Heridos

Heridos

Todos entendemos que las dificultades son parte de la vida, pero cuando nos llegan personalmente pueden dejarnos sin aliento. Sin llegar a alarmarnos, debemos estar preparados. El apóstol Pedro dijo: “Amados, no os asombréis del fuego de prueba que os ha sobrevenido para poneros a prueba, como si alguna cosa extraña os aconteciese”. Junto a los brillantes colores de la felicidad y el gozo, los oscuros hilos de la prueba y la tragedia están profundamente tejidos en la tela del plan de nuestro Padre. Esas pruebas, aunque difíciles, a menudo se convierten en nuestros mejores maestros.

Nunca se den por vencidos; independientemente de lo profundas que sean las heridas de su alma, o cuál sea la causa, el momento o el lugar en que suceden, o que persistan más o menos en el tiempo… ustedes no han nacido para morir espiritualmente. Están hechos para sobrevivir espiritualmente e incrementar su fe y su confianza en Dios.

El Salvador es nuestro Buen Samaritano, enviado “a sanar a los quebrantados de corazón”. Él viene a nosotros cuando otras personas pasan de largo. Con compasión, Él unta Su bálsamo sanador en nuestras heridas y las venda. Él nos lleva en brazos. Él nos cuida. Él nos invita a venir a Él, y Él nos sanará.

“Y [Jesús]… [sufrirá] dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases… para que… [pueda tomar] sobre sí los dolores y las enfermedades de su pueblo… [tomando sobre sí nuestras] debilidades… [con] misericordia”

Venid, desconsolados, cualquiera sea vuestro dolor.
Venid al asiento de la Expiación, con ferviente oración.
Traed vuestro corazón herido; vuestra angustia derramada.
No hay pesares en la tierra que el cielo no pueda curar.

En un momento de tremendo sufrimiento, el Señor dijo al profeta José: “… todas estas cosas te servirán de experiencia, y serán para tu bien”. ¿Cómo pueden las dolorosas heridas ser para nuestro bien? En el crisol de las pruebas terrenales, pacientemente avancen, y el poder sanador del Salvador les brindará luz, comprensión, paz y esperanza.

Oren con todo su corazón. Fortalezcan su fe en Jesucristo, en Su realidad, en Su gracia. Aférrense a Sus palabras: “Te basta mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad”.

Recuerden: el arrepentimiento es una poderosa medicina espiritual. Guarden los mandamientos y sean dignos del Consolador, recordando que el Salvador prometió: “No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros”.

La paz del templo es un reconfortante bálsamo para el alma herida. Regresen a la Casa del Señor con sus corazones heridos y los nombres de sus familiares con tanta frecuencia como les sea posible. El templo proyecta la brevedad de la vida terrenal sobre la pantalla panorámica de la eternidad.

Miren atrás y recuerden que ustedes demostraron su dignidad en su estado preterrenal. Ustedes son valientes hijos e hijas de Dios y, con Su ayuda, pueden salir triunfantes en las batallas de este mundo caído. Lo han hecho antes y pueden hacerlo otra vez.

Miren hacia adelante. Sus problemas y pesares son muy reales, pero no durarán para siempre. Sus noches oscuras pasarán, porque el Señor sí se levantó “con sanidad en sus alas”.

…“En ocasiones nos sobreviene la desilusión, pero nunca permitimos que se quede”. El apóstol Pablo dijo: “… estamos atribulados… pero no angustiados; en apuros, pero no desesperados; perseguidos, pero no desamparados; abatidos, pero no destruidos”. Quizás estén exhaustos, pero nunca se den por vencidos.

Testifica el apóstol Juan, los justos “que han salido de la gran tribulación” estarán “vestidos de ropas blancas… delante del trono de Dios”. El Cordero “extenderá su pabellón sobre [nosotros]… y Dios enjugará toda lágrima de los ojos [suyos]”. Ese día llegará. De ello testifico.

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