor.

Poco tiempo después recibí otra carta de mis padres. Mi padre escribió lo siguiente:

“Hijo, regresé una vez más a las oficinas de Defensa Nacional para tratar de encontrar a alguien que pudiera ayudarnos a resolver tu problema. Después de platicar con muchas personas, me indicaron que fuera a cierto lugar. Llegué allí sintiéndome bastante desanimado y desesperado. Lo primero que vi fue una puerta enorme, la cual estaba abierta de par en par y custodiada por dos soldados muy imponentes. Junté valor y entré por la puerta, y encontré la oficina a la que me habían dirigido. Al llamar a la puerta, me sentía nervioso pero también sentía que el Espíritu del Señor me estaba guiando.

“Cuando entré vi a un oficial sentado detrás de un escritorio. Tenía un gran número de medallas en el pecho, y las paredes de su oficina estaban cubiertas de coloridos certificados. Estrechó mi mano con firmeza y solemnidad, y preguntó: ‘¿Cuál es el propósito de su visita?’.

“‘Tengo un hijo que está sirviendo en una misión’, respondí. ‘Por ese motivo, no pudo venir a retirar su cartilla del servicio militar. He venido a ver si puedo retirarla por él’.

“‘No, no puede; puede retirarla únicamente la persona a la que le pertenece’, declaró el oficial.

“En ese momento, el Señor me iluminó con Su Espíritu, y dije: ‘Señor, usted tiene a su cargo a muchos soldados que son responsables ante usted del cumplimiento de sus deberes. De la misma manera, en este momento mi hijo está cumpliendo su deber de predicar el evangelio del Señor. Ahora mismo él es un soldado del Señor’.

“A esto, el oficial se puso de pie y me preguntó: ‘¿Tiene alguna identificación? ¿Cómo se llama su hijo?’.

“Después de que hube respondido sus preguntas, llamó a un secretario y le dijo: ‘Tráigame los documentos de este joven misionero’.

“Los firmó, los selló y me los entregó. No hizo falta nada más. Estreché su mano con firmeza y gratitud. Hijo mío, tus documentos ya están en orden y debes demostrarle tu gratitud al Señor sirviéndole como un verdadero soldado”.

Después de recibir su carta, agradecí al Señor que utilizara Su gran poder para interceder por mí, por la solución que Él había enviado como respuesta a mis oraciones y por iluminar a mi padre. Ruego que todos pongamos toda nuestra confianza en el Señor y nunca olvidemos Su promesa: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá” (3 Nefi 14:7–8).

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