Los tres aspectos de las decisiones

El presidente David O. McKay dijo: “Después de la concesión de la vida misma, el don más grande que Dios ha dado al hombre es el derecho de dirigir esa vida”.

Cada uno de nosotros ha venido a esta tierra con todos los medios necesarios para tomar decisiones correctas. “…a todo hombre se da el Espíritu de Cristo para que sepa discernir el bien del mal”.

Al enfrentarnos a decisiones importantes, ¿cómo decidimos? ¿Cedemos a la promesa de placer momentáneo? ¿A nuestros impulsos y pasiones? ¿A la presión de nuestros compañeros?

No seamos indecisos como Alicia en el país de las maravillas. Recordarán que ella se encuentra ante un cruce de caminos con dos senderos por delante, cada uno en direcciones opuestas. Ahí se encuentra con el gato Cheshire, al que le pregunta: “¿Qué camino debo tomar?”.

El gato contesta: “Depende mucho del punto adonde quieras ir. Si no sabes adónde quieres ir, no importa qué camino sigas”.

A diferencia de Alicia, todos nosotros sabemos a dónde queremos ir, y importa el camino que tomemos, ya que al seleccionar nuestro sendero, escogemos nuestro destino.

Constantemente tenemos decisiones ante nosotros. A fin de tomarlas sabiamente, se necesita valor, el valor para decir no, y el valor para decir sí. Las decisiones  determinan nuestro destino.

Les suplico que tomen la determinación aquí mismo, ahora mismo, de no desviarse del sendero que nos llevará a nuestra meta: la vida eterna con nuestro Padre Celestial. A lo largo de ese sendero estrecho y certero hay otras metas: servicio misional, casamiento en el templo, actividad en la Iglesia, estudio de las Escrituras, oración, obra del templo. Hay innumerables metas dignas que lograr en nuestro trayecto por la vida. Se necesita nuestro compromiso para lograrlas.

Por último, hermanos, hablo de los resultados de las decisiones. Todas nuestras decisiones tienen consecuencias, algunas de las cuales tienen poco o nada que ver con nuestra salvación eterna, y otras tienen todo que ver con ella.

Todos hemos tomado decisiones incorrectas. Si aún no hemos corregido esas decisiones, les aseguro que hay una manera de hacerlo. Al proceso se le llama arrepentimiento. Les suplico que corrijan sus errores. Nuestro Salvador murió para proporcionarnos ese bendito don a ustedes y a mí. A pesar de que el sendero no es fácil, la promesa es real: “…aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos”. “…y yo, el Señor, no los recuerdo más” No pongan su vida eterna en peligro. Si han pecado, cuanto más pronto empiecen a volver al camino, más pronto encontrarán la dulce paz y el gozo que vienen con el milagro del perdón.

Hermanos, ustedes son de linaje real. Su meta es la vida eterna en el reino de nuestro Padre. Esa meta no se logra en un glorioso intento, sino que es el resultado de toda una vida de rectitud, la acumulación de buenas decisiones, incluso una constancia de propósito. Al igual que con cualquier cosa que realmente valga la pena, la recompensa de la vida eterna requiere esfuerzo.

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