La verdad y la tolerancia

Devocional del SEI para jóvenes adultos • 11 de septiembre de 2011 • Universidad Brigham Young

La verdad y la tolerancia

Élder Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Mis queridos jóvenes hermanos y hermanas, Kristen y yo nos sentimos privilegiados de estar con ustedes en esta significativa ocasión. Nos hallamos reunidos hoy, 11 de septiembre, cuando se cumple el décimo aniversario de un suceso que ha afectado profundamente nuestra vida y nuestra forma de pensar y lo seguirá haciendo por muchos años más. Es algo relacionado con las Torres Gemelas.

He sentido la inspiración de hablarles esta noche acerca de otro conjunto de gemelos: los conceptos gemelos de la Verdad y la Tolerancia. No se han escogido estos temas porque sean inquietudes exclusivas de los jóvenes adultos; como los son las salidas en pareja, el juntarse para pasar el rato y el matrimonio; los cuales describí ante esta audiencia hace unos años. Mi enfoque de la verdad y la tolerancia les invitará a considerar y enseñar estos dos temas gemelos porque son vitales para la nueva generación, de la que ustedes son los miembros mayores.

Creemos en la verdad absoluta

Primero: la verdad. Creemos en la verdad absoluta, lo que incluye la existencia de Dios y del bien y del mal, como se han establecido en Sus mandamientos. Nosotros cantamos:

Aunque cielo y tierra dejaran de ser,
la verdad, la esencia de todo vivir,
Seguiría por siempre jamás1.

En palabras del presidente Joseph F. Smith:·“Creemos en toda la verdad, pese al asunto que se refiera. Ninguna secta o denominación religiosa del mundo posee un solo principio de verdad que no aceptemos o que rechacemos. Estamos dispuestos a recibir toda verdad, sea cual fuere la fuente de donde provenga, porque la verdad se sostendrá, la verdad perdurará”2.

La existencia y la naturaleza de la verdad es una de las preguntas fundamentales de la vida mortal. Al gobernador romano Pilato, Jesús le dijo que Él había venido al mundo “para dar testimonio de la verdad”. “¿Qué es la verdad?”, le respondió ese incrédulo (véase Juan 18:37–38). Anteriormente el Salvador había declarado: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida” (Juan 14:6). En la revelación moderna Él declaró: “La verdad es el conocimiento de las cosas como son, como eran y como han de ser” (D. y C. 93:24).

Mis jóvenes hermanos y hermanas, sabemos que la existencia de Dios y la existencia de la verdad absoluta son fundamentales para la vida sobre esta tierra, bien sea que se crea en ello o no. También sabemos que existe el mal y que algunas cosas son simple, grave y perpetuamente incorrectas. Ustedes, a quienes me dirijo, evitan el mal y buscan la verdad. Reconozco sus obras rectas y sus deseos justos. Como Apóstol del Señor Jesucristo, procuro ayudarles a tomar decisiones correctas en un mundo que se polariza más y más entre la fe y la incredulidad, entre el bien y el mal.

Las impactantes noticias de los últimos dos meses acerca de robos y engaños a gran escala en las sociedades civilizadas dan indicios de que hay un vacío moral en el que muchas personas poseen poco sentido sobre el bien y el mal. El mes pasado, los masivos disturbios y saqueos en Inglaterra, y las trampas en los exámenes estatales ampliamente difundidas que hicieron los maestros de primaria y secundaria en Atlanta, Georgia, hacen que muchos se pregunten si estamos perdiendo el cimiento moral que el mundo occidental obtuvo de su herencia judeocristiana3.

Cuídense del relativismo moral

Está bien que nos preocupemos por nuestro cimiento moral. Vivimos en un mundo donde cada vez hay más personas de influencia que enseñan y actúan con la creencia de que no hay un bien y un mal absolutos; que toda autoridad y toda regla de comportamiento constituyen decisiones que hace el hombre y que pueden anteponerse a los mandamientos de Dios. Muchos cuestionan incluso que hay un Dios.

La filosofía del relativismo moral, que sostiene que cada quien es libre de determinar por sí mismo lo que es bueno y malo, se está convirtiendo en el credo extraoficial de muchas personas en los Estados Unidos y en otras naciones occidentales. En su grado extremo, las perversidades que antes se localizaban y ocultaban como una llaga, ahora se legalizan y exhiben como un estandarte. Persuadidos por esta filosofía, muchos de los de la nueva generación —jóvenes y jóvenes adultos— están atrapados en los placeres autocomplacientes, las perforaciones y los tatuajes paganos de las partes del cuerpo, el lenguaje soez, la vestimenta atrevida, la pornografía, la deshonestidad y la indulgencia sexual degradante.

Existe un alarmante contraste entre las generaciones jóvenes y las anteriores en cuanto a la creencia fundamental en el bien y el mal. De acuerdo con los datos de encuestas de hace dos décadas el “79 por ciento de los estadounidenses adultos [creían] que ‘existen pautas claras sobre lo que es bueno y malo que se aplican a todos independientemente de la situación’”4. En cambio, un sondeo más reciente entre estudiantes universitarios indica que “tres cuartas partes piensan que las diferencias entre el bien y el mal son relativas”5.

Muchos líderes religiosos enseñan la existencia de Dios como Legislador Supremo, por cuya acción cierto comportamiento es absolutamente correcto y verdadero, mientras que otro comportamiento es absolutamente incorrecto y falso6. Los profetas de la Biblia y El Libro de Mormón predijeron esta época cuando los hombres serían “amadores de los deleites más que de Dios” (2 Timoteo 3:4) y, de hecho, cuando negarían a Dios ( véase Judas 1:42 Nefi 28:5Moroni 7:17D. y C. 29:22).

Ante estas difíciles circunstancias, los que creemos en Dios y en la consiguiente verdad del bien y del mal absolutos, tenemos el desafío de vivir en un mundo ateo y cada vez más inmoral. En esta situación, todos nosotros —y en particular ustedes los de la nueva generación— tenemos el deber de levantarnos y hablar para afirmar que Dios existe y que hay verdades absolutas establecidas por Sus mandamientos. Al actuar así, los Santos de los Últimos Días nos apoyamos sobre la verdad que cantamos en el himno que cité anteriormente:

Mas eterno será el pilar de verdad,
Y su firme baluarte jamás caerá,
Para siempre tendrá gran poder7.

Al dirigirme a una audiencia de jóvenes dedicados, sé que algunos de ustedes estarán preguntándose por qué estoy hablando de algo que les resulta obvio y que piensan que es obvio para los demás. Recuerden los resultados de la encuesta que mencioné, que indican que tres cuartas partes de los estudiantes universitarios creen que las diferencias entre el bien y el mal son relativas.

He escogido hablar sobre la verdad porque los maestros en las escuelas, academias y universidades están enseñando y practicando la moralidad relativa. Esto está moldeando las actitudes de muchos jóvenes estadounidenses que van ocupando los puestos de maestros de nuestros hijos y los formadores de actitudes públicas a través de los medios de comunicación y del entretenimiento popular. Esta filosofía del relativismo moral es una negación de lo que millones de creyentes cristianos, judíos y musulmanes sostienen como fundamental, y esa negación genera serios problemas para todos nosotros. Lo que los creyentes deben hacer al respecto, da pie al segundo de mis temas gemelos: la tolerancia.

La tolerancia

Se define la tolerancia como una actitud amistosa y justa hacia las opiniones y prácticas poco comunes o hacia las personas que las sostienen o practican. Tenemos una mayor necesidad de tolerancia, toda vez que los medios de transporte y comunicación nos han acercado a todos a pueblos e ideas diferentes. Cuando yo era un adulto joven, hace 60 años, la mayoría de los estadounidenses sólo podía enterarse sobre las grandes diferencias entre culturas, valores y pueblos por medio de libros y revistas. Hoy en día, vemos tales diferencias en la televisión, internet y muchas veces en relaciones interpersonales directas en nuestros vecindarios y supermercados. Seguir leyendo

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A los solteros de la Iglesia

Devocional del SEI para jóvenes adultos • 11 de septiembre de 2011 • Universidad Brigham Young

A los solteros de la Iglesia

Kristen M. Oaks

11/09/2011. Esta noche es una ocasión importante para quienes saldrán a llevar el estandarte de Jesucristo al mundo en los últimos días. No será una tarea fácil.

Quisiera empezar con una cita de la hermana Margaret Nadauld, y parafrasear sus palabras para aplicarlas tanto a los hombres como a las mujeres: “El mundo tiene suficientes hombres y mujeres que son duros; necesitamos hombres y mujeres que sean delicados. Hay suficientes hombres y mujeres que son groseros; necesitamos hombres y mujeres que sean amables. Hay suficientes hombres y mujeres que son rudos; necesitamos hombres y mujeres que sean refinados. Hay suficientes hombres y mujeres que tienen fama y dinero; necesitamos más hombres y mujeres que tengan fe. Hay suficiente codicia; necesitamos más abnegación. Hay suficiente vanidad; necesitamos más virtud. Hay suficiente popularidad; necesitamos más pureza”1. Y yo agregaría que ustedes son las personas que abastecerán de esas virtudes a un mundo que está muy necesitado.

Por causa de que me casé a los 53 años, a veces me considero una referencia para los adultos solteros. Fui participante del programa de jóvenes adultos solteros, de adultos solteros y de adultos solteros mayores. Les tengo un aprecio especial porque he recorrido algunos de los senderos que ustedes ahora recorren, he enfrentado algunas de las dudas que ustedes ahora enfrentan, y les tengo una empatía y un respeto tremendos.

Mi objetivo esta noche es testificarles de las verdades que aprendí durante mi período de soltería, verdades que considero eternas, eternas verdades que los protegerán del desaliento, de la posible apostasía individual y que les recordarán sus obligaciones ante nuestro Padre Celestial.

Verdad número uno: El Señor nos ama, contesta las oraciones y, lo que es más importante, se deleita en bendecir a quienes guardan Sus mandamientos, pero lo hace en Su propio tiempo y a Su propia manera.El Señor está obligado a cumplir lo que nos promete. Todos tenemos un origen divino. En la tierra, nacimos en familias y, si guardamos los mandamientos, regresaremos a vivir en familias eternas. Para lograr esa meta, tenemos que recordar siempre a Jesucristo y guardar Sus mandamientos. Cada día es importante para ustedes, porque la forma en que decidan pasar su tiempo determinará qué clase de persona llegarán a ser. Sean la mejor persona que puedan ser. Basándome en mi propia experiencia, también les aconsejo que se preocupen más por convertirse en discípulos de Cristo que por casarse. La luz que emanen atraerá a otros hacia ustedes —la luz atrae a la luz—, y las bendiciones que el Padre Celestial les tiene reservadas serán más maravillosas de lo que puedan imaginar. Disfruten este tiempo, esta oportunidad de crecer y de conocer su religión, a fin de que puedan vivir “de una manera feliz” (2 Nefi 5:27; véase también Alma 50:23), así como los nefitas, y lleguen a ser un pueblo del convenio. Cuanto más nos entregamos a las Escrituras, más se nos protege de la tentación, de la pornografía y de la maldad. Cuanto más asistimos a la capilla y al templo y servimos en nuestros llamamientos, más fuertes nos volvemos y más felices llegamos a ser.

Verdad número dos: No nos salvamos de forma aislada. Esta vida no se trata solo de mí. Se nos coloca en la tierra para bendecir a quienes nos rodean, para que actuemos como agentes de rectitud y, como nos indicará el élder Oaks, para estar “anhelosamente consagrados a una causa buena” (D. y C. 58:27) a fin de promover la superación de todos los que nos rodean. Seguir leyendo

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Llegar a saber y conocer

Charla fogonera del SEI para jóvenes adultos • 1 de mayo de 2011 • Universidad del Estado de Utah

Llegar a saber y conocer

Rosemary M. Wixom
Presidenta General de la Primaria

Estoy agradecida por estar aquí en Logan, Utah, en la Universidad del Estado de Utah. Esta noche, cuando mi esposo Jack y yo pasamos por el cañón Sardine de camino a este valle, en cierta forma me sentía como si estuviera regresando a casa. Permítanme decirles por qué.

Aquí fue donde empecé a saber y a conocer por mi propia cuenta

Hace años, en un bello día otoñal, estábamos cargando el auto familiar con todas nuestras pertenencias, porque mi hermana gemela y yo íbamos a empezar a asistir a la universidad y mi madre nos iba a traer a Logan en el auto para que estudiáramos aquí en la Universidad del Estado de Utah. Habíamos visto fotografías de este hermoso campus. En algunas de ellas se veían árboles que crecían inclinados. Nos dijeron que no hay mucho viento en Logan, que los árboles crecen así por naturaleza, así que estábamos muy entusiasmadas. Metimos en el auto toda la ropa y los zapatos que teníamos, y lo atestamos de comida hasta que quedó literalmente repleto. Apenas podíamos ver por las ventanas. Yo sentía como si tuviera mariposas en el estómago a media que llegábamos al valle. Nos aguardaba una gran aventura.

Uno podía percibir en el campus el entusiasmo de los estudiantes que descargaban sus pertenencias de los autos y las llevaban a sus habitaciones y apartamentos. Ésa era la primera vez que mi hermana y yo íbamos a vivir fuera de casa y nos sentíamos adultas mientras colgábamos la ropa en el armario y organizábamos nuestro cuarto. Teníamos dos carteles en la pared. En uno decía: “Confía en Jehová con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia” (Proverbios 3:5). En el otro, que nos había dado nuestro hermano mayor, decía: “Los labios que prueben licor jamás probarán los míos”.

Una vez vaciado el auto, mi hermana y yo estábamos en la acera que está enfrente de Moen Hall, con las últimas cosas que habían quedado en el asiento trasero. Allí, sosteniendo unos frascos de duraznos envasados, nos despedimos de nuestra madre. Al perder de vista el auto, nos percatamos de nuestra realidad. Nos miramos la una a la otra y con lágrimas rodándonos por las mejillas nos dijimos: “¿Qué hemos hecho? ¿En qué estábamos pensando? ¿Cómo es posible que lo que antes pensábamos que era una aventura ahora nos parezca tan aterrador e intimidante?”. No tenía idea de que en los años siguientes, en este campus, yo tomaría decisiones que definirían el resto de mi vida. Aquí fue donde descubrí que tenía mis propias creencias y tuve que defender mi fe. Hice amistades perdurables. Mis oraciones se volvieron más sinceras. Mi testimonio empezó a crecer. Aprendí que defender mis normas era una decisión que debía tomar yo, como también lo era esforzarme académica y espiritualmente.

¿Quién era yo en realidad? Durante esos años, a veces me sentí derrotada y fracasada, y alguna que otra vez saboreé la esperanza y el éxito. Fue un duro proceso pasar de añorar amargamente mi casa —sí, amargamente— a disfrutar ampliamente de la independencia. Era como Ammón y sus hermanos, quienes experimentaron a la vez “congojas… aflicciones… [e] incomprensible gozo” (Alma 28:8). Ahora me doy cuenta de que precisaba abandonar la comodidad de mi hogar para progresar y aprender estas lecciones de la vida. No es de extrañar que este valle Cache, esta universidad y este campus me parezcan tan hermosos; ya que fue aquí donde comencé a conocerme a mí misma, y en el proceso de llegar a conocerme, empecé a conocer al Salvador. Y ustedes, ¿qué cosas han llegado a saber en la vida y dónde las han aprendido?

Es acerca del proceso de “llegar a conocer o saber” que deseo hablarles esta noche.

Encuentren un sitio donde puedan llegar a conocerse a ustedes mismos

Al partir de la presencia de nuestro Padre Celestial y de nuestro cómodo hogar en la existencia preterrenal para venir a esta tierra, vinimos preparados para aprender y ser probados; pero una vez aquí en la tierra, quizás pensemos: “¿Qué hemos hecho?”. Estamos siguiendo un camino; estamos viviendo el plan de nuestro Padre Celestial: el plan de salvación, la plenitud de este Evangelio. ¡Y es un plan de felicidad! José Smith dijo que el plan de salvación es “uno de los mejores dones que del cielo ha venido al género humano”1.

La experiencia de la vida terrenal que antes pensábamos que era una aventura, en ocasiones puede resultar aterradora e intimidante y ¡absolutamente ardua! El velo nos impide recordar lo que una vez sabíamos. Ahora andamos por fe, pero lo hacemos con el conocimiento de que, con la ayuda del Señor, podemos llegar a saber lo que una vez sabíamos. Nuestro Padre Celestial nos ama muchísimo. Fuimos creados no sólo con el propósito de regresar a Él, sino de llegar a ser como Él. Ahora estamos aprendiendo nuevamente lo bien que lo conocíamos. Brigham Young dijo: “Todos ustedes conocen bien a Dios, nuestro Padre Celestial… pues no hay ningún alma que no haya vivido con Él en Su morada año tras año [en la existencia preterrenal]; y aunque ahora se esfuercen [en esta tierra] por conocerle, la verdad es que han olvidado lo que ya sabían”2.

Lo conocíamos allá, pero sólo si nos esforzamos lo llegaremos a conocer aquí. No estamos solos en la búsqueda, pues Él declaró: “Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en vuestro corazón, y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros” (D. y C. 84:88).

Alma llegó a conocer al Salvador y luego enseñó al pueblo en las aguas de Mormón. Él les predicó “el arrepentimiento y la redención y la fe en el Señor” (Mosíah 18:7). Fue allí donde los del pueblo concertaron un convenio bautismal de “ser testigos de Dios en todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar… para que [tuvieran] vida eterna” (Mosíah 18:9). Crecieron en la fe, aprendieron a observar el día de reposo, a trabajar con sus propias manos para su sostén y “anduvieron rectamente ante Dios, ayudándose el uno al otro temporal y espiritualmente” (Mosíah 18:29; véanse los versículos 20–29).

Seguimos leyendo: “Y ahora bien, aconteció que todo esto se hizo en Mormón, sí, al lado de las aguas de Mormón, en el bosque inmediato a las aguas de Mormón; sí, el paraje de Mormón, las aguas de Mormón, el bosque de Mormón, ¡cuán hermosos son a los ojos de aquellos que allí llegaron al conocimiento de su Redentor…!” (Mosíah 18:30).

En estos versículos, ¿por qué se nos conduce a las aguas de Mormón pasando por entre todo el entorno circundante? ¿Cómo nos hace sentir esta descripción con respecto a ese paraje de las aguas de Mormón? Tal vez debiéramos considerar nuestro entorno y la función que cumple en nuestra búsqueda de llegar al conocimiento de nuestro Redentor.

Ahora es el momento. Si aún no lo han hecho, éste es el momento de buscar el paraje donde puedan llegar al conocimiento de su Redentor. ¿Dónde están sus aguas de Mormón? ¿Cuán bello les resulta ese lugar?

A fin de encontrar ese hermoso lugar, tal vez quieran hacerse estas preguntas.

1. Llegar a conocer al Espíritu Santo

Pregunta número 1: ¿Cómo llegaré a conocer las impresiones del Espíritu Santo?

Un adolescente tuvo una experiencia durante su tierna infancia, cuando tenía menos de tres años. Lo adoptó una familia miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, por lo que su entorno cambió de manera drástica. Dejó su anterior hogar en Europa Oriental y se vino a vivir al este de los Estados Unidos: una tierra con una familia nueva, un idioma nuevo y sentimientos nuevos. Los domingos, su nueva familia lo llevaba a la guardería de la Iglesia. Fue allí en la capilla, al final del pasillo, en ese cuarto de la guardería, donde sintió, donde llegó a conocer una seguridad y un amor que no había sentido antes. Fue la primera vez que tuvo la experiencia de reconocer realmente el Espíritu. Ahora en su adolescencia, de vez en cuando recorre aquel pasillo hasta ese mismo cuarto de la guardería para oír los sonidos, ver el lugar y sentir el Espíritu que una vez sintió allí. Qué bella es esa guardería a los ojos de ese joven que allí llegó al conocimiento de las impresiones del Espíritu Santo.

Mormón nos dice: “…por motivo de la mansedumbre y la humildad de corazón viene la visitación del Espíritu Santo, el cual Consolador llena de esperanza y de amor perfecto” (Moroni 8:26).

Mormón estaba describiendo lo que el Salvador describe de esta manera: “…recibirás mi Espíritu, el Espíritu Santo, sí, el Consolador, que te enseñará las cosas apacibles del reino” (D. y C. 36:2).

En el libro de Alma aprendemos la manera en que los hijos de Mosíah llegaron a conocer las impresiones del Espíritu Santo. Dice así:

“Habían escudriñado diligentemente las Escrituras para conocer la palabra de Dios.

“Mas esto no es todo; se habían dedicado a mucha oración y ayuno” (Alma 17:2–3).

Entonces salieron a enseñar. Eran jóvenes comunes y corrientes con un valor extraordinario gracias al Espíritu Santo y al deseo de conocer la palabra de Dios.

Ammón dijo: “Y mora en mí parte de ese Espíritu, el cual me da conocimiento, y también poder, de conformidad con mi fe y mis deseos que están en Dios” (Alma 18:35).

El padre de Lamoni sintió el Espíritu por medio de las enseñanzas de Aarón y dijo: “Daré cuanto poseo; sí, abandonaré mi reino a fin de recibir este gran gozo” (Alma 22:15). Seguir leyendo

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Nosotros fuimos la generación más grandiosa

Charla fogonera del SEI para jóvenes adultos • 6 de marzo de 2011 • Universidad Brigham Young

Nosotros fuimos la generación más grandiosa

Élder L. Tom Perry
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Siempre me siento intimidado cuando me levanto y veo a este hermoso y apuesto grupo de jóvenes adultos. Es aún más inquietante saber que hay decenas de millares de ustedes reunidos en congregaciones alrededor del mundo.

Ustedes son el futuro de la Iglesia

Con el rápido correr de los años, recordarán esta época como uno de los periodos más emocionantes de su vida. Tengo gran confianza en los jóvenes adultos de la Iglesia. Cuando me preparaba para presidir en el Área Europa Central, recibí una de las revelaciones más claras que jamás he recibido.

Una noche de insomnio, recibí la impresión de que los jóvenes adultos eran el futuro de la Iglesia en Europa y que debía concentrarme en ellos, y eso terminó siendo uno de los periodos más gratificantes de mi largo ministerio. En los últimos años se han obtenido algunos resultados muy satisfactorios al haber escuchado las ideas y las preocupaciones de ustedes.

Juntos hemos aprendido a ayudarles a traer muchos amigos a adorar junto con ustedes. He visto el ferviente poder espiritual de los jóvenes adultos de la Iglesia; conozco su capacidad; he visto cómo se fortalecen unos a otros y traen a sus amistades al conocimiento del evangelio restaurado de Jesucristo.

Ustedes son jóvenes y yo soy viejo. Nos separan muchos años. Cuando yo tenía la edad de ustedes usaba una regla para sacar mis cálculos en la clase de contabilidad. Les voy a dar una demostración de cómo funciona. Yo hablo a un ritmo de 140 palabras por minuto cuando doy un discurso. Si muevo la parte deslizante de la regla hasta el número de palabras que hablo, veo cuánto durará mi discurso. Para mí esto es mucho más rápido que una calculadora moderna. Pero para estar a la par de la mente brillante de ustedes, para casi todos los cálculos he tenido que mantenerme al día con los aparatos modernos.

Para estar al ritmo de ustedes, he tenido que hacer muchos cambios con el fin de seguir de cerca a la tecnología de vanguardia. He aprendido a usar el comptómetro, una tarjeta perforada 1401, una computadora con almacenaje de disco 360, una computadora portátil y una de mano, un Blackberry, un iPod, un iPhone y ahora tengo un iPad. A esos agréguenle Facebook, Twitter, blogs y YouTube. ¡Consideren lo que significa para un anciano de 88 años tratar de mantenerse a la par de ustedes!

Qué prueba tan grande es para mi generación observar y tratar de vivir con lo que ustedes están desarrollando. Pero nosotros les llevamos una ventaja, pues hemos pasado por todos los cambios; hemos adquirido experiencia al obtener conocimiento de algunos de los fundamentos básicos que todavía son de gran valor y constituyen un cimiento sobre el cual edificar; mientras que ustedes sólo pueden leer al respecto. Quiero hablarles de algunos de esos fundamentos que nunca se deben desechar ni descartar.

Hagan que su generación sea la más grandiosa

Hace unos años un autor muy conocido describió a algunos de los hombres y mujeres de mi época como “la generación más grandiosa”. El autor, Tom Brokaw, explicó:

“Esos hombres y mujeres llegaron a ser adultos durante la Gran Depresión, cuando la desesperación económica azotaba la tierra como una plaga. Habían visto a sus padres perder sus negocios, sus granjas, sus empleos, sus esperanzas. Habían aprendido a aceptar un futuro que se desplegaba día a día. Entonces, justo cuando un destello de recuperación económica empezaba a asomarse, estalló la guerra en Europa y en Asia. Esa generación fue convocada a las armas y se le dijo que se entrenara para la guerra. Dejaron sus haciendas…, sus empleos en la ciudad…, su lugar en las líneas de ensamblaje… y sus posiciones en Wall Street; abandonaron los estudios o pasaron directamente de la toga y el birrete al uniforme militar…

“Empezaron tarde y con grandes reveses, pero no protestaron. En esa época de su vida en la que los días y las noches debían estar llenos de aventuras inocentes, amor y lecciones del mundo cotidiano; peleaban, a menudo mano a mano, en las condiciones más primitivas… Surcaban los aires todos los días, cielos llenos de terror, y zarpaban al mar sobre aguas hostiles muy lejos de las costas de su patria… Seguir leyendo

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“Danos hoy el pan nuestro de cada día”

Charla fogonera del SEI para jóvenes adultos • 9 de enero de 2009 • Universidad Brigham Young

“Danos hoy el pan nuestro de cada día”

Élder D. Todd Christofferson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Nosotros los adultos mayores; incluyendo los padres, los líderes de la Iglesia, sus profesores o amigos; solemos instarles a planificar para el futuro. Les alentamos a continuar sus estudios y formación profesional como preparación para la vida de los años venideros. Les instamos a sentar las bases para el matrimonio y la familia y a actuar de acuerdo con esos planes. Les advertimos que piensen en las posibles consecuencias futuras al decidir lo que hacen hoy (por ejemplo, lo que publican en internet). Les aconsejamos que piensen en cómo medirán el éxito en su vida y después establezcan los patrones y las prácticas que les conduzcan a ese éxito.

Todo esto nos lleva a un curso sabio y prudente en la vida; y en lo que diré esta noche, no minimizo en modo alguno la importancia de pensar y planificar con antelación. Una planificación y preparación cuidadosas son la clave para un futuro gratificante; pero no vivimos en el futuro, vivimos en el presente. Es en el día a día que concretamos nuestros planes para el futuro; es con el día a día que alcanzamos nuestras metas. Es un día a la vez que criamos y cuidamos a nuestra familia. Es un día a la vez que superamos nuestras imperfecciones. Perseveramos en la fe hasta el fin un día a la vez. Es la acumulación de muchos días bien vividos lo que resulta en una vida plena y una persona santa. Así que me gustaría hablar con ustedes acerca de vivir bien día a día.

Acudir a Dios para lo que es necesario cada día

En Lucas se registra que uno de Sus discípulos le pidió a Jesús: “Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos” (Lucas 11:1). Jesús entonces le dio un modelo de oración conocido como el Padrenuestro. Igual se registra en Mateo como parte del Sermón del Monte (véase Mateo 6:9–13).

En el Padrenuestro está la petición: “Danos hoy el pan nuestro de cada día” (Mateo 6:11) o “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy” (Lucas 11:3). Pienso que nos resulta fácil reconocer que tenemos necesidades diarias en las que queremos la ayuda de nuestro Padre Celestial para atenderlas. Para algunos, en algunos días, es literalmente el pan, es decir, los alimentos necesarios para mantenerse con vida ese día. También podría ser fuerza espiritual y física para enfrentar un día más con una enfermedad crónica o una lenta y dolorosa rehabilitación. En otros casos, puede tratarse de necesidades menos tangibles, como lo relacionado con las obligaciones o actividades propias de ese día: enseñar una lección o presentar un examen, por ejemplo.

Jesús nos enseña a nosotros, Sus discípulos, que debemos acudir a Dios cada día por el pan, la ayuda y el sustento, que necesitemos ese día en particular. Esto va de acuerdo con el consejo de “orar siempre, y no desmayar; que nada debéis hacer ante el Señor, sin que primero oréis al Padre en el nombre de Cristo, para que él os consagre vuestra acción, a fin de que vuestra obra sea para el beneficio de vuestras almas” (2 Nefi 32:9).

La invitación del Señor de buscar el pan de cada día de la mano de nuestro Padre Celestial, nos habla de un Dios amoroso, consciente aun de las pequeñas necesidades diarias de Sus hijos y deseoso de ayudarlos, uno a uno. Él dice que podemos pedir con fe a ese Ser “quien da a todos abundantemente y sin reproche, y [nos] será [dado]” (Santiago 1:5). Eso, por supuesto, es sumamente reconfortante, pero aquí está en juego algo que es más importante que tan sólo la ayuda para salir adelante día a día. Al procurar y recibir diariamente el pan divino, crecen nuestra fe y confianza en Dios y Su Hijo.

Acudir a Dios diariamente por nuestras necesidades nutre la fe

Recordarán el gran éxodo de las tribus de Israel desde Egipto y los cuarenta años que pasaron en el desierto antes de entrar en su tierra prometida. Esta masiva hueste de más de un millón de personas tenía que ser alimentada. Sin duda, esa cantidad de personas en un lugar, no podría subsistir por mucho tiempo sólo de la caza de animales; y su estilo de vida seminómada no era propicio para sembrar ni criar ganado en cantidad suficiente. Jehová resolvió el problema brindando Su pan diario desde el cielo: el maná. Esta partícula comestible que aparecía sobre la tierra cada mañana era algo nuevo y desconocido. De hecho, el nombre maná proviene de palabras que significan: “¿Qué es esto?” Por medio de Moisés, el Señor instruyó al pueblo a recoger a diario lo suficiente para ese día, excepto en la víspera del día de reposo, cuando debían recoger suficiente para dos días. Seguir leyendo

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Somos los arquitectos de nuestra propia felicidad

Somos los arquitectos de nuestra propia felicidad

Obispado Presidente Gérald Caussé
Primer Consejero del Obispado Presidente

Queridos hermanos y hermanas, esta noche me siento honrado y privilegiado por la oportunidad de dirigirles la palabra. Siento profunda admiración por los jóvenes adultos de la Iglesia, y me alegra el poder pasar tiempo con ustedes esta noche.

Varios miles de ustedes están en este hermoso Tabernáculo, pero hay más que no puedo ver que están congregados en miles de centros de reuniones alrededor del mundo. Sé que están atentos y deseosos de aprender. A pesar de la distancia que nos separa, sé que el Espíritu Santo puede estar presente dondequiera que estemos. Aún más que esta transmisión, lo que crea un lazo singular entre todos nosotros es la presencia del Espíritu Santo. Ruego que Él nos acompañe, que nos enseñe, nos guíe y nos inspire esta noche.

La vida nos depara muchas sorpresas

Estamos en una sala magnífica, un monumento histórico que rinde homenaje a la fe y el trabajo arduo de los pioneros que fundaron Salt Lake City. Entré a este Tabernáculo por vez primera cuando tenía 16 años durante mi primer viaje a los Estados Unidos de Norteamérica. Mi padre había sugerido que lo acompañara en uno de sus viajes de negocios a California. Como yo me crié en el sur de Francia, esa invitación me dio gran alegría. ¡Finalmente iba a ver América! Mi entusiasmo aumentó aún más porque nuestro itinerario incluía un fin de semana en Salt Lake City para asistir a la conferencia general.

Recuerdo que llegamos a Utah en un Ford Mustang alquilado. En las muchas horas que pasamos en la carretera, atravesamos rachas de nieve, desiertos sin fin, magníficos cañones color anaranjado y majestuosas montañas. Para mí, el paisaje era característico del Oeste Americano, y mantuve los ojos bien abiertos con la esperanza de ver cowboys o indios al lado de la carretera.

Al día siguiente, gracias a la bondad de un amigo, nos encontramos sentados en las primeras filas de este Tabernáculo para asistir a las sesiones de la conferencia. Quedé muy impresionado. En todas las reuniones, traté de encontrarle el sentido a las pocas palabras que entendía del inglés. Aún recuerdo el discurso del presidente Ezra Taft Benson; no recuerdo las palabras sino la profunda impresión que causó en mi corazón joven. Sentí que vivía un sueño, una aventura maravillosa.

En ese entonces, ¿cómo podría haberme imaginado lo que ocurriría esta noche? ¿Podría haberme imaginado dando un discurso en este mismo Tabernáculo ante tal congregación? ¡Jamás!

La vida nos depara muchas sorpresas, ¿verdad? Incluso hace cinco años jamás me lo hubiera imaginado. En esa época vivía con mi familia en París, y nuestra vida parecía estar totalmente planeada. Nuestros cinco hijos nacieron en la misma clínica cerca de nuestro hogar. Para nosotros, no nos imaginábamos la vida de otra forma ni en ningún otro lugar fuera de ese vecindario pacífico en las afueras de París, rodeados de los hijos y los anticipados nietos. Pero una noche el presidente Monson llamó a casa y nuestra vida dio una vuelta al revés.

A partir de entonces mi familia y yo hemos descubierto el gozo de la vida en Utah: los sitios históricos de la Iglesia, caminatas en las montañas, parrilladas en el patio al ponerse el sol, disfrutar de todo tipo de hamburguesas (¡de las mejores y las peores!), partidos de fútbol de BYU… o de la Universidad de Utah. Y quién sabe. El cowboy que vean mañana al lado de la carretera, ¡tal vez sea yo!

El futuro no está trazado

Mi asignación como miembro del Obispado Presidente es emocionante e inspiradora; no obstante, esta experiencia es muy diferente de lo había planeado en mi juventud. De niño quería ser arqueólogo. Mi abuela se propuso que recibiera una buena preparación académica. Me dio un libro sobre el joven faraón ahora llamado el rey Tut, y partiendo de allí, nació en mí una pasión por las civilizaciones antiguas. Pasé muchos fines de semana creando dibujos de batallas antiguas, y con ellos cubrí las paredes de mi habitación. Soñé ir algún día a Egipto para participar en las excavaciones de los antiguos templos egipcios y las tumbas de los faraones.

Cuatro décadas después, sigo sin ser arqueólogo y lo más probable es que nunca lo sea. Nunca he ido a Egipto, y mi último empleo antes de ser Autoridad General era sobre la distribución de alimentos. ¡Nada que ver con mis planes de niño!

En general, la juventud es la época perfecta para hacer planes personales. Cada uno de nosotros tuvimos sueños infantiles. Como jóvenes adultos, ¡cada uno aún debe tener sueños para el futuro! Quizás sea la esperanza de un logro deportivo, la creación de una gran obra de arte o recibir un diploma o un puesto profesional que se esforzarán por adquirir mediante el trabajo y la perseverancia. Tal vez tengan en mente una imagen preciada de su futuro esposo o esposa, su apariencia física, sus características personales, el color de sus ojos o de su cabello y los hermosos hijos que serán una bendición para su familia.

¿Cuántos de sus sueños se cumplirán? La vida está llena de incertidumbre. Habrá sorpresas a lo largo de la vida. ¿Quién sabe qué sucederá mañana, en dónde estarán en unos años y lo que estarán haciendo? La vida es como una novela de suspense cuya trama es muy difícil de adivinar.

Habrá momentos clave para ustedes que podrían cambiar el curso de su vida en un instante. Ese momento puede constar de una sola mirada o una conversación, un evento no planeado. Valérie y yo aún recordamos el momento exacto en que nos enamoramos. Fue durante un ensayo del coro en nuestro barrio de jóvenes adultos en París. ¡Y fue totalmente inesperado! Nos conocíamos desde niños, pero nunca habíamos tenido sentimientos románticos el uno por el otro. Esa noche yo tocaba el piano y ella cantaba en el coro. Nos miramos a los ojos ¡y en un segundo sucedió algo que duraría toda la eternidad!

Habrá nuevas oportunidades que se presentarán en la vida de ustedes, como la declaración reciente del presidente Monson respecto a la edad para dar servicio misional. Después de ese anuncio del profeta, probablemente haya miles de jóvenes y jovencitas en la Iglesia en este mismo momento que estén en el proceso de modificar sus planes para salir a servir en una misión1.

A veces, el cambio de rumbo en nuestra vida ocurre por desafíos o desilusiones inesperados. Por experiencia he aprendido que sólo tenemos control parcial de las circunstancias de nuestra vida. Seguir leyendo

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Israel, Jesús os llama

Israel, Jesús os llama

Élder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Dondequiera que estén en esta gran Iglesia, bienvenidos a la transmisión del servicio devocional. Gracias por interesarse lo suficiente para asistir, incluso ustedes que están aquí en mi pueblo natal en el campus de Dixie State College.

Se han hecho muchos llamados a salir de Babilonia

Para invitar la presencia del Espíritu, pedí el himno que cantamos: “Israel, Jesús os llama”. Es uno de los grandes himnos clásicos de la Restauración y establece el fundamento de mucho de lo que quiero decirles en esta ocasión. Podríamos haber agregado “Oh élderes de Israel” con el mismo propósito. Me encanta escuchar a los misioneros en todo el mundo cantar a plena voz, “Adiós, oh Babilonia; vamos ya a marchar. Iremos al monte de paz a morar” 1. El mensaje de esos dos himnos es esencialmente el mismo: que Dios siempre llama a los hijos de Israel a un lugar donde, al final, todo estará bien.

Israel, Jesús os llama
de las tierras de pesar.
Babilonia va cayendo;
Dios sus torres volcará.
A Sión venid, pues, prestos;
en sus centros paz gozad…
A Sión venid, pues, prestos,
y cantad a Dios loor2.

En efecto, esa ha sido la historia de Israel a través de las épocas. Cuando se volvía muy pecaminosa o había demasiada corrupción o la vida con los gentiles destruía el código moral y los mandamientos que Dios había dado, se mandaba a los hijos del convenio huir al desierto para restablecer Sión y comenzar de nuevo.

En el Antiguo Testamento, Abraham, padre de este convenio, tuvo que huir de Caldea, literalmente Babilonia, para salvar su vida y buscar una vida consagrada en Canaán (que ahora llamamos la Tierra Santa)3. En pocas generaciones los descendientes de Abraham (y de Isaac y Jacob), que para entonces eran israelitas, perdieron su Sión y eran esclavos en el lejano Egipto pagano4. Entonces el Señor tuvo que levantar a Moisés para llevar a los hijos de la promesa al desierto de nuevo, esta vez a medianoche sin siquiera tener tiempo para que la masa de pan leudara. Seguramente cantaron a su manera, “Israel, Jesús os habla; escuchad al Salvador”5.

Pocos siglos después, se desarrolla una historia de interés especial para nosotros cuando a una de esas familias israelitas, encabezada por el profeta Lehi, se le mandó huir de la amada Jerusalén porque Babilonia estaba de nuevo a las puertas6. ¡Y lo mismo volvió a pasar! Ellos no sabían que irían a un continente totalmente nuevo para establecer un concepto enteramente nuevo de Sión7, pero así sucedería, ni tampoco sabían que ya antes había ocurrido algo similar con un grupo de sus antepasados llamados los jareditas8.

Como se dijo, ésta es una transmisión mundial a una Iglesia cada vez más internacional, pero para todo el que celebra la Restauración del Evangelio es de interés el que la colonización de América se originara con un grupo que huía de su patria para adorar como deseaba hacerlo. Un erudito distinguido de la colonia puritana de América describió esa experiencia como la “misión [del cristianismo] en el desierto”, el esfuerzo de los israelitas de nuestros tiempos por librarse de la impiedad del Viejo Mundo y buscar de nuevo los caminos del cielo en una tierra nueva9.

Para los fines de esta noche, les recuerdo una última huida, para la cual se compuso el himno que cantamos. Fue nuestra propia Iglesia, guiada por nuestros propios profetas y dirigiendo a nuestros antepasados religiosos. Al ser perseguido José Smith en los estados de Nueva York, Pensilvania, Ohio, Misuri, y al ser finalmente asesinado en Illinois, vemos la representación en los últimos días de los hijos de Israel que de nuevo buscaban aislamiento. Brigham Young, el Moisés americano, como se le ha nombrado con admiración, llevó a los santos a los valles de las montañas mientras los santos cansados cantaban:

Hacia el sol, do Dios lo preparó,
buscaremos lugar
Do, libres ya de miedo y dolor,
nos permitan morar10.

Sión. La tierra prometida. La Nueva Jerusalén. ¿Dónde se encuentra? No estamos seguros, pero la hallaremos. Durante más de 4.000 años de historia de hacer convenios, éste ha sido el modelo: huir y buscar. Correr y poblar. Escapar de Babilonia. Edificar los muros de protección de Sión.

Hasta ahora. Hasta esta noche. Hasta nuestros días.

Nuestro llamamiento es el de edificar Sión donde estemos

Una de las muchas características singulares de nuestra dispensación de la plenitud de los tiempos —la última y la más grande de todas las dispensaciones— es la naturaleza cambiante de la forma en que establecemos el reino de Dios sobre la tierra. Algo emocionante de esta dispensación es que ya es la hora del cambio grande y acelerado. Y algo que ha cambiado es que la Iglesia de Dios nunca más huirá. Nunca más partirá de Ur para luego salir de Harán, y luego de Canaán, y después de Jerusalén, para no volver a salir de Inglaterra, para salir de Kirtland, ni para salir de Nauvoo, para ir a quién sabe dónde. No, como dijo Brigham Young por todos nosotros: “Nos han lanzado de la sartén a las llamas, de las llamas al suelo, pero aquí estamos, y aquí nos quedaremos”11. Seguir leyendo

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