La seria reflexión precede a la revelación

La seria reflexión precede a la revelación

Maurine Jensen Proctor
Conferencia de BYU para la Mujer
Edificio José Smith, Universidad Brigham Young, Provo, Utah
5 de mayo de 2006

Una bendición en la noche

Hace algunos años era de noche y nuestra hija mayor adolescente no había llegado a casa a las doce, tal como habíamos acordado. El reloj dio la una y ella seguía sin aparecer. Nosotros hicimos lo que cualquier buen padre haría. Nos asustamos, oramos, hicimos aquellas incómodas llamadas a sus amigos en medio de la noche. Las 2:00 h. Nuestra imaginación volaba ante los peligros en los que se podía encontrar. Oramos con más fervor. Lloré de preocupación. Los minutos parecían horas. Las 2:30 h. Las 2:45 h. El mundo dormía, pero nosotros no; dos padres muy preocupados por su preciosa hija.

Al final, a las 3:00 h., oímos que la puerta delantera se abría silenciosamente. Habíamos trazado un plan que consistía en dividir y vencer. Mi esposo, Scot, se quedó en nuestra habitación y oró por mí mientras yo bajaba a recibir a nuestra hija. La conversación fue exactamente como cabría esperar. Me lancé sobre ella —no literalmente, pero había un tono punzante en mi voz—. Le recordé su hora límite de llegada a casa, le hablé de los peligros y las tentaciones que hay en la calle a altas horas de la noche, describí nuestra penosa preocupación. Ella se puso a la defensiva. Preguntó si no confiábamos en ella. Me dijo que ya era bastante mayor para tener una hora límite de llegada. Cuanto más se resistía a mis enseñanzas, más crecía la tensión entre nosotras. Necesitaba ayuda desesperadamente para convertir en un dulce momento de amor y enseñanza esa conversación que nos dividía . Justo en ese momento sentí la influencia de las oraciones de mi esposo por mí, y sentí una impresión. Yo había estado orando mucho por esta hija nuestra por la que había estado preocupada, y solo unos días antes el Espíritu me había susurrado algo acerca de ella.

Dejé por un momento mi lección sobre horas límite de llegada a casa. Estaba tranquila y supe que ese era el momento de transmitirle ese mensaje. “La semana pasada”, dije, “el Espíritu me dijo algo sobre ti”. Su actitud defensiva comenzó a desvanecerse. Era la primera vez que realmente escuchaba algo de lo que le decía. “Cuéntame”, dijo con verdadera impaciencia. Le respondí: “El Espíritu me dijo que no me preocupara mucho por tu vida, porque todas las cosas te saldrían bien; que todo estaría bien”.

“¿Escuchaste eso, mamá?”, preguntó entusiasmada. “¿Qué más te dijo el Espíritu sobre mí?”. Observen la fe en sus preguntas. Ella creía que Dios había escuchado mis oraciones y las había contestado. Creía que Él la conocía y la amaba. Cuando yo la veía como una hija que llegaba tarde sobrepasando los límites, Él conocía su corazón y la fe que residía en él, y que seguramente ella ni siquiera sabía. Nuestra conversación se volvió dulce cuando le hablé de la confianza que Dios tenía ella, y de cuán personalmente conocía Él su corazón y su bondad.

Antes había estado ansiosa por zafarse de mi presencia y de mi sermón, pero ahora era todo oídos, y hablamos hasta las 4:00 de la madrugada. Es un momento que atesoro en mi experiencia como madre.

Piedras oscuras que se llenan de luz

Nuestra vida es como el viaje que los jareditas previeron a través de un mar turbulento, en el que inmensas olas estallarían contra ellos, serían llevados de aquí para allá por los vientos y serían sacudidos por fuertes corrientes9. Era un viaje al que ellos no podrían sobrevivir en la oscuridad.

¿Hubo algo realmente incorrecto en el modo en que comencé a hablar con mi hija? Dada la situación, estaba más o menos calmada, fui clara, y además tenía razón. El problema era que, hasta que el Espíritu irrumpió con su luz, también fui totalmente ineficaz.

El hermano de Jared buscó un remedio a la oscuridad. Poniendo fuerza física y mental a la solución, “de una roca fundió dieciséis piedras pequeñas; y eran blancas y diáfanas”10. He tratado de imaginar el trabajo y el ingenio que requeriría fundir rocas. ¿Qué clase de extenuante labor se requirió en esa época para generar una fuente de calor que pudiera fundir rocas, con el sudor de su frente?

Sin embargo, después de hacer todo lo que pudo, después del duro trabajo y del esfuerzo, y de las mejores soluciones que se le ocurrieron, el hermano de Jared seguía teniendo solo dieciséis piedras oscuras que solo podrían brillar cuando fueran tocadas por el dedo de Dios.

A menudo estamos atribuladas y apuradas, fatigadas y sobrecargadas. Creamos el equivalente a dieciséis piedras en nuestra vida, y ahí es donde lo dejamos. Estamos tan absorbidas por el mundo11, que no emprendemos el viaje a la cima de la montaña para dejar que el Señor toque nuestro vertiginoso esfuerzo con Su dedo y lo llene de luz. No obstante, hasta que Él no lo haga, seguiremos viajando en la oscuridad.

Ocupadas y apuradas, con demasiada frecuencia adoptamos las soluciones del “hombre natural”, corriendo de una tarea a otra, comprobando los puntos de nuestra lista de quehaceres en un loco frenesí, sin el poder transformador que la perspectiva espiritual siempre brinda12. El despertador suena por la mañana y nos ponemos rápidamente en marcha, demasiado a menudo sin escalar la montaña para que las pedregosas piezas de nuestra vida sean llenas de luz.

El verdadero significado de la ceguedad

En las Escrituras hay una expresión para esta prisa en la oscuridad. Ellas hablan de personas que son víctimas de “la ceguedad de su mente”13. La traducción original del griego de la palabra “ceguedad” arroja un profundo entendimiento. La palabra es poˊ-ro-sis, que es “la formación de un callo óseo; el entenebrecer del discernimiento, la percepción adormecida”14.

Antes de su conversión, Pablo tenía ese tipo de ceguedad. Él iba de un lado a otro con gran celo, haciendo lo incorrecto, vomitando enojo y persiguiendo cristianos. Entonces, después de su visión en el camino a Damasco, él perdió literalmente la vista. Estuvo ciego hasta que recibió una bendición y las escamas cayeron de sus ojos15.

Había entonces un hombre, ciego de nacimiento, a quien el Señor sanó en el día de reposo. Por supuesto se formó un alboroto, y los fariseos llamaron al hombre a comparecer ante ellos, deseando saber cómo había recibido la vista. Ellos dijeron: “[El hombre que ha hecho esto] no es de Dios, pues no guarda el día de reposo”. A su entender, sanar no era una actividad propia del día de reposo. El hombre que había sido sanado respondió: “Si es pecador, no lo sé; una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo”16.

¿Hay algo más grandioso que esos momentos en nuestra propia vida en los que las escamas caen de nuestros ojos y podemos decir “habiendo yo sido ciego, ahora veo”?

Alma dice que el Espíritu ilumina nuestro entendimiento y ensancha nuestra mente17. Por el contrario, podemos sentir la falta del Espíritu en los momentos en que vagamos apáticas y encogidas, ciegas y debilitadas mental y emocionalmente.

De la creencia a la iluminación

El rey Benjamín dijo: “Creed en Dios; creed que él existe… creed que él tiene toda sabiduría y todo poder, tanto en el cielo como en la tierra; creed que el hombre no comprende todas las cosas que el Señor puede comprender”18.

Él comprende las respuestas a todas nuestras preguntas. No es Su voluntad que viajemos en la oscuridad. Él sabe cómo librarnos de nuestras limitaciones y quitar los obstáculos. ¿Se hacen preguntas como las siguientes?: ¿Cómo puedo amar de una manera eficaz y abrir mi corazón para bendecir a aquellos cuyas vidas se cruzan con la mía? ¿Cómo elijo entre todas las posibilidades y saco el mayor provecho a mi vida? ¿Cómo hallo el sustento en tiempos de sequía? ¿Cuál es la canción que vine a cantar? ¿Cómo puedo vencer las cosas que me hieren? ¿Quién soy? Y, querido Señor, ¿quién eres Tú?

El Señor ofrece Sus soluciones a todas nuestras preguntas, y nos dice: “[Yo]… soy más inteligente que todos ellos”19. No hay problema que podamos plantearle, ni desafío tan desconcertante para el cual Él no tenga ya la respuesta. ¿Cómo puede una parte de esa luz penetrar nuestra mente?

Las Escrituras revelan un modelo para recibir iluminación, y no es uno del que hablemos habitualmente: La seria reflexión precede a la revelación.

Lehi habla a sus hijos de su visión del árbol de la vida, y ellos reaccionan de maneras muy distintas: Lamán y Lemuel entraron en una tienda y discutieron sobre su significado, pero Nefi volvió su mente a la seria reflexión. Su mente se convirtió en un campo fértil en el que el Señor podía labrar. Él dice: “… mientras estaba yo sentado reflexionando sobre esto, fui arrebatado en el Espíritu del Señor, sí, hasta una montaña extremadamente alta que nunca antes había visto, y sobre la cual nunca había puesto mis pies”20.

La discusión de Lamán y Lemuel en la tienda no condujo a la revelación. La meditación de Nefi abrió la puerta a una extensa revelación que nos ha bendecido a todos. La seria reflexión formaba parte de Nefi, porque más tarde él nos dice: “… mi corazón medita continuamente en las cosas que he visto y oído”21.

La seria reflexión

En octubre de 1918, Joseph F. Smith recibió una gloriosa visión de la visita de Cristo a las huestes de los muertos22. El registro de esa visión se encuentra ahora en la sección 138 de Doctrina y Convenios. En esa visión, él vio el gozo y la alegría de la innumerable compañía de espíritus que habían sido fieles en el testimonio de Jesucristo. ¿Qué fue lo que abrió sus ojos para recibir esta poderosa experiencia? Él dijo: “… me hallaba en mi habitación meditando sobre las Escrituras”; y de nuevo: “Mientras meditaba en estas cosas que están escritas, fueron abiertos los ojos de mi entendimiento”23.

José Smith nos explica que, antes de recibir su primera visión del Padre y del Hijo, “… [invadió su] mente una seria reflexión”24. ¿Qué es una seria reflexión? Es un pensamiento enfocado y concentrado, como la luz del sol a través de una lupa que del calor hará un agujero en el papel. No es superficial. No revolotea de una distracción a otra. No se aparta de su curso ni oscila como las olas del mar25.

Recibimos una mayor comprensión de esto en la descripción que hizo Oliver Cowdery de José la primera noche que Moroni lo visitó. Oliver escribe: “En la noche del 21 de septiembre de 1823, antes de irse a dormir, el ánimo de nuestro hermano estaba inusualmente inquieto en cuanto al asunto que por tanto tiempo había agitado su mente; volcó su corazón en ferviente oración, y su alma entera se abstrajo tanto de todo lo que fuera de naturaleza temporal que, para él, la tierra había perdido su atractivo, y todo lo que deseaba era preparar su corazón para conectar con algún tipo de mensajero que pudiera transmitirle la deseada información en cuanto a su grado de aprobación ante Dios.

“Finalmente la familia se retiró; mas él, como de costumbre, se sumió en sí mismo, en silencio, allí donde otros habrían reposado sus cuerpos exhaustos ‘envueltos en los brazos del sueño’; pero el sosiego había desaparecido, y la acostumbrada duermevela había extendido su reparadora mano sobre los que estaban a su lado. Él continuó orando inmóvil y su corazón, aunque una vez duro y obstinado, fue ablandado, y esa mente que con frecuencia había revoloteado como el “ave salvaje de paso” se había posado sobre una base constante para no ser confundida ni apartada de su propósito”26.

Me encanta esa imagen de nuestros pensamientos como “aves salvajes de paso”. ¡Cuán frecuentes son! Y cuán a menudo desearíamos que no fueran así.

Cuando pienso en un ave salvaje de paso, recuerdo el día en que un pájaro entró en nuestro despacho por una ventana abierta. No podía encontrar la salida y, aterrorizado, volaba de un lado a otro de la sala en un revoloteo inútil. Lo veíamos bajar en picado de una esquina a otra, estrellándose y sin hacer ningún progreso. Esa clase de pánico contrasta en gran manera con la resuelta oración que hizo José para no ser confundido ni apartado de su propósito.

Las distracciones impiden que recibamos revelación

La oración y la espiritualidad requieren disciplina mental y concentración. ¿Es de extrañar que esta clase de oración no conduzca a la revelación?: “Querido Padre Celestial, gracias por… ¿he descongelado la carne para la cena? Bendícenos para que… espero que esto se acabe pronto. Tengo muchas cosas que hacer. Y por favor bendice… ¿la fiesta es la noche del viernes o del sábado?”.

Las distracciones son el enemigo de la meditación y la seria reflexión. No siempre es un pecado grave lo que nos deja ciegos. Lo harán las cosas pequeñas que nos distraigan lo suficiente. C. S. Lewis plasma esta idea en su libro Cartas del diablo a su sobrino. Se trata de una serie de cartas que Escrutopo, un viejo diablo, envía a un diablo más joven, y en las que le enseña la mejor manera de tentar al mortal que le ha sido asignado.

Escrutopo explica: “Tuve una vez un paciente, ateo convencido, que solía leer en el Museo Británico. Un día, mientras estaba leyendo, vi que sus pensamientos empezaban a tomar el mal camino”. En otras palabras, ese ateo convencido consideró por un instante que tal vez hubiera un Dios. Tuvo un momento de seria reflexión sobre lo divino y lo eterno.

Escrutopo dice: “[Antes] de saber a ciencia cierta dónde estaba, vi que mi labor de veinte años empezaba a tambalearse. Si llego a perder la cabeza, y empiezo a tratar de defenderme con razonamientos, hubiese estado perdido, pero no fui tan necio. Dirigí mi ataque, inmediatamente, a aquella parte del hombre que había llegado a controlar mejor, y le sugerí que ya era hora de comer. Presumiblemente… [Dios] contraatacó diciendo que aquello era mucho más importante que la comida; por lo menos, creo que esa debía ser la línea de Su argumentación, porque cuando yo dije: ‘Exacto: de hecho, demasiado importante como para abordarlo a última hora de la mañana’, la cara del paciente se iluminó perceptiblemente, y cuando pude agregar: ‘Mucho mejor volver después del almuerzo, y estudiarlo a fondo, con la mente despejada’, iba ya camino de la puerta”. Por supuesto, Escrutopo explicó con satisfacción que la distracción funcionó y que, para cuando el hombre salió por la puerta y vio el autobús número 73 y a un vendedor de periódicos, ya había regresado a lo que él llamaba “la vida real”, y no volvió a pensar en Dios27. ¿Por qué tentarnos con malas artes si la distracción puede apartar con tanta facilidad nuestra mente de las cosas eternas?

De profunda importancia

No solo nuestras vidas están llenas de distracciones; con mucha frecuencia pensamos que la vida consiste precisamente en las distracciones. Llegamos a estar “demasiado ocupados en las cosas triviales”28. De hecho, si tenemos un momento de calma, con mucha frecuencia tratamos activamente de llenarlo con más distracciones. Prendemos la radio en el auto, o trabajamos con el estruendo de la televisión de fondo. Nos quedamos en la orilla, con nuestros juguetes de plástico para la playa, en lugar de meternos en las profundas aguas donde tantas cosas esperan ser descubiertas.

José Smith dijo: “[Suelo] nadar en aguas profundas”29, y dijo también: “Las cosas de Dios son de profunda importancia, y solo se pueden descubrir con el tiempo, la experiencia y los pensamientos cuidadosos, reflexivos y solemnes. Tu mente, ¡oh hombre!, si quieres llevar un alma a la salvación, debe elevarse a la altura del último cielo, y escudriñar y contemplar el abismo más oscuro y la ancha expansión de la eternidad; debes tener comunión con Dios”30. Dijo esto para explicar que, en demasiadas de nuestras clases y nuestras reuniones hemos sido superficiales, “banales y descuidadas”, y divagadoras.

No podemos entender las respuestas a las preguntas que no hemos preguntado. Dios no puede compartir Su profundo conocimiento con quienes no están interesados en el plan de estudios elemental. En nuestro viaje para entender la vasta expansión que Dios nos enseñaría sobre nuestra propia vida y el universo más allá, un horizonte conduce a otro horizonte. Las impresiones llegan a las mentes dispuestas a recibir instrucción, no a las que ya están llenas de nimiedades.

Sin embargo, deseamos gritar: “Mi vida está dividida y hecha pedazos por las obligaciones y los deberes, y todas las menudencias de esta vida terrenal. No puedo evitarlo. Es la condición y el tintineo del mundo moderno”. Yo digo que debemos evitarlo. Somos el pueblo de Dios; Él tiene cosas que decirnos que solo están al alcance de una mente que se entregue con frecuencia a la seria reflexión. No vinimos aquí para olvidar nuestro destino divino bajo un montón de pensamientos al azar.

Una bendición en el zumbido al vuelo

En una ocasión, cuando era una madre joven, necesitaba respuestas a mi oración31. Contraté a una niñera, tomé mi ejemplar de las Escrituras y mi diario, y caminé hasta lo alto de una montaña desde la que tenía una vista asombrosa. Me senté; abrí las Escrituras y el diario y comencé a orar. De pronto, escuché un zumbido; muchos zumbidos. Había moscas por todas partes, dando vueltas alrededor de mi cabeza, posándose sobre las páginas de mi ejemplar de las Escrituras e impidiéndome leer. Traté de continuar, pero era difícil. Las moscas zumbaban y me bombardeaban, y con gran frustración recogí mis cosas y volví a casa, pensando que no había recibido una respuesta. En realidad, recibí una respuesta que ha permanecido conmigo toda la vida.

Me di cuenta de que las moscas eran un símbolo. Eran como las distracciones que con tanta frecuencia me privaban del enfoque espiritual cuando lo necesitaba tan desesperadamente. Justo cuando me habría gustado leer el versículo uno, una mosca se posaba en medio de la segunda frase. El versículo dos tenía dos moscas. Deseaba meditar, centrarme en las cosas profundas del Espíritu, pero las distracciones me lo impedían. Era como Marta, “afanada y turbada… con muchas cosas”32, pero el enfoque espiritual era la buena parte, para la cual la vida cotidiana a menudo me dejaba tan poco tiempo.

No nos sorprende descubrir que, a fin de aprender a tocar un instrumento musical perfectamente, es necesaria la máxima concentración, atención y práctica. ¿Por qué suponemos entonces que recibir revelación en cuanto los misterios de Dios requeriría en modo alguno poca energía mental de nuestra parte?

Debemos decidir si haremos esta travesía terrenal envueltas en distracciones, o buscaremos tiempo a diario para la seria reflexión y la meditación que conduce a la revelación; si viajaremos en barcos oscuros o les daremos luz con piedras tocadas por el dedo de Dios. Estos tiempos son tan peligrosos, que simplemente no podemos permitirnos viajar a ciegas.

Una senda a la revelación personal

¿Qué clase de meditación conduce a la revelación y a las oraciones contestadas, a abrir de par en par las puertas del entendimiento en nuestra mente?

Nefi nos ayuda aquí. Él nos da pistas sobre lo que estaba pensando justo antes de ser llevado a lo alto de la montaña. Primero dice: “[Yo], Nefi, sentí deseos de que también yo viera, oyera y supiera de estas cosas, por el poder del Espíritu Santo”33. Meditamos porque tenemos una duda real, o un desafío. Meditamos porque de cierto deseamos saber la verdad sobre algo. Deseamos saber las cosas como realmente fueron, “como realmente son, y de las cosas como realmente serán”34En nosotros arde el deseo de recibir conocimiento celestial.

Abraham dejó el hogar de sus padres en Ur porque, dijo él, “hallando que había mayor felicidad, paz y reposo para mí, busqué las bendiciones de los padres… deseando también ser el poseedor de gran conocimiento, y ser un seguidor más fiel de la rectitud”35.

Otra vez la palabra deseando. Para Abraham, eso abrió de golpe la puerta a una nueva dispensación de luz del Evangelio.

Escuchen el punto de deseo que condujo a Lucy Mack Smith a meditar y buscar la religión verdadera. Ella dijo que,

en la ansiedad de mi alma por cumplir con el convenio que había concertado con el Todopoderoso, iba de un lado a otro para buscar información o encontrar, si fuera posible, un espíritu afín que pudiera comprender mis sentimientos y compadecerse de mí.

Al fin me enteré de que una persona conocida por su piedad predicaría el siguiente día de reposo en la iglesia presbiteriana, y allí acudí con la esperanza de obtener lo único que podía saciar mi alma: el pan de vida eterna. Cuando el ministro comenzó, fijé mi mente con profunda atención en el espíritu y el tema de su discurso, pero todo era vacío, vanidad, aflicción de espíritu, e invadió mi corazón como [un] frío e inesperado estallido… No llenó mi doloroso vacío interior, ni satisfizo la insaciable hambre de mi alma. Estaba casi completamente desesperada y, regresé a casa con espíritu afligido y atribulado. En mi corazón había decidido que no existía sobre la tierra la iglesia que yo buscaba, por lo que resolví estudiar la Biblia y dejar que Jesús y Sus discípulos me guiaran, para tratar de obtener de Dios lo que el hombre no podía dar ni quitar. Me volcaría en ello; escucharía todo lo que se pudiera decir, leería todo lo que estuviera escrito, pero la palabra de Dios sería particularmente mi guía hacia la vida y la salvación, la cual me empeñaría en alcanzar si acaso por medio de la diligencia en la oración36.

Las palabras de Lucy son una expresión de seria reflexión. Su deseo expresaba con gran emoción “el doloroso vacío” y “la insaciable hambre” de mi alma.

Una transformación gradual de nuestro pensamiento

¿Creen que el deseo de Nefi de ver y oír la visión de la cual su padre Lehi les había hablado, era querer demasiado? ¿Creen que fue presuntuoso por parte de Abraham abandonar su hogar a causa de sus intensos deseos de rectitud? ¿Era el deseo de Lucy simplemente demasiado?

No. Todos ellos recibieron respuestas por medio de profunda revelación y bendiciones sobre sus cabezas. Sus deseos de recibir conocimiento celestial iban unidos a la firme sensación de que Dios podía conducirlos hasta las respuestas. Con demasiada frecuencia no somos criaturas de muchos deseos, sino almas superficiales e insustanciales que quieren bien poco y se niegan a pensar en profundidad.

Vivimos en un universo, como dijo el élder Neal A. Maxwell, “que obedece a la voluntad divina”37, en el que una maravilla se suma a otra. Dios y Su Hijo Jesucristo están dispuestos a compartir los secretos del universo si tan solo estamos dispuestos a recibir Sus dones (y a “no sentirnos ofendidos por Su generosidad”38).

Meditar en las Escrituras conduce a la revelación. José Smith había estado meditando en Santiago 1:5 cuando fue a la Arboleda Sagrada, y en Juan 5:29 cuando recibió la sección 76 de Doctrina y Convenios. Joseph F. Smith había estado meditando en las Escrituras, en 1 Pedro 3:18–20 y 1 Pedro 4:6, cuando recibió la visión del mundo de los espíritus39.

Meditar en cosas profundas nos acerca más a Dios. El Señor nos ha dicho: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos”40. No obstante, Él desea que nuestros pensamientos gradualmente lleguen a ser como Sus pensamientos, y que nuestros caminos se conviertan en Sus caminos.

Como dijo el élder Maxwell: “No todo conocimiento tiene la misma importancia. ¡No existe la democracia en los hechos!… A medida que nos acercamos a la verdad, sentimos que tiene una jerarquía de importancia… Algunas verdades son importantes en lo que concierne a la salvación, y otras no lo son”41.

¿En qué podemos meditar? Podemos meditar en lo que significan las Escrituras. Podemos meditar en cuáles son las verdaderas preguntas por las que debemos orar. A veces, antes de orar, anoto mis preguntas en una libreta para no olvidarlas. Con demasiada frecuencia algo urgente y obvio nos impide ver la verdadera cuestión que nos ocupa. ¿Qué es aquello que necesito ver y no estoy viendo?

Podemos meditar en cómo ve el Señor nuestros desafíos, y en cómo los resolvería Él. Podemos meditar en las tiernas misericordias del Señor en nuestra vida, y en lo que eso nos enseña acerca de Sus atributos. La meditación nos conduce a verdades que van más allá de lo que “el hombre o la mujer natural” pueden encontrar: estabilidad cuando el mundo a nuestro alrededor se tambalea, luz cuando hemos estado viajando en las tinieblas. Un mundo de invitación nos espera. Hay muchas cosas en nuestra vida que no podemos elegir, pero podemos decidir hacia dónde dirigir nuestra mente.

Rodeada de enemigos, y aun así…

Uno de mis pasajes favoritos es el registro de una noche de insomnio que pasó Lucy Mack Smith custodiando el cofre que contenía el manuscrito del Libro de Mormón. Fue en la época en que el Libro de Mormón se estaba imprimiendo en Palmyra42. Había guardias apostados alrededor de su casa, porque los enemigos de la nueva Iglesia esperaban robar el manuscrito y quemarlo. Esa noche no podía dormir por estar meditando. Tal como explicó: “Me sumergí en una serie de reflexiones que ocuparon mi mente hasta el amanecer. Traje a mi memoria”, dijo, “la historia pasada de mi vida, y fue como si ante mí se sucediera una escena tras otra”. En aquella noche pensó en su familia, en su vehemente búsqueda de la verdad de la salvación. Recordó su confianza en que Dios levantaría a alguien que llevaría la verdad “a quienes desearan hacer Su voluntad aun a costa de todas las demás cosas”. Recordó con “infinito regocijo” las verdades que José le había enseñado. Ella dijo:

Mi alma se hinchió de un gozo que difícilmente se podía superar, si no fuera por la reflexión de que el registro que había costado tanto esfuerzo, sufrimiento y ansiedad estaba ahora, en efecto, bajo mi propia cabeza, y que esa precisa obra no solo había sido lo que mi familia había buscado con tanto empeño, sino aquello sobre lo que profetas de los días antiguos, ángeles, y aun el gran Dios, habían tenido sus ojos puestos. “Y”, me dije, “¿habré de temer lo que el hombre pueda hacer? ¿No vigilarán los ángeles la preciosa reliquia de los muertos que fueron dignos, y esperanza de los vivos? ¿Y no soy en verdad la madre de un profeta del Dios del cielo, el honorable instrumento que efectuaría tan grande obra?”. Sentía que me hallaba en el ámbito de los ángeles, y el corazón me palpitaba ante la idea de la enorme condescendencia del Todopoderoso.

De modo que pasé la noche rodeada de enemigos y aun así en un éxtasis de felicidad. Verdaderamente puedo decir que mi alma se engrandeció y mi espíritu se regocijó en Dios, mi Salvador43.

Que nuestras meditaciones nos den luz en nuestro viaje, perspectiva por el momento y claridad tanto en las cosas grandes como en las que son grandes para nosotras. Una noche, hace años, cuando había estado meditando y orando para saber cómo ayudar a mi hija, recibí las palabras correctas que decir en el momento preciso. Para mí, eso fue algo grandioso.

Maurine Jensen Proctor, “Serious Reflection Precedes Revelation”, en Rise to the Divinity within You: Talks from the 2006 BYU Women’s Conference (Salt Lake City: Deseret Book, 2007), págs. 79–90.

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