Firmes e inmutables en la fe de Cristo

Conferencia General de octubre 2018

Firmes e inmutables en la fe de Cristo

Por el élder D. Todd Christofferson
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Permanecer firmes e inmutables en la fe de Cristo requiere que el evangelio de Jesucristo penetre el corazón y el alma.

En la historia del Antiguo Testamento, leemos sobre períodos sucesivos en los que los hijos de Israel honraron su convenio con Jehová y lo adoraron, y otros momentos en los que ignoraron ese convenio y adoraron ídolos o baales1.

El reinado de Acab fue uno de los períodos de apostasía en el reino del norte de Israel. En una ocasión, Elías el Profeta pidió al rey Acab que reuniera al pueblo de Israel, así como también a los profetas y sacerdotes de Baal en el monte Carmelo. Cuando el pueblo estaba reunido, Elías les dijo: “¿Hasta cuándo claudicaréis vosotros entre dos opiniones? [o en otras palabras: “¿Cuándo decidirán de una vez por todas?”] Si Jehová es Dios, seguidle; y si Baal, seguidle a él. Y el pueblo no respondió palabra”2. Por tanto, Elías indicó que tanto él como los profetas de Baal cortaran un buey y lo pusieran sobre una pila de leña en sus respectivos altares, pero que “no [pusieran] fuego debajo”3. Entonces, “Invocad luego vosotros el nombre de vuestros dioses, y yo invocaré el nombre de Jehová; y el Dios que responda por medio del fuego, ese es Dios. Y todo el pueblo respondió, diciendo: Bien dicho”4.

Recordarán que los sacerdotes de Baal clamaron a su inexistente dios durante horas para que enviara fuego, pero “no hubo voz, ni quien respondiese ni escuchase”5. Cuando llegó el turno de Elías, reparó el altar del Señor que estaba arruinado, colocó sobre él la leña y la ofrenda, y mandó que empaparan todo con agua, no una, sino tres veces. No había duda de que ni él ni ningún otro poder humano podía encender el fuego.

“Y sucedió que cuando llegó la hora de ofrecer el sacrificio, se acercó el profeta Elías y dijo: Oh Jehová, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, sea hoy manifiesto que tú eres Dios en Israel, y que yo soy tu siervo, y que por mandato tuyo he hecho todas estas cosas…

“Entonces cayó fuego de Jehová, el cual consumió el sacrificio, y la leña, y las piedras, y el polvo, y aun lamió el agua que estaba en la zanja.

“Y viéndolo todo el pueblo, cayeron sobre sus rostros y dijeron: ¡Jehová es Dios! ¡Jehová es Dios!”6.

Hoy en día, Elías el Profeta podría decir:

  • Nuestro Padre Celestial, o existe o no existe, pero si existe, adórenlo.
  • Jesucristo, o es el Hijo de Dios y el Redentor resucitado de la humanidad o no lo es, pero si lo es, síganlo.
  • El Libro de Mormón, o es la palabra de Dios o no lo es, pero si lo es, entonces “[acérquense] más a Dios al [estudiar y] seguir sus preceptos”7.
  • José Smith, o vio y habló con el Padre y el Hijo en aquel día de primavera de 1820, o no lo hizo, pero si lo hizo, entonces acepten el manto profético y las llaves del sellamiento que yo, Elías, conferí sobre él.

En la conferencia general más reciente, el presidente Russell M. Nelson declaró: “No tienen que preguntarse qué es verdad [véase Moroni 10:5]. No tienen que preguntarse en quién pueden confiar de manera segura. Mediante la revelación personal, pueden recibir su propio testimonio de que el Libro de Mormón es la palabra de Dios, de que José Smith es un profeta, y de que esta es la Iglesia del Señor. Independientemente de lo que otros digan o hagan, nadie puede despojarlos del testimonio que les llegue al corazón y a la mente sobre lo que es verdadero”8.

Cuando Santiago prometió que Dios “da a todos abundantemente” los que procuran Su sabiduría9, también advirtió:

“Pero pida con fe, no dudando nada, porque el que duda es semejante a la ola del mar, que es movida por el viento y echada de una parte a otra.

“No piense, pues, ese hombre que recibirá cosa alguna del Señor.

“El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos”10.

Nuestro Salvador, por otro lado, fue el ejemplo perfecto de estabilidad. Él dijo: “… no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que a él le agrada”11. Consideren las siguientes descripciones de hombres y mujeres de las Escrituras que, al igual que el Salvador, eran firmes y constantes:

“… se habían convertido a la verdadera fe; y no quisieron separarse de ella, porque eran firmes, inquebrantables e inmutables; y estaban dispuestos a guardar los mandamientos del Señor con toda diligencia”12.

“… sus mentes son firmes, y ponen su confianza en Dios continuamente”13.

“ Y he aquí, sabéis por vosotros mismos, porque lo habéis presenciado, que cuantos de ellos llegan al conocimiento de la verdad… son firmes e inmutables en la fe, y en aquello con lo que se les ha hecho libres”14.

“Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, y en la hermandad, y en el partimiento del pan y en las oraciones”15.

Permanecer firmes e inmutables en la fe de Cristo requiere que el evangelio de Jesucristo penetre el corazón y el alma, lo que significa que el Evangelio se convierta no solo en una de las muchas influencias en la vida de una persona, sino en la orientación determinante de su vida y su carácter. El Señor dice:

“Y os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne.

“Y pondré dentro de vosotros mi espíritu, y haré que andéis en mis estatutos y que guardéis mis juicios y los pongáis por obra.

“Y… vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios”16.

Ese es el convenio que hacemos mediante nuestro bautismo y en las ordenanzas del templo. Sin embargo, algunos aún no hay recibido plenamente el evangelio de Jesucristo en su vida. A pesar de que, como enseñó Pablo, fueron “sepultados juntamente con [Cristo] por medio del bautismo”, todavía les falta la parte de que “como Cristo resucitó de los muertos… así también nosotros andemos en vida nueva”17. El Evangelio aún no los define; todavía no están centrados en Cristo; son selectivos con las doctrinas y los mandamientos que obedecen, y dónde y cuándo dan servicio en la Iglesia. En cambio, al guardar sus convenios con exactitud, aquellos que son “los escogidos conforme al convenio”18 evitan el engaño y permanecen firmes en la fe de Cristo.

La mayoría de nosotros nos encontramos en este momento entre dos extremos: por un lado, en la participación, por razones sociales, en los rituales del Evangelio y, por otro lado, en un compromiso plenamente desarrollado semejante al de Cristo de hacer la voluntad de Dios. Entre ambos extremos, están las buenas nuevas del evangelio de Jesucristo que entran en nuestro corazón y toman posesión de nuestra alma. Tal vez no suceda en un instante, pero todos deberíamos estar avanzando hacia ese bendito estado.

Es difícil pero vital permanecer firmes e inmutables cuando vemos que estamos siendo purificados “en el horno de la aflicción”19, algo que, tarde o temprano, nos sucede a todos en la vida terrenal. Sin Dios, esas experiencias sombrías conducen al abatimiento, la desesperación y hasta la amargura. Con Dios, el consuelo reemplaza el dolor, la paz reemplaza la conmoción y la esperanza reemplaza el pesar. Permanecer firmes en la fe de Cristo traerá Su gracia y apoyo sostenedores20. Él convertirá la prueba en una bendición y, en las palabras de Isaías, “[dará] gloria en lugar de ceniza”21.

Permítanme mencionar tres ejemplos de los que tengo un conocimiento personal:

Hay una mujer que padece una enfermedad crónica debilitante que no se le cura, a pesar de la atención médica, las bendiciones del sacerdocio, el ayuno y las oraciones. No obstante, su fe en el poder de la oración y en la realidad del amor que Dios tiene por ella es inalterable. Ella sigue adelante día a día (y a veces hora a hora), prestando servicio en su llamamiento de la Iglesia y, junto con su esposo, cuidando de su joven familia, sonriendo tanto como le es posible. Su compasión por los demás es parte de ella y se ha intensificado con su propio sufrimiento, y a menudo ella se olvida de sí misma al ministrar a otras personas. Ella sigue firme, y la gente se siente feliz en su compañía.

Un hombre que creció en la Iglesia, quien prestó servicio como misionero de tiempo completo y se casó con una mujer encantadora, se sorprendió cuando algunos de sus hermanos comenzaron a hablar de manera crítica sobre la Iglesia y el profeta José Smith. Después de un tiempo, abandonaron la Iglesia y trataron de persuadirlo a que él siguiera sus pasos. Como sucede a menudo en tales casos, lo bombardearon con ensayos, podcasts y videos producidos por críticos, la mayoría de los cuales eran ex miembros de la Iglesia que estaban resentidos. Sus hermanos se burlaron de su fe, diciéndole que era un ingenuo y que había sido engañado. Él no tenía las respuestas para todas sus afirmaciones, y su fe empezó a flaquear ante la incesante oposición. Se preguntaba si debía dejar de asistir a la Iglesia. Habló con su esposa; habló con personas de confianza; oró. Mientras meditaba en su afligido estado de ánimo, recordó ocasiones en las que había sentido el Espíritu Santo y había recibido un testimonio de la verdad mediante el Espíritu. Llegó a la conclusión: “Si soy sincero conmigo mismo, debo admitir que el Espíritu me ha influido más de una vez, y el testimonio del Espíritu es real”. Él tiene un sentido renovado de la felicidad y la paz que comparte con su esposa e hijos.

Un hombre y su esposa, quienes han seguido de forma constante y alegre el consejo de las Autoridades Generales en su vida, se entristecieron por la dificultad que experimentaron para tener hijos. Gastaron una suma considerable en servicios de profesionales médicos competentes y, después de un tiempo, fueron bendecidos con un hijo. Sin embargo, trágicamente, después de tan solo un año, el bebé fue víctima de un accidente que no fue culpa de nadie, pero que lo dejó inconsciente casi de forma permanente, con un daño cerebral significativo. Ha recibido la mejor atención, pero los médicos no pueden predecir qué sucederá más adelante. El hijo por el que esta pareja luchó y oró tanto para traer al mundo, en cierto sentido les ha sido arrebatado, y ellos no saben si volverán a tenerlo. Ahora tienen dificultades para satisfacer las necesidades cruciales de su bebé, y a la vez cumplir con sus otras responsabilidades. En este momento sumamente difícil, han acudido al Señor. Dependen del “pan… de cada día” que reciben de Él. Amigos y familiares compasivos les brindan ayuda y las bendiciones del sacerdocio los fortalecen. Se han acercado más el uno al otro, y su unión quizás sea ahora más profunda y completa de lo que podría haber sido posible de otro modo.

El 23 de julio de 1837, el Señor dio una revelación para quien entonces era el Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles, Thomas B. Marsh. Incluía lo siguiente:

“Y ruega por tus hermanos, los Doce. Amonéstalos severamente por causa de mi nombre, y sean amonestados por todos sus pecados; y sed fieles a mi nombre delante de mí.

“Y después de sus tentaciones y de mucha tribulación, he aquí, yo, el Señor, los buscaré; y si no se obstina su corazón ni se endurece su cerviz en contra de mí, serán convertidos y yo los sanaré”22.

Creo que los principios que se expresan en esos versículos se aplican a todos nosotros. Las tentaciones y las tribulaciones que experimentamos, además de las pruebas que el Señor juzgue prudente imponernos, pueden conducirnos a nuestra completa conversión y sanación. Sin embargo, eso sucede solo si no se obstina nuestro corazón ni se endurece nuestra cerviz en contra de Él. Si permanecemos firmes e inmutables, pase lo que pase, lograremos la conversión que el Salvador tenía en mente cuando le dijo a Pedro: “tú, una vez vuelto, fortalece a tus hermanos”23, una conversión tan plena que no se puede deshacer. La sanación prometida es la purificación y la santificación de nuestras almas lastimadas por el pecado, lo cual nos hace santos.

Viene a mi mente el consejo de nuestras madres: “Cómete las verduras; te hará bien”. Nuestras madres tienen razón, y en el contexto de la firmeza en la fe, “comer las verduras” es orar constantemente, deleitarnos en las Escrituras a diario, servir y adorar en la Iglesia, tomar la Santa Cena dignamente cada semana, amar a nuestro prójimo y tomar nuestra cruz en obediencia a Dios todos los días24.

Siempre recuerden la promesa de las cosas buenas que vendrán, tanto ahora como en el más allá, para aquellos que son firmes e inmutables en la fe de Cristo. Recuerden “la vida eterna y el gozo de los santos”25. “¡Oh todos vosotros que sois de corazón puro, levantad vuestra cabeza y recibid la placentera palabra de Dios, y deleitaos en su amor!; pues podéis hacerlo para siempre, si vuestras mentes son firmes”26. En el nombre de Jesucristo. Amén.


Notas

  1. Véase la Guía para el Estudio de las Escrituras: “Baal”.
  2. 1 Reyes 18:21.
  3. 1 Reyes 18:23.
  4. 1 Reyes 18:24.
  5. 1 Reyes 18:29.
  6. 1 Reyes 18:36, 38–39.
  7. Introducción al Libro de Mormón.
  8. Russell M. Nelson, “Revelación para la Iglesia, revelación para nuestras vidas”, Liahona, mayo de 2018, pág. 95.
  9. Véase Santiago 1:5.
  10. Santiago 1:6–8.
  11. Juan 8:29; cursiva agregada.
  12. 3 Nefi 6:14; véase también Alma 27:27.
  13. Alma 57:27.
  14. Helamán 15:7–8.
  15. Hechos 2:42.
  16. Ezequiel 36:26–28; véase también 2 Corintios 3:3.
  17. Romanos 6:4.
  18. Véase José Smith—Mateo 1:22–23; véase también Mateo 24:24–25.
  19. 1 Nefi 20:10; véase también Isaías 48:10.
  20. Tras la pérdida de parte de la traducción del Libro de Mormón, el Señor le dijo a José Smith, quien entonces tenía 22 años: “… no debiste haber temido al hombre más que a Dios… con su brazo extendido, él te hubiera defendido de todos los dardos encendidos del adversario; y habría estado contigo en todo momento de dificultad” (Doctrina y Convenios 3:7–8). Alma testificó que, después de su conversión, “… he sido sostenido en tribulaciones y dificultades de todas clases, sí, y en todo género de aflicciones; sí, Dios me ha librado de la cárcel, y de ligaduras, y de la muerte; sí, y pongo mi confianza en él, y todavía me librará. Y sé que me levantará en el postrer día para morar con él en gloria…” (Alma 36:27–28).
  21. Isaías 61:3.
  22. Doctrina y Convenios 112:12–13.
  23. Lucas 22:32.
  24. Véase Lucas 9:23. El presidente Russell M. Nelson nos recuerda: “Nada abre tanto los cielos como la combinación de mayor pureza, estricta obediencia, búsqueda diligente, el deleitarse a diario en las palabras de Cristo en el Libro de Mormón [véase 2 Nefi 32:3], y dedicar tiempo frecuente a la obra del templo y de historia familiar” (“Revelación para la Iglesia, revelación para nuestras vidas”, págs. 95–96).
  25. Enós 1:3.
  26. Jacob 3:2.
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