No dejemos de sentir

No dejemos de sentir

Por el élder Jorge F. Zeballos
De los Setenta
Liahona Julio 2018

Hay una fuerza más poderosa que los terremotos, los impetuosos vientos y los fuegos descontrolados, pero es apacible y delicada, y debemos prestar atención si queremos que nos guíe.

El 27 de febrero de 2010, a las 3:34 de la madrugada, un terremoto de magnitud 8.8 en la escala sismológi­ca agitó con violencia gran parte de Chile, causando pánico, temor y preocupación en millones de personas.

Unos días más tarde fui asignado a presidir una confe­rencia de estaca en un lugar próximo al epicentro de ese gran sismo. Me preguntaba si el terremoto y las continuas réplicas influirían en la asistencia a la conferencia; quedé sorprendido cuando el número de personas que asistieron a cada sesión de la conferencia fue mayor de lo que nunca había sido en conferencias anteriores.

Aparentemente, el terremoto les recordó a los miembros de la estaca, al menos temporalmente, la importancia de acercarse a Dios, santificar el día de reposo y asistir a las reuniones. Varias semanas después, telefoneé al presidente de estaca. Le pregunté si la asistencia a las reuniones de la Iglesia seguía siendo elevada, y él respondió que a medida que el número y la magnitud de las réplicas descendió, lo hizo también la asistencia a la Iglesia.

Un comportamiento similar sucedió tras los tristes acontecimientos que destruyeron el World Trade Center en Nueva York, Estados Unidos, en septiembre de 2001. Miles de personas acudieron a sus iglesias en busca de la paz interior y el consuelo que necesitaban tan desespe­radamente; pero, con el paso del tiempo, esa búsqueda disminuyó y las cosas volvieron a la normalidad. No son los terremotos, las tormentas, ni los desastres y tragedias, ya sean naturales u ocasionados por el hombre, los que desarrollan la fe, el testimonio y la conversión duradera.

Elías el Profeta y la voz apacible y delicada

En los días del profeta Elías, Acab era rey de Israel. Acab contrajo matrimonio con Jezabel, una princesa feni­cia. Ella introdujo a los israelitas en las costumbres de los fenicios, incluso la adoración idólatra. Después de que Elías el Profeta desafiara y venciera a los sacerdotes de Baal, que abundaban en la corte del rey Acab, Jezabel amenazó la vida del Profeta y este huyó al desierto. (Véase 1 Reyes 18:4, 13, 19, 21-40; 19:1-4).

Tras ser alimentado por un ángel en el desierto, Elías el Profeta caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte Horeb (véase 1 Reyes 19:5-8). En el desierto, la palabra del Señor vino a Elías. Se le dijo que saliera de la cueva en la que había pasado la noche. Al ponerse en el monte delante del Señor, se levantó “un grande y pode­roso viento”, tan poderoso que quebraba las peñas y los montes, “pero Jehová no estaba en el viento”. Luego hubo un terremoto, “pero Jehová no estaba en el terremoto”, y entonces un fuego, “pero Jehová no estaba en el fuego” (1 Reyes 19:11-12). A pesar de la intensidad del viento, del terremoto y del fuego, estas no eran manifestaciones de la voz del Señor al Profeta.

Tras esas poderosas expresiones de las fuerzas de la naturaleza, “una voz apacible y delicada” llegó a Elías el Profeta, y él la escuchó (véase 1 Reyes 19:12-13). La recon­fortante voz del Señor le dijo a quién ungir como próximo rey de Siria, a quién ungir como el siguiente rey de Israel, y que debía ungir a Eliseo como el profeta que habría de sucederle a él.

Cómo encontrar la voz

La misma voz que llegó a Elías el Profeta, la voz que le dijo qué hacer en un momento difícil de su vida y de su ministerio, sigue estando disponible para todo hijo de Dios que sinceramente desee hacer la voluntad del Padre. Pero en medio de las muchas voces ruidosas y mundanas que nos invitan a ir por sendas oscuras y con­fusas, ¿dónde podemos encontrar la voz apacible y deli­cada que nos dirá qué hacer, qué decir y qué desea Dios que lleguemos a ser?

Nefi nos aconseja “[que nos deleitemos] en las palabras de Cristo; porque he aquí, las palabras de Cristo [nos] dirán todas las cosas que [debemos] hacer” (2 Nefi 32:3).

¿Y dónde hallamos las palabras de Cristo para que podamos deleitarnos en ellas? Podemos acudir a las Escri­turas, especialmente al Libro de Mormón, que fue escrito y preservado en su pureza para nosotros, los habitantes de esta generación. También escuchamos las palabras de los profetas modernos, que hoy en día nos revelan los deseos de nuestro Padre Eterno y de nuestro Salvador, Jesucristo.

Las palabras de los profetas vivientes nos guían cuando hacemos frente a desafíos nuevos y complejos. En los últi­mos años, por ejemplo, cuando la confusión que prevalece en el mundo y sus filosofías han procurado permanente­mente alterar el concepto de matrimonio y familia, las pala­bras de los profetas han hecho hincapié de manera firme, valiente y amorosa en la naturaleza sagrada de la familia, declarando que “el matrimonio entre el hombre y la mujer es ordenado por Dios y que la familia es fundamental en el plan del Creador para el destino eterno de Sus hijos”1.

Los profetas y apóstoles de hoy en día también han insistido en la importancia de observar el día de reposo en el hogar y en la Iglesia, y de lograr la salvación de nuestros antepasados por medio de la obra de historia familiar y del templo. En cada conferencia general ellos nos proporcio­nan guía espiritual adicional para la Iglesia.

El Espíritu Santo los guiará

Nefi enseña también: “… si entráis por la senda y recibís el Espíritu Santo, él os mostrará todas las cosas que debéis hacer” (2 Nefi 32:5). Así, habiendo reforzado la importan­cia de buscar las palabras de Cristo, ahora Nefi nos ins­truye en cuanto a la comunicación personal y directa que debemos tener con el Espíritu Santo, el tercer miembro de la Trinidad.

Nefi sabía exactamente de qué estaba hablando. Unos treinta o cuarenta años antes, cuando su familia se hallaba todavía en el desierto y él estaba construyendo un barco que los llevaría a la tierra prometida, Nefi reprendió a sus hermanos mayores por cometer iniquidades aun después de haber oído la voz de un ángel.

Nefi les dijo: “Sois prontos en cometer iniquidad, pero lentos en recordar al Señor vuestro Dios. Habéis visto a un ángel; y él os habló; sí, habéis oído su voz de cuando en cuando; y os ha hablado con una voz apacible y delicada, pero habíais dejado de sentir, de modo que no pudisteis sentir sus palabras; por tanto, os ha hablado como con voz de trueno que hizo temblar la tierra como si fuera a partir­se” (1 Nefi 17:45).

No dejemos de sentir

La comunicación de Dios con Sus hijos suele llegar por medio del Espíritu Santo, que con más frecuencia se comu­nica con nosotros con una voz que entra en nuestra mente y en nuestro corazón, “la voz suave y apacible que a través de todas las cosas susurra y penetra” (D. y C. 85:6). ¡Escu­chemos esa voz delicada y no esperemos a que alguien tenga que hablarnos con voz de trueno! Recuerden, Elías el Profeta aprendió que la voz del Señor no estaba en el viento, en el terremoto, ni en el fuego. El Señor le habló por medio del Espíritu Santo, una voz suave y apacible.

“. la voz del Espíritu viene como un sentimiento más que como un sonido”, dijo el presidente Boyd K. Packer (1924-2015), Presidente del Cuórum de los Doce Apósto­les. “Ustedes aprenderán, como yo lo he hecho, a ‘escu­char’ esa voz que se siente en vez de oírse

“. Se trata de una voz espiritual que acude a la mente como una idea o un sentimiento que les llega al corazón”2.

Nosotros sentimos las palabras del Espíritu Santo en la mente y en el corazón, más que aquellas que escu­chamos con nuestros oídos. ¡No dejemos de sentir esas impresiones! Abramos nuestra mente y nuestro corazón para recibir las palabras de los profetas. Permitamos que el Espíritu Santo continúe enseñándonos por medio de la voz suave y apacible. Al enseñar a Sus discípulos en cuanto al Espíritu Santo, que les sería enviado después de Su partida, el Salvador les dijo: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que os he dicho” (Juan 14:26).

Cada miembro fiel de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días tiene el derecho y la bendición de recibir guía personal, inspiración y revelación personal de los cielos por medio del Espíritu Santo.

El presidente Thomas S. Monson (1927-2018) dijo: “Déjense influenciar por la voz apacible y delicada del Espíritu; tengan presente que un hombre con la debida autoridad puso las manos sobre la cabeza de ustedes en el momento de su confirmación y dijo: ‘Recibe el Espíritu San­to’. Abran el corazón, abran el alma misma, a los susurros de esa voz que testifica de la verdad. Como prometió el profeta Isaías: ‘… tus oídos oirán. palabra, diciendo: Este es el camino, andad por él’ [Isaías 30:21]”3. ■

NOTAS

  1. “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, mayo de 2017, pág. 145.
  2. Boyd K. Packer, “Consejo a los jóvenes”, Liahona, noviembre de 2011, pág. 17.
  3. Thomas S. Monson, “Crean, obedezcan y perseveren”, Liahona, mayo de 2012, pág. 129.
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