Trato, trato, trato

Conferencia General de octubre 2018

Trato, trato, trato

Por el presidente Henry B. Eyring
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

El Salvador está poniendo Su nombre en el corazón de ustedes; y ustedes sienten el amor puro de Cristo por otras personas y por sí mismos.

Mis queridos hermanos y hermanas, agradezco la oportunidad de hablarles. Esta conferencia ha sido ennoblecedora y edificante para mí. El Espíritu Santo ha llevado a nuestro corazón la música que se ha cantado y las palabras que se han dicho. Ruego que lo que diga se lo comunique a ustedes el mismo Espíritu.

Hace muchos años, fui primer consejero de un presidente de distrito en el este de los Estados Unidos. Más de una vez, cuando viajábamos a nuestras pequeñas ramas, me decía: “Hal, cuando conozcas a alguien, trátalo como si tuviera graves problemas, y acertarás más del cincuenta por ciento de las veces”. No solo tenía razón, sino que, con los años, he aprendido que su cálculo se quedaba corto. Hoy deseo alentarlos en los problemas que afrontan.

Nuestra vida terrenal ha sido concebida por un Dios amoroso para que sea una prueba y una fuente de crecimiento para todos nosotros. Recuerden las palabras de Dios concernientes a Sus hijos al momento de la creación del mundo: “Y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare”1.

Desde el comienzo, las pruebas no han sido sencillas. Afrontamos pruebas que surgen de tener un cuerpo físico. Todos nosotros vivimos en un mundo en que se intensifica la guerra de Satanás contra la verdad y contra nuestra dicha individual. Probablemente les parezca que el mundo y su vida están en creciente conmoción.

Mi tranquilidad es esta: el Dios amoroso que ha permitido esas pruebas para ustedes también ha dispuesto un modo seguro de atravesarlas. De tal manera amó el Padre Celestial al mundo que envió a Su Hijo Unigénito para ayudarnos2. Su Hijo Jesucristo ha dado la vida por nosotros. Jesucristo cargó en Getsemaní y en la cruz el peso de todos nuestros pecados; sintió todos los pesares, los dolores y los efectos de nuestros pecados para poder consolarnos y fortalecernos durante cada prueba de la vida3.

Recordarán que el Señor dijo a Sus siervos:

“El Padre y yo somos uno. Yo soy en el Padre y el Padre en mí; y por cuanto me habéis recibido, vosotros sois en mí y yo en vosotros.

“Por tanto, estoy en medio de vosotros, y soy el buen pastor y la roca de Israel. El que edifique sobre esta roca nunca caerá”4.

Nuestro profeta, el presidente Russell M. Nelson, nos ha dado la misma seguridad. Además, ha descrito una manera en la que podemos edificar sobre esa roca y poner el nombre del Señor en nuestro corazón durante las pruebas.

Dijo: “Usted, que quizás esté momentáneamente descorazonado, recuerde que la vida no tiene como fin ser fácil. Habrá que soportar pruebas y sobrellevar pesares por el camino. Conforme recuerde que ‘ninguna cosa es imposible para Dios’ (Lucas 1:37), sepa que Él es su Padre. Usted es un hijo o una hija creado a Su imagen, con el derecho —mediante la dignidad— de recibir revelación que le ayude en sus rectos esfuerzos. Usted puede tomar sobre sí el santo nombre del Señor; puede ser merecedor de hablar en el sagrado nombre de Dios (véase D. y C. 1:20)”5.

Las palabras del presidente Nelson nos recuerdan la promesa que se halla en la oración sacramental, la cual nuestro Padre Celestial cumple conforme nosotros hacemos lo que prometemos a cambio.

Escuchen las palabras: “Oh Dios, Padre Eterno, en el nombre de Jesucristo, tu Hijo, te pedimos que bendigas y santifiques este pan para las almas de todos los que participen de él, para que lo coman en memoria del cuerpo de tu Hijo, y testifiquen ante ti, oh Dios, Padre Eterno, que están dispuestos a tomar sobre sí el nombre de tu Hijo, y a recordarle siempre, y a guardar sus mandamientos que él les ha dado, para que siempre puedan tener su Espíritu consigo. Amén”6.

Cada vez que decimos la palabra amén al ofrecerse esa oración a nuestro favor, prometemos que, al participar del pan, estamos dispuestos a tomar sobre nosotros el santo nombre de Jesucristo, a recordarlo siempre y a guardar Sus mandamientos. A Su vez, Él promete que nosotros siempre podremos tener Su Espíritu con nosotros. Debido a esas promesas, el Salvador es la roca sobre la cual podemos estar a salvo y sin temor en cada tempestad que afrontemos.

Al meditar en las palabras del convenio y las correspondientes bendiciones que se prometen, me he preguntado lo que significa estar dispuestos a tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo.

El presidente Dallin H. Oaks explica: “Es significativo que, cuando participamos de la Santa Cena, no testificamos que tomamos sobre nosotros el nombre de Jesucristo, sino que estamos dispuestos a hacerlo (véase D. y C. 20:77). El hecho de que solo testifiquemos estar dispuestos indica que algo más debe suceder antes de que en efecto tomemos sobre nosotros ese sagrado nombre en el sentido más trascendental”7.

La declaración de que estamos “dispuestos a tomar [Su nombre] sobre [nosotros]” nos indica que, aunque tomamos primeramente el nombre del Señor al bautizarnos, ese acto no ha finalizado con el bautismo. Debemos esforzarnos continuamente por tomar Su nombre durante toda nuestra vida, incluso al renovar los convenios en la mesa sacramental y al hacer convenios en los santos templos del Señor.

De modo que cada uno de nosotros debe tener dos preguntas cruciales: “¿Qué debo hacer para tomar Su nombre sobre mí?” y “¿Cómo sabré cuando esté progresando?”.

Las palabras del presidente Nelson sugieren una útil respuesta; él dijo que podíamos tomar el nombre del Salvador sobre nosotros y hablar en Su nombre. Cuando hablamos en Su nombre, le servimos. “Porque ¿cómo conoce un hombre al amo a quien no ha servido, que es un extraño para él, y se halla lejos de los pensamientos y de las intenciones de su corazón?”8.

Hablar en nombre de Él requiere orar con fe; se requiere una ferviente oración al Padre Celestial para conocer las palabras que podemos hablar a fin de ayudar al Salvador en Su obra. Debemos ser merecedores de la promesa: “Sea por mi propia voz o por la voz de mis siervos, es lo mismo”9.

Sin embargo, para tomar Su nombre sobre nosotros, se requiere más que hablar en Su nombre. Hay sentimientos que debemos tener en el corazón para reunir las cualidades de ser Sus siervos.

El profeta Mormón describió los sentimientos que nos permiten y nos hacen ser merecedores de tomar Su nombre sobre nosotros; entre ellos están la fe, la esperanza y la caridad, que es el amor puro de Cristo.

Mormón explicó:

“Porque juzgo que tenéis fe en Cristo a causa de vuestra mansedumbre; porque si no tenéis fe en él, entonces no sois dignos de ser contados entre el pueblo de su iglesia.

“Y además, amados hermanos míos, quisiera hablaros concerniente a la esperanza. ¿Cómo podéis lograr la fe, a menos que tengáis esperanza?

“Y, ¿qué es lo que habéis de esperar? He aquí, os digo que debéis tener esperanza, por medio de la expiación de Cristo y el poder de su resurrección, en que seréis levantados a vida eterna, y esto por causa de vuestra fe en él, de acuerdo con la promesa.

“De manera que si un hombre tiene fe, es necesario que tenga esperanza; porque sin fe no puede haber esperanza.

“Y además, he aquí os digo que el hombre no puede tener fe ni esperanza, a menos que sea manso y humilde de corazón.

“Porque si no, su fe y su esperanza son vanas, porque nadie es aceptable a Dios sino los mansos y humildes de corazón; y si un hombre es manso y humilde de corazón, y confiesa por el poder del Espíritu Santo que Jesús es el Cristo, es menester que tenga caridad; porque si no tiene caridad, no es nada; por tanto, es necesario que tenga caridad”.

Tras describir la caridad, Mormón prosigue diciendo:

“Pero la caridad es el amor puro de Cristo, y permanece para siempre; y a quien la posea en el postrer día, le irá bien.

“Por consiguiente, amados hermanos míos, pedid al Padre con toda la energía de vuestros corazones, que seáis llenos de este amor que él ha otorgado a todos los que son discípulos verdaderos de su Hijo Jesucristo; para que lleguéis a ser hijos de Dios; para que cuando él aparezca, seamos semejantes a él, porque lo veremos tal como es; para que tengamos esta esperanza; para que seamos purificados así como él es puro. Amén”10.

Testifico que el Salvador está poniendo Su nombre en nuestro corazón. En el caso de muchos de ustedes, su fe en Él se halla en aumento; sienten más esperanza y optimismo; y sienten el amor puro de Cristo por los demás y por sí mismos.

Lo veo en los misioneros que sirven en todo el mundo. Lo veo en los miembros que hablan a sus amigos y familiares sobre La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Hay hombres, mujeres, jóvenes e incluso niños que ministran por el amor que sienten hacia el Salvador y su prójimo.

Ante las primeras noticias de catástrofes en el mundo, los miembros planifican ir al rescate, a veces cruzando océanos, sin que se les pida hacerlo. En ocasiones, les resulta difícil esperar hasta que las zonas devastadas puedan recibirlos.

Tengo presente que algunos de ustedes que escuchan ahora quizás sienten que sus problemas superan su fe y esperanza; y tal vez anhelen sentir amor.

Hermanos y hermanas, el Señor brinda oportunidades cerca de ustedes para que sientan y compartan el amor de Él. Pueden orar con confianza para que el Señor los conduzca a amar a alguien en Su nombre; Él contesta las oraciones de mansos voluntarios como ustedes. Sentirán el amor de Dios por ustedes y por la persona a quien sirvan en Su nombre. Al ayudar a los hijos de Dios en sus dificultades, sus propios problemas parecerán más ligeros; se fortalecerán su fe y su esperanza.

Soy testigo presencial de esa verdad. Durante toda una vida, mi esposa ha hablado en nombre del Señor y ha servido a personas en Su nombre. Como he mencionado antes, uno de nuestros obispos me dijo cierta vez: “Estoy asombrado. Cada vez que me entero de alguna persona del barrio que tiene problemas, me apresuro a ayudar; pero, para cuando llego, siempre parece que su esposa ya ha pasado por allí”. Así ha sido en todos los lugares en que hemos vivido durante 56 años.

Ahora apenas puede hablar algunas palabras al día. La visitan personas que ella ha amado en nombre del Señor. Cada noche y cada mañana, canto himnos y oro con ella; y yo tengo que ser el portavoz en las oraciones y en las canciones. A veces, la veo gesticular la letra de los himnos. Prefiere las canciones para los niños. El mensaje que más parece gustarle lo resume la canción “Yo trato de ser como Cristo”11.

El otro día, después de cantar la parte que dice “Yo trato de ser como Cristo”, ella dijo en voz baja, pero con claridad: “Trato, trato, trato”. Creo que descubrirá, cuando lo vea, que nuestro Salvador ha puesto Su nombre en el corazón de ella, y que ha llegado a ser más semejante a Él. Ahora Él la lleva en brazos durante sus dificultades, tal como los llevará a ustedes durante las suyas.

Les testifico que el Salvador los conoce y los ama; conoce sus nombres tal como ustedes conocen el de Él; Él conoce sus problemas. Él los ha experimentado. Él, por medio de Su expiación, ha vencido al mundo. Ustedes, por medio de su disposición de tomar el nombre de Él sobre ustedes, aligerarán las cargas de innumerables personas. Y con el tiempo hallarán que conocen mejor al Salvador y que lo aman más. El nombre de Él estará en su corazón y se grabará en su memoria. Es el nombre por el cual serán llamados. De ello testifico con gratitud por Su amorosa bondad para conmigo, mis seres queridos y ustedes, en el nombre de Jesucristo. Amén.


Notas

  1. Abraham 3:25.
  2. Véase Juan 3:16–17.
  3. Véase Alma 7:11–12.
  4. Doctrina y Convenios 50:43–44.
  5. Véase Russell M. Nelson, “Porque nada hay imposible para Dios”, Liahona, julio de 1988, pág. 36.
  6. Doctrina y Convenios 20:77.
  7. Véase Dallin H. Oaks, “El tomar sobre nosotros el nombre de Cristo”, Liahona, julio de 1985, págs. 77–78.
  8. Mosíah 5:13.
  9. Doctrina y Convenios 1:38.
  10. Moroni 7:39–44, 47–48.
  11. Véase “Yo trato de ser como Cristo”, Canciones para los niños, págs. 40–41.
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