La fe para seguir adelante

La fe para seguir adelante

Por el élder Ronald A. Rasband
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
Liahona Julio 2018

Armados con un testimonio del Señor Jesucristo, los miembros de la compañía de carros de mano de Willie siguieron adelante a pesar de la adversidad y el hambre.

El relato que me gustaría compartir comenzó en las ondulantes y verdes zonas rurales de Inglaterra, donde John Bennett Hawkins nació en Gloucester en 1825. Se bautizó en la Iglesia en 1849 y ese mismo año partió hacia los Estados Unidos con una compañía de Santos de los Últimos Días en el barco Henry Ware. Llegó a Utah en agosto de 1852, y fue uno de los herreros pioneros en los primeros días del asentamiento en Utah.

Su futura esposa, Sarah Elizabeth Moulton, también provenía de la zona rural de Inglaterra. Irchester es una pequeña aldea cerca del río Nene, alre­dedor de 105 km al norte de Londres y más o menos la misma distancia al este de Birmingham. Sarah Elizabeth nació allí en 1837, y fue hija de Thomas Moulton y Esther Marsh. La madre de Sarah Elizabeth murió cuando esta tenía apenas dos años, y en 1840 su padre se casó con Sarah Denton.

En junio de 1837, el élder Heber C. Kimball (1801-1868), del Cuórum de los Doce Apóstoles, y otros líderes de la Iglesia se encontraban en Inglaterra realizando la obra misional. Entre los muchos conversos que estos misione­ros enseñaron había una familia que les dio a los Moulton un ejemplar del folleto A Voice of Warning [Una voz de amonestación], por el élder Parley P. Pratt (1807-1857), del Cuórum de los Doce Apóstoles. Cuando lo leyeron, Thomas y Sarah se convirtieron, y fueron bautizados el 29 de diciembre de 1841. En ese entonces, su familia consistía de solo dos hijas: Sarah Elizabeth, de cuatro años, y Mary Ann, de siete meses.

El espíritu de recogimiento se sentía fuertemente en el corazón de los conversos de Europa. Su gran deseo era emigrar a los Estados Unidos, don­de podrían estar con la mayoría de los santos. Al igual que muchos otros, los Moulton no tenían suficiente dinero para cumplir dicho deseo, pero su deter­minación era fuerte, y comenzaron a ahorrar dinero en un frasco de conservas.

El Fondo Perpetuo para la Emigración

En 1849, el presidente Brigham Young (1801-1877) creó el Fondo Perpe­tuo para la Emigración a fin de ayudar a los miembros de la Iglesia a viajar a os Estados Unidos. Los primeros que viajaron con la ayuda de este fondo lo hicieron en caravana de carromatos, pero este medio de transporte era lento y costoso. Aun con la ayuda del Fondo Perpetuo para la Emigración, pocos podían afrontar los costos del viaje. Los líderes de la Iglesia investiga­ron acerca del uso de carros de mano y descubrieron que estos harían que el viaje fuera más rápido y menos costoso.

Para entonces, la familia Moulton estaba compuesta de siete hijos, pero con los ahorros del frasco de conservas, la ayuda del Fondo Perpetuo para la Emigración y un medio de transporte más económico, su sueño de emi­grar se hizo posible. Para una familia de nueve integrantes, prepararse para el viaje requería una cuidadosa planificación. A fin de ahorrar aun más dinero para las compras que deberían hacer, prácticamente solo comieron harina de cebada durante casi un año.

A medida que se acercaba la hora de su partida, Thomas dudó si debían realizar el viaje debido a que su esposa esta­ba esperando un bebé. Sin embargo, Sarah Denton Moulton era una mujer de fe y no se la podía disuadir. Antes de par­tir de Inglaterra, uno de los misioneros le dio una bendición a Sarah, en la que le prometió que si iba a Utah, realizaría el viaje a salvo, sin perder siquiera un miembro de su fami­lia: ¡una enorme bendición prometida para una familia que pronto estaría compuesta de en 10 integrantes!

La familia, que zarpó de Liverpool, Inglaterra, en 1856 en el barco Thornton, le dio la bienvenida a un nuevo bebé apenas tres días después de comenzar el periplo.

El Thornton había sido contratado para transportar a 764 santos daneses, suecos e ingleses, quienes viajaban bajo la dirección de un misionero llamado James Grey Willie.

Seis semanas después, el Thornton arribó al puerto de Nueva York. La familia Moulton entonces abordó un tren para realizar el largo viaje hacia el oeste. En junio de 1856 llegaron a Iowa City, Iowa, que era el punto de partida de las compañías de carros de mano. Apenas tres días antes de que llegaran, la compañía de carros de mano del capi­tán Edward Bunker había partido de Iowa City, llevándose muchos de los carros de mano disponibles.

Dificultades con los carros de mano

Alrededor de dos semanas después, se unió a la com­pañía de Willie otra compañía de santos que estaba bajo la dirección de Edward Martin. Los representantes de la Iglesia en Iowa City, que habían trabajado arduamente para equipar y ayudar a partir a las primeras tres compa­ñías de carros de mano, ahora tenían que esforzarse de forma desesperada para proveer para un número inespe­radamente grande de personas que habían llegado más tarde. Tuvieron que construir 250 carros de mano antes de que estos santos pudieran proseguir con su viaje.

Se puso a trabajar en la tarea de construir carros de mano a todo hombre que fuera físicamente capaz, mien­tras las mujeres hacían decenas de tiendas para el viaje. Muchos de estos fabricantes inexpertos de carros no acataron las especificaciones, sino que construyeron los carros de diferentes tamaños y grados de solidez, lo cual llegaría a ser una desventaja para ellos. Por necesidad, el número de carros de mano que se necesitaban hizo que los construyeran con madera verde, sin madurar, y en algunas ocasiones, utilizaron cuero sin curtir y hojalata para las ruedas. Cada carro transportaba alimentos, así como también todas las posesiones terrenales de muchos de los santos.

A menudo, cada carro iba cargado de 180 a 230 kg de harina, ropa de cama, utensilios de cocina y ropa. Tan solo se permitían 8 kg de pertenencias personales por persona en cada carro.

Los diez integrantes de la familia de Thomas Moulton fueron asignados a la cuarta compañía de carros de mano, nuevamente bajo la dirección del capitán Willie. Consistía de más de 400 santos, y tenía un número mayor de lo habitual de personas ancianas. Un informe realizado en septiembre de ese año indicaba “404 personas, 6 carromatos, 87 carros de mano, 6 yuntas de bueyes, 32 vacas y 5 mulas”1.

A la familia Moulton se le permitió un carro de mano con cubierta y otro abierto. Thomas y su esposa tiraban del carro con cubierta, y el nuevo bebé llamado Charles y su herma­na Lizzie (Sophia Elizabeth) iban sobre él. Lottie (Charlotte) podía subirse cada vez que el carro iba pendiente abajo. James Heber, de ocho años de edad, caminaba detrás con una cuerda atada alrededor de la cintura para evitar que se alejara. Del otro pesado carro tiraban las dos hermanas mayores —Sarah Elizabeth (de 19 años) y Mary Ann (de 15)— y los hermanos William (12) y Joseph (10).

En julio de 1856 los Moulton se despidieron de Iowa City y comenzaron la travesía de 2090 km hacia el oeste. Después de viajar 26 días, llegaron a Winter Quarters (Florence), Nebraska. Como de costumbre, pasaron allí varios días, reparando carros y preparando provisiones, ya que no había ciudades importantes entre Winter Quarters y Salt Lake City.

El verano estaba tan avanzado que, antes de que la com­pañía de Willie estuviera preparada para partir de Winter Quarters, se llevó a cabo un consejo a fin de decidir si debían seguir adelante o esperar hasta la primavera. Algunos que ya habían realizado el recorrido les advirtieron enfáticamente del peligro de viajar tan tarde en la temporada. Sin embar­go, el capitán Willie y muchos de los miembros de la com­pañía sentían que debían proseguir porque no tenían un lugar donde hospedarse para pasar el invierno en Florence.

Provisiones cada vez más escasas

Con provisiones insuficientes, los miembros de la com­pañía de Willie reiniciaron el viaje el 18 de agosto, pen­sando que podían reabastecerse de provisiones en Fort Laramie (al norte del actual Laramie, Wyoming). Ante la advertencia que habían recibido, cargaron un costal adicio­nal de 45 kg de harina en cada carro y confiaron en que se encontrarían con las carretas de provisiones que se envia­ran desde Salt Lake City. Sin embargo, los conductores de las carretas de provisiones, pensando que no había más inmigrantes en el camino, emprendieron el viaje de regreso hacia Salt Lake City a finales de septiembre, antes de que la compañía de Willie llegase hasta ellos.

En Florence, los Moulton consideraron que era pruden­te dejar atrás una caja de provisiones porque la carga que debían llevar para una familia de 10 personas era dema­siado pesada. Para entonces, habían dejado equipaje en el puerto de Liverpool, una caja de ropa a bordo del barco, un baúl de ropa en la ciudad de Nueva York y un baúl de provisiones que contenía la mayor parte de sus pertenen­cias personales en Iowa City. Incluso en el camino, busca­ban la forma de aligerar su carga.

Para quienes disfrutamos todas las comodidades de la vida moderna, es difícil imaginar la miseria diaria de la familia Moulton y de los demás extraordinarios hombres y mujeres de aquellas compañías de carros de mano. ¿Pode­mos imaginarnos las manos y los pies llenos de ampollas, los músculos adoloridos, el polvo y la arenilla, las quema­duras de sol, las moscas y los mosquitos, las estampidas de manadas de búfalos y los encuentros con los indios? ¿Pode­mos imaginarnos el cruzar ríos y las dificultades de la arena y las rocas resbaladizas mientras trataban de tirar de los carros de mano a través de aguas turbulentas o profundas? ¿Podemos comprender la debilidad que produce la falta de una alimentación adecuada?

Durante sus viajes, los niños Moulton iban con su madre a los campos para cosechar trigo silvestre a fin de añadir alimentos a sus decrecientes provisiones. En cierto momento, la familia solo tenía pan de cebada y una manzana al día por cada tres personas.

El 12 de septiembre, justo antes del anochecer, llegó al campamento un grupo de misioneros que regresaban de la Misión Británica. Los dirigía el élder Franklin D. Richards (1821-1899), del Cuórum de los Doce Apóstoles, el tatara­buelo de mi esposa. Cuando el élder Richards y sus com­pañeros vieron las dificultades de la compañía de carros de mano, prometieron darse prisa para llegar al Valle del Lago Salado y enviar ayuda tan pronto como fuera posible.

El 30 de septiembre, la compañía de Willie llegó a Fort Laramie, Wyoming, 645 km al este de Salt Lake City.

A principios de octubre llegó el invierno, y las dificul­tades se multiplicaban a medida que la compañía intenta­ba seguir adelante. Las provisiones eran tan escasas que el capitán Willie se vio obligado a reducir las raciones a 425 g de harina para los hombres, 368 g para las mujeres, 255 g para los niños y 142 g para los más pequeños. Pron­to afrontarían vientos huracanados y fuertes nevadas. La mañana del 20 de octubre, la nieve tenía 10 cm de altura, y las tiendas y las cubiertas de los carromatos se habían hecho añicos por su peso. Cinco miembros de la compañía y algunos de los animales de tiro habían muerto de frío y de hambre la noche antes de la tormenta, y otros cinco miembros murieron a lo largo de los siguientes tres días. Habiendo alimentado primero a las mujeres, los niños y los enfermos, muchos de los hombres razonablemente fuertes se vieron forzados a seguir sin nada que comer.

Parten los grupos de socorro

A 3 km de Rocky Ridge, junto al río Sweetwater, la com­pañía acampó y esperó que la tormenta pasara en medio de la inanición, el frío y la miseria.

Cuando el grupo de Franklin D. Richards llegó a Salt Lake City, le informó de inmediato al presidente Young la precaria condición de los inmigrantes. Los santos que se hallaban en el valle no esperaban más inmigrantes hasta el año siguiente, y la noticia de su difícil situación se propagó como un fuego incontrolable.

Dos días después, el 6 de octubre de 1856, se llevó a cabo la conferencia general en el antiguo Tabernáculo. Desde el púlpito, el presidente Young mandó que hombres, alimentos y provisiones partieran al día siguiente en carromatos tirados por mulas o caballos para brindar ayuda2.

John Bennett Hawkins estaba en el antiguo Tabernáculo ese día y respondió al llamado de ofrecer ayuda; fue uno de los cientos de personas que partieron en grupos de socorro desde Salt Lake City. La noche del 21 de octubre, los carromatos de rescate finalmente llegaron al campamento de Willie. Fueron recibidos con gozo y gratitud por los sobrevi­vientes helados y hambrientos. Esta fue la primera vez que se encontraron John Bennett Hawkins y Sarah Elizabeth Moulton, quienes llegarían a ser mis bisabuelos.

El 22 de octubre, algunos de los rescatadores siguieron adelante para ayudar a las otras compañías de carros de mano, mientras que William H. Kimball, con los carromatos restantes, inició el viaje de regreso a Salt Lake City a cargo de la compañía de Willie.

Aquellos que estaban demasiado débiles para tirar de sus carros de mano pusieron sus posesiones en los carro­matos y caminaron junto a ellos. Quienes no podían cami­nar viajaron en los carromatos. Cuando llegaron a Rocky Ridge, otra terrible tormenta se desató sobre ellos. Mientras se esforzaban por subir por la ladera de la cresta, tuvieron que envolverse en mantas y acolchados para evitar morir congelados. Ya habían perecido alrededor de 40 miembros de la compañía3.

El clima era tan frío que a muchos de los santos se les congelaron las manos, los pies y el rostro mientras cruza­ban la cresta. Una mujer quedó ciega por la helada.

Podemos imaginar a los Moulton, con sus ocho hijos, tirando de sus dos carros y empujándolos mientras se esforzaban por abrirse paso en la profunda nieve. De un carro tiraban Thomas y su esposa, y llevaban su precia­da carga —Lottie, Lizzie y el bebé Charles—, mientras el pequeño James Heber tropezaba y era arrastrado por la cuerda que tenía amarrada a la cintura. Del otro carro tiraban y empujaban Sarah Elizabeth y los otros tres niños. Una mujer, muy bondadosa y entrada en años, al ver las dificultades del pequeño James Heber, lo tomó de la mano mientras él se arrastraba detrás del carro de mano. Este acto de bondad le salvó la mano derecha, pero la mano izquierda, al estar expuesta a temperaturas bajo cero, se le congeló. Cuando llegaron a Salt Lake City, le amputaron varios dedos de esa mano.

El 9 de noviembre, temprano en la tarde, los carromatos llenos de personas atribuladas en penoso estado se detu­vieron frente al edificio de la oficina de diezmos, donde hoy se erige el Edificio Conmemorativo José Smith en Salt Lake City. Muchos llegaron con los pies y las extremidades congelados; 69 personas habían muerto en el viaje, pero se había cumplido la promesa que la familia Moulton recibió en aquella bendición en Inglaterra. Thomas y Sarah Moulton no habían perdido a ninguno de sus hijos.

Del rescate al romance

La compañía fue recibida por cientos de ciudadanos de Salt Lake que esperaban ansiosamente su llegada y que estaban listos para cuidar de ellos. De la gratitud y el aprecio por uno de los jóvenes rescatadores que había ayudado a salvar a los Moulton de las garras de la muerte pronto floreció el romance y el amor por Sarah Elizabeth.

El 5 de diciembre de 1856, entre los buenos deseos de sus seres queridos, Sarah Elizabeth se casó con John Bennett Hawkins, su rescatador. Se sellaron por el tiempo y la eter­nidad el siguiente mes de julio en la Casa de Investiduras. Establecieron su hogar en Salt Lake City y fueron bendecidos con tres hijos y siete hijas. Una de esas hijas, Esther Emily, se casó con mi abuelo, Charles Rasband, en 1891.

El 24 de julio celebramos el Día de los Pioneros, y expre­samos gratitud por los muchos pioneros que lo dieron todo para edificar el valle del Lago Salado y muchas otras comu­nidades en el oeste de los Estados Unidos. Asimismo, expre­samos gratitud por los pioneros Santos de los Últimos Días en todo el mundo que han trazado —y están trazando— el camino del Evangelio para que otros sigan sus pasos.

¿Qué los hizo avanzar? ¿Que los impulsó hacia delante? La respuesta es un testimonio del Señor Jesucristo. Como bis­nieto de pioneros, agrego mi testimonio de que sus dificul­tades no fueron en vano. Lo que ellos sintieron, yo lo siento; lo que sabían, yo lo sé, y doy testimonio de ello. ■

Tomado de un mensaje matutino de adoración del Día de los Pioneros, pronunciado en el Tabernáculo de Salt Lake City el 24 de julio de 2007.

NOTAS

  1. Informe de F.D. Richards y Daniel Spencer, “Smith, Marilyn Austin, Faithful Stewards—the Life of James Gray Willie and Elizabeth Ann Pettit, 95-120”, lds.org.
  2. Véase Brigham Young, “Remarks”, Deseret News, 15 de octubre de 1856, pág. 252; véase también LeRoy R. Hafen y Ann W. Hafen, Handcarts to Zion, 1981, págs. 120-121.
  3. De estos, 19 habían muerto antes de que la compañía llegara a Fort Laramie, entre ellos 7 que murieron en el viaje a través del océano y 4 que murieron en Iowa City. Otros 19 murieron entre Fort Laramie y el comienzo del invierno, la mayoría de ellos en los días previos a la llegada de los rescatadores.
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