La verdadera Navidad

La verdadera Navidad

Por el presidente Howard W. Hunter (1907–1995)
Decimocuarto Presidente de la Iglesia
De “La verdadera Navidad”, Liahona, diciembre de 2005, págs. 12–15.

La verdadera Navidad llega a aquel que ha aceptado a Cristo en su vida.

En su breve epístola a los gálatas, Pablo muestra su gran preocupación por la evidente incredulidad de ellos y porque habían abandonado las enseñanzas sobre Cristo que él les había impartido. Escribió: “Bueno es tener celo por el bien siempre, y no solamente cuando estoy presente con vosotros. Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros” (Gálatas 4:18–19). En otras palabras, Pablo manifestó que sentiría dolor y ansiedad hasta que Cristo fuese “formado” en ellos, que es otra manera de decir, “[estar] en Cristo”, expresión que Pablo emplea habitualmente en sus escritos.

Es posible que Cristo nazca en la vida de los hombres, y cuando esa experiencia tiene lugar, se dice que tal hombre es “en Cristo”, es decir, que Cristo se ha “formado” en él. Ello presupone que aceptemos a Cristo en nuestro corazón y que hagamos de Él nuestro compañero constante en la vida. Cristo no es solo una verdad general ni un hecho histórico, sino que es el Salvador de los hombres en todo lugar y en todo momento. Al esforzarnos por ser como Cristo, Él “se forma” en nosotros; si abrimos la puerta, Él entrará; si buscamos Su consejo, Él nos aconsejará. Para que Cristo sea “formado” en nosotros, debemos creer en Él y en Su expiación. Esa creencia en Cristo y el guardar Sus mandamientos no nos reprimen, más bien, mediante ellos, los hombres son librerados. El Príncipe de Paz aguarda para darnos paz mental, con lo cual podemos convertirnos en conductos de esa paz.

La verdadera Navidad llega a aquel que ha aceptado a Cristo en su vida como una fuerza impulsora, dinámica y revitalizadora.

Al reflexionar sobre la Navidad, James Wallingford escribió lo siguiente:

La Navidad no es un día ni una estación, sino una condición del corazón y de la mente.
Si amamos al prójimo como a nosotros mismos;
si en nuestra riqueza somos pobres en espíritu y en nuestra pobreza somos ricos en misericordia;
si nuestra caridad no se gloría en sí misma sino que es sufrida y benigna;
si cuando nuestro hermano nos pide un pan, nos entregamos a nosotros mismos; si cada día nace repleto de oportunidades y muere habiendo logrado algo, sin importar cuán pequeño sea;
entonces cada día es de Cristo y la Navidad siempre está cerca.
(En Charles L. Wallis, editor, Words of Life, 1966, pág. 33).

Si desean buscar el verdadero espíritu de la Navidad y participar de su dulzura, permítanme hacerles la siguiente sugerencia: Durante el ajetreo de los festejos de esta Navidad, aparten un tiempo para volver su corazón a Dios. Tal vez en las horas de quietud, en un lugar tranquilo y arrodillados, a solas o acompañados de sus seres queridos, den gracias por todo lo bueno que hayan recibido y pidan que Su Espíritu more en ustedes a medida que se esfuerzan seriamente por servirle y guardar Sus mandamientos. Él los tomará de la mano y cumplirá Sus promesas.

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