El faro del Señor

Os preguntaréis ansiosamente: “¿Hay algún camino hacia la seguridad? ¿Puede alguien guiarme? ¿Existe una puerta de escape para la amenaza de destrucción?” La respuesta es un estruendoso ¡sí! El consejo que os doy es que busquéis el faro del Señor. No hay niebla que sea tan espesa, noche que sea tan oscura, tempestades tan furiosas, ni marinos tan perdidos que la luz de su faro no pueda iluminar, calmar y rescatar; ella nos guía a través de las tormentas de la vida; nos llama diciendo: Este es el camino a la seguridad, el sendero de regreso al hogar”. El faro del Señor envía señales que se reconocen fácilmente y que jamás fallan. Hay muchas de estas señales; indicaré tres y deseo que les prestéis atención, pues nuestra exaltación puede depender de ellas:

La oración nos brinda paz.
La fe precede al milagro.
La honestidad es el mejor plan de acción.

La oración nos brinda paz. José oró; Jesús oró; todos conocemos el resultado de sus oraciones. Aquel a quien no pasa inadvertida la caída de un gorrión seguramente oye las dulces súplicas de nuestro corazón. Recordad la promesa:

“Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.” (Sant. 1:5.)

¡Qué maravillosa promesa! ¡Feliz de la joven que ora siempre a fin de ser librada de la tentación!

La fe precede al milagro. Así ha sido siempre y así siempre será. Cuando a Noé se le mandó construir un arca, todavía no había empezado a llover; cuando José se arrodilló a orar en el bosque, todavía no había visto a los dos Personajes celestiales; cuando Abraham se preparó para sacrificar a su hijo Isaac, todavía no había a la vista una ofrenda que lo reemplazara. En todos estos casos primero vino la prueba de la fe, y luego el milagro.

La honestidad es el mejor plan de acción.

Sed honestas con vuestros padres. Ellos no os guiarán erróneamente a propósito; no os llevarán hacia el camino del pecado, sino que más bien os dirigirán hacia la luz de la verdad. Una forma de ser honestas con vuestros padres es tener la habilidad de comunicaros con ellos. Evitad los silencios provocados por el enojo. Recordad que el tic-tac del reloj se hace más fuerte y las manecillas se mueven mucho más lentamente cuando la oscuridad de la noche lo cubre todo, la hora es avanzada y una amada hija todavía no ha regresado a la casa. Quizás en ese momento suene el teléfono y una voz diga: “Mamá, estamos bien, pero nos detuvimos a comer algo. No te preocupes; todo está bien. Pronto estaré en casa”.

Discurso completo: El faro del Señor

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