Presidente John Taylor (1808-1887)

Presidente John Taylor (1808-1887)

Puntos sobresalientes en la vida de JOHN TAYLOR (1808-1887)

Edad
Nace en Milnthorpe, condado de Westmoreland, Inglaterra (1 de noviembre de 1808).
14 Trabaja primero como tonelero, posteriormente como tornero (1822).
16 Se une a la Iglesia Metodista (1824).
17 Recibe la impresión de que va a predicar el evangelio en América (1825).
24 Emigra al Canadá (1832).
28 Se bautiza en la Iglesia; llega a hacerse cargo de la Iglesia en Canadá(1836).
30 Es ordenado apóstol por Brigham Young y Wilford Woodruff (1838).
31-33 Cumple su primera misión en la Gran Bretaña (1839-41).
34-38 Funge como editor del periódico Times and Seasons (1842-46).
35-37 Funge como editor del periódico Nauvoo Neigh-boor (1843-45).
36 Presencia el martirio de José Smith (1844).
38-39 Cumple una segunda misión en la Gran Bretaña (1846-47).
39 Dirige el peregrinaje de santos de Winter Quarters a Salt Lake City (1847).
41-44 Cumple una misión en Francia y Alemania (1849-52).
47-49 Preside la Misión de los Estados del Este; publica el periódico The Mormon (1855-57).
49-68 Colabora como miembro de la Legislatura Territorial de Utah (1857-76).
61 Se inscribe en un debate epistolar publicado en toda la nación acerca del matrimonio plural, contra Schuyler Colfax, vicepresidente de los Estados Unidos (1869).
69 Dirige a la Iglesia como presidente del Quorum de los Doce (1877).
72 Es sostenido como Presidente de la Iglesia (1880).
77 Aparece en público por última vez antes de exiliarse voluntariamente debido a las leyes contra el matrimonio plural (1885).
78 Muere en Kaysville, condado de Davis, estado de Utah (25 de julio de 1887).

1. Tiempos de inquietud

Un minuto después de las cuatro de la tarde, el 29 de agosto de 1877, Brigham Young, a la edad de setenta y seis años, había muerto. El hombre que fungiera como profeta y portavoz terrenal del Señor durante treinta y tres años, dejó la tierra.

Treinta y tres años es mucho tiempo, y du­rante este período muchas personas habían nacido y madurado en el oeste. Estos hijos del de­sierto, aquéllos que no habían conocido a nin­gún otro presidente de la Iglesia, se habían con­vertido en adultos jóvenes y se encontraban criando a sus propias familias. Para dichos ciu­dadanos del reino de Dios sobre la tierra —y para muchos de sus padres— el presidente Young se había convertido en el símbolo viviente del mormonismo. Su mando, vigoroso y rústico, repre­sentó fortaleza para los santos en muchos de sus momentos más críticos. Su sabio consejo había encauzado el curso de la Iglesia por más de tres décadas. Ahora, su obra terrenal había termina­do y otro ocuparía su lugar en la cabecera de la Iglesia.

Rara vez, si acaso tuvo mayor necesidad la Iglesia de una dirección capaz, que durante 1877 y los once años siguientes. La persecución, resul­tante de la intolerancia al matrimonio plural, pronto azotaría estrepitosamente la Iglesia. En un período de diez años después de la muerte del presidente Young, cientos de familias mormonas quedarían desgajadas; esposos y padres irían a dar a la prisión, o se ocultarían en un esfuerzo por escapar de lo que los miembros de la Iglesia consideraban prácticas injustas por parte de los oficiales federales para implantar las leyes. Comunidades completas se verían sacudi­das por la pérdida de sus dirigentes más promi­nentes y el progreso de la Iglesia se vería impe­dido por el amenazante arresto de sus directores. Durante este mismo período de diez años, los miembros de la Iglesia que habían practicado el matrimonio plural, habrían de perder sus dere­chos de votar y desempeñar cargos públicos. Todos estos problemas y muchos más habrían de caer sobre el sucesor de Brigham Young.

Nuevamente, tal como cuando falleció José Smith, el Señor tenía a un hombre preparado para aceptar un llamamiento tan desafiante, en la persona de John Taylor, el presidente del Quorum de los Doce.

2. En Busca de Mayor Luz

Nacido el 1 de noviembre de 1808 en la Gran Bretaña, John Taylor era tres años más jo­ven que el profeta José Smith y siete años menor que Brigham Young, dos de los personajes que llegarían a afectar profundamente su vida. Este joven comenzó a prepararse, temporal y espiritualmente, a una edad muy temprana. Cuando todavía era niño, de apenas once años, trabajó diligentemente en la granja de su padre. Tres años más tarde, siguiendo la costumbre de su región, escogió la vocación de su vida, siendo ésta la de tonelero (aquel que hace barriles y toneles). Sin embargo, un año más tarde, su pa­trón fracasó en los negocios y el joven John re­gresó a su casa. Poco tiempo después, a la edad de quince años, escogió otra vocación, la de tor­nero (artesano experto en el uso del torno).

Espiritualmente, John maduraría considera­blemente durante los años de su adolescencia. En su infancia había sido bautizado en la iglesia anglicana. Sin embargo, a los dieciséis años, escu­chó la doctrina metodista y le pareció más de su agrado. Esta transición tocó profundamente su corazón, y durante la segunda mitad de sus años de adolescente, John pasó muchas horas buscan­do diligentemente mayor luz. Las Escrituras fue­ron su compañía constante y dedicó mucho es­fuerzo espiritual a la oración en un intento por conocer la voluntad del Señor. Sus oraciones no fueron desatendidas. En sus escritos posteriores se refiere a su íntima cercanía con el ámbito espiritual en aquellos días. Una manifestación de esta proximidad fue la visión que tuvo de “un ángel en los cielos, sonando en trompeta, un mensaje a las naciones”.1 Aunque no compren­dió plenamente la importancia de esta manifesta­ción en este momento, posteriormente pudo comprender su significado.

La misión preordinada a John Taylor se lle­varía a cabo en otro lugar, fuera de Inglaterra; también esto se lo reveló el Señor. A los diecisie­te años, mientras caminaba con un amigo rumbo a su primera predicación en la Iglesia Metodista, el joven Taylor se detuvo y comentó: “Siento en mi mente la fuerte impresión de que tengo que ir a América a predicar el evangelio”,2 aun cuando en esa época poco sabía de la cadena de eventos que se desarrollaría en su vida, permitiéndole responder a este llamamiento.

En 1832, durante el tiempo en que la Iglesia se establecía firmemente en Kirtland y José Smith estaba recibiendo revelaciones tan vitales como la Visión (Doctrinas y Convenios 76) y la Hoja de Olivo (Doctrinas y Convenios 88), John Taylor se encontraba en compañía de sus padres viajando de Inglaterra a Toronto, Canadá, traba­jando en la vocación que había escogido y conti­nuando su actividad en la Iglesia Metodista. En el nuevo país, fue escogido como maestro de clase en su iglesia, abriéndose en esta forma, la oportunidad para que continuara predicando y enseñando en esta secta.

Su experiencia como maestro en la Iglesia Metodista fue muy gratificante para John por varias razones, la principal de ellas, fue que por medio de esta clase conoció a Leonora Cannon, quien más tarde se convertiría en su esposa. La señorita Cannon, quien había llegado al Canadá como dama de compañía de la esposa del señor Masón, el secretario particular del gobernador de Canadá, poseía un criterio y una voluntad muy particulares; y la primera vez que John le propu­so matrimonio, ella lo rechazó. Sin embargo, más tarde, se vió en un sueño como compañera de este joven y aceptó su proposición matri­monial.

Otra ventaja que John obtuvo de esta clase, fue que a través de sus predicaciones inició con­tacto con algunos de los jóvenes más destacados de la Iglesia Metodista cerca de Toronto. De estos contactos se formó un grupo que se reunía varias veces a la semana para escudriñar las Escri­turas e investigar más concienzudamente las doc­trinas de las diferentes sectas cristianas de aque­lla época. Como resultado de esta investigación, él y otros empezaron a descubrir lo que les pa­recía muchas divergencias entre la iglesia que el Salvador había establecido durante su ministerior terrenal y la iglesia a la cual pertenecían. Más tarde, cuando las noticias de las enseñanzas de este grupo llegaron a oídos de los dirigentes de la Iglesia Metodista en aquella área, se convo­có a una conferencia especial donde fueron exa­minadas por los dirigentes de dicha iglesia y su grupo de Toronto las doctrinas que defendía John Taylor.

La decisión de estos dirigentes con respecto al grupo de Toronto declaraba: “Hermanos, les consideramos como hermanos y caballeros; cree­mos que son sinceros, mas no podemos aceptar su doctrina. Con el deseo, sin embargo, de ceder hasta donde nos es posible, diremos que: pueden creer sus doctrinas si no las predican; y nosotros los retendremos en calidad de miembros, dirigen­tes y predicadores”.3

No pudiendo aceptar estas condiciones, John y sus amigos perdieron sus cargos en la Iglesia Metodista más no así su calidad de miembros. Sin embargo, los resultados de la conferencia no desalentaron a aquellos que iban en busca de la verdad y continuaron su indagación a través de la oración y el estudio.

Mientras tanto, en Kirtland, Ohio, el Señor estaba preparando una contestación a las oracio­nes de John Taylor. Una noche, después de que Parley P. Pratt se había acostado, Heber C. Kimball, un miembro del Quorum de los Doce y otras personas llegaron a su casa solicitando que se levantara y recibiera una bendición que el élder Kimball había sentido la inspiración de darle. Parley P. Pratt, que había estado casado con su esposa durante diez años, no había tenido hijos. Por lo tanto, la profecía dada por el élder Kimball llegó con un profundo impacto:

Hermano Parley, tu esposa será sanada desde este momento y te dará un hijo. . . El hará una gran obra en la tierra difundiendo la palabra y enseñando a los hijos de los hombres. Levántate, pues, y ve al ministerio, sin dudar nada. No pien­ses en tus deudas ni en las necesidades de la vida, porque el Señor te proveerá con medios abun­dantes para todas las cosas.

Irás hasta Canadá del Norte, aun a la ciudad de Toronto, la capital, allí encontrarás a un pueblo preparado para la plenitud del evangelio, te recibirán, y organizarás la Iglesia entre ellos. Esta congregación conocerá la verdad en su ple­nitud y se regocijará; y de lo que germine de esta misión, la plenitud del evangelio se dispersará hasta Inglaterra y originará una gran obra que se hará en aquella tierra,4

En respuesta a este llamamiento profético, Parley P. Pratt viajó a Toronto a principios de la primavera de 1836, llevando consigo una carta de presentación dirigida a John Taylor por Moses Nickerson. Al principio, el élder Pratt fue objeto de una recepción muy fría por parte del señor Taylor y otros, debido a los rumores calumniosos acerca de la Iglesia de los Santos de los Ultimos Días, que habían precedido al joven apóstol. Los oficiales de la iglesia no permitían que el élder Pratt usara sus capillas para dar su mensaje, y ningún oficial de la ciudad lo dejaba usar edificio público alguno. Finalmente, Parley, completamente decepcionado, decidió abando­nar la ciudad que aparentemente había cerrado sus puertas. Con esta decisión en mente, se diri­gió al hogar de John Taylor para despedirse. Sin embargo, al estar allí, conoció a la señora Walton quien se sintió motivada para permitirle usar su hogar como lugar de reunión y le ofreció tam­bién hospedarlo y alimentarlo.

Esta oportunidad llegó como respuesta a las oraciones del élder Pratt, quien comenzó a efec­tuar reuniones semanales en el hogar de esta amable mujer. Poco tiempo después fue invitado a hablar en las reuniones que efectuaban John y sus amigos. Fue por esta época cuando John ini­ció una ferviente investigación en cuanto a las declaraciones del mor monismo. Para iniciar su indagación, escribió el contenido de ocho de los sermones de Parley P. Pratt para poder comparar las enseñanzas del misionero con las de las Escri­turas. Inició también una completa investigación del contenido del Libro de Mormón y de las Doctrinas y Convenios. Durante tres semanas si­guió al élder Pratt de un sitio a otro, escuchando cada uno de sus sermones y examinando, cuida­dosamente, uno a uno a la luz de las Escrituras. Por las noches, John continuaba vertiendo su corazón en oración. Como resultado, recibió el convencimiento en su pecho y él y su esposa entraron a las aguas bautismales el 4 de mayo de 1836.

Poco después de su bautismo, John Taylor fue ordenado élder en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días y comenzó a pre­dicar el evangelio como cumplimiento de la reve­lación que había recibido en Inglaterra cuando era joven. Con la ayuda del élder Taylor, la obra de la Iglesia comenzó a crecer tan rápidamente en Canadá, que Orson Hyde y Orson Pratt, del Quorum de los Doce, fueron enviados por el Pro­feta para auxiliar a Parley P. Pratt. Durante todo el verano, este grupo tan dedicado continuó difundiendo la palabra de la restauración y en el otoño, cuando los apóstoles regresaron a Kirt­land, John Taylor fue puesto a cargo de toda la obra de la Iglesia en Canadá.

3. Días turbulentos

En el siguiente mes de marzo (1837), el élder Taylor visitó Kirtland y conoció al profeta José Smith por primera vez. Esto, como se recordará, ocurrió durante los tiempos difíciles de la apos- tasía en Kirtland, cuando aún los dirigentes de la Iglesia eran sacudidos por las fuerzas del malig­no. Entre aquellos que temporalmente oscilaron, se encontraba Parley P. Pratt, el misionero que había introducido a John Taylor al evangelio. Es difícil imaginar la impresión que los conversos, de menos de un año, recibieron al descubrir que el misionero que los había traído a la Iglesia se encontraba ahora luchando por conservar su pro­pio testimonio. Sin embargo, John permaneció inalterable. La profundidad de su personal con­vicción se muestra en su contestación al élder Pratt cuando le confió su preocupación acerca del estado actual en que se encontraban los asun­tos de la Iglesia. “Mire, hermano Parley, no es al hombre a quien yo sigo, sino al Señor. Los prin­cipios que usted me enseñó me llevaron hacia El y ahora cuento con el mismo testimonio del cual usted disfrutó entonces. Si la obra era verdadera hace seis meses, es verdadera el día de hoy; si José Smith era un profeta, entonces es todavía un profeta”.5

Durante una reunión en el Templo de Kirt­land (el Profeta se encontraba ausente) Warren Parrish y otros atacaron violentamente el carác­ter del Profeta. En respuesta a esto, John Taylor se levantó valerosamente y en abierta oposición contra los apóstatas, les recordó que todos ellos le debían al Profeta haber llegado al conocimien­to de Dios.

Fue José Smith, bajo la dirección del Altísi­mo, quien desarrolló los primeros principios y hacia él nos dirigimos para recibir instrucciones adicionales. Si el espíritu que él manifiesta no trae bendiciones, temo mucho que el que. han manifestado los que acaban de hablar, tampoco las acarrearán. En ocasiones anteriores, los hijos de Israel, después de contemplar el poder de Dios manifestado entre ellos, cayeron en rebe­lión e idolatría, y ciertamente existe un gran pe­ligro de que nosotros hagamos la misma cosa.6

Durante su estancia en Kirtland, el élder Taylor continuó defendiendo el carácter del Pro­feta, y durante su regreso a Canadá, el Señor demostró, por medio del derramamiento de su Espíritu, su aceptación de los actos del joven converso canadiense. Durante su regreso a To­ronto, el grupo con el cual se encontraba viajan­do el élder Taylor llegó, un día domingo, cerca de Queenstown. Por sugerencias suyas, el grupo se retiró a un lugar apartado bajo un acantilado de las Cataratas del Niágara, Canadá, antes de buscar la oportunidad de predicar en el puéblo ese día. Mientras se encontraban en oración, cerca de las impresionantes cataratas, John Tay­lor habló en lenguas por primera vez al posarse sobre él el Espíritu del Señor.

Volviendo a Kirtland, los apóstatas se encon­traban muy ofendidos por el comportamiento del élder Taylor y trataron de destruir su in­fluencia en Canadá. En esa ocasión, enviaron a uno de su grupo al Canadá, el doctor Sampson Avard, con credenciales falsas y declarando que se haría cargo de las ramas de la Iglesia en ese lugar. Sin sospechar absolutamente nada, el élder Taylor entregó a este hombre la dirección de la Iglesia en ese lugar. Afortunadamente, el profeta José y otros de los hermanos viajaron al Canadá en agosto de 1837 y el engaño fue descubierto. Avard fue severamente reprendido. John Taylor fue ordenado sumo sacerdote y reasignado a pre­sidir la Iglesia en aquel lugar.

La habilidad directiva de John Taylor se hizo necesaria en otro lugar, y en el otoño de 1837, el profeta José Smith solicitó que se trasladara a Far West, Misurí, a una distancia aproximada de 1,900 kms. de Toronto. Durante esta travesía, llegó a experimentar las más difíciles pruebas que llegarían a ser parte de su vida cotidiana.

Viajó en trineo los cientos de kilómetros que lo separaban de Kirtland, únicamente para en­contrar que el próspero y floreciente pueblo que había dejado hacía apenas unos meses, se había convertido en un esqueleto de lo que había sido. Todos los dirigentes fieles de la Iglesia se habían ido a Misurí con el Profeta, y los apóstatas re­gían en su lugar. Con el corazón contrito y el espíritu oprimido, el élder Taylor y su compañía viajaron hacia Misurí.

El populacho comenzó a rondar el pueblo de DeWitt, Misurí, aproximadamente al mismo tiempo en que la compañía de Taylor llegó a ese lugar, y fue allí donde John probó por primera vez los resultados de la violencia organizada, cuando 150 partidarios de estos grupos amenaza­ron las vidas de los miembros de la Iglesia que entonces residían en DeWitt. Más tarde escribió acerca de esta situación:

Este era el primer populacho que había vis­to… y todo esto era nuevo para mí, espe­cialmente cuando consideré la clase de oficiales que tenían. Hasta ese entonces había visto a los ministros del evangelio como mensajeros de paz; ahora venían no únicamente en actitud belicosa, sino como dirigentes de una chusma armada, una pandilla de intrusos y forajidos con el propósito declarado de arrojar de sus hogares a ciudadanos pacíficos, hombres, mujeres y niños. . .

. . . No contaba con armas. . . y hasta enton­ces había considerado que no las necesitaba en una tierra cristiana y civilizada; pero descubrí que cuan equivocado estaba. Aquí la civilización era de una moral muy baja y la cristiandad de una muy dudosa reputación. Por lo tanto, tiré a un lado el cabestrillo y las vendas de mi brazo incapacitado (se había quebrado en un accidente durante el camino a Misurí), supirmí mi repul­sión hacia el pleito, pedí prestado un rifle, com­pré un par de pistolas y me preparé cuando menos para estar a la defensiva.7

Afortunadamente, no se suscitó ninguna pe­lea en esa ocasión y John pudo continuar su jornada a Far West, llegando durante la primera parte de octubre de 1838.

Durante los trágicos días de la persecu­ción en Crooked River, Haun’s Mili y otras esce­nas violentas que precedieron a la orden de ex­terminación expedida un mes después de su lle­gada a Misurí, John Taylor se encontraba ayu­dando a los santos que trataban de llegar a Far West, en donde la persecución estaba en su clímax en aquel tiempo. El recuerdo de aquellos días jamás se desvaneció de su mente; en sus últimos discursos, aparecen una y otra vez rela­tos de estas persecuciones. Fue durante estos días de confusión y sufrimiento que John Tay­lor, a los treinta años de edad, fue ordenado apóstol del Señor Jesucristo, el 19 de diciembre de 1838. El llamamiento lo había dado el Señor en julio de 1838, pero las circunstancias habían impedido la ordenación hasta el mes de diciem­bre; y ya que el profeta José se encontraba en la prisión en Liberty, Misurí, durante ese tiempo ésta fue efectuada por dos miembros del Quo­rum de los Doce, Brigham Young y Heber C. Kimball.

Poco después de su ordenación, y en su nue­vo papel como miembro del Quorum de los Doce, tocó en suerte que el élder Taylor dirigiera a un grupo de santos en el éxodo de Misurí a Illinois. Brigham Young y otros dirigentes de la Iglesia habían preparado a los santos para la emi­gración, sin embargo, la creciente persecución había obligado al élder Young a huir de Misurí con su familia en febrero; por lo tanto, cuando el grupo principal de santos salió posteriormente rumbo a Illinois, fue bajo la dirección de John Taylor y Heber C. Kimball. Muy poco podía el élder Taylor imaginar en ese tiempo, que ocho años más tarde dirigiría otra peregrinación de santos, pero entonces las carretas avanzarían en otra dirección, hacia el oeste, al Valle del Gran Lago Salado.

4. Misión en la Gran Bretaña

Hasta entonces, a diferencia de la mayoría de los apóstoles, John Taylor jamás había cum­plido con una misión formal. Sin embargo, en 1838, le llegó el llamamiento de servir en la Gran Bretaña y estuvo dispuesto a aceptar aun en me­dio de momentos difíciles.

Contestar positivamente un llamamiento a la misión, siempre requiere sacrificio y cierta canti­dad de dificultad por parte del que acepta servir. Sin embargo, el sacrificio que se requiere de los misioneros hoy en día, ciertamente parece dimi­nuto cuando se compara con el sacrificio del él­der Taylor y sus compañeros del Quorum de los Doce, quienes aceptaron el llamamiento dado por el Señor el 8 de julio de 1838:

Convóquese una conferencia inmediata­mente; organícense los Doce; apártense hombres para reemplazar a los caídos.

Salgan ellos la primavera próxima para cru­zar las grandes aguas, y allá promulguen mi evan­gelio en su plenitud y den testimonio de mi nombre.

Despídanse de mis santos en la ciudad de Far West el veintiséis del próximo mes de abril, en el sitio donde se edificará mi casa, dice el Señor.8

Desde la fecha en que esta revelación se hizo pública, los maleantes en Misurí habían alardea­do de que ésta revelación del “profeta mormón” no se cumpliría. Y todo parecía indicar que te­nían razón.

Los resultados de las persecuciones en Misurí habían sido desalentadores para los miembros de la Iglesia. El último de los santos había partido de Far West el 20 de abril, seis días antes de la fecha en que debía cumplirse la profecía. Mu­chos de los dirigentes de la Iglesia se encontra­ban en prisión, y otros, como Thomas B. Marsh, presidente del Quorum de los Doce, habían apostatado. Pero aquellos que habían tratado de probar que la profecía era falsa ignoraban la vita­lidad de aquellos santos que habían permanecido firmes durante todas las pruebas de las persecu­ciones. Cinco de los apóstoles —los élderes Young, Kimball, Taylor, Page y Orson Pratt— regresaron por diferentes rutas al lugar donde se edificaría el templo en Far West el día señalado, y allí, antes del alba tramitaron algunos de los asuntos de la Iglesia. Fueron ordenados dos apóstoles más, Wilford Woodruff y George A. Smith, haciendo un total de siete apóstoles pre­sentes. Se colocó la primera piedra para el pro­puesto templo de Far West, y los apóstoles se despidieron de sus hermanos desde “el sitio don­de se edificará” la casa del Señor, rumbo a su misión “para cruzar las grandes aguas”.

Aunque la misión del élder Taylor se puede fechar técnicamente desde aquel día de abril, no salió sino hasta el ocho de agosto de Illinois para dirigirse a Inglaterra. Las condiciones eran toda­vía muy inestables entre los miembros de la Igle­sia, y precisaban su ayuda para trasladar a los santos a sitios más permanentes en Illinois. Con el resto de los hermanos, el élder Taylor regresó a Quincy, en donde se encontró con el profeta José el 3 de mayo, era la primera ocasión que los dos se veían desde que el Profeta había escapado de sus captores. Durante el tiempo en que los siete apóstoles habían estado en Far West, José se había ocupado en buscar un lugar para insta­lar a los santos en la vecindad de Commerce, Illinois. Como resultado de su búsqueda, José había decidido trasladar a los santos a ese lugar. Por lo tanto, John Taylor mudó a su familia a la vecindad de Commerce.

Existían pocos albergues en Commerce du­rante aquella época, el área que más tarde se convertiría en Nauvoo; por lo tanto, los Taylor y otros más se establecieron al otro lado del río Misisipí, en Montrose, estado de Iowa, en donde encontraron alojamiento en viejas barracas de madera que había dejado el ejército hacía unos cuantos años, después de una guerra entre los Estados Unidos y los indios encabezados por el jefe Halcón Negro (1767-1838). Posteriormente, los Taylor se trasladaron a Nauvoo y ayudaron en la tarea de construcción. En ese lugar tendría también la oportunidad de una íntima asocia­ción con el Profeta en experiencias tales como las curaciones que se efectuaron durante la epi­demia de malaria. Aquellos primeros días en Nauvoo fueron muy penosos y se hicieron aún más difíciles para el élder Taylor cuando llegó el día en que tuvo que partir para Inglaterra. Con­cerniente a su familia, escribió:

El pensar en las penalidades que acababan de soportar. . . la inseguridad de su estancia en la casa que entonces ocupaban, constituida por un solo cuarto, la enfermedad que predominaba, la pobreza de los hermanos, su inseguridad ante las chusmas, junto con la incertidumbre de lo que pudiera ocurrir durante mi ausencia, produjeron sentimientos poco comunes. . . empero la consi­deración de salir al mandato del Dios de Israel, de volver a visitar mi tierra natal, de desplegar los principios de verdad eterna y hacer saber las cosas que Dios había revelado para la salvación del mundo, vencieron cualquier otro sentimiento.9

La Iglesia se había introducido en las Islas Británicas casi tres años antes de la llegada del élder Taylor y sus compañeros. Los ministros que habían visto que algunos de los mejores miembros de su iglesia dejaban su congregación para unirse a la iglesia restaurada, se habían en­carnizado y empleaban toda su influencia en contra de los misioneros siempre que podían hacerlo. El élder Taylor habría de experimentar en el campo misional otro trago amargo de la oposición organizada que se lanzaría contra la Iglesia en años posteriores, cuando estuviera sir­viendo como presidente de ella.

Frecuentemente el joven apóstol se debatió con ministros mayores y más ilustrados que él, mas gracias a su testimonio del evangelio restau­rado, intrépidamente aprovechaba cada oportu­nidad para dar testimonio de la verdad. Cuando otros escribían, atacando a la Iglesia, el élder Taylor imprimía folletos en respuesta. Cuando otros hablaban en contra de la Iglesia, buscaba la oportunidad de contestar en público. Aquellos que trataron de destruir la obra del Señor en Inglaterra, descubrieron que el élder Taylor los igualaba en cualquier aspecto.

John Taylor fue un escritor sumamente capaz y su lógica, sus presentaciones sencillas del evangelio unidas a su trato caballeresco, con frecuencia se ganaron primero el respeto y luego el amor de muchos que se unieron a la Iglesia por medio de su influencia. A través de sus esfuerzos, Irlanda y la Isla de Man se abrieron a la predicación del evangelio.

La última parte de la misión del élder Taylor fue en el puerto de Liverpool en donde participó ayudando a los santos en sus preparativos para emigrar a Nauvoo. El élder Taylor nos deja una interesante enseñanza tocante al proceso del recogimiento. El profeta José, probablemente a causa de la condición inestable de la Iglesia, había aconsejado a los apóstoles que no mencio­naran nada a los miembros sobre el futuro reco­gimiento. Los hermanos obedecieron este con­sejo, pero pronto descubrieron el hecho de que el Espíritu del Señor con frecuencia se comunica directamente con su pueblo. “Encuentro difícil ocultar alguna cosa a los santos”, escribía el élder Taylor, “ya que el Espíritu del Señor se los revela”.10 Una y otra vez descubrió que los her­manos estaban recibiendo sueños informándoles del recogimiento que se iba a verificar. Final­mente, después de ayudar a más de ochocientos mormones a emigrar a Sión, el élder Taylor les siguió después de haber cumplido dignamente una misión de año y medio.

5. Días azarosos en Nauvoo

De regreso en su hogar el élder Taylor encon­tró otra clase de lucha, un tanto diferente a la del campo misional. Era la lucha por construir una ciudad digna de los santos de Dios. Nauvoo ya estaba parcialmente construida antes de que los Doce regresaran, habiendo puesto alma y cuerpo todos los miembros en su edificación. Este tipo de dedicación con frecuencia requiere un elevado espíritu de sacrificio y ese había sido el caso con Leonora, la esposa del élder Taylor. Se había entregado completamente a la Iglesia y a su familia en Misurí y ahora nuevamente en Nauvoo. Cuando John Taylor regresó a casa en­contró a la novia de su juventud casi muerta. Con las fuerzas agotadas yacía enferma en casa y su vida se evaporaba lentamente. Inmediatamen­te el élder Taylor llamó a veinte élderes a su casa, en donde les pidió que unieran su fe con la de él y suplicaran al Señor por la vida de su esposa; como respuesta a este acto unificado de fe, Leonora se levantó de su aflicción y se le permitió servir como su compañera por más de un cuarto de siglo.

Leonora recibiría de inmediato apoyo y ayuda como compañera de John Taylor, el futuro Profeta del Señor. Poco después del regre­so de los apóstoles, el profeta José Smith les reveló el principio del matrimonio celestial, in­cluyendo la doctrina de la pluralidad de esposas. Con respecto a sus impresiones en ese tiempo, el élder Taylor escribió:

José Smith les dijo a los Doce que si esta ley no se practicaba, si no entraban en este con­venio, entonces el reino de Dios no podría pro­gresar ni un paso más. Ahora bien, no sentíamos el deseo de evitar que el reino de Dios avanzara. Profesábamos ser los Apóstoles del Señor y no estábamos en posición de retrasar el progreso del reino de Dios. La revelación decía que “todos aquellos a quienes se revelare esta ley, tendrán que obedecerla”. Pues bien, no era mi palabra. Yo no di la ley. Fue el Profeta de Dios quien nos la reveló en Nauvoo y doy testimonio de este acto solemne ante Dios, de que sí reveló este sagrado principio a mí y a los demás apóstoles y en esta revelación se declara que es la voluntad y ley de Dios que “todos aquellos a quienes se revelare esta ley, tendrán que obedecerla”. (D. y C. 132:3).

Siempre he tenido conceptos estrictos de la virtud y sentía como hombre casado que esto para mí, fuera de este principio, era algo detesta­ble. ¡La idea de ir y solicitar que una señorita se casara conmigo cuando ya tenía una esposa! Era algo calculado para remover los sentimientos de las profundidades más íntimas del alma humana. Siempre había concebido de la manera más estricta la castidad. . . Por lo tanto, con tales sentimientos, nada sino un conocimiento de Dios, y sus revelaciones y la verdad de ellas me pudo inducir a abrazar un principio como este.11

Por amor a Dios y sus leyes, John participó del matrimonio plural dos años después de haber regresado de su misión.

El regreso de los Doce fue un evento agrada­ble para el profeta José, quien ahora contaba con la ayuda de otros ante la responsabilidad de guiar a los santos en Nauvoo. El élder Taylor resistió una carga más pesada que la normal, sir­viendo como miembro del Consejo de la Ciudad, como miembro del cuerpo de regentes para la Universidad de Nauvoo y como auditor de guerra (un cargo similar al de un fiscal civil) para la Legión de Nauvoo, en cuya organización tenía el grado de coronel.

Más tarde, en febrero de 1842, fue escogido como editor asociado del periódico Times and Seasons. En este cargo sirvió directamente bajo el profeta José en uno de los llamamientos de mayor responsabilidad en la Iglesia, ya que el Times and Seasons era el principal periódico de la Iglesia, el vocero de ésta tal cual era. Apenas se iniciaba un trabajo periodístico respetable, y el cargo de editor asociado exigía un hombre con un intelecto agudo y una mente creativa. John Taylor desempeñó su papel con amplia capacidad. Después de servir aproximadamente por un año, fue nombrado jefe de redacción, ocupando el lugar que había desempeñado José Smith. Como si esto fuera poco, el élder Taylor también llegó a ser editor y propietario de otro periódico, el Nauvoo Neighbor

Gracias a su experiencia en ambos periódi­cos, el élder Taylor aumentó sus habilidades como defensor de la fe. A través de sus páginas, fue el quien recomendó y luchó por la nomina­ción de José como presidente de los Estados Unidos, y luchó en defensa del carácter de José Smith. En ningún momento se necesitó más este apoyo que durante el tiempo de la destrucción del periódico Nauvoo Expositor. Fue el élder Taylor, actuando como miembro del Consejo de la Ciudad de Nauvoo, quien propuso la destruc­ción de esta imprenta por haber atacado al Pro­feta, cosa que amenazó la seguridad de toda la ciudad de Nauvoo. Cuando la imprenta fue des­truida, sus dueños y los apóstatas de la Iglesia, huyeron de la ciudad y comenzaron los rumores de que sus vidas habían estado en peligro. El élder Taylor se valió del espacio editorial de ambos periódicos de Nauvoo para exponer la verdad. Cuando las chusmas comenzaron a quemar estos periódicos en las oficinas de correos de los alrededores, hizo que se transpor­tara dicha información en vez de enviarla por correo. En algunos casos el periódico se llevó hasta San Luis, a 320 kms. de distancia, para asegurar que llegara a su destino sin contratiempos.

6. El Martirio

Debido a la destrucción de los periódicos de Nauvoo, fue muy difícil para los santos difundir la verdad ante las personas que vivían en los alre­dedores. Por un tiempo pareció que se desataría una guerra declarada entre los mormones y el resto de la población. Cuando el gobernador Ford vino a Carthage a investigar el asunto, fue John Taylor, en compañía del doctor J. M. Bernhisel, quienes fueron a hablar con él, en un esfuerzo por presentar el caso a nombre de los santos. En espera de una audiencia con el gober­nador, el élder Taylor pasó la noche en vela con sus pistolas bajo la almohada, esperando lo peor de los forajidos que se congregaban en Carthage.

Cuando el gobernador Ford exigió que José viniera a Carthage, John Taylor llevó el recado a Nauvoo. Inmediatamente se convocó a una con­ferencia en la casa del Profeta, en un esfuerzo por decidir el curso a tomar, si debía o no ir a Carthage. Durante esta reunión, José salió a hablar con dos caballeros importantes que ha­bían viajado del este para conocerlo. Cuando se hizo tarde y José no volvió, el élder Taylor, pen­sando que el Profeta no regresaría a la reunión esa noche, se fue a dormir a su casa. Sin embar­go, el Profeta sí regreso y junto con Hyrum cruzó el río hacia Montrose, Iowa, rumbo al oeste. Cuando el élder Taylor se enteró de esto a la mañana siguiente, decidió, también abandonar Nauvoo por un tiempo. Sin embargo, antes de partir, tuvo la precaución de retirar el tipo, los clichés del Libro de Mormón y otras instala­ciones valiosas de la oficina de impresiones. Con­sideró que si llegaba la chusma a Nauvoo en busca de José, el primer lugar que destruirían sería la imprenta. En seguida se disfrazó de anciano para no ser reconocido al salir de la ciudad, y se dirigió a Iowa después de cruzar el río.

En Montrose recibió noticias de que José estaba planeando regresar a Carthage y deseaba hacerlo con él. El resto de la historia es muy conocida. En la cárcel de Carthage, José y Hyrum, su hermano y Patriarca de la Iglesia, fueron asesinados y el élder Taylor seriamente herido.

Aquella cruenta hora en Carthage sería un episodio jamás olvidado por el élder Taylor, como tampoco olvidó los días que siguieron mientras estuvo en cama recuperándose de sus heridas, entre aquellos que habían arrancado la vida a sus dirigentes y amigos apenas unos días antes. El élder Taylor fue uno de los testigos oculares que más tarde podría señalar con dedo acusador a los integrantes de la chusma y sabía que era muy posible un atentado en contra de su vida. Durante este tiempo su querida Leonora y sus padres, arriesgaron sus vidas al venir a Carthage para prestarle auxilio. Por fin y afortu­nadamente, fue llevado en intenso dolor a la ciudad de los santos.

7. Preparación del traslado al Oeste

Durante los días siguientes, John Taylor, Willard Richards (el otro apóstol que quedaba en Nauvoo) y W. W. Phelps hicieron todo lo posible por restablecer la paz en la ciudad e instaron a los santos a conservar la calma en espera de la llegada de los otros miembros del Quorum de los Doce. Aun después de que arribó el resto de los apóstoles, el élder Taylor, herido como se encon­traba, continuó soportando parte de la carga. Durante los días posteriores al martirio, los her­manos se reunieron en el hogar del élder Taylor hasta que estuvo suficientemente recuperado para moverse. Se entregó activamente a un plan para la edificación de Nauvoo, y estimular a los inversionistas para que viniesen a establecer in­dustrias, proporcionando así, un recurso económico para los santos como ayuda para su travesía hacia el oeste. Por un tiempo reinó una paz relativa en Nauvoo. Luego, se expidieron órdenes ilegales de arresto para detener a los Doce y los problemas nuevamente comenzaron. Llegado este extremo y presionado más allá de sus límites de paciencia, el élder Taylor se encolerizó justamente y declaró que no se doble­garía nuevamente a la clase de arrestos que habían conducido a la muerte de José Smith.

Se llevaron a cabo los planes para abandonar la querida ciudad y trasladarse hacia el oeste. Después de un invierno de preparación se inició el éxodo. La familia de John Taylor atravezó el Misisipí y luego los llanos de Iowa días después de que la primera carreta salió de Nauvoo. Aún había nieve cuando partieron. Esto hizo difícil la jornada, pero fue peor aún cuando el deshielo empezó en Iowa. Las carretas se hundían en el lodo hasta sus ejes y con frecuencia avanzaban de metro en metro. Durante el día era difícil, en el mejor de los casos,, pero en la noche era un castigo absoluto. El 24 de febrero, ocho días después de que el élder Taylor llegara a Sugar Creek, el termómetro de Orson Pratt registró 24° centígrados bajo cero. Sin embargo al ir avanzando hacia el oeste, el invierno dio paso a la primavera y para el 5 de junio de 1846, el élder Taylor se encontraba en Monte Pisga y para él 17 de junio, ya había llegado a Council Bluffs.

EnCouncil Bluffs, el élder Taylor fue esco­gido para formar parte de la compañía pionera que se dirigiría al oeste e inmediatamente co­menzó a hacer sus preparativos. Sin embargo, se presentaron tantos impedimentos que llegó a en­contrarse a varios cientos de kilómetros de Winter Quarters cuando la compañía pionera ya había salido de ese lugar.

8. En Inglaterra nuevamente

Algunos días después de su llegada a Council Bluffs, llegó la orden del gobierno de los Estados Unidos para formar el Batallón Mormón. A con­secuencia de esto y de la tardanza de la estación, el presidente Young decidió posponer la jornada de la compañía pionera hasta la primavera de 1847. Pero antes de que llegara ésta, se recibie­ron noticias de que había problemas en la Gran Bretaña. El sistema misional que tanto atrae bue­nos como malos, había atraído, en esta ocasión en Inglaterra, a algunos conversos del mismo tipo de los que había ocasionado tantos daños en Kirtland años antes. Estos individuos estaban consiguiendo que los miembros de la Iglesia en las Islas Británicas, invirtieran su dinero en una compañía que supuestamente les acarrearía ganancias materiales. Mas por el contrario, el dinero lo usaban y malgastaban los que controla­ban dicha compañía. Al saber de estas activida­des y recordar los sucedido en Kirtland, Brigham Young vio la necesidad de poner la Iglesia en orden entre los santos de Inglaterra. Nuevamen­te se llamó a John Taylor, quien en compañía de Orson Hyde, regresó a su campo misional y tie­rra natal. Una vez más se vio obligado a dejar a sus seres queridos en circunstancias difíciles, exilados en los llanos. Y en esta ocasión, su preo­cupación fue aún mayor, ya que ahora dejaba no una, sino cuatro familias detrás, confiándolas al cuidado del Señor, a los demás santos y a sí mismas. Estuvo ausente aproximadamente nueve meses, ordenando las ramas de la Iglesia. Cuando Parley P. Pratt —quién posteriormente se unió con ellos en Inglaterra— y el élder Taylor regre­saron, trajeron consigo los instrumentos científi­cos que se usarían durante el éxodo al oeste. Los dos hombres regresaron apenas a tiempo para reunirse con el presidente Young y entregar los instrumentos antes de que la compañía pionera partiera hacia el oeste. De hecho, la compañía había salido de Winter Quarters uno o dos días antes de la llegada de los apóstoles y tuvieron que ir en pos de ella, alcanzándola en Elk Horn, como a 30 o 40 kilómetros al oeste.

9. Hacia el Valle del Gran Lago Salado

Después de entregar los indispensables ins­trumentos en Elk Horn, los dos apóstoles regre­saron hacia el oeste con sus familias que se en­contraban con el cuerpo principal de la Iglesia en Winter Quarters. Sobre sus muy capaces hom­bros cayó la difícil tarea de terminar la organiza­ción de este grupo de santos que iniciaría su jornada hacia el oeste. Las carretas precisaban composturas, había que juntar los caballos y los bueyes, herrarlos y prepararlos para el translado. Durante tres meses el grupo trabajó en un esfuer­zo unido. Después llegó el tiempo de hacer rodar sus carretas nuevamente hacia el oeste.

El élder Taylor destacó durante esa época por su buen humor y habilidad para levantar los ánimos de los santos, renovando su fe en ellos mismos. Su entrenamiento, bajo la mano del Señor, al llevar a los mormones de Misurí a Illinois durante los meses de frío y penalidades, así como su experiencia al dirigir a algunos de los hermanos de Nauvoo a Winter Quarters, esta­ba rindiendo dividendos. Estas experiencias pre­liminares habían sido los últimos ensayos para esta tarea, una de las más difíciles hasta la fecha.

La trayectoria, debe recordarse, no fue necesariamente la tarea más difícil de los santos cuando llegaron al oeste. Llegar a las montañas fue una cosa, permanecer allí, fue otra. A princi­pios de octubre, las dos compañías se introduje­ron al Valle y se prepararon para permanecer en ese lugar. El élder Taylor escribió:

Nuestras casas. . . se construyeron en la línea exterior (del fuerte) en forma de chozas, con la pared más alta hacia afuera, el techo inclinado hacia el interior. Las ventanas y las puertas se colocaron en el lado que daba al centro, quedan­do la parte de atrás completamente sólida con excepción de algunos agujeros o rendijas como protección. Nuestros corrales, pacas de heno y establos se encontraban a cierta distancia atrás y afuera del fuerte.

Cerca de la Navidad había construido, cerca­do y cubierto como 30 metros de paredes hechas de troncos partidos por la mitad de los cuales guardaba una tabla de 10 cms. de ancho. Las tablas se utilizaban como divisiones, etc. . . Además de esto, había construido corrales y es­tablos en la parte de atrás y un jardín al frente con una cerca de barandilla. Ayudé en todo el trabajo de aserrar, construir, acarrear, etc., sufi­ciente para un otoño.12

Gran parte de la dirección y administración espiritual de la Iglesia durante los tiempos difíciles de aquel primer invierno cayó bajo la responsabilidad de estos dos apóstoles, ya que debemos recordar que el presidente Young y los demás miembros del Quorum de los Doce per­manecieron en Winter Quarters. En todas estas experiencias podemos ver las valiosas oportuni­dades de dirigir que tuvo John Taylor, ya que estaba por llegar el día en que presidiría la Igle­sia. De estos tiempos, el élder B.H. Roberts escribe:

El élder Taylor participó de todas estas ansiedades, labores, temores, esperanzas y ale­grías. En aquellos días, muchos se apoyaron en su fortaleza. Cuando la desesperación se apo­deraba de la colonia, él infundía esperanza; cuando los débiles titubeaban, él los fortalecía; cuando los temerosos temblaban, él los eslimulaba; los deprimidos, a causa de las penas, eran confortados y animados por él. Su fe y con­fianza en Dios y en su poder para preservar y liberar a su pueblo fueron tan inalterables ante las dificultades que encontraron al establecerse en los valles desiertos de Utah, como ante la violencia de las chusmas en Misurí e Illinois; tan inmutable como lo fue en medio de los gritos, maldiciones, quejidos, alaridos y balas asesinas, que mezclados en uno representaron aquella escena infernal en la cárcel de Carthage.13

10. Misionero en Francia

Durante dos años el élder Taylor se mantuvo ocupado ayudando a edificar el Valle de Salt Lake. Su influencia destacó en toda el área. Luego, durante la conferencia de octubre de 1849, el presidente Brigham Young llamó a varios de los hermanos al campo misional. El élder Taylor se contaba entre ellos con la asigna­ción de abrir parte de Europa a la predicación del evangelio. Para esta fecha, los misioneros habían estado activos en la Gran Bretaña por doce años pero no se había realizado ninguna obra misional organizada en la Europa continen­tal.

Esta asignación probaría otra más de las habilidades del élder Taylor, que ahora contaba cuarenta y un años. Habría de abandonar el corazón del desierto de América por el esplendor de Francia, uno de los centros culturales del mun­do. ¡Qué diferente era esta tarea a las anteriores! , y su actuación en ésta ofrece otra idea de su habilidad para adaptarse a cualquier situación. Más de dos años laboró nuevamente con toda su alma; lucha llegaría a ser la palabra que lo perso­nificaría.

Cuando regresó de Francia, contaba con un excelente informe. Mientras estuvo en su misión, defendió a la Iglesia en contra de los ataques de algunos de los cerebros más educados de Francia. Típico de estos encuentros fue la reunión que tuvo con M. Krolokoski. B.H. Roberts registra así el relato de este incidente:

Poco después de la discusión el élder Taylor salió de Boulogne para ir a París donde comenzó a estudiar el francés y enseñar el evangelio. Entre las personas interesantes que conoció, se encontraba el señor Krolokoski, un discípulo del señor Fourier, el distinguido socialista francés. El señor Krolokoski era un caballero de cierta categoría y editor de un periódico que se publicaba en París apoyando los puntos de vista de Fourier. Otra de las cosas que hace interesan­te la visita de este caballero al élder Taylor, es el hecho de que fue la sociedad a la cual pertenecía la que envió al señor Cabet a Nauvoo con los Icarios franceses para establecer una comunidad basada en los principios de Fourier. A petición suya, el élder Taylor explicó los primeros princi­pios del evangelio. Al concluir dicha explicación, se llevó a cabo la siguiente conversación:

Sr. Krolokoski: —Señor Taylor, ¿no propone usted otro plan para mejorar la condición de la humanidad que la del bautismo para la remisión de los pecados?

Élder Taylor: —Es todo lo que proponga al respecto.

Sr. Krolokoski: —Bueno, le deseo éxito, pero me temo que no va a tener mucho.

Eider Taylor: —Monsieur Krolokoski, uste­des enviaron al señor Cabet a Nauvoo hace algún tiempo. Era considerado como su guía, el hom­bre más talentoso que ustedes tenían. El fue a Nauvoo poco después de que nosotros lo aban­donamos. Se podía obtener casas y tierras con muy poco dinero. Se abandonaron granjas muy productivas y miles de nosotros habíamos dejado nuestros hogares amueblados y había casi todo lo que pudiera facilitar la felicidad del hombre. Nunca pudo una persona dirigirse a un lugar bajo circunstancias más favorables. Además de las ventajas de tener todo al alcance de su mano, el señor Cabet contaba con una selecta compañía de colonizadores. El y su compañía fueron a Nauvoo y ¿cuál fue el resultado? En todos los informes que llegan de aquel lugar, publicados en su propio periódico, aquí en París, leo un constante grito de auxilio. El clamor es ¡dinero, dinero! Queremos dinero para lograr nuestros propósitos. Mientras que su colonia en Nauvoo, con todas las ventajas de nuestras tierras y hoga­res abandonados —en donde sólo tenían que instalarse— han estado arrastrando una existencia miserable, los Santos de los Ultimos Días, aun despojados de todas sus posesiones y desterrados por la sociedad civilizada a los valles de las Mon­tañas Rocosas, en busca de protección entre los indios salvajes. . . protección que la civilización cristiana les negó, han construido casas, cercado tierras, cultivado jardines y edificado escuelas. Han organizado un gobierno y están prosperan­do en todas las bendiciones de la vida civilizada. No únicamente esto, sino que han enviado miles y miles de dólares a Europa para ayudar a los pobres a ir a América en donde puedan encon­trar un refugio.

—La sociedad que yo represento, señor Krolokoski—, continuó diciendo, —teme a Dios, adora al Gran Eloim; ofrecemos el plan sencillo ordenado por Dios, a saber, el arrepentimiento, el bautismo para la remisión de pecados y la imposición de manos pare recibir el don del Espíritu Santo. Nuestro pueblo no ha estado buscando la influencia del mundo, ni el poder del gobierno, y sin embargo, ha obtenido ambos. Mientras que ustedes, con su filosofía indepen­diente de Dios, han estado tratando de formar un sistema comunista de gobierno que es, según sus propias palabras, la manera de introducir el reino milenario. Ahora bien, ¿cuál es mejor, nuestra religión o su filosofía?

Sr. Krolokoski: —Bueno, señor Taylor, no puedo decir nada.14

John Taylor fue quien introdujo el evangelio en Francia y Alemania, habiéndose impreso el Libro de Mormón en francés y en alemán. En ambas naciones utilizó su talento literario pu­blicando un periódico de la Iglesia y también escribiendo un libro titulado “El Gobierno de Dios'”. El afamado historiador americano Bancroft* dijo del libro: “Una disertación sobre un tema general y abstracto que probablemente no tiene igual en habilidad dentro de toda la esfera de la literatura mormona. El estilo es elevado y claro, y cada página pone de relieve el gran conocimiento del autor. Como estudiante de la historia antigua y moderna, teólogo y filósofo moral, el presidente Taylor tiene justifi­cado derecho a estar en primera fila. .- ,”15

Y durante todas estas experiencias, el creci­miento de Sión en el oeste continuaba potente en su mente. Mientras estuvo en Francia se fami­liarizó con el proceso de elaboración del azúcar. Bajo su dirección se compró la maquinaria nece­saria y se embarcó a Utah. La historia de la in­dustria azucarera está ligada con grandes sucesos y se han escrito libros acerca de este tema. Debe recordarse que el élder Taylor, con su gran previ­sión fue el responsable del interés mostrado en esta empresa. Pocos hombres podrían haber lo­grado lo que él logró en un lapso tan corto de su misión, pero John Taylor, ¡no era un hombre ordinario!

11. Promoviendo la causa de Sión

Cuando el élder Taylor regresó de Europa, había estado ausente casi tres años y sin embar­go, sus esfuerzos en aquel lugar se necesitaban más que nunca. Poco después de su llegada fue llamado a viajar entre las estacas de la Iglesia en Sión, estimulando a los miembros y fortaleciéndoles hasta donde fuera posible. En 1854, dos años después de su regreso, fue asignado a la Legislatura Territorial mas no se le permitió ser­vir en esa fecha. La Iglesia tenía necesidad de un hombre destacado en Nueva York para defender la causa y el élder Taylor fue seleccionado. Tendría que llegar a la ciudad de Nueva York y presidir, en ese lugar, las ramas de la Iglesia en los estados del este, supervisar la emigración de ese lugar y publicar un periódico en defensa de la Iglesia. Dos años antes de esa fecha, en 1852, la doctrina del matrimonio plural había sido anunciada oficialmente provocando una reac­ción negativa muy fuerte en el este. De allí la necesidad de un individuo excepcionalmente capaz como lo era John Taylor.

Aunque no contaba con ningún capital, se dirigió al este para desempeñar dicha misión. Gracias a la ayuda que recibió de las contribu­ciones de algunos santos de aquel lugar y al dine­ro que obtuvo de la venta de las carretas y ani­males que lo habían transportado a aquella ciudad, el que fuera editor de los periódicos Times and Seasons y Nauvoo Neighbor, inició la impresión de un periódico que tituló The Mormon. Consiguió usar un edificio que estaba en el corazón de aquella enorme ciudad —Nueva York— con las oficinas del periódico New York Herald a un lado y del New York Tribune al otro. En ese lugar se jugó el todo por el todo. En sus propias palabras observamos el espíritu de esta lucha:

Lo hemos dicho antes y lo decimos ahora, desafiamos a todos los editores y escritores en los Estados Unidos, a probar que el mormonismo es menos moral, bíblico y filosófico; o que existe menos patriotismo en Utah que en cual­quier otra parte de la nación. Pedimos pruebas; mencionen sus razones, caballeros, si tienen al­guna; no nos acobardamos ante la investigación y los desafiamos al encuentro. Si no lo hacen y continúan sus publicaciones, los calificaremos de mentirosos mediocres, despreciables y cobardes; como hombres que publican falsedades sabiendo que lo son, y ocultándose de la luz de la verdad y la investigación.16

Por más de dos años dio una buena batalla en Nueva York. Ayudó a un sinnúmero de san­tos a adquirir transporte para atravezar los Esta­dos Unidos. Frecuentemente estuvo en Washing­ton, D.C., ayudando a Orson Pratt a trabajaren favor de los santos y Utah entre políticos influ­yentes. Muchas veces, el élder Taylor tuvo au­diencias con Franklin Pierce, presidente de los Estados Unidos; pero en ningún lugar sobresalió más su obra que con el periódico The Mormon. De su trabajo, el presidente Brigham Young pos­teriormente dijo:

Respecto al trabajo del hermano Taylor en la edición del periódico The Mormon, publicado en la ciudad de Nueva York, he escuchado muchos comentarios relacionados con los editoriales del mismo, no únicamente de los santos, sino de aquellos que no profesan la religión que hemos abrazado; y probablemente es uno de los perió­dicos más poderosos que se publican actualmen­te.17

A finales del verano de 1857, el élder Taylor regresó a Salt Lake. Se escuchaban rumores de la llegada del ejército de Johnston. La determi­nación del élder Taylor de dar todo por el reino de Dios era definitiva. Dos días después de su regreso habló de la siguiente manera:

En cuanto a mí se refiere, yo digo, dejad que todo venga como Dios lo ha ordenado. No deseo pruebas; no deseo aflicción; oro al Señor para que no me deje caer en tentación. . . pero si los terremotos braman, los relámpagos centellean, los truenos retumban y los poderes de las tinie­blas se desatan, y los espíritus del mal se enfure­cen y una influencia diabólica recae sobre los santos, y mi vida, junto con la de ellos es puesta a prueba, que venga. .. Yo sé que el presidente Young y sus colaboradores con él están llenos del espíritu de revelación y saben lo que están haciendo; siento el deseo de someterme y poner mi hombro a la lid. Si es por la paz que sea la paz; si es para la guerra, que sea hasta el final.18

John Taylor participó activamente en un es­fuerzo por evitar que el ejército de Johnston se introdujera al valle. El y el élder George A. Smith acompañaron al teniente general Daniel Wells, el jefe de la milicia de los santos, cada vez que el élder Wells fue al frente. La única razón por la que el élder Taylor abandonó el frente se debió a que fue elegido a la Legislatura Territo­rial como miembro del condado de Salt Lake. Tan respetado era John Taylor que fue elegido Orador de la Casa por los demás delegados. Ocupó este cargo durante cinco períodos. Fue miembro de la Legislatura Territorial de Utah desde 1857 hasta 1876. Además de estas respon­sabilidades, el que fuera juez de guerra de la Legión de Nauvoo, fue elegido Juez de Testa­mentarías del condado de Utah desde 1868 hasta 1870. Durante este período, en 1869, John Taylor fue llamado para uno de los papeles más importantes en su vida. En un discurso pronunciado en Utah, el vicepresidente de los Estados Unidos, Schuyler Colfax, atacó la posi­ción de los santos respecto al matrimonio plural. En respuesta, el élder Taylor, que entonces se encontraba en Boston, respondió a través de las páginas del periódico The New York Tribune. Dando principio en esa forma a uno de los deba­tes más importantes en toda la historia mormona el de John Taylor vs. el vicepresidente de los Estados Unidos. (El élder B. H. Roberts lo ha llamado la discusión más importante en la historia de la Iglesia.) El señor Colfax era bien conocido como orador y escritor destacado, y ha­biendo sido miembro del Congreso, estaba bien preparado para el debate. Además de esta ven­taja estaba su reputación como vicepresidente de los Estados Unidos. Sin embargo, cuando el de­bate se convirtió en una lucha de intelectos, el élder Taylor probó ser un digno oponente para el vicepresidente.

Después de dejar la Legislatura Territorial en 1876, John Taylor fue elegido superintendente de todas las escuelas de distrito en el Territorio de Utah. Desempeñó tan bien su labor como superintendente que recibió una carta de recono­cimiento por su trabajo firmada por el comisio­nado nacional interino de Educación en Washington, D.C. Sin embargo, esta asignación pasó a otras manos para que otra responsabilidad de mayor peso recayera sobre sus hombros.

12. Profeta del Señor

Como se mencionó previamente, en 1877 el presidente Brigham Young murió y el élder Taylor —misionero, erudito, escritor, apóstol del Señor y defensor de la fe— ocupó el cargo de Pre­sidente, el profeta viviente del Señor. Ningún hombre podía estar mejor preparado para cargar las serias responsabilidades que ahora eran suyas. El sabía en lo que creía y estaba preparado para dar su vida, de ser necesario, por dichas creen­cias. Y aún más importante, la obra para la cual había sido llamado era dirigir no la obra de los hombres, sino la de Dios. Era la voluntad de Dios que John Taylor dirigiera ahora la Iglesia y Dios podía apoyar a sus dirigentes. Durante tres años el presidente Taylor presidió la Iglesia en virtud de su llamamiento como presidente del Quorum de los Doce. Después, en 1880, la pri­mera presidencia se reorganizó y el profeta esco­gió a George O. Cannon y José F. Smith como primer y segundo consejeros, respectivamente.

El presidente Taylor, bajo la inspiración del Señor, pudo hacer considerables logros durante los primeros ocho años de su administración. Conforme se intensificaba la oposición contra de la Iglesia en Utah, ésta, bajo la dirección de John Taylor crecía y se fortalecía. Se dedicó otro templo más, el Templo de Logan en mayo de 1884. Dos más, el de Manti y Salt Lake, estaban a punto de ser terminados, demostrando la cre­ciente determinación de la Iglesia de establecer en todo Sión templos donde los santos pudieran consagrarse completamente al Señor. Durante la administración del presidente Taylor, mejoró la organización de la Iglesia. Hasta ese tiempo no se habían establecido horarios para las reuniones de los diferentes grupos del sacerdocio. Ahora se pedía a los obispos, a través de la Primera Pre­sidencia, que efectuaran reuniones semanales del sacerdocio en sus barrios, y a los presidentes de estaca se les pidió que llevaran a cabo reuniones mensuales del sacerdocio. El poder de la Iglesia estriba en el sacerdocio y bajo la dirección del presidente Taylor, los hermanos dignos se uni­rían más y estarían más conscientes de sus res­ponsabilidades por medio de sesiones regulares en sus respectivos quórumes. Bajo la dirección de la Primera Presidencia se pidió a los presiden­tes de estaca que realizaran conferencias trimes­trales. El presidente Taylor asistía personalmen­te a estas conferencias cada vez que le era posi­ble o enviaba a los miembros del Quorum de los Doce para instruirlos. Nunca antes tuvieron los santos de todas las estacas de Sión dicha oportu­nidad de recibir esa clase de instrucción por par­te de los apóstoles. Como consecuencia de este impulso organizado se evidenció un gran desper­tar espiritual en toda la Iglesia, tanto en los Esta­dos Unidos como en el extranjero. Un mayor número de élderes salieron a la misión. Durante los diez años de la administración del presidente Taylor, salían cada año poco más de cien misio­neros con respecto al promedio anual de los diez años anteriores.

Sin embargo, un mayor número de reuniones no necesariamente significa mayor espiritualidad y el presidente Taylor estaba muy consciente de esto. Durante todos sus años como presidente, recalcó la necesidad de un mayor amor y unidad entre los santos. Durante el año de 1880, el quincuagésimo aniversario de la Iglesia, John Taylor proclamó lo que recibió el nombre de Año del Jubileo. El nombre provino de una práctica que tuvo su origen en los tiem­pos del Antiguo Testamento. En aquellos días era costumbre que los israelitas celebraran con gran regocijo el quincuagésimo año. Durante este aniversario se efectuaban celebraciones de im­portancia y los israelitas que tenían deudas se liberaban de ellas. “Se me ocurre”, dijo el presi­dente Taylor a los santos reunidos en la confe­rencia de abril durante dicho aniversario de la organización de la Iglesia, “que deberíamos hacer algo como lo que hicieron en los tiempos antiguos; liberar a aquellos que están oprimidos por las deudas, ayudar a los que están en necesi­dad, romper el yugo de aquellos que tal vez se sientan subyugados y convertirlo en una fiesta de regocijo general”.19

Este movimiento de liberación de las deudas llegó como un don de Dios para muchos de los santos, especialmente para aquellos que habían dejado sus tierras natales para convertir a Sión en su nueva morada. Muchos de estos inmi­grantes debían grandes cantidades al Fondo Con­tinuo de Emigración. Por recomendación del presidente Taylor, los pobres dignos fueron libe­rados de esta deuda. Además de esta clase de deudas estaban las ocasionadas por la pérdida de rebaños y ranchos en 1879. La sequía había sido excesiva y las cosechas no fueron del todo abun­dantes. El invierno había sido severo y muchas ovejas y reses habían muerto. Aquellos que ha­bían perdido sus vacas y ovejas tenían ahora pro­blemas. Sin embargo, durante el Año del Jubi­leo, la Iglesia recabó fondos para comprar mil cabezas de ganado y cinco mil ovejas para repar­tirlas entre los pobres dignos. Mil ciento noventa kilolitros de trigo que habían sido almacenados por la Sociedad de Socorro se repartieron como préstamo entre aquellos que habían fracasado en sus siembras. Se instó a los negociantes particu­lares a que borraran total o parcialmente las deu­das de los pobres dignos que no podían pagar en ese tiempo. Tales fueron las prácticas que se fo­mentaron durante los Años del Jubileo. Gracias a ellas, los vínculos de hermandad se unieron más entre los miembros de la Iglesia, ya que jamás se había manifestado mayor amor en ella que durante aquellos días.

13. Doble mártir

Se maravilla uno con las grandes cosas que el presidente Taylor pudo haber logrado si él hubiera estado en libertad de difundir su espíritu y visión de la obra en la Iglesia durante toda su vida. Empero, se preveían las tribulaciones en los años de 1880. El presidente Taylor se contaba entre aquellos que podían ver la proximidad de tiempos difíciles. Durante la celebración de la fundación en julio de 1880, declaró:

En lo futuro vendrán acontecimientos no muy distantes ya, exigirán toda nuestra fe, toda nuestra energía, toda nuestra confianza, toda nuestra esperanza en Dios, a fin de poder resistir las influencias que nos combatirán. . . No pode­mos fiarnos de nuestra inteligencia; no podemos depender de nuestras riquezas; no podemos con­fiar en ninguna circunstancia que nos rodea; hemos de poner nuestra esperanza solo en el Dios viviente para que nos guíennos dirija, nos oriente, nos enseñe y nos instruya. Y jamás ha habido ocasión en que hayamos tenido mayor necesidad de ser más humildes y devotos; en nin­guna otra ocasión hemos tenido tanta necesidad de ser más fieles, más abnegados y de adherirnos más a los principios de verdad, que en esta época.

Esta profecía se cumplió muy pronto. Du­rante los años de 1880, la persecución se forta­leció e intensificó. En 1882, el mismo año en que se publicó el libro del presidente Taylor, Mediation and Atonement of our Lord and Savior Jesús Christ (Mediación y Expiación de nuestro Señor y Salvador Jesucristo), se promul­gó la Ley Edmund. Como resultado de esta legis­lación, sobrevinieron a la Iglesia las siguientes penalidades:

  1. Todos aquellos que vivían en matrimonio plural no podían votar o tener un cargo público.
  2. Todo aquel que creyera en el matrimonio plural, lo estuviere practicando o no, no podía ser miembro de un jurado.
  3. Se nombraron oficiales federales para cargos que anteriormente habían ocupado oficia­les locales, quitándole en esa forma a los santos el derecho de tomar decisiones locales.

 Comenzó la “ley de segregación”. El re­glamento dictaba que por cada día que se encon­trara a un hombre viviendo con una de sus esposas, podía ser culpado de una ofensa sepa­rada. Por lo tanto, si un hombre era declarado culpable de vivir con cualquiera de sus esposas durante cinco días diferentes, podían adjudicarle cinco diferentes cargos, y si se le encontraba cul­pable, podía recibir una sentencia por cada cargo. En dichas condiciones, un hombre fácil­mente podía ser enviado a prisión de por vida.

En 1885 se hizo evidente que los miembros de la Iglesia estaban recibiendo toda la fuerza de la tormenta que John Taylor había profeti­zado. Durante enero de aquel año el presidente Taylor se dirigió al sur de Arizona donde había mucha persecución. En ese lugar hizo lo mejor que pudo para ayudar a los santos a mantener sus fuerzas unidas, aconsejándoles que evitaran la persecución estableciéndose en México. De re­greso a Salt Lake, en febrero de aquel año, predi­có su último sermón público a su pueblo. Des­pués de aquel sermón se ocultó como lo hizo el profeta José antes que él, cuando sintió que sería privado de sus derechos constitucionales habiéndose convertido la institución de dicha ley en una persecución legalizada.

Desde el lugar donde estaba oculto, el presi­dente Taylor continuó guiando a la Iglesia en la mejor forma posible. Tal como el profeta José, John Taylor aprendió cuan angustioso era mantenerse alejado de la compañía de los santos, saber de su sufrimiento y persecución y no po­der hacer nada al respecto. Qué apropiadas fue­ron también en aquella época las palabras del Señor dadas a José en la cárcel de Liberty: “…si los cielos se ennegrecen y todos los ele­mentos se combinan para atajar la vía; y si, sobre todo, las puertas mismas del infierno se abren de par en par para tragarte, entiende, hijo mío, que por todas estas cosas ganarás experiencia, y te serán de provecho”.21

El consejo del presidente Taylor se envió a los santos durante la conferencia, ya que no po­día asistir en persona. La única asociación con su familia durante aquellos años fue a través de car­tas. De hecho, ni siquiera pudo asistir al funeral de su propia esposa por temor al infortunio que su arresto significaría para su pueblo. Mientras estuviese oculto y a salvo, los santos estarían tranquilos, pero, ¿cómo reaccionarían ante su arresto? ¿Se controlarían como lo hicieron ante el martirio de José, o pelearían y perderían sus tierras? El riesgo era demasiado grande; era pre­ferible mantenerse oculto.

La salud del presidente Taylor se fue que­brantando lentamente. Aumentando los proble­mas de la Iglesia, el decreto de la ley Edmundo-Tucker en marzo de 1887. Bajo los términos de esta ley, la Iglesia perdió su posición como corporación legal. Esto significó que no podían poseer propiedades; por lo tanto, el gobierno se apoderó de sus propiedades y su dinero y la Igle­sia se vio obligada a pagar renta por sus propias propiedades; las oficinas de los diezmos, la ofici­na del historiador, la manzana del templo, etc. El golpe fue aún más duro ya que no podía pedir prestado para pagar las deudas que tenía.

Cuatro meses más tarde, en Kaysville, John Taylor, a la edad de setenta y ocho años murió exilado, por su propia voluntad, de su pueblo, que lamentó profundamente su pérdida y habló muy alto de su carácter. En el artículo con que el periódico Deseret News anunció su deceso, se leía lo siguiente:

Por el poder milagroso de Dios, el presidente John Taylor se libró de la muerte que los asesi­nos de la cárcel de Carthage le habían impuesto. En aquel entonces su sangre se mezcló con la sangre del Profeta y del Patriarca martirizados. Desde entonces, ha permanecido como un mártir viviente de la verdad. Pero el día de hoy ocupa el lugar de doble mártir. El presidente John Taylor murió por la crueldad de los oficiales que han, en este Territorio, tergiversado al gobierno de los Estados Unidos. No hay lugar a duda de que si se le hubiera permitido disfrutar de las comodi­dades del hogar, el cuidado de su familia, el ejer­cicio al cual estaba acostumbrado, lo cual le fue negado, pudo haber vivido muchos años más.22

14. John Taylor, defensor de la Fe

En el funeral del presidente Taylor, el élder Lorenzo Snow, un hombre muy competente para juzgar dijo: “Los santos de los últimos días sienten haber perdido a un amigo; hemos perdi­do a un gran consejero; hemos perdido a uno de los hombres más grandes que han existido sobre la tierra desde los días del Hijo de Dios, un hom­bre cuya virtud, cuya integridad, cuya resolución para seguir el camino de la rectitud es conocida, muy bien conocida”.23

Ningún título pudo haber descrito mejor a John Taylor que el de Campeón de la Libertad. Aquellos no familiarizados con el poder del testi­monio se pueden maravillar ante su resistencia en épocas de prueba, en Canadá, Misurí y Carthage. en los campos misionales de la Gran Bretaña, Francia y Alemania; y ante la oposición del gobierno de los Estados Unidos. Mas aquellos que conocen el poder de Dios y quienes poseen el sacerdocio, reconocen en las experiencias de John Taylor, que quienes tienen la seguridad de estar en lo correcto difícilmente cambien de curso. El élder Taylor tenía el convencimiento de estar en lo justo. Luchó por esta seguridad desde temprana edad. Su vida nos recuerda las palabras del Maestro: “Y bienaventurados todos los que padecen hambre y sed de justicia, porque ellos serán llenos del Espíritu Santo”.24

El élder Taylor fue uno de los hombres más capaces que hayan dirigido a la Iglesia: un hom­bre poderoso —más de 1:80 mts. de estatura y bien proporcionado—; un hombre brillante, es­critor y orador sobresaliente en los debates; un hombre hábil: tornero, granjero, legislador, mi­sionero, autor, educador, editor, profeta. Como se observó anteriormente, uno se queda pensan­do, al considerar el talento, aptitud y experien­cia que lo trajo a la Presidencia de la Iglesia, ¡qué hubiera sucedido si se le ha dejado en liber­tad, durante los diez años de su ejercicio, para consagrar su atención ininterrumpida al desarro­llo del reino de Dios sobre la tierra!


  1. H. Roberts, The Life of John Taylor (Salt Lake City: Bookcraft, 1963), págs. 27-28.
  2. Ibid., pág. 28.
  3. Ibid., pág. 33.
  4. Parley P. Pratt, Autobiography of Parley P. Pratt. págs. 130-31.
  5. Roberts, Life of John Taylor, pág. 40.
  6. Ibid., pág. 41.
  7. Ibid., págs. 56-57.
  8. Doctrinas y Convenios 118:1, 4, 5.
  9. Roberts, Life of John Taylor, págs. 67-68.
  10. Ibid., pág. 96.
  11. Ibid., págs. 99-100.
  12. Ibid.,pág. 193.
  13. Ibid., págs. 199-200.
  14. Ibid., págs. 225-27.
  15. Hurbert H. Bancroft, History of Utah, pág. 433
  16. Roberts, Life of John Taylor, pág. 249
  17. Ibid.,pág. 271.
  18. Ibid., pág. 273.
  19. Ibid., pág. 333.
  20. Joseph Fielding Smith, Elementos de la Historia de la Iglesia (cap. 50, pág. 621).
  21. Doctrinas y Convenios 122:7.
  22. Roberts, Life of John Taylor, págs. 413-14.
  23. Ibid., pág. 443.
  24. 3 Nefi 12:6.

 

 

 

 

 

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