La caída de Adán

La caída de Adán

La Expiación Infinita
Tad R. Callister

Las condiciones anteriores a la caída

Cuando Adán y Eva vivían en el Jardín del Edén, se encontra­ban sometidos a cuatro condiciones básicas; dos positivas y dos negativas.1 En primer lugar, ambos eran inmortales,2 libres del dolor, la enfermedad y la muerte. Refiriéndose al árbol del conocimiento del bien y del mal, Dios dijo: «el día que de él comieres, de cierto morirás» (Génesis 2:17), dando a entender que, entre tanto y hasta que se produjera dicho acontecimiento, Adán y Eva disfrutarían de un estado de inmortalidad. Este era un aspecto positivo.

En segundo lugar, Adán y Eva hablaban y caminaban en la presencia de Dios. Esto también era positivo. El profeta José ha­bló de esta manera con respecto a aquellos gloriosos días en los que «Dios conversó con Adán cara a cara. Se le permitió estar en su presencia y de su propia boca se le permitió obtener instruc­ción. Adán escuchó la voz de Dios, anduvo ante él y contempló su gloria, mientras que la inteligencia ardía sobre su entendi­miento».3

Parley P. Pratt tenía una perspectiva similar del Jardín: «Él [Adán] estaba en la presencia de su Hacedor, conversaba con él cara a cara y contemplaba su gloria, sin velo alguno entre ellos. Oh, lector, contempla un momento esta hermosa creación, con paz y abundancia: la tierra rebosante de animales inofensivos, (…) el aire plagado de hermosas aves cuyas notas incesantes lle­nan el lugar de variada melodía; (…) mientras legiones de ángeles acampan alrededor de él y unen sus voces jubilosas en cantos de gratitud, canciones de alabanza y gritos de gozo. No se dejaban oír ni gruñidos, ni suspiros en la vasta extensión; ni había pena, miedo, dolor, llanto, enfermedad, ni muerte; Tampoco conten­ciones, guerras, ni derramamiento de sangre; al contrario: la paz coronaba las estaciones en su discurrir y la vida y el amor reina­ban sobre todas las obras de Dios».4

Resulta difícil imaginar un lugar más idílico en el que vivir. Adán y Eva estaban vivos espiritualmente, disfrutando en la pre­sencia de nuestro Padre Celestial.

A diferencia de las primeras dos condiciones, la tercera tenía un carácter negativo. Adán y Eva se encontraban en un estado de inocencia, carentes de un conocimiento pleno del bien y del mal, y eran, por lo tanto, incapaces de experimentar plenitud de gozo. Lehi describe su situación de la siguiente manera: «Y todas las co­sas que fueron creadas habrían permanecido en el mismo estado en que se hallaban después de ser creadas; y habrían permanecido para siempre, sin tener fin (…); por consiguiente, habrían per­manecido en un estado de inocencia, sin sentir gozo, porque no conocían la miseria; sin hacer lo bueno, porque no conocían el pecado». (2 Nefi 2:22-23). Esto era un obstáculo para su desa­rrollo y progreso personales. Sin un conocimiento completo del bien y del mal, Adán y Eva no podían ejercer su albedrío moral pleno que era necesario a fin de llevarlos a la divinidad. John Fiske, filósofo de Harvard, captó este dilema:

«Claramente, para hombres y mujeres fuertes y decididos un Edén sería el paraíso de los necios. ¿Cómo podría haberse pro­ducido en un lugar así algo con lo más mínima semblanza de personalidad!?(…). Al menos podemos empezar a reconocer con nitidez que, a menos que nuestros ojos se hubieran abierto en algún momento, nunca habríamos llegado a estar formados a imagen de Dios. Hubiéramos sido los moradores de un mundo de marionetas en el que ni la moral ni la religión habrían tenido lugar, ni adquirido significado alguno».5

El profesor Fiske entendió la naturaleza pasajera del Jardín de Edén en el plan de Dios. Edén era una parada en el camino, no el destino. Era un lugar de descanso temporal en el viaje de la vida. No cabía esperar llegar a ser como Dios en el Jardín de Edén, del mismo modo que no tiene sentido pensar que es posible llegar a Nueva York desde Los Angeles en un vehículo con el motor apagado. Con la excepción del árbol del conocimiento del bien y del mal, no había reto, tentación ni obstáculo alguno en aquel lugar casi celestial. Por consiguiente, no podía haber progreso. Estaban bloqueados temporalmente en un mundo de esterilidad espiritual.

Lehi se refirió a las creaciones que se podrían haber hallado en un estado carente de oposición: «Por lo tanto, tendría que haber sido creado en vano; de modo que no habría habido ningún ob­jeto en su creación» (2 Nefi 2:12).

La cuarta condición era también negativa. Mientras permane­cieran en aquel estado edénico, Adán y Eva no podían tener hijos (2 Nefi 2:23), ni gozo en su descendencia. Menudo impedimen­to más demoledor. En estas condiciones no podían obedecer el mandamiento divino de multiplicarse y henchir la tierra, designio y objetivo primordial de su vida matrimonial. Esta condición, si se hubiera permitido su permanencia, habría invalidado las razo­nes que llevaron a los hijos de Dios a gritar de gozo en la época premortal. El mantenimiento de esta condición habría supuesto el fracaso, en pleno sentido del término, del plan de salvación.

Las condiciones posteriores a la caída

Cuando Adán y Eva transgredieron fueron expulsados del Jardín. Así, la expresión «la Caída de Adán» se emplea al menos por dos motivos: primero, a fin de describir la Caída de Adán y Eva de la presencia física del Padre y, segundo, para describir su caída del estado de inmortalidad a uno de mortalidad.6 Dicha terminología la empleó Alma cuando describió las consecuen­cias que tuvo comer el fruto prohibido: «Vemos que Adán cayó» (Alma 12:22; véase también 2 Nefi 9:6; Alma 42:6). El élder Talmage confirma que la Caída fue el resultado de comer el fruto prohibido y no la consecuencia de un acto de otra naturaleza: «Y en esto, quiero decir, consistió la caída: la ingestión de aquello que no era apto, (…) y aprovecho esta ocasión para alzar mi voz en contra de esa falsa interpretación de las escrituras, a la cual (…) se hace referencia con susurros y medio en secreto, que la caída del hombre fue alguna afrenta contra las leyes de la castidad y la virtud. Tal doctrina es una abominación».7

¿Con qué condiciones se encontrarían ahora Adán y Eva, como seres caídos? Irónicamente, aquellas cuatro condiciones que existían con anterioridad a la Caída invirtieron su signo. Las po­sitivas se hicieron negativas y las negativas se tornaron positivas.

Para empezar, ya no eran inmortales. Dios había decretado: «el día que de él comieres, de cierto morirás» (Génesis 2:17). Es interesante poner de manifiesto que Adán, quien vivió casi mil años, murió transcurrido un «día» en el tiempo del Señor (2 Pedro 3:8; Abraham 3:4). Cuando se pronunció esa promesa de muerte, la Tierra todavía se regía por «el tiempo del Señor, que era según el tiempo de Kólob» (Abraham 5:13). La literali­dad de la promesa de Dios salta a la vista cuando consideramos el relato de Edward Stevenson, quien citó así al profeta José: «El padre Adán empezó su obra y completó cuanto había que realizar en su época, y vivió hasta alcanzar los mil años de edad, menos seis meses. Ciertamente la Biblia le otorga a Matusalén el honor de ser el hombre más anciano, pero el profeta José recibió infor­mación contraria por revelación. Se trata únicamente de un error del hombre al traducir los anales».8 En el calendario del Señor, Adán murió el mismo «día» que tomó el fruto, tal y como Dios lo había decretado.

Cuando Adán y Eva comieron el fruto, las semillas de la muer­te se plantaron en sus venas y nosotros, sus hijos, heredamos su naturaleza mortal. El resultado fue que la raza de Adán se en­contró sometida a la muerte física, al dolor, a la enfermedad y a todos los males de la humanidad. La inmortalidad se volvió mor­talidad, y una condición positiva se convirtió en una situación negativa temporal en el plan eterno.

En segundo lugar, la transgresión de Adán y Eva dio lugar a su expulsión de la presencia de Dios, separación que constituye la muerte espiritual. Los versos con los que concluye el Paraíso perdido de John Milton captan ese momento desgarrador de la expulsión:

Ante ellos el mundo extendido, donde elegir su lugar de descanso, y la Providencia, su guía;

Ambos, las manos entrelazadas, con paso errante y pausado, a través del Edén emprendieron la marcha solitaria.9

Doctrina y Convenios describe la suerte de Adán: «yo, Dios el Señor, hice que fuese echado del Jardín de Edén, de mi presen­cia, a causa de su transgresión, y en esto murió espiritualmente» (DyC 29:41). Por su parte, Jacob describe esta muerte spiritual desencadenada por la Caída como estar «desterrado de la pre­sencia del Señor» (2 Nefi 9:6; véase también Helamán 14:16). Adán y Eva cesaron de andar y conversar con Dios. Ahora se encontraban privados de su compañía. Milton escenifica poética­mente el lamento trágico de Adán, cuando nuestro primer padre contemplaba el pensamiento de ser «desechado» de la presencia del Santo:

Por tanto, a su mandato me someto.

Harto me aflige, que, partiendo de allí,

De su rostro me hallaré escondido, privado de su bendita faz; aquí frecuentaba, con adoración, lugares mil donde él concedía Presencia Divina, y a mis hijos narro,

«En este monte se me apareció; bajo este árbol se alzó, visible; entre estos pinos escuché su voz; aquí con él, en esta fuente, conversé».10

Adán y Eva no tardaron en conocer las duras consecuencias de la Caída: «Yo, Dios el Señor (…) multiplicaré en gran ma­nera tus dolores» y «maldita será la tierra por tu causa» (Moisés 4:22-23). Por primera vez habría espinos y cardos para herirlos y animales salvajes para amenazarlos. Se acabó para Adán comer ociosamente las reservas inagotables de fruto del Jardín, puesto que el Señor decretó: «con el sudor de tu rostro comerás el pan» (Moisés 4:25).

Después de la expulsión, el Señor les habló a Adán y a Eva «[desde] la dirección del Jardín de Edén», a lo que Moisés añade, «y no lo vieron, porque se encontraban excluidos de su presencia» (Moisés 5:4). Estar apartados de la presencia de Dios no excluía toda comunicación con El; ello frustraría el plan de salvación. Más bien, implicaba quedar desterrado de su presencia física, pero dejando abiertas todas las demás formas de comunicación con Dios. Dicha separación física, resultado de la Caída, parecen haberla desencadenado fuerzas duales e irresistibles: primeramen­te, la ley eterna que prohíbe a un ser mortal y caído estar en la presencia de Dios,11 puesto que «hombre natural alguno [puede] aguantar la presencia de Dios» (DyC 67:12) y, en segundo lugar, el impulso inherente al transgresor de apartarse espiritualmente de lo santo. Moisés estaba tan avergonzado de su desobediencia que «escondió su rostro de Jehová» (TJS, Éxodo 4:26). Pedro rogó ante el Salvador: «Apártate de mí, Señor, porque soy hom­bre pecador» (Lucas 5:8). Era como si el rey Benjamín hubie­ra discernido el espíritu de todos los hombres errantes cuando afirmó «las demandas de la divina justicia despiertan en su alma inmortal un vivo sentimiento de su propia culpa que lo hace re­troceder de la presencia del Señor» (Mosíah 2:38).

Adán y Eva deben haber sentido tal deseo de desaparecer cuando procuraron «esconderse de la presencia de Dios el Señor» (Moisés 4:14). El acto de esconderse parece ser mucho más que una cuestión de recato. El élder Talmage llega a esa conclusión: «Se escondieron, pues habían despertado al hecho de que había algo vil en ellos, algo indecoroso, algo impuro, y se ocultaron».12 Qué incómodo debe haber sido para ellos estar en la presencia del Santo, el que había «soplado» en ellos el aliento de vida, quien había proporcionado tanto el sustento como la morada, y quien les había impuesto tan solo una restricción. Y ahora habían incumplido su mandato.

Es difícil comprender plenamente por qué Dios dio manda­mientos aparentemente contradictorios en el Jardín. Algunos consideran que el «mandamiento» de no comer del fruto del ár­bol del conocimiento del bien y del mal era más una advertencia que un mandamiento como tal y, en consecuencia, Adán y Eva «desobedecieron» a sabiendas una ley menor a fin de cumplir una mayor.13

Las Escrituras sugieren, sin embargo, que Eva fue, al menos, engañada en parte. Este «conflicto» de mandamientos parecía ser una parte necesaria del grandioso plan, de manera que el hombre no pudiera reclamar posteriormente que Dios le forzó a aceptar la colosal responsabilidad de la vida mortal. El hombre ya había tomado la decisión de aceptar la vida en la tierra en la época premortal, pero aquello tuvo lugar sin la perspectiva ventajosa del prisma terrenal. Ahora, Adán y Eva, en calidad de represen­tantes designados de la raza humana, confirmarían desde la mo­rada terráquea de ambos aquella decisión tomada previamente. Después de su caída, no podrían culpar a Dios por sus aflicciones mortales. Su elección no era resultado de un mandato de Dios. Al contrario, en aparente oposición al mandamiento divino, ellos y solamente ellos eran los que habían decidido cómo proseguir. Quizá de esta forma Dios llevó a cabo «sus eternos designios», ya que dijo que «era menester una oposición; si, el fruto prohibido en oposición al árbol de la vida» (2 Nefi 2:15).

En respuesta a la pregunta de Dios sobre lo que Eva había hecho, esta respondió: «La serpiente me engañó, y yo comí» (Moisés 4:19; véase también Génesis 3:13; 2 Corintios 11:3). En la edición SUD de la Biblia, el encabezamiento del capítulo 3 de Génesis reza: «La serpiente (Lucifer) engaña a Eva». Pablo hizo un comentario similar: «Adán no fue engañado, sino la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión» (1 Timoteo 2:14). Doctrina y Convenios nos informa que «el diablo tentó a Adán, y este comió del fruto prohibido y transgredió el mandamiento, por lo que vino a quedar sujeto a la voluntad del diablo, por ha­ber cedido a la tentación» (DyC 29:40).

Si Adán y Eva hubieran comido fruto con «plena» conciencia de estar obedeciendo una ley superior, como algunos mantienen, cabe preguntarse por qué las Escrituras emplean palabras y ex­presiones como «engañados», «traicionados», «ceder» e incluso «morir espiritualmente» (DyC 29:41), para describir su conduc­ta en el jardín y el consiguiente estado de cosas. También uno se pregunta cómo podrían tener «pleno» conocimiento de que vivían en un estado de inocencia, sin conocer el bien ni el mal. En dicho estado de inocencia, no les habría sido posible com­prender totalmente qué opción era buena y cuál mala. Y se plan­tea otro interrogante: ¿Por qué Adán, al responder a la pregunta del Señor: «¿has comido del árbol del cual te mandé no comer (…)» (Moisés 4:17), procuró «culpar» o responsabilizar a Eva, y, de igual manera, ella intentó «culpar» a su vez a la serpiente (Moisés 4:18-19)? De haber actuado con un conocimiento pleno o parcial de las consecuencias de sus actos, este habría sido un momento adecuado para responder: «Hemos transgredido la ley menor a sabiendas a fin de cumplir una ley superior. Entendemos que habrá consecuencias severas por el momento, pero desde una perspectiva eterna, esto será una bendición, no una maldición para nosotros y nuestra posteridad». Este punto habría sido el momento, no de buscar culpables, sino de la explicación de la decisión que se había tomado.

Cabe preguntarse también: «¿Qué habría pasado si Adán y Eva no hubieran transgredido? ¿Qué habría pasado si ellos nunca hu­bieran cedido y tomado del fruto prohibido, independientemen­te de la duración de su estancia en el Jardín? ¿Se habría frustrado el plan de Dios?». Naturalmente, la respuesta es negativa. La obra de Dios nunca se frustra (véase DyC 3:3). Ciertamente, Dios en su omnisciencia sabía que Adán y Eva, en virtud de su propio albedrío, comerían el fruto. No obstante, el élder Talmage res­ponde a las preguntas hipotéticas planteadas anteriormente: «En caso de que se suponga que nuestros primeros padres podrían no haber caído, seguramente se habrían empleado otros medios para poner en marcha la condición mortal en la tierra».14

No conocemos todas las condiciones en virtud de las cuales Adán y Eva tomaron aquella profética, a la vez que maravillosa, decisión en pos de la mortalidad. Fueran cuales fueran las moti­vaciones subyacentes, podemos aferramos a dos verdades funda­mentales. Primeramente, Adán y Eva son dignos de elogio, no de condenación. Algún día conoceremos plenamente la alta estatura de su nobleza. Si comieron el fruto conscientemente, con una comprensión suficiente de las consecuencias, los honramos. Si, a causa de su obediencia y fidelidad, comieron en inocencia o fueron engañados en parte para aprender posteriormente el plan de salvación, plan que en adelante enseñaron a su posteridad con amor y diligencia, nuevamente los honramos. A propósito de la Caída, Brigham Young explicó lo siguiente: «Todo formaba parte de la economía del cielo, (…) todo está bien. No debemos cul­par nunca a la madre Eva, en absoluto».13 En ese mismo espíri­tu, las Escrituras se refieren a ella como «nuestra gloriosa madre Eva» (DyC 138:39). Y el élder Talmage agregó su testimonio: «Nuestros primeros padres fueron puros y nobles, y cuando pa­semos allende el velo quizá aprendamos algo con respecto a su elevada condición».16

La segunda verdad que debemos aprender es que la Caída fue parte del plan maestro de Dios; no se trató de una ocurrencia de última hora orientada a remediar alguna acción inesperada por parte de nuestros primeros padres. Hablando de la Caída, Lehi afirmó: «todas las cosas han sido hechas según la sabiduría de aquel que todo lo sabe» (2 Nefi 2:24). El presidente John Taylor enseño: «¿Se sabía que el hombre iba a caer? Sí. Se nos dice con claridad que se sabía que el hombre caería».17 El diccionario de la Biblia SUD en inglés agrega: «La caída no fue una sorpresa para el Señor. Fue un paso necesario en el progreso del hombre».18

Llegaría el momento en que Adán y Eva se regocijarían a causa de su decisión, pero en el momento de la expulsión solamente conocían los espinos, los cardos y el sudor. Día tras día, Adán ofrecía sacrificios sin saber el porqué, sin comprender plenamente el plan de salvación. Después de «muchos días» (Moisés 5:6), es decir, después de que Adán y Eva hubieran engendrado «hijos e hijas» (Moisés 5:3), un ángel acudió y ofreció las siguientes pala­bras de consuelo absoluto: «así como has caído [puedes] ser redi­mido». Adán no cabía en sí de gozo; «bendijo a Dios» y «empezó a profetizar» y declaró: «tendré gozo en esta vida». No cabe duda de que Adán corrió a toda prisa para compartir las buenas nuevas con Eva, quien «oyó todas estas cosas y se regocijó». Fue en esta fecha posterior, no en el momento de la expulsión del jardín, que Eva, con una perspectiva recién descubierta, declaró: «De no haber sido por nuestra transgresión, nunca habríamos tenido posteridad, ni hubiéramos conocido jamás el bien y el mal, ni el gozo de nuestra redención». (Moisés 5:9-11).

Quizás, igual que una parturienta, Adán y Eva albergaban la esperanza de que el resultado último de la Caída fuera glorioso, pero los momentos que siguieron inmediatamente a su expulsión estuvieron plagados de dolor y desvelos. El Salvador habló a sus discípulos acerca de un momento similar. En el transcurso de la semana final de su ministerio terrenal, profetizó su crucifixión y partida inminentes. Él sabía que sus seguidores «[estarían] tristes» por la separación, pero también prometió que a su debido tiem­po «[su] tristeza se [convertiría] en gozo» (Juan 16:20). Así sería también con Adán y Eva. Las palabras del salmista son tan ade­cuadas en este caso: «Por la noche durará el llanto, y a la mañana vendrá la alegría» (Salmos 30:5).

Nuestras mentes finitas son incapaces de captar, ni tan siquiera remotamente, la enormidad de la Caída y sus abrumadoras con­secuencias. Adán y Eva habían disfrutado de una relación celes­tial en la presencia física de Dios. Melvin J. Ballard, quien tuvo el privilegio de sonar por unos breves instantes que se encontraba en esa misma presencia, lo narra de esta manera:

«Si viviera un millón de años, jamás olvidaría esa sonrisa. ¡El [Salvador] me tomó en sus brazos y me besó, me estrechó con­tra su pecho y me bendijo, hasta que la médula de mis huesos pareció derretirse! (…) ¡El sentimiento que tuve en presencia de aquel en cuyas manos está todo, tener su amor, su afecto y su bendición fue tal que, si alguna vez pudiera obtener aquello de lo que entonces recibí, un mero preludio, daría todo lo que soy, todo lo espero poder llegar a ser, para sentir lo que sentí enton­ces!».19

David, que conocía los dolores propios de la separación, can­tó: «En tu presencia hay plenitud de gozo, deleites en tu diestra para siempre» (Salmos 16:11). Más tarde, rogó: «No me eches de delante de ti» (Salmos 51:11). Existe una cierta sociabilidad en la presencia de Dios que se manifiesta en una plenitud de gozo. El élder Ballard la vivió; David la ansiaba; y Caín la perdió. Al saber que había sido «[echado] de ante la faz del Señor», Caín gritó: «mi castigo es más de lo que puedo soportar» (Moisés 5:38-39). Incluso Caín, en su estado depravado, se estremeció ante el pen­samiento de quedar desterrado de la presencia de Dios, el mismo ser que había transmitido calidez y amor, incluso a él.

Ser expulsado de la presencia del Santo es la peor clase de distanciamiento. Significa quitarnos lo que más valor tiene: nuestra sensación de pertenencia a la familia celestial. Equivale a arreba­tarnos la seguridad y la autoestima de un único y fatídico plu­mazo. Es semejante a arrancar al bebé de pecho del seno de su madre, enviar al niño rebelde a su habitación, o condenar al inco­rregible a la celda de aislamiento. Recuerda a limitar al teléfono nuestras formas de comunicación con un ser amado; las líneas podrán funcionar sin obstáculos, las conversaciones podrán ser frecuentes, pero la felicidad que genera encontrarse en la presen­cia del otro está ausente. Juan entendía este principio, ya que al escribir a los santos dijo: «no he querido [escribir] por medio de papel y tinta, pues espero ir a vosotros y hablar cara a cara, para que nuestro gozo sea completo» (2 Juan 1:12; énfasis añadido). Este privilegio se les negaba ahora a Adán y a Eva, pues habían caído de la presencia de Dios.

No solamente habían caído Adán y Eva; ahora su descenden­cia al completo quedaría relegada a un destino semejante: nacer y crecer alejados de la presencia de Dios, una forma de muer­te espiritual. Tal condena universal fue objeto de la siguiente observación de Alma: «Por su caída, toda la humanidad llego a ser pueblo perdido y caído» (Alma 12:22).

Dos de las consecuencias de la Caída fueron negativas, a sa­ber, la muerte física y la muerte espiritual. Pero también en ello hubo algo de positivo. Los dos elementos negativos anteriores del Jardín se volvieron positivos. Adán and Eva ahora estaban bendecidos con un conocimiento del bien y del mal, y con buen motivo, ya que habían comido el fruto del árbol del bien y del mal. Ello les permitió «[llegar] a ser como dioses, discerniendo el bien y del mal» (Alma 12:31). Satanás les había dicho una media verdad: «No moriréis [esta era la falsedad]» sino que «el día en que comáis de él serán abiertos vuestros ojos y seréis como dioses, conociendo el bien y el mal» (Génesis 3:4-5; véase tam­bién Alma 42:3). La segunda parte de la promesa de Satanás era verdad. A la larga, al menos, ambos llegaron a ser como Dios en su conocimiento del bien y del mal; la inocencia fue sustituida por el conocimiento; y la posibilidad de obtener gozo se convirtió en una realidad. Un elemento negativo se convirtió en un punto gloriosamente positivo en el plan eterno.

Además, los cuerpos mortales de Adán y Eva podían procrear ahora y cumplir el mandato divino de multiplicarse y henchir la tierra.20 Lehi escribió: «Adán cayó para que los hombres existie­sen» (2 Nefi 2:25; véase también Moisés 6:48), o en palabras de Eva, uno de los mejores testigos, «De no haber sido por nuestra transgresión, nunca habríamos tenido posteridad» (Moisés 5:11). Así, con la Caída nació la raza humana. Todo esto estaba en ar­monía con el plan maestro de Dios.

La Caída no fue un trágico paso atrás; al contrario, fue un paso de gigante hacia adelante, aunque doloroso, en nuestro viaje eterno. Fue la plataforma de lanzamiento para nuestro ascenso.

NOTAS

  1. El adjetivo negativo no se emplea con la intención de sugerir que ningún aspecto del plan de Dios era inadecuado, sino para dar expresar que las condiciones existentes en el Jardín de Edén y posteriormente como resultado de la Caída hubieran sido un obstáculo para nuestro progreso eterno si se hubiera permitido que dichas condiciones continuaran permanen­temente. Para cada una de estas condiciones, Dios tenía preparada una solución.
  2. El vocablo inmortal se emplea en este contexto para expresar que Adán y Eva podían vivir indefinidamente; no se busca insinuar que poseían los mismos cuerpos que reciben los seres resucitados inmortales.
  3. Smith, Lectures on Faith,
  4. Pratt, Key to the Science of Theology and Voice of Warning,
  5. Fiske, Studies in Religión, 252, 266, en Roberts, The Truth, The Way, The Life,
  6. El élder Talmage escribió: «El cambio de Adán y Eva de la inmortalidad a la mortalidad se denomina la Caída» (Talmage, Sunday Night Talks, 63).
  7. Talmage, Essential James E. Talmage, El élder Joseph Fielding Smith enseñó: «La transgresión de Adán no tuvo nada que ver con el pecado sexual como algunos creen y enseñan erróneamente. Adán y Eva fueron casados por el Señor mientras eran seres inmortales en el Jardín de Edén» (Smith, Doctrinas de salvación, 1:109).
  8. Joseph Grant Stevenson, «The Life of Edward Stevenson», tesis de maestría (Provo, Utah: Brigham Young University, 1955), 73; citado en Matthews, «A Plainer Translation»,
  9. Milton, Paradise Lost,
  10. Lbid, 308.
  11. Por supuesto, ciertos mortales han estado en la presencia de Dios, como José Smith, pero solamente: (1) por periodos de tiempo limitados, y (2) después de que sus cuerpos mortales fueran transfigurados para tal fin. Después de ver a Dios, Moisés explicó que si no hubiera sido transfigu­rado, «habría desfallecido y me habría muerto en su presencia» (Moisés 1:11).
  12. Talmage, Essential James E. Talmage,
  13. El élder John A. Widtsoe expresó este sentimiento: «[La enseñanza de que Adán pudo elegir por sí mismo] convierte el mandato en una adver­tencia, tanto como decir, si hacéis esto, traeréis sobre vosotros un cierto castigo; pero hacedlo si así lo queréis». El élder Widtsoe sugiere asimismo que «el evangelio se había enseñado [Adán and Eva] durante su estancia en el Jardín de Edén. No podía habérseles dejado en la ignorancia abso­luta del objeto de su creación» (Widtsoe, Evidences and Reconciliations, 193—94). Joseph Fielding Smith tenía opiniones semejantes: «Ahora bien, así es como yo lo interpreto: el Señor le dijo a Adán: aquí está el árbol de conocimiento del bien y del mal. Si queréis quedaros aquí, entonces no podéis comer ese fruto. Y si deseáis permanecer aquí, entonces os prohíbo que comáis. Pero podéis actuar por vosotros mismos y podéis comer si lo deseáis. Y si coméis, moriréis» («Fall—Atonement—Resurrection— Sacrament», en Sistema Educativo de la Iglesia, Charge to Religious Educators,)
  14. Talmage, Sunday Night Talks, Véase, sin embargo, 2 Nefi 2:22-23.
  15. Journal of Discourses, 13:145.
  16. Talmage, Essential James E. Talmage,
  17. Taylor, Gospel Kingdom,
  18. «LDS Bible Dictionary», 670.
  19. Hinckley, Sermons andMissionary Services ofMelvin J. Ballard,
  20. Los relatos del Jardín en las Escrituras incluidas en el canon sugieren que Eva no recibió su nombre hasta después de que tanto ella como Adán hubieron comido el fruto prohibido. Cuando Eva fue creada original­mente, Adán decretó «esta será llamada Varona» (Génesis 2:23; Moisés 3:23; Abraham 5:17). Todos los diálogos en el Jardín entre Eva y Dios, o Satanás, llamativamente eliminan cualquier referencia al nombre de Eva. En lugar de nombrarla, se refieren a ella como «La mujer», o la esposa de Adán. Hay una mención aislada del nombre de Eva por parte de Moisés. Tan solo se estaba refiriendo a la mujer Eva, cuyo nombre ya conocía. Después de la transgresión en el Jardín, el Señor anunció la manera en la que Eva habría de concebir: «con dolor darás a luz los hijos» (Génesis 3:16; Moisés 4:22). Entonces, en el momento justo en el que los futuros padres de todos los seres mortales estaban a punto de ser expulsados de su hogar paradisiaco, «llamó Adán el nombre de su mujer Eva, por cuanto ella fue la madre de todos los vivientes» (Génesis 3:20; Moisés 4:26). Moisés revelo que este nombre había sido elección del Señor «porque así yo, Dios el Señor, he llamado a la primera de todas las mujeres, que son muchas» (Moisés 4:26).

El momento del nombramiento de Eva es importante porque parece confirmar que ella no podía convertirse en la madre de toda la raza humana hasta después de que los efectos del fruto prohibido recorrieran sus venas. Esto se coherente con otros relatos de las Escrituras. Dicho de otra manera, no se la llamó Eva hasta que fue capaz de ser Eva (es decir, la madre de todos los vivientes).

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