Lo mejor aún está por venir

Algunos podrán pensar: ¿Hay un futuro para mí? Un año o un semestre nuevo, una nueva materia o un romance nuevo, un nuevo trabajo o un nuevo hogar, ¿qué me reservan? ¿Tendré protección? ¿Será segura mi vida? ¿Puedo confiar en el Señor y en el futuro? ¿O sería mejor mirar atrás, volver atrás y vivir en el pasado?

A los de toda generación que se hagan esas preguntas, les digo: Recuerden… La fe es para el futuro. La fe pone los cimientos en el pasado pero nunca anhela quedarse allá. La fe confía en que Dios tiene grandes cosas reservadas para cada uno de nosotros y en que Cristo es en verdad el “sumo sacerdote de los bienes venideros”.

Mantengan los ojos puestos en sus sueños, por muy distantes y fuera de su alcance que parezcan. Vivan para ver los milagros del arrepentimiento y del perdón, de la confianza y del amor divino que transformarán su vida hoy, mañana y para siempre. Esa es la resolución de Año Nuevo que les ruego que guarden.

Al comenzar un nuevo año y tratar de beneficiarnos con una visión apropiada de lo que quedó atrás, les ruego que no insistan en el recuerdo de los días que no volverán ni en un vano anhelo del ayer, por muy bueno que ese ayer haya sido. El pasado es para aprender de él pero no para vivir en él. Miramos atrás con el deseo de reclamar las brasas de las experiencias radiantes pero no las cenizas. Y una vez que hayamos aprendido lo que tengamos que aprender y que guardemos con nosotros lo mejor de lo que hayamos experimentado, entonces miremos adelante y recordemos que la fe siempre señala hacia el futuro. La fe está siempre relacionada con bendiciones, verdades y acontecimientos del futuro que tendrán efecto positivo en nuestra vida.

El apóstol Pablo, después de examinar la vida privilegiada y compensadora de sus años de juventud —su primogenitura, su educación y su reputación en la comunidad judía—, dice a los filipenses que todo aquello era “basura” comparado con su conversión al cristianismo. Luego agrega, y lo parafraseo: “He dejado de glorificar los ‘buenos tiempos pasados’ y ahora contemplo con ansias el futuro ‘por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús’”.

“…pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante,

“prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”.

Dentro de nosotros hay una particularidad que nos impide perdonar y olvidar errores pasados, ya sean nuestros o de otras personas. Eso no es bueno; no es cristiano, y está en directa oposición a la grandiosidad y la majestad de la expiación de Cristo. El permanecer sujetos a errores de antaño es la peor manera de seguir sumergidos en el pasado, de lo cual se nos manda detenernos y desistir.

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