La Expiación — La bendición de la resurrección

La Expiación
La bendición de la resurrección

Tad R. Callister
La Expiación Infinita

Una demostración de poder inmenso

La Expiación es infinita en sus poderes para bendecir; da lugar a «una multiplicidad de bendiciones (…) para siempre jamás» (DyC 97:28; véase también DyC 104:2). Una de esas bendicio­nes es la resurrección. Algunos se han preguntado si la resurrec­ción fue parte de la Expiación, o si, por el contrario, la Expiación concluyó en la cruz y la resurrección fue un acto independiente y ajeno a ella. En un sentido estricto, la Expiación implica el sufri­miento de Cristo en el jardín y la cruz a fin de «expiar» nuestros pecados. En el sentido más amplio y completo, también incluye el poder ejercido por el Salvador para reconciliar todas las conse­cuencias de la Caída, incluida la muerte física. Por consiguiente, la Expiación no solamente fue el tormento del jardín y la cruz; también el ejercicio del poder necesario para resucitarnos.

El diccionario de la Biblia SUD en inglés hace referencia a la naturaleza integral de la Expiación: «Mediante (…) su vida sin pecado, el derramamiento de su sangre en el jardín de Getsemaní, su muerte en la cruz y posterior resurrección física de la tumba, llevó a cabo la expiación perfecta para toda la humanidad».1 Esto es lo que Jacob entendía, ya que enseñó que sin «expiación infi­nita (…) esta carne tendría que descender (…) para no levantarse jamás» (2 Nefi 9:7); es decir, la resurrección era ese componente necesario de la Expiación que venció la muerte física. Alma ense­ñó igualmente: «la expiación lleva a efecto la resurrección de los muertos» (Alma 42:23).

Jacob señaló que, de no existir un poder compensador, «esta carne tendría que descender para pudrirse y desmenuzarse en su madre tierra, para no levantarse jamás» (2 Nefi 9:7). Esta es una manifestación de entropía; es decir, el proceso de transición de un estado más organizado a uno menos organizado. Hugh Nibley observó: «Sin la resurrección, la entropía —la conocida Segunda Ley de la Termodinámica— tomaría el control».2 No sorprende que Jacob, quien observó que «la muerte ha pasado sobre todos los hombres», también apuntó que «también es me­nester que haya un poder de resurrección» (2 Nefi 9:6; énfasis añadido). Tenía que actuar un poder revocador que impidiera la inexorable marcha de la decrepitud, la descomposición y, en última instancia, del caos. La decadencia y la muerte son fuerzas, o poderes, constantes que causan estragos en las creaciones de Dios. David las llamó el «poder del Seol» (Salmos 49:15). Pablo se refirió «al que tenía el imperio de la muerte, a saber, al diablo» (Hebreos 2:14). No resulta sorprendente que en las Escrituras se le denomine en ocasiones «el destructor» (1 Corintios 10:10). Con penetrante perspectiva poética, Goethe denominó al diablo el «hijo del caos».3

Isaías vio el día en que el Señor finalmente castigaría a «Leviatán» (Isaías 27:1), que en las notas a pie de página de la edición SUD de la Biblia en inglés se define como «monstruo marino legendario que representa las fuerzas del caos que se opo­nen al Creador». Por poderosa que sea esta fuerza siniestra que promueve la muerte y la destrucción de todos los seres vivos, existe un poder compensatorio y neutralizador que emana de la Expiación. Es el poder de la resurrección.

El Salvador tenía poder para entregar su propia vida y el «poder para volverla a tomar» (Juan 10:18). Él es «la resurrección y la vida» (Juan 11:25). Las Escrituras dejan claro que «también a nosotros nos levantará con su poder» (1 Corintios 6:14), y que mientras el cuerpo «se siembra en debilidad, resucitará en poder» (1 Corintios 15:43). La resurrección es un acto de poder inmen­so. Jacob dijo al respecto: «el poder de la resurrección que está en Cristo» (Jacob 4:11; véase también 2 Nefi 10:25). Alma habló de «la resurrección de los muertos (…) que iba a realizarse por me­dio del poder (. . .) de Cristo» (Mosíah 18:2). Alma hijo se refirió a «la resurrección de los muertos, de acuerdo con la voluntad y el poder y la liberación de Jesucristo» (Alma 4:14). Y Moroni escribió acerca de la muerte como el sueño «del cual todos los hombres despertarán, por el poder de Dios» (Mormón 9:13).

Una y otra vez las Escrituras revelan el remedio para la muerte. Es el poder, no poder humano, ni atómico: el poder divino de la resurrección. El efecto de este poder divino va mucho más lejos que un Lázaro levantado de los muertos: hay que multiplicar el poder manifestado en esa ocasión varias veces. No se trata sola­mente de restaurar a los muertos a la vida de los mortales; Este poder no se limita a poner en remisión el proceso de la entropía; es un poder infinito, que reside únicamente en un ser infinito y en que reúne tanto una cura permanente como una mejora eter­na. Este poder, de alguna forma, transforma nuestros cuerpos y los lleva a un estado libre del proceso entrópico. Un cuerpo in­mortal, terrestre, como el de Adán en el jardín, está libre de dete­rioro. Sin embargo, un cuerpo resucitado y exaltado es la antítesis total de la entropía; cuenta con todos los poderes de la divinidad: el poder de tener simiente infinita, el poder de crear y poblar otros mundos (véase DyC 132:19-20).4 Cuando un cuerpo exal­tado emplea sus poderes creativos, su descendencia se convierte en agentes divinos para traer el orden y la armonía a un universo que de otro modo se tornaría más caótico. Y ese es únicamente un atisbo del poder fabuloso de la resurrección.

¿Y cómo se desencadena este poder? Mediante la Expiación de Jesucristo. Este último rompió las cadenas de la muerte para todos los hombres y, al hacerlo venció la muerte física en favor de todos. Abinadí confirmó esta verdad: «no hay victoria para el sepulcro, y el aguijón de la muerte es consumido en Cristo» (Mosíah 16:8).

¿Qué es, entonces, esta resurrección? La muerte consiste en la separación del cuerpo y el espíritu, mientras que la resurrección es precisamente lo contrario: la reunión permanente del cuerpo y el espíritu para constituir un ser inmortal (véase Alma 11:45). No conocemos el proceso exacto por el que esto se lleva a cabo, pero de algo sí podemos estar seguros, como lo estaba Alma: que suce­derá: «El alma será restaurada al cuerpo, y el cuerpo al alma; sí, y todo miembro y coyuntura serán restablecidos a su cuerpo; sí, ni un cabello de la cabeza se perderá, sino que todo será restablecido a su propia y perfecta forma» (Alma 40:23).

La naturaleza física de un cuerpo resucitado

Un cuerpo resucitado no está sometido al dolor ni a la enfer­medad, ni al agotamiento. No hay bala que pueda hacerle daño, no existe veneno susceptible de contaminarlo, ni cáncer capaz de invadirlo. No hay ser resucitado que pueda perder un miembro, tener un defecto del habla, o una vista debilitada. Un hombre resucitado tiene un cuerpo glorificado, inmortal, libre de los fac­tores destructivos de este mundo temporal. El Salvador testificó a sus discípulos acerca de la naturaleza física de su cuerpo resuci­tado: «Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad y ved, porque un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo» (Lucas 24:39). Más tarde, Jesús comió pescado asado y un panal de miel en su presencia, como una prueba más de su naturaleza corpórea. Ciertos testigos afirmaron que ellos también «[comieron y bebieron] con Él después que resucitó de entre los muertos» (Hechos 10:41).

Pese a tal cantidad de pruebas, muchos niegan la resu­rrección física del Salvador. Algunos creen que las aparicio­nes físicas de Jesús posteriores a su muerte eran meras ma­nifestaciones materiales cuyo motivo era apelar al hombre mortal, pero que su verdadera naturaleza no estaba «limitada» por un cuerpo tangible. Semejante creencia, sin embargo, contra­dice frontalmente las enseñanzas de Pablo. Este apóstol de gran erudición enseñó que el Salvador «ya no muere» (Romanos 6:9). Esta afirmación no se refería al cuerpo espiritual, dado que este no muere en absoluto. La muerte a la que se refería Pablo era la muerte física, puesto que Cristo ya había muerto físicamente una vez, y ya no moriría nuevamente. Dado que las Escrituras definen la muerte como «el cuerpo sin el espíritu» (Santiago 2:26), la afir­mación de Pablo ha de significar que el cuerpo físico resucitado del Salvador nunca podrá separarse de su espíritu; de lo contrario, podría sufrir la muerte física nuevamente, el acontecimiento que, según declaraciones del mismo Pablo, no podía volver a reprodu­cirse. Amulek enseñó que la unión eterna del cuerpo y el espíritu de Cristo, tras su resurrección, era un prototipo que tiene aplica­ción para todos los seres resucitados. Refiriéndose a la resurrec­ción de todos los hombres, dijo que «sus espíritus se unirán a sus cuerpos para no ser separados nunca más» (Alma 11:45).

Al igual que Cristo, los cuerpos de todos los que mueren serán restaurados a su «propia y perfecta forma» (Alma 40:23). Joseph Fielding Smith aclaró que las marcas de clavos presentes en las manos y los pies de Cristo son temporales, ya que sirven de «ma­nifestación especial».5 para ciertos grupos. Cuando se aparezca a los judíos en el momento de mayor dificultad, le mirarán y dirán: «Estas son las heridas con que fui herido en casa de mis amigos. Soy el que fue levantado. Soy Jesús que fue crucificado» (DyC 45:52; véase también Zacarías 12:10). Cuando todos sean juz­gados, esta parece ser la razón, ya que sus heridas desaparecerán.

Un cuerpo resucitado está compuesto de carne y espíritu; no tiene sangre. Los profetas han testificado que la sangre, el elemen­to mortal que conlleva la muerte en última instancia, será susti­tuido un día por una sustancia espiritual que fluirá por nuestras venas. John Taylor escribió al respecto: «Cuando se consumen la resurrección y la exaltación del hombre, aunque será más pura, refinada y gloriosa, mantendrá su misma imagen y conservará su aspecto, sin variación ni cambios en ninguna de sus partes y fa­cultades, excepto la sustitución de la sangre por espíritu».6

El profeta José dijo algo parecido: «Cuando nuestra carne sea vivificada por el Espíritu, ya no habrá sangre en este cuerpo».7 En ese momento, «el cuerpo de nuestra humillación» será «semejante al cuerpo de su gloria» (Filipenses 3:21). En esa condición de ser resucitado, nuestro rostro, nuestra belleza y brillo externos serán un reflejo de nuestra espiritualidad interior. De esta manera, el ser interior y el ser externo serán, esencialmente, un reflejo mu­tuo. Los cuerpos celestiales irradiarán gloria celestial; los cuerpos terrestres, gloria terrestre, y los cuerpos telestiales, gloria telestial.

¿Quién resucitará?

Cuál es la respuesta a la antiquísima pregunta de Job: «Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?» (Job 14:14). La respuesta, por supuesto, es afirmativa. Todos los que hayan tenido un cuerpo físico resucitarán: los justos, los malvados, incluso los tibios, por­que la resurrección es universal. Es un don gratuito para todos los hombres, sin tener en cuenta su rectitud. ¿Y por qué? ¿Por qué el desobediente, el sinvergüenza, el ateo? ¿Es acaso justo? Lo es. Adán trajo la muerte física al mundo a causa de su transgresión y como resultado transmitió su naturaleza mortal, las semillas de la muerte, a todas las criaturas vivientes sin que estas hicieran nada al respecto. No hubo acto por su parte que los hiciera merecedo­res de la muerte en esta odisea terrenal, de modo que, a cambio, el Salvador restaura la vida inmortal sin necesidad de que el hom­bre lleve a cabo acción redentora alguna. El plan es justo, equi­tativo y misericordioso. Con una brevedad extraordinaria, Pablo cristalizó esta doctrina de la siguiente manera: «Porque así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivifi­cados» (1 Corintios 15:22; énfasis añadido). La solución probó ser tan amplia como la maldición. Esta parte de la Expiación de Cristo venció la muerte física para todos los hombres. Fue uni­versal. En este sentido, todos los hombres se salvarán.

Asimismo, el élder McConkie observó que no solo los habitantes de esta tierra resucitarían: «Así como los poderes de creación y redención de Cristo se extienden a la tierra, a todo lo que en ella hay y a la infinita expansión de mundos en la inmensi­dad, de la misma manera el poder de la resurrección es de alcance universal. El hombre, la tierra y toda la vida que en ella hay, se levantará en la resurrección. Y la resurrección se aplica y continúa en otros mundos y galaxias» .8

Cristo es las primicias

La resurrección de Jesucristo se predijo años antes de produ­cirse. Siglos antes de ese glorioso día, Nefi profetizó: «He aquí, lo crucificarán; y después de ser puesto en un sepulcro por el es­pacio de tres días, se levantará de entre los muertos, con sanidad en sus alas» (2 Nefi 25:13). Mateo escribió: «le matarán; mas al tercer día resucitará» (Mateo 17:23; véase también Mateo 16:21). Y en efecto, el tercer día llegó. Cristo resucitó y se convirtió en «primicias de los que durmieron» (1 Corintios 15:20), «el primo­génito de entre los muertos» (Colosenses 1:18), designación de la que también se hizo eco Juan, «el primogénito de los muertos» (Apocalipsis 1:5).

El élder Joseph Fielding Smith sugiere que el Salvador no ad­quirió las llaves de la resurrección para todos los hombres has­ta después de ser crucificado y vencer la muerte. Según el élder Smith «Al tercer día después de la crucifixión, levantó su cuerpo y obtuvo las llaves de la resurrección y en esa forma tiene el poder de abrir las tumbas de todos los hombres; mas no podía hacer esto hasta haber pasado El mismo a través de la muerte para con­quistarla».9 De esta manera, el Salvador no pudo haber abierto los sepulcros de ninguno de los difuntos hasta adquirir previa­mente las llaves necesarias en su propia resurrección (véase tam­bién Mosíah 16:7; Alma 11:42). Provisto de dichas llaves, Cristo abrió de inmediato las compuertas de la resurrección, puesto que las Escrituras nos informan que tanto en Jerusalén como en las tierras del Libro de Mormón «se abrieron los sepulcros» (Mateo 27:52), y «muchos cuerpos de santos que habían dormido se levantaron» (3 Nefi 23:11). Puede que estas mismas llaves abrie­ran simultáneamente las tumbas en otras esferas más distantes.

La muerte destruida

¡Qué golpe monumental recibió la muerte cuando Cristo abrió por vez primera las puertas para las masas de espíritus encarcela­dos que habían estado esperando el día de Su resurrección triun­fante! Se levantó de la tumba «con sanidad en sus alas» (2 Nefi 25:13) para todos los hombres. Abrió la puerta que había perma­necido cerrada durante milenios para miles de millones de tum­bas. Él fue el primero en franquear esa puerta, y entonces, en una muestra de misericordia sin igual, la dejó abierta para que otros salieran por ella en una secuencia predeterminada por Dios. John Donne captó ese momento en estos versos certeros:

Muerte, desecha tu orgullo; unos te llaman
grande y temible, pero no lo eres tanto; (…)
Tras un corto sueño, nos despertamos eternamente,
Y la muerte cesará de existir: muerte, tú morirás.10

Con la resurrección de Cristo, las palabras de Oseas, esperadas por largo tiempo, se llevaron a efecto: «los rescataré, los redimi­ré de la muerte. ¿Dónde están, oh muerte, tus plagas? ¿Dónde está, oh Seol, tu destrucción?» (Oseas 13:14). ¿Acaso sorprende que Ammón y sus hermanos, quienes abrigaban una convicción inquebrantable con respecto a la futura resurrección de Jesús, pu­dieran enfrentarse a la muerte una y otra vez sin ningún temor? Las Escrituras dicen: «y no veían la muerte con ningún grado de terror, a causa de su esperanza y conceptos de Cristo y la resu­rrección; por tanto, para ellos la muerte era consumida por la vic­toria de Cristo sobre ella» (Alma 27:28). Así se sentían los justos de épocas pretéritas: «Todos estos habían partido de la vida te­rrenal, firmes en la esperanza de una gloriosa resurrección» (DyC 138:14).

Testigos de su resurrección

La resurrección de Cristo «no se ha hecho esto en algún rin­cón» (Hechos 26:26). Los testigos de este acontecimiento fueron legión y de lo más variopinto. Había mujeres junto a la tumba (Lucas 24:1-10), María Magdalena en el jardín (Juan 20:11-18); los diez apóstoles (Lucas 24:36-43), Tomás (Juan 20:24-29); los dos discípulos en el camino a Emaús (Lucas 24:13-34); «más de quinientos hermanos a la vez» (1 Corintios 15:6) y Pablo en el camino a Damasco (Hechos 9:3-9). A sus apóstoles, Cristo les diría: «Y vosotros sois testigos de estas cosas» (Lucas 24:48). De todos estos testimonios de primera mano, ninguno fue más profundo que la primera aparición del Salvador resucitado a los nefitas, tal y como se narra en el Libro de Mormón. Una multi­tud de dos mil quinientas personas que, una a una, «se adelan­taron y metieron las manos en su costado, y palparon las marcas de los clavos en sus manos y en sus pies; y esto hicieron, yendo uno por uno, hasta que todos hubieron llegado; y vieron con los ojos y palparon con las manos, y supieron con certeza, y dieron testimonio de que era él, de quien habían escrito los profetas que había de venir» (3 Nefi 11:15).

El Señor resucitado se apareció a personas solas, en grupos y en multitudes. Hombres, mujeres y niños fueron testigos espiri­tuales de su resurrección. Muchos de ellos escucharon el testimo­nio de nuestro Padre, algunos el de los ángeles, y otros, de boca del Señor resucitado. Algunos vieron con sus ojos, mientras que otros palparon con las manos, algunos oyeron con sus oídos y los corazones de otros ardieron en su pecho. Tan extendido estaba el conocimiento de la resurrección de Cristo entre los iluminados espiritualmente, que Pedro testificó: «Dios (…) hizo que apa­reciese; no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano» (Hechos 10:40-41; énfasis añadido).

El Señor resucitado apareció en la paz del jardín, en el pol­voriento camino de Emaús, en la estancia cerrada donde los apóstoles se hallaban congregados, y en el templo de Bountiful. A medida que avanzan los tiempos, el número de testigos sigue aumentando: José Smith, Oliver Cowdery, Sidney Rigdon, Lorenzo Snow, y sin duda, un grupo de los humildes espiritual­mente, de cuyos testimonios ha quedado constancia en los libros celestiales, y los cuales se darán a conocer algún día a los hom­bres en la carne, como vivos recordatorios de «¡Que vive!» (DyC 76:22).

Evidentemente, en la hora fijada, el Salvador resucitado visi­tará todos los reinos que ha creado (DyC 88:58-61). Testigos sinceros y creíbles de todas las edades añadirán sus testimonios al del mensajero angélico que proclamó: «ha resucitado» (Mateo 28:6). Y de igual manera, todos nosotros pronunciaremos esas históricas palabras un día.

NOTES

  1. «LDS Bible Dictionary», 617.
  2. Nibley, Approaching Zion,
  3. Goethe, Fausto,
  4. Para un análisis más profundo de estas doctrinas, véase el capítulo 21.
  5. Smith, Doctrinas de salvación, 2:291.
  6. Taylor, Mediation and Atonement,
  7. Smith, Enseñanzas del profeta José Smith,
  8. McConkie, Doctrina mormona, 640; énfasis añadido.
  9. Smith, Doctrinas de salvación, 1:123.
  10. Donne, «Death, Be Not Proud», en Untermeyer, Treasury of Great Poems,
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Una respuesta a La Expiación — La bendición de la resurrección

  1. Golbert dijo:

    Hermanos, deseo saber si van a publicar también el prefacio o prólogo, indice y los capítulos iniciales……

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