Devocional mundial para jóvenes adultos – 10 de Septiembre de 2017

Devocional mundial para jóvenes adultos – 10 de Septiembre de 2017

El élder David A. Bednar, del Cuórum de los Doce Apóstoles, se dirigirá a los jóvenes adultos de todo el mundo

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Las Ruinas de Meguido

Liahona Noviembre 1962
Excabaciónes Bíblicas en la Tierra Santa

Las Ruinas de Meguido

por Christine y O. Preston Robinson

Segundo de una serie de artículos escritos por el hermano Robinson y su esposa, como resultado de su última visita a la Tierra Santa. (N. del Editor)

Cuando tuvo la visión que le mostró la última gran batalla del mundo, identificando el lugar como Armagedón (Apocalipsis 16: 16), Juan el Reve­lador debe haber tenido un perfecto conocimiento en cuanto a la trágica historia de Meguido. Har-Mageddon (Armagedón) significa ‘las montañas de Meguido” donde, a través de los siglos del pasado, probablemente hayan tenido lugar las más importantes batallas pelea­das jamás en el mundo.

Meguido es realmente una fortaleza situada sobre una colina a la entrada del paso que por el Sudoeste conduce desde las llanuras de Sarón hasta las de Jezreel (Esdraelón), que es el valle más grande de Israel. En dirección hacia la costa del mar Mediterráneo, esta llanura está rodeada por una áspera zona mon­tañosa, entre cuyos picos más altos se encuentran los montes Tabor, Gilboa y Carmelo. Fué sobre el Monte Tabor, según algunas autoridades en la materia, donde Cristo se transfiguró. El Gilboa se distingue a raíz de haber sido allí donde Saúl, el primer rey de Israel, y su hijo Jonatán fueron muertos durante su batalla con los filisteos. Y el Monte Carmelo fué escenario de aquella notable ocasión en que Elías el Profeta con­fundió a los sacerdotes de Baal, quienes fueron in­capaces de conseguir que sus dioses se manifestaran mientras que el Todopoderoso hizo que una bola de fuego consumiera el sacrificio ofrecido por Elías.

Debido al hecho de que a esta altura las montañas se proyectan en forma escarpada hacia el mar Medi­terráneo, las llanuras de Jezreel y de Sarón, unidas ambas por el paso dominado por la fortaleza de Meguido, constituyen la única vía de acceso hacia el in­terior de Palestina y de Egipto.

La Biblia, en hebreo, da a esta ruta el nombre de Derekh Hay-yam, que significa “camino del mar.” Durante la dominación romana, llegó a ser una arteria de estrategia militar muy importante, conocida por el nombre de “Via Maris.” Era éste el preferido y obli­gado itinerario de todos los ejércitos provenientes de la zona mesopotámica—la comarca comprendida entre los ríos Tigris y Eufrates—, que llegaban a Palestina o a Egipto con intenciones de conquista. A menos que utilizaran la ruta marítima, estos contingentes debían pasar por estos valles y por consiguiente les era nece­sario salvar primeramente el obstáculo presentado por la fortaleza de Meguido antes de poder alcanzar en­tonces sus objetivos militares.

Batalla tras batalla, Meguido fué escenario de constantes contiendas. Su historia más remota la identifica como una fortaleza canaanita. En 1478 a J.C, Meguido fué capturada por Tutmés III, rey de Egipto. Ya en aquella lejana época, sus botines de guerra eran magníficos. Fué precisamente en las proximidades de las llamadas “aguas de Meguido” que Débora y Barac vencieron a los canaanitas comandados por Sisara. En esta lucha, los hebreos estaban en inferioridad de condiciones con respecto a los canaanitas, quienes se presentaron a la batalla en carrozas armadas. Providencialmente, sin embargo, una gran tormenta tuvo lugar y la copiosa lluvia resultante hizo desbordar el río Cisón de manera tal que los carros de guerra de Sisara, al igual que el resto de sus tropas, se quedaron atascados en el lodo. Esto permitió que Débora y Barae arremetieran en contra de ellos y los derrotaran.

Es interesante destacar que también sobre esas mismas riberas del río Cisón, Elias el Profeta hizo matar, después de su demostración del poder de Dios sobro el Monto Carmelo, a los 450 inicuos sacerdotes de Baal, Esto irritó tanto a jezabel, la esposa de Acab, rey de Israel, que sentenció a Elías a morir en la misma forma. Jezabel hizo buscar minuciosamente por todas las colinas y llanuras de Juclea al gran Profeta, pero éste eludió triunfante la persecución de la irascible mujer.

Durante su reinado, también Salomón dependió grandemente de la fortificación de Meguido. El sabio monarca hizo restaurar y reforzó dicho baluarte, utili­zándolo luego para alojar sus 1.400 carros de guerra y su caballería consistente en 12.000 hombres.

Precisamente en Meguido, Jehú, “ungido de Jchova para que exterminara la familia de Acab,” mató a Ocozins, rey de Judá. También allí, en el año 610 a J.C, fué asesinado c\ amado rey Josías, cuando éste intentó interceder en una disputa surgida entre Necao, faraón de Egipto, y el rey de Asiria. Su cuerpo fué llevado entonces en una carroza a Jerusalén, donde “todo Israel lloró su muerte.”

Los ejércitos de Alejandro Magno y los de Asiría y Babilonia, cruzaron repetidas veces las llanuras de Esdraelón y sostuvieron enconadas batallas en Meguido y sus alrededores. También tuvieron lugar en esta zona los más importantes encuentros de las famosas “Cruzadas,” Aun en nuestro siglo, Meguido jugó un papel importante durante la Primera Guerra Mun­dial. En 1018, las tropas británicas invadieron el Norte de Palestina a través del paso de Meguido, a raíz de lo cual al Mariscal de Campo Allenby se le dio el título de Sir Allenby de Meguido.

Las primeras excavaciones modernas fueron efectuadas en Meguido en el año 1925, bajo la dirección del Instituto Oriental de la Universidad de Chicago. Einanciada por el millonario John D. Roekefeller hijo, y con la asistencia de la propia Biblia como guía, la expedición descubrió varias fortificaciones que datan de unos 2.000 años antes de Jesucristo. Allí se en­contró el Sello de Sama, el leal siervo de Jeruboam,

Aproximadamente en el centro de las vastas ruinas de Meguido, se levanta un reacondicionado altar canaanita, cuyo origen probablemente se remonte hasta los tiempos de Abrahán, cuando éste inició su derro­tero a          través  del valle de Esdraelón hacia Siquein (Samaría), y donde el gran patriarca construyó su primer altar. Se cree que fué allí donde el Señor prometió a Abrahán que el país de Canaán iba a ser eternamente para él y sus descendientes.

En la actualidad, al pie de las amplias ruinas de Meguido yace el hermoso valle de Esdraelón (Jezreel), donde se está desarrollando un extraordinaria­mente           productivo plan de agricultura. Gracias al abundante suministro de agua provisto por el río Cisón y sus tributarios, ésta es una de las más fértiles llanuras del moderno Israel.

El hermoso valle de Esdraelón está limitado al Sud y al Oeste por el Monte Carmelo y las sierras de Samada, al Este por los Montes Tabor y Gilboa, y al Norte por las onduladas colinas de Nazaret y de Galilea, alargándose hacia la hoy pujante y moderna ciudad industrial de Haifa, a orillas del mar Medite­rráneo.

Al caminar por entre las ruinas de Meguido, teniendo a sus pies la impresionante y pacífica vista del floreciente valle, sólo por medio de un gran esfuerzo puede uno imaginar que esa zona se ha destacado en la historia como un indómito campo de batalla, y que es ése el terrible Armagedón previsto por Juan el Revelador.

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Las Ruinas de Gat

Liahona Diciembre 1962
Excavaciones Bíblicas en la tierra Santa…

Las Ruinas de Gat

Por Christine y O. Preston Robinson

Tercero de una serie de artículos escritos por los hermanos Robinson sobre la excursión que efectuaron por la Tierra Santa a principios de año. (N. del Editor)

Fue durante el reinado de David, que Israel co­menzó a alcanzar la cumbre de su poder y gloria. Precisamente en el valle de Ela, unas pocas millas afuera de la ciudad de Gat, el joven David puso por primera vez de manifiesto el gran poder que habría de llevar al pueblo de Israel de la mano hacia el progreso.

Toda persona familiarizada con la Biblia conoce la historia de la famosa batalla librada entre David y Goliat. Aunque son bien conocidos los detalles de dicha lucha, sólo unos pocos eruditos bíblicos, sin embargo, se han aventurado a determinar el lugar considerado como escenario de la misma.

Fue aproximadamente en el año 1063 antes de Jesucristo, que un altivo y presumido gigante emergió del ejército filisteo y colocándose a su frente, provocó durante 40 días a las huestes de Israel, que se encontra­ban acampadas del otro lado del valle. Este soldado descomunal, retó a duelo a cualquiera de los guerreros israelitas que deseara batallar contra él. Su desafío consistía en conceder que los filisteos pasarían a ser siervos de los israelitas, si alguno de ellos llegaba a vencerle. Y si, por el contrario, él resultaba victorioso, los israelitas pasarían a ser sus esclavos.

Este gigante se llamaba Goliat, y era oriundo de la ciudad de Gat. Su altura era de 6 codos y 1 palmo (unos 2 metros 90 centímetros, aproximadamente), y tenía un físico perfectamente proporcionado.

Prácticamente por casualidad, David se encontraba visitando los ejércitos israelitas, que actuaban bajo las órdenes directas del rey Saúl. David había venido a traer provisiones para sus tres hermanos que estaban en el campo de batalla y cuando oyó el desafío de Goliat, se ofreció para luchar contra él. La historia de lo que sucedió como resultado de un certero tiro de honda, es bien conocida. Lo que no ha llegado a saberse con exactitud, es dónde esta acción tan impor­tante para la historia de Israel tuvo lugar.

La ciudad de Gat es mencionada repetidamente en el Antiguo Testamento. Esta fue una de las cinco ciudades filisteas (pentápolis)—siendo las otras Gaza, Ascalón, Ecrón y Asdod. Gat era llamada la ciudad real de los filisteos, y por consiguiente debe haber sido la residencia de sus reyes, lo cual fue por lo menos durante el período en que David debió huir y ocultarse de’ la ira de Saúl, puesto que la historia nos dice que entonces él y sus hombres buscaron refugio en dicha ciudad y vivieron allí, bajo la protección de uno de las reyes filisteos, por un período de 16 meses.

Aparte de haber constituido el hogar de Goliat y uno de los refugios de David, Gat debe haber sido sufi­cientemente importante para resultar una de las ciudades en las cuales fue guardada el arca del con­venio. La ciudad jugó un gran papel durante los reinados de Saúl, David y Salomón. Algo después, Roboam la fortificó, y aún más tarde, Amos nos relata algunas de las grandes calmidades que le acontecieron (Amos 6:2).

¿Dónde estaba ubicada esta importante ciudad filistea y qué le sucedió a la misma?

Por más de veinticinco años, los arqueólogos han estado buscando el sitio de la antigua ciudad de Gat en la Tierra Santa. Entre 1958-1959, los doctores R. H. Mitchell y B. Mazar efectuaron una intensa investiga­ción, llegando a la conclusión, después de una ardua tarea, que un montículo conocido con el nombre de Tel enNajila es, sin lugar a razonable duda alguna, el sitio de la famosa y antigua ciudad. Las primeras excavaciones del terreno revelaron ya una impresionante fortaleza que se calcula fue construida unos ocho siglos antes de Jesucristo. A fines del año en curso fue iniciada una serie de excavaciones de gran magnitud, que habrán de continuarse por un período de cinco años como mínimo. Las tareas del primer año consis­tirán en el dragado de largas zanjas experimentales, una vez completada la excavación de la vieja fortaleza, a fin de descubrir el grado histórico del lugar.’

Las tareas arqueológicas en las ruinas de Gat, estarán a cargo de la compañía Neher Biblical Excavation. El proyecto ha sido aprobado para recibir apoyo por parte del Departamento de Estado de los Estados Unidos y por el gobierno de Israel. En la faz educacional, el programa será secundado por el Seminario Teológico de Princeton.

Será en extremo interesante saber qué es lo que habrá de ser descubierto durante las excavaciones en Gat. Las mismas constituirán la primera exploración en gran escala de un terreno filisteo e indudablemente proveerán importantes informaciones acerca de la historia de Israel y bíblica, que hasta la fecha ha permanecido relativamente obscura.

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José Smith — Profeta del Señor

Liahona Diciembre 1962

José Smith — Profeta del Señor
“. . . Este verdaderamente es el profeta que había de venir al mundo.” (Juan 6:14)

Por R. Héctor Grillone

Para llevar a cabo lo que José Smith realizó, se necesita tener mucho más que una simple teoría o programa por delante. Cientos de personas—hombres y mujeres—intentaron solucionar el gran problema de la apostasía, pero nadie recurrió a la fuente natural de todas las causas, excepto nuestro Profeta moderno. La historia nos habla de personajes tales como Huss, Wesley, Calvino, Lutero, John Brown y muchos otros. Todos ellos presentaron su reclamo a las iglesias y su proclama al mundo. Muchos consiguieron prosélitos, varios fracasaron ruidosamente y algunos fueron sen­tenciados a la hoguera—drástica medida que caracteri­zaba los tiránicos juicios de toda una era de sofocación espiritual de la que la humanidad nunca habría podido ser rescatada sin la directa ayuda divina. Indudable­mente, los que se rebelaron y protestaron, en su mayoría, actuaron conforme a sinceras convicciones y honestos propósitos, puesto que prefirieron afrontar el peligro que el enojo y la sangrienta reacción de los ofendidos representaba, antes que acallar sus inquietudes espirituales y ceder a la presión despiadada de los que se habían encaramado sobre las conciencias populares.

Durante la Edad Media y hasta la época moderna la apostasía había arribado a un punto culminante y la iglesia predominante instituyó, especialmente en Italia y en España, la famosa Inquisición que determinó los trágicos resultados que hoy la historia deplora y narra con cierta reticencia. Los hombres y las mujeres —no importaban sus edades, condición civil o situación económica—que no confesaban públicamente ser cristianos, eran sacrificados como los corderos y palo­minos de las ofrendas hebreas; más aún, aquellas escenas parecían ser una reminiscencia de los rituales druidas. En 1633, el científico y matemático italiano Galileo Galilei tuvo que arrodillarse—actitud que ni Pedro permitió a Cornelio—ante la Inquisición y abjurar su supuesta herejía de haberse opuesto a los conceptos promulgados por la iglesia en cuanto al movimiento natural de la Tierra. El sacerdote dominico Tomás de Torquemada, nombrado oficialmente por la iglesia inquisidor en España en 1842, fué responsable directo de la muerte de más de 8.000 personas en la hoguera—personas que tuvieron la valentía de morir por sus propias conciencias. Las historia nos hace saber que Torquemada tenía que viajar escoltado por un verdadero ejército de 250 hombres—especialmente cada una de las tantas veces que debía ir a Roma para disculpar sus inhumanas torpezas ante el papa. En nuestro amado continente, la Inquisición estableció sus célebres tribunales del Santo Oficio, a fin de administrar la conciencia de los pueblos, en Chile, Perú, México, Colombia y las Provincias del Plata.

Todas estas gentes, figuras del preludio a la res­tauración, lucharon en contra de una administración arbitraria del evangelio. Hoy, en al altar de las realiza­ciones del hombre, la llama del reconocimiento hacia aquellos nobles iniciadores es conservada latente por la gratitud de los que gozamos de libertad.

José Smith también dejó oír su voz, y dispuesto a no acallarla, dio entonces su vida como testimonio final. Pero una esencial característica diferencia a este moderno Profeta de todos los demás predicadores o defensores de la verdad: el joven labrador no entró a analizar los credos existentes para determinar y destacar sus controversias, ni tampoco seleccionó piedras elementales de tal o cual doctrina para edificar con ellas una iglesia más. José Smith, haciendo eco sincero a la inspiración divina y desprovisto de todo interés creado o filosofía alguna, recurrió al único acto- comunión del alma y la actitud física—que posibilita las revelaciones del Altísimo: la oración. El Profeta mormón fue lo suficientemente humilde como para reconocer la limitada capacidad humana para tratar el asunto, y no confió en “el brazo de la carne,” sino que acudió al Padre de las Luces en busca de luz.

En verdad, parece ser que el hombre se inclina preferentemente a hacer las cosas por sí mismo, antes de recurrir a alguien—aun a Dios. La humildad, uno de los dones más preciados, es algo que a veces, si no está firmemente estructurada, se confunde en los términos del avergonzamiento. Quizás es por ello que el hombre teme ser o aparentar ser humilde, conside­rando que ésta es una condición que disminuye sus posi­bilidades. El presidente David O. McKay ha dicho que la reverencia—la cual exige humildad—pone de manifestó no la debilidad sino el poder del hombre. Esta declaración, de por sí misma, nos da a entender que mucha gente considera a la humildad como una expresión de los débiles, los cobardes o los incapacitados, cuando en realidad no es sino privativa de los que han sabido despojarse del orgullo humano para obtener una pureza de conciencia de características divinas.

José Smith, reverente y humilde, dobló sus rodillas y elevó fervientemente al Señor su voz, confiando en que El dejaría oír la Suya. Pregunto y fue contestado. Y presentó luego a la humanidad no una tesis de sus propias meditaciones intelectuales o filosóficas, sino el resultado de su devota indagación: la palabra revelada de Dios.

Desde aquella magnífica mañana de 1820, los pueblos del mundo han estado recibiendo las verdades del evangelio restaurado, cuya dispensación fue en­tonces iniciada. Los cielos habían estado cerrados por cerca de quince siglos—largos y obscuros—, más ahora sus ventanas se han abierto y por ellas fluyen las palabras y las bendiciones del Señor, gracias a que un ser preordinado en la preexistencia aceptó cumplir— y verdaderamente cumplió—su asignación.

En la actualidad, toda nación y toda lengua está presenciando la gloriosa marcha del plan de Dios en su última etapa—una marcha de paz, de amor y de justicia. Y más aún, los pueblos están siendo testigos de los efectos, alcances y poderes del evangelio restaurado—“por sus frutos los conoceréis—y comienzan a despertar del letargo en que la tradición—sombra nociva para el cultivo de la verdad—les tuvo sumidos.

Sin embargo, filósofos, clérigos, literatos, críticos y aun numerosas personas comunes, aúnan todavía sus voces—en un coro impotente—pretendiendo desvirtuar las contribuciones del Profeta moderno y restar im­portancia a las revelaciones divinas, sin querer com­prender que con ello sólo consiguen regocijar a Satanás. Y su especial atención, se ha concentrado precisamente en el baluarte del mormonismo: el Libro de Mormón, resultado de la manifestación directa del “don y poder de Dios”.

El Libro de Mormón es genuino. No es una novela debida a la fantasía de José Smith. Es el fruto, más bien, de su honesto interés por las cosas del Señor. Hombres y acontecimientos, historia y profecías, dan testimonio de su veracidad. No cualquiera—ni el más sabio de los hombres—pudo haberlo escrito sin la asistencia del Espíritu de Dios. Se ha dicho que para poder producir una obra similar, un hombre debería reunir las siguientes condiciones:

1.- Tener entre 23 y 24 años de edad.

2.-  Tener sólo tres años de educación formal.

3.- Cualquiera sea lo que escriba, debe ser en base a lo que sepa.

4.- Escribir un libro de 239 capítulos; 54 de ellos acerca de guerras, 21 sobre historia, 55 sobre profecías, 71 de doctrinas, 17 acerca de misioneros y 21 sobre la misión de Cristo.

5- Escribir una historia ocurrida en un país antiguo, cubriendo el período comprendido entre los años 600 a. J. C. y 421 de nuestra era.

6.- Incluir en dicho relato la historia de dos pueblos distintos y separados, junto con la de diferentes grupos de gentes o naciones contemporáneas.

7.- Describir las culturas religiosa, económica, social, política e institucional de estas dos naciones principales.

8.- Combinar en dicha historia la religión de Jesu­cristo y el sistema de vida cristiana.

9.- Completar el trabajo—habiendo cubierto un período de mil años—en sólo 80 días, aproximadamente.

10.- Una vez terminada la obra, no hacer cambio alguno. La primera edición del libro debe conservarse y mantenerse para siempre.

11.- Cada vez que, a los fines de poder dormir o comer haya hecho un alto en el trabajo, no preguntar luego al escribiente, al reanudar la tarea, que lea el último párrafo u oración que le hubiere dictado.

12.- Una vez terminada la obra, la misma debe comprender unas 546 páginas, con un promedio de 400 palabras en cada una de ellas.

13.- Agregar una considerable cantidad de nuevos giros gramaticales al idioma. (José Smith agregó 180 palabras nuevas al idioma inglés, mientras que William Shakespeare sólo añadió unas 30 a sus obras completas.)

14.- Declarar que el registro es una historia sagrada.

15.- Coincidir con las profecías bíblicas y dar cumplimiento a muchas de ellas, aun en cuanto a la forma exacta en que había de aparecer la obra, para quiénes sería escrita y cuáles eran sus propósitos y alcances.

16.- Darla a conocer a toda nación, raza, lengua y pueblo, declarando que es la palabra de Dios.

17.- Incluir en el registro esta maravillosa promesa: “Y cuando recibáis estas cosas, quisiera exhortaros a que preguntaseis a Dios el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, si no son verdaderas estas cosas; y si pedís con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo.”

8.- Cientos de miles de personas deben testificar, al menos durante los próximos 130 años, que habiendo puesto a prueba dicha promesa, el Espíritu Santo les ha hecho saber que el libro es verdadero.

19.- Afiliares de grandes hombres, gigantes intelec­tuales y reconocidos eruditos, deben reconocer la veracidad de la obra, aun hasta el punto de ofrecer sus vidas por ello.

20.- El libro no debe contener errores o equivoca­ción alguna.

21.- Las culturas de las civilizaciones descriptas en dicha historia, deben ser prácticamente desconocidas al tiempo de escribirla.

22.- La obra no debe tener ninguna declaración absurda, imposible o contradictoria.

23.- Aun así, muchos de sus hechos, ideas y de­claraciones deben parecer enteramente inconsistentes o estar en firme oposición con los conceptos y creencias prevalecientes en el mundo.

24.- Debe invitar a los más capaces y conocidos profesores y entendidos a que examinen cuidadosamente el texto. Y aun tratar de que el libro llegue a manos de los que parecen dispuestos a demostrar que el mismo es una falsificación y que a la vez estén capacitados para descubrir cualquier error al respecto.

25.- Durante los próximos 130 años, toda investiga­ción, evidencia científica y descubrimiento arqueológico relacionados con sus aseveraciones, deben confirmarlas hasta en el más mínimo detalle.

26.- Después de 130 años de análisis intensivo, ningún hecho o afirmación contenidos en el relato deberán ser desaprobados.

27.- Durante los próximos 130 años, muchas de las profecías contenidas en el libro deben cumplirse.

28.- Tres hombres honestos y de reconocida repu­tación, deberán testificar al mundo que un mensajero celestial apareció ante ellos para mostrarles los antiguos anales de los cuales reclama haber hecho la traducción.

29.- Estos tres testigos deben haber tocado, palpado y sopresado las referidas planchas y sus grabados.

30.- Otras ocho personas deberán también testificar haber visto y tocado las planchas a la luz del día.

31.- Tanto los tres primeros como los otros ocho testigos deben dar su testimonio al respecto, no en pos de ganancia material alguna, sino aun a costa de su sacrificio personal y de soportar persecuciones—cuando no la muerte.

32.- Debe encontrar alguien que aun sabiendo que no se recibirá remuneración alguna por la inversión, esté dispuesto a financiar la edición del libro; y éste debe venderse al precio del costo o menos.

33.- Finalmente, después de sufrir persecuciones y vilipendios durante 20 dramáticos años, estar dispuesto a dar su vida—y efectivamente darla—para sellar su testimonio.

En verdad, todo esto es imposible desde el simple punto de vista humano; habría sido asimismo imposible para José Smith, si no hubiera contado con la inspira­ción y el poder del Espíritu Santo. Hoy, gracias a la labor de este hombre, muchos pueblos del mundo están disfrutando de las bendiciones y el progreso espiritual reservados para ésta, la dispensación del cumplimiento de todos los tiempos. Y día a día, tal como lo anticipó Mormón en el prefacio de su compendio, el judío y .el gentil se están convenciendo de que JESÚS ES EL CRISTO.

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El Derecho de ser Feliz

Liahona Diciembre 1962

El Derecho de ser Feliz

Por el presidente David O. McKay

A felicidad es el deseo de toda la humanidad. Cada uno de nosotros tiene el derecho de ser feliz. Muchas personas se empeñan sinceramente en poner lo mejor de su parle para ello. Lamentablemente pocos, no obstante, llegan a compren­der que la guía más segura para dicha realización puede ser encontrada en la .declaración de Jesús de Nazaret: “El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 10:39) Este pasaje tan significativo contiene un secreto más digno de ser poseído que la fama o el poder, algo de más valor que todas las riquezas del mundo. Pero debe nacer de nosotros mismos. No podemos comprarlo. No podemos ordenar que nos sea proveído.

Dicho secreto es un principio o norma cuya aplicación habrá de permitir que la esperanza y la alegría reemplacen al desaliento y la tristeza; y henchirá nuestra vida con paz y contentamiento eternos.

¿Cuáles son las normas que traen la felicidad? Con toda mi alma creo que el mundo debe procurar hallarlas, que cada uno de nosotros habrá de encontrar gozo si nos guiamos por ellas. ¿Cuáles son algunas de estas normas?

La primera de todas, el fundamento de la felicidad y la paz en este mundo, es la fe en Dios. Los más grandes hombres han reconocido la existencia de un poder superior al mundo mismo—una fuerza que está más allá de la com­prensión finita del hombre. Hace ya varios años, se preguntó a los científicos más destacados del mundo si creían en Dios, y el noventa por ciento de ellos respondió “Sí”. Pero la mayor parte de ellos no sabía cómo Dios es. Saben que existe algún poder o fuerza; aun lo perciben alrededor de ellos. Pero también comprenden que no pueden inclinarse ante la electricidad o el átomo, porque el hombre está en camino de dominar el átomo, la fuerza conocida más grande. En verdad, el hombre es mayor que cualquiera de las fuerzas físicas que conoce.

Nosotros simplemente creemos que esa fuerza, ese poder que emana de alguna parte y lo crea todo, es un Dios personal.

Igualmente importante que la fe en Dios, es la creencia en Su Hijo Amado mediante el cual Dios se ha revelado a Sí mismo como el único “nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.” (Hechos 4:12)

Recordaremos que cuando uno de Sus discípulos le pidió: “Señor, muéstranos el Padre,…” Cristo respondió:… ¿tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has cono­cido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre;…” (Juan 14:8, 9). En lo que a mí respecta, cuando me arrodillo para orar, me gusto saber que me estoy dirigiendo a un Ser personal e inteligente—Cristo, el Hijo Amado—que está representando a Dios el Padre.

Otra de las normas o principios de la felici­dad, es el libre albedrío. Cuando el Padre dijo en el principio: “. . . podrás escoger según tu voluntad,…” (Moisés 3:17), al hombre le fué dada una parte de la divinidad de Dios. Ninguna otra de Sus creaciones tiene el poder de elegir. Podemos escoger entre lo bueno y lo malo. Podemos decir “sí” o “no”.

El libre albedrío no sólo para pensar, sino para hablar, actuar y trabajar, es un privilegio dado por Dios al hombre. En el Libro de Mormón, el profeta Jacob enseña:

“Anímense pues, vuestros corazones, y recordad que sois libres para obrar por vosotros mismos: para escoger la vía de la muerte eterna, o la de la vida eterna.” (2 Nefi 10:23)

Y en la presente dispensación, el Señor nos ha dicho:

“Porque la tierra está llena, hay suficiente y de sobra; sí, yo preparé todas las cosas y he concedido a los hijos de los hombres que sean sus propios agentes.” (Doc. y Con. 104:17)

Otra de las normas que debemos reconocer y valorar—agradeciéndola al Señor—es el poder del auto­dominio. El individuo que cede a las tentaciones no es feliz. La mujer que transige a cada impulso no es dichosa. Tanto el uno como la otra, encuentran placer en la indulgencia. Y también es así con cada animal. Pero la indulgencia no significa virilidad ni tampoco conduce a Dios. Llegar a Dios exige esfuerzo, resis­tencia y dominio. En su vuelo, la alondra asciende en virtud de la aposición o resistencia del aire—pero canta a medida que se eleva.

¿Es acaso tan ilusoria la verdad contenida en la paradójica declaración de que “uno debe perder su vida para hallarla”, que la humanidad parece no poder comprenderla? ¿O es tan incompatible con la lucha por la existencia, que los hombres la consideran impracticable?

El hecho de que Aquel que es “el Camino, la Verdad y la Vida” ha establecido una ley inmutable— cuya obediencia habrá de mejorar aquellas condiciones sociales y económicas dentro de las cuales “la inhumani­dad del hombre hacia el hombre ha causado incontables lamentos”—permanece, no obstante, en pie.

La ley, específicamente definida, declara que “vivimos nuestras vidas más cabalmente cuando nos empeñamos en hacer que el mundo sea mejor y más feliz.” La ley de la naturaleza, la supervivencia del más apto, consiste en la auto preservación a costa del sacrificio de todos los demás; pero, en contraste con ella, la verdadera vida espiritual significa “negarse a sí mismo para el bien de otros.”

Valoremos las cosas que tenemos para ser felices; no suspiremos por lo que está fuera de nuestro alcance. Precisamente la apreciación de las cosas que nos rodean es una de las normas del evangelio. Y os la recomiendo a vosotros, padres y madres, esposos y esposas. Y tam­bién la aconsejo a vosotros, los que estáis en la edad de la juventud, a nuestros muchachos y muchachas que suelen sentirse desalentados cuando ven o piensan que algunos de sus amigos tienen cosas que ellos no tienen. Sed felices con lo que poseéis y dejaos llevar de la mano por el Señor. Y progresaréis.

Nosotros, los que tenemos el evangelio de Jesu­cristo, sabemos sin lugar a dudas cuántas bendiciones, privilegios y oportunidades el mismo nos ofrece cuando nos embarcamos activamente en “el servicio de nuestros semejantes y nuestro Dios.”

La felicidad es hija de la obediencia y proviene de la observancia de las normas del evangelio de Jesucristo.

Que el Señor os bendiga, jóvenes y señoritas, para que podáis conservar valientemente las normas de la Iglesia, doquiera que os encontréis. Sed vosotros, jóvenes, lo suficientemente bravos como para preservar vuestra dignidad de hombres. Mantened vosotras, señoritas, vuestras virtudes y belleza constantemente. Que podamos nosotros, como miembros de la Iglesia, dar ejemplos al mundo y conservar siempre altos los nobles principios del evangelio de Jesucristo.

El profeta José Smith ha dicho: “La felicidad es el objeto y propósito de nuestra existencia; y también será el fin de ella, si seguimos el camino que nos con­duce a la felicidad; y este camino es virtud, justicia, fidelidad, santidad y obediencia a todos los manda­mientos de Dios.” (Enseñanzas del Profeta José Smith, página 312.)

Si el evangelio trae salvación al hombre—lo cual, os testifico, es indudable—la felicidad es entonces un atributo que cada uno de nosotros debe poseer. ¡Empeñémonos en ser verdaderamente felices!

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La Adivina de Endor y el Profeta Samuel

Quisiera Saber…

La Adivina de Endor y el Profeta Samuel

Por Joseph Fielding Smith
Consejo de los Doce Apóstoles

En el capitulo 28 del libro 1 de Sa­muel, leemos que el rey Saúl, habiendo muerto el Profe­ta, recurrió a cierta pitonisa de Endor pidiéndole que hiciera “venir a Samuel” para poder obtener consejos de él. Lo que yo quisiera saber es lo siguiente: ¿Cómo fué posible que una bruja tuviera poder suficiente para traer del mundo de los espíritus a un profeta de Dios? Aun reconociendo que el que obraba por medio de la adivina fué el gran poder de Satanás, ¿cómo pudo haber sido que dicho poder fuera efectivo sobre un profeta de Dios?

Hay varios pormenores relacionados con esta historia que el lector presu­pone y que no están necesariamente en armonía con los hechos. En primer lugar, el rey Saúl no vio al espíritu que acababa de ser llamado. Toda la información respecto de la identificación del mismo, pro­vino exclusivamente de la mujer. No hay duda que la adivina estaba ciertamente familiarizada con Samuel y pudo efectivamente describirlo. Es factible también pensar que la mujer era suficientemente perspicaz como para comprender la desesperada situación del rey de Israel. No obstante, permanece aún el hecho de que fué ella, y no Saúl, quien describió la aparición.

En mayo de 1898, el presidente Charles W. Penrose escribió un excelente artículo sobre el particular y no puedo hacer algo mejor que transcribir sus palabras, a fin de explicar mejor el caso:

“Hay mucha diferencia de opiniones en cuanto a la visita que Saúl, el rey de Israel, hizo, conforme lo narra la Biblia, a la adivina de Endor  y al significado de la entrevista de ésta con el finado profeta Samuel.

El concepto popular al respecto, es que la pitonisa, a instancias de Saúl, “trajo” el espíritu de Samuel y que el rey conversó con él y se enteró del destino que le esperaba en su guerra con los filisteos. Pero el inte­rrogante emerge ante el hecho de cómo un bruja, que de acuerdo a la ley mosaica no podía vivir en el país, y con quien toda consulta estaba prohibida por el Señor, pudo tener poder para traer de vuelta, por medio de su mandato, al espíritu de un profeta de Dios. En respuesta a ello se ha venido sugiriendo que la mujer no era realmente una adivina sino una profetisa oculta. Y por qué ella tenía necesidad de encu­brir su paradero, no se ha mencionado. Se ha alegado que la teoría de una “profetisa” ha sido propuesta y mantenida por personas que entienden cabalmente todo el asunto. No obstante, una cuidadosa investi­gación del caso mostrará que ha habido un gran mal entendimiento en la materia. Repasemos lo que el historiador relata:

“Se juntaron, pues, los filisteos, y vinieron y acamparon en Sunem; y Saúl juntó a todo Israel, y acamparon en Gilboa.

Y cuando vio Saúl el campamento de los filisteos, tuvo miedo, y se turbó su corazón en gran manera.

Y consultó Saúl a Jehová; pero Jehová no le respondió ni por Urim, ni por profetas.

Entonces Saúl dijo a sus criados: Buscadme una mujer que tenga espíritu de adivinación, para que yo vaya a ella y por medio de ella pregunte. Y sus criados le respondieron: He aquí hay una mujer en Endor que tiene espíritu de adivinación.

Y se disfrazó Saúl, y se puso otros vestidos, y se fue con dos hombres, y vinieron a aquella mujer de noche; y él dijo: Yo te ruego que me adivines por el espíritu de adivinación, y me hagas subir a quien yo te dijere.

Y la mujer le dijo: He aquí tú sabes lo que Saúl ha hecho, cómo ha cortado de la tierra a los evocadores y a los adivinos. ¿Por qué, pues, pones tropiezo a mi vida, para hacerme morir?

Entonces Saúl le juró por Jehová, diciendo: Vive Jehová, que ningún mal te vendrá por esto.

La mujer entonces dijo: ¿A quién te haré venir? Y él respondió: Hazme venir a Samuel.

Y viendo la mujer a Samuel, clamó en alta voz, y habló aquella mujer a Saúl, diciendo:

¿Por qué me has engañado? pues tú eres Saúl. Y el rey le dijo: No temas. ¿Qué has visto? Y la mujer respondió a Saúl: He visto dioses que suben de la tierra.

El le dijo: ¿Cuál es su forma? Y ella respondió: Un hombre anciano viene, cubierto de un manto. Saúl entonces entendió que era Samuel, y humillando el rostro a tierra, hizo gran reverencia.

Y Samuel dijo a Saúl: ¿Por qué me has inquietado hacién­dome venir? Y Saúl respondió: Estoy muy angustiado, pues los filisteos pelean contra mí, y Dios se ha apartado de mí, y no me responde más, ni por medio de profetas ni por sueños; por esto te he llamado, para que me declares lo que tengo que hacer.

Entonces Samuel dijo: ¿Y para qué me preguntas a mí si Jehová se ha apartado de ti y es tu enemigo?

Jehová te ha hecho como dijo por medio de mí; pues Jehová ha quitado el reino de tu mano, y lo ha dado a tu compañero, David.

Como tú no obedeciste a la voz de Jehová, ni cumpliste el ardor de su ira contra Amalee, por eso Jehová te ha hecho esto hoy.

Y Jehová entregará a Israel también contigo en manos de los filisteos; y mañana estaréis conmigo, tú y tus hijos; y Jehová entregará también al ejército de Israel en mano de los filisteos. (1 Samuel 28; 4-19; cursiva agregada.)

De lo precedente, se desprende que la mujer visitada por el rey Saúl era de la clase proscripta por mandamiento de Dios, a raíz de ser practicante de adivinación por medio de encantadores. Ni los profe­tas ni las profetisas eran entonces expulsados de la tierra o tratados sin respeto. Solamente lo eran aque­llas personas que, condenadas por la ley de Moisés, se escapaban de los alcances y efectos de las misma. Saúl había intentado todo medio legítimo para obtener orientación sobrenatural, pero habiéndose él alejado del Señor y el Señor apartado de él, no había respuesta de los cielos a sus inquisiciones; no hubo para él pala­bras del Señor por parte de los profetas, ni tampoco comunicación alguna le fué concedida por medio del Urim y Tumim. No recibió manifestación ninguna mediante sueños o visiones, ni tampoco murmullos, del Espíritu divino. En su desesperación, Saúl se volvió al poder opuesto. En ello, este rey pecó también en­tonces. El sabía que estaba violando la ley del Señor. En tiempos en que sirvió a Dios, “Saúl había arrojado de la tierra a los encantadores y adivinos,” pero cuando él mismo cayó en las tinieblas, procuró los medios de la tiniebla y selló su propia suerte. Y está escrito:

“Así murió Saúl por su rebelión con que prevaricó contra Jehová, contra la palabra de Jehová, la cual no guardó, y porque consultó a una adivina.” (1 Crónicas 10: 13; cursiva agregada.)

La ley del Señor con respecto a la prohibición de estas artes, fué dada a Moisés y forma parte del gran código mosaico. Y, por ejemplo, leemos en Levítico;

“No os volváis a los encantadores ni a los adivinos; no los consultéis, contaminándoos con ellos. . .” (Levítico 19:31.)

Y también en Deuteronomio:

“Y liarás según la sentencia que te indiquen los del lugar que Jehová escogiere, y cuidarás de hacer según todo lo que te manifiesten.

“Según la ley que te enseñen, y según el juicio que te digan, harás; no te apartarás ni a diestra ni a siniestra de la sentencia que te declaren.

“Y el hombre que procediere con soberbia, no obe­deciendo al sacerdote que está para administrar allí delante de Jehová tu Dios, o al juez, el tal morirá; y quitarás el mal de en medio de Israel.” (Deuteronomio 17: 10-12.)

La adivina de Endor, pues, en lugar de ser una profetisa, era una mujer que practicaba la nigromancía, es decir, la comunicación o la pretendida comunica­ción con los espíritus de los muertos. Pero ella estaba dominada por un encantador; en otras palabras, era una médium espiritista, similar a los modernos pro­fesores del arte, que reclamaba estar poseída por un espíritu notable, por medio del cual podía comunicarse con los muertos. Observaremos que en oportunidad de la misteriosa sesión, Saúl no vio al espíritu de Samuel ni a ningún otro personaje, sino a la bruja solamente. Ella declaró estar viendo a “un hombre anciano, cu­bierto con un manto.” Saúl—dice el relato—”entendió que era Samuel”, pero fué la adivina quien manifestó las palabras atribuidas a Samuel. La conversación toda entre el rey y el pretendido personaje fué conducida a través de la médium. Y por supuesto, todo esto pudo tener lugar sin la presencia real del profeta Samuel. La mujer, bajo la influencia de un encantador, pudo haber comunicado a Saúl las palabras atribuidas al Profeta, de igual manera como en la actualidad los médiums espiritistas, quienes como en el caso que nos ocupa realizan sus tareas por la noche o encubiertos por las tinieblas, dan voz a pretendidos mensajes de los muertos.

Que tales personas, en tiempos modernos o anti­guos, puedan o hayan podido invocar los espíritus de siervos o asistentes de Dios que hayan fallecido, va más allá de toda fe racional. Estos no están a la dis­posición de brujas, magos, adivinos o nigromantes. Lastimosa sería, en verdad, la condición de los espí­ritus en el paraíso si estuvieran bajo tales dominios. No tendrían descanso ni podrían disfrutar de su liberación de las labores y los problemas de la vida terrenal, lo cual es esencial para su felicidad, sino que estarían en una situación de esclavitud y sujetos a la voluntad y el capricho de personas que no conocen a Dios y cuyas vidas y ánimos son sólo terrenales.

Tampoco es ni ha sido nunca factible, conformo a la doctrina correcta, cine un profeta o una profetisa del Señor haya ejercido su poder para “traer” los espíritus de otros profetas o santos a su libre voluntad, para mantener una conversación con respecto a asuntos terrenales. No es ésta una de las funciones de los profetas o profetisas. La idea de que estas cosas pue­den ser hechas a requerimiento de hombres y mujeres en la carne, no debe ser abrigada por ningún Santo de los Últimos Días. El Señor ha dicho:

“Y cuando os dijeren: Preguntad a aquellos que tienen espíritu de pitón, y a los adivinos que atisban y hablan entre dientes, decid: ¿No debe un pueblo consultar a su Dios para (pie los vivos sepan de sus muertos?

“A la ley y al testimonio; y si no hablaren según esta palabra, es porque en ellos no hay luz.” (2 Nefi 18: 19-20; compárese, con Isaías 8: 19-20).

Ha sido sugerido que, en el caso de referencia, el Señor envió a Samuel en espíritu para que comunicara a Saúl lo que éste debía saber en cuanto a su inminente destino. Pero este concepto no armoniza con las decla­raciones del caso, hechas en el relato correspondiente. Si el Señor deseaba realmente impartir instrucciones o dar información alguna al rey de Israel, ¿por qué no respondió cuando Saúl le suplicó por medio de los canales legítimos de comunicación divina?

“Y consultó Saúl a Jehová; pero Jehová no le respondió ni por sueños, ni por Urim ni por profetas.” (1 Samuel 28:6.)

Saúl había intentado todos los conductos auténti­cos, a fin de obtener respuesta del Señor. ¿Por qué habría de ignorar el Señor los medios por El estable­cidos y enviar luego a Samuel, un Profeta, a través de un procedimiento prohibido? ¿Por qué iba a utilizar una persona que tenía “espíritu de pitón”, siendo que El mismo la había condenado por Su propia ley?

“Pero”—también se ha argumentado—”la predicción declarada por el espíritu de referencia llegó a cumplirse al pie de la letra; Israel fué entregada en manos de los filisteos y tanto Saúl como sus tres hijos, su escudero y su oficialidad fueron muertos. Por consiguiente, aquélla fué una profecía verdadera.” Aun admitiendo que fué perfectamente correcta, es indudable que si las brujas, los magos, los nigromantes y los encantadores proscriptos por la ley, no fueran capaces de predecir a veces algunas verdades, ninguna necesidad habría de prevenir a la gente en contra de ellos. Si Satanás nunca dijere una verdad, no sería posible para él engañar luego a la humanidad con sus falsedades. Los poderes de las tinieblas no podrían jamás prosperar sin el uso de un poco de luz. Precisamente, una pequeña verdad mezclada con una considerable mentira consti­tuyen uno de los métodos preferidos del enemigo para guiar a los hombres por mal camino. Por lo tanto, no hay nada valedero en la historia de esta entrevista de Saúl con la adivina de Endor, que pueda establecer, racional o doctrinariamente, el concepto de que la mujer de referencia era una profetisa del Señor ni que Samuel apareció verdaderamente a ella.

No existe evidencia satisfactoria alguna de que los espíritus de los muertos puedan comunicarse con los seres vivientes a través de médiums espiritistas ni por ninguno de los métodos comúnmente empleados para tal fin. Es indudable que los espíritus satánicos actúan como “encantadores” o “controles” y que personifican a los muertos o “revelan” cosas que sólo ellos y sus amigos mortales pretenden conocer, con el propósito de desviar a los crédulos, pero los que se ponen a disposición de estos poderes de las tinieblas para intermediar por ellos, no tienen autoridad ni poder para obligar la presencia de los espíritus de los justos o inducirles a comunicarse con los vivientes. Los justos están más allá y por arriba del arte de tales individuos, y los mismos médiums son frecuentemente víctimas de los espíritus diabólicos, y por consiguiente, “engañadores engañados”.

“He aquí, mi casa es una casa de orden, dice Dios el Señor, y no de confusión.” Cuando el Señor tiene algo que revelar, lo hará de la manera, por los medios y a través de las personas que El mismo ha designado. Si las personas mortales quieren saber algo acerca de sus seres queridos que ya han dejado de existir, deben recurrir al Señor y no a aquellos indi­viduos que presumen tener acceso “donde los ángeles temen poner sus pies.”

La esfera terrenal y la dimensión en que viven los espíritus de los que han muerto, son completamente distintas una de la otra y un velo ha sido sabiamente colocado entre ambas. Así como los seres vivientes no pueden, en su condición terrenal, ver ni conversar con los muertos, es razonable creer que también los habi­tantes del reino de los espíritus, en su condición nor­mal, están vedados de intercomunicarse con los mortales. Por especial y específico permiso del Señor, los seres de ambos lados del velo podrían manifes­tarse mutuamente, pero esto será ciertamente de acuerdo a la ley y conforme al orden que Dios ha establecido.

Mediante la obediencia a la ley y evitando nuestra asociación con personajes e influencias que no conocen a Dios ni obedecen Su evangelio, los Santos de los Últimos Días podremos eludir insidiosas decepciones y pesares, y seremos más susceptibles a la luz, inspira­ciones y revelaciones que han procedido y proceden de nuestro Padre Eterno.

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El Principio de la Reverencia

Liahona Octubre 1962

El Principio de la Reverencia

Por el presídeme David O, McKay

A reverencia es una de las más hermosas virtudes del hombre, que destaca no su debilidad sino su poder. Se ha dicho que el amor es el supremo atributo humano; y también que la simpatía mutua es otro de los principales dones. Pero yo colocaría a la reverencia inmediatamente después del amor. ¿Qué es la reverencia? Es un profundo respeto amalgamado con el amor—“una compleja emoción que emana de los sentimientos combinados del alma.”

La reverencia contiene contemplación, deferencia, dignidad y estima. Sin un cierto grado de la misma, por consiguiente, la cortesía, la gentileza o la consideración por los sentimientos o los derechos de otros, no serían posibles.

Esta incomparable virtud constituye uno de los principales fundamentos de la religión. La reverencia hacia Dios y las cosas sagradas es una de las más grandes características de toda alma noble. El hombre puede triunfar, pero si no sabe ser reverente nunca llegará a ser un gran hombre. Un gran hombre es reverente ante Dios y todo lo que con Él se asocia. Precisa­mente el mayor de los problemas mundiales en la actualidad, deriva de la actitud de los indi­viduos hacia Dios y Su Hijo Jesucristo.

No hace mucho estuvo cerca do la Cortina de Hierro. Pude sentir la presencia de una sombra pendiendo sobre aquella ciudad de Berlín. En la antiquísima China, el Cristianismo y la fe en Cristo han sido también aplastados por los comunistas. La reverencia y la fe en Dios están esfumándose de la mente de innumerables personas en aquellas naciones dominadas por el comunismo, y no necesitamos prueba mayor para demostrar el error de esa ideología.

Cierta vez visité el Taj Mahal, en la India- todo “un poema de arquitectura”—el más hermoso edificio en el mundo entero, conforme a la aseveración de muchos, mandado a construir por Shah Jehan en memoria de su esposa, Mumtaz Mahal. No se trata de una capilla o casa de oración; es, en realidad, una tumba. Cuando me encontraba allí, observé una gran cantidad de visitantes, turistas, curiosos y lu­gareños. Todos hablaban quedamente. En verdad, podría decirse que el ambiente creaba un espíritu de reverencia. Todos los visitantes procedían reverentemente porque sabían que el edificio no había sido erigido precisamente para dar cabida a actitudes irrespetuosas o descon­sideradas.

En la Iglesia, los edificios han sido construidos con el propósito de proveernos de un ambiente propicio para la comunión con nuestro Padre Celestial. No puedo concebir que alguien entre en nuestra casa de oración y solaz espiritual, animado en su corazón por impulsos alborotados.

Cuando entramos en una capilla, lo hacemos con el deseo de adorar al Señor. Queremos participar de Su Espíritu y por medio del mismo desarrollar nuestra fuerza espiritual. La primera frase de la oración que nos recomendara el Maestro, dice; “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.” (Mateo 6:9.) La palabra “santificado” está estrechamente asociada con el espíritu de la reverencia, porque ésta es el más sagrado de los atributos del alma. Si fuéramos a visitar o a entrevistar a uno de los reyes o gobernantes del mundo, indudablemente consideraríamos cuál sería la forma correcta de vestir y de presentarnos ante él. Quizás hasta consultaríamos a los entendidos y gastaríamos dinero a fin de poder estar propiamente ataviados. Y en este caso, sólo llegaríamos a estar en la presencia de un simple potentado o gobernante terrenal por quien tenemos gran respetó.

Pero cuando entramos en la casa de oración, nos allegamos a la presencia de nuestro Padre Celestial. Y este solo pensamiento debiera ser suficiente incentivo para que preparemos nuestros corazones, nuestras mentes y aun nuestra vestimenta, de manera que podamos estar adecuada y convenientemente en Su presencia.

Los niños, mediante el ejemplo y el precepto de los mayores, deben ser enseñados e impresionados acerca de lo improcedentes que en las reuniones de culto resultan la confusión y el desorden. Debiera con­vencérseles durante la niñez y recalcárseles en su juventud, que el conversar o aun murmurar durante un sermón constituye una marcada falta de respeto, y que es el colmo de la rudeza el abandonar el lugar de la reunión antes de finalizada la misma.

Los niños debieran ser enseñados en la sala de clase, dándoseles la oportunidad de hablar y de participar libremente en las actividades y los programas corres­pondientes, pero a ninguno de ellos debiera permitírsele perturbar o distraer a otros por medio de vulgares movimientos o frívolos comentarios. El buen orden en la clase es esencial para poder sembrar en los corazones y en las vidas de los jóvenes, el principio del auto­dominio. Además, es menester que desde nuestra edad temprana sepamos todos que nadie puede atropellar los derechos de nuestros semejantes.

Sea que nos reunamos en una humilde capilla o en “un poema de arquitectura”, nuestro acercamiento y actitud ante el Señor no varía. El sólo saber que Él está allí debe ser el factor que determine nuestra conducta.

En la vida hogareña hay tres influencias principales que despiertan el espíritu de la reverencia en nuestro niños y contribuyen al desarrollo de sus almas: la ternura en la orientación, la cortesía entre los padres y de éstos hacia sus hijos, y la oración familiar. Enseñad a vuestros niños estas lecciones desde temprano en sus vidas.

En todo hogar, la reverencia hacia el nombre de Dios debe ser algo predominante. En ninguna familia de la Iglesia debiera manifestarse expresión alguna de profanación al respecto. Esto es malo; es absoluta­mente irreverente tomar el nombre de Dios en vano. No existe una sola provocación que lo justifique. Apli­quemos constantemente en nuestras vidas diarias esta cualidad virtuosa de la reverencia.

Si hubiera más reverencia en los corazones de los hombres, habría menos lugar para el pecado y el dolor, y una creciente capacidad para el gozo y la alegría. El hacer que de entre todas las brillantes virtudes, esta joya que es la reverencia sea más atractiva, más adaptable y mucho más practicada, es un proyecto digno de todo esfuerzo por parte de los padres, y especialmente entre los miembros de la Iglesia.

 

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