Enseñaos diligentemente

“Enseñaos diligentemente”

Por Hugh B. Brown

(Discurso preparado por el ‘Élder Hugh B. Brown de la Mesa Directiva de la Escuela Dominical, y leído en la conferencia de la Escuela Dominical en el Tabernáculo Mormón el domingo 6 de octubre de 1946).

Moisés oyó la voz de Dios que decía desde la zarza ardiente, “Quita tus zapatos de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es”. Hoy contemplamos un tema iluminado, el cual es la palabra de Dios, y pisamos tierra que ha sido hecha santa por los pies de profetas sucesivos a través del siglo. Humilde y reverentemente sentimos como si debiéramos quitarnos nuestros zapatos y decir juntamente con Moisés, “Si tu rostro no ha de ir conmigo no nos saques de aquí”. (Éxodo 33:15). Ya sea ante una audiencia o en una pequeña Escuela Dominical, el que enseña el evangelio, pisa tierra santa.

Para la definición de lo que es la enseñanza, nos referiremos a uno de los verdaderamente grandes maestros entre nosotros. El Dr. Milton Bennión, nuestro querido superintendente, recientemente dijo: “Toda enseñanza es o debe ser un arte bello basado sobre adecuados fundamentos científicos. La enseñanza de la religión en el significado más amplio de la dicción, es lo mejor de las bellas artes— enseñando por ejemplos en ambas, la conducta y la actitud, siempre es más importante de lo que es el enseñar tan sólo por precepto”.

Otro gran maestro contemporáneo, el decano de nuestra Mesa Directiva, el Dr. Howard R. Briggs, en su último libro El Arte del Maestro, hace la declaración desafiante que “no puede haber un privilegio más preciado para alguno que el de radiar luz del Evangelio, de iluminar las verdades del Evangelio, y de guiar a las almas a la luz de Dios”.

El apóstol Pablo colocó a los maestros enseguida de los apóstoles y profetas cuando dijo, “Y él mismo constituyó a unos apóstoles; y a otros, profetas; y a otros, evangelistas;—” (Efesios 4:11-15). Un príncipe de los judíos, deseaba pagar el tributo más alto que pudiera a Jesús de Nazaret y dijo, “sabemos que eres maestro que ha venido de Dios”. (Juan 3:2). El Maestro, cuando estaba a punto de dejar a sus discípulos les prometió otro maestro: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, al cual el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas”. El mandato del Salvador a sus discípulos fué que fueran y enseñaran a todas las naciones.

Al considerar nuestro tema, “Enseñaos Diligentemente”, pensemos juntos sobre algunas respuestas posibles a tres preguntas que nos sugiere.

Primero, ¿A quién enseñaremos?, Segundo, ¿Qué enseñaremos? y luego, ¿Cómo enseñaremos? Cuando se les pregunte a los maestros de la Escuela Dominical que si a quién enseñarán, sin duda pensarán primeramente en los niños pequeñitos, pues tenemos aproximadamente 100,000 de ellos. ¿Cómo os sentís cuando os es pedido que enseñéis a aquellos quienes fueron semejados a los que están en el Reino de los Cielos? El Maestro cuando oraba por aquellos a quienes había enseñado dijo. “Y por ellos yo me santifico a mí mismo”. (Juan 17: 19). ¿Si la santificación fué una preparación necesaria para Él, entonces qué de nosotros que hemos de enseñar? Estos pequeñitos por su inocencia nos llaman a que nos santifiquemos. Su tierno llamado viene a través de los siglos, “Apacienta mis Ovejas”.

Luego tenemos otro grupo de casi 100,000. Estos son tan sólo un poco mayores pero aún tiernos y capaces de aprender. Ellos están en las escuelas y colegios de la tierra cinco días cada semana y vienen con nosotros en el Día de Descanso. Como les es enseñado pensar, a veces su pensamiento llega a un estado crítico en relación a lo que se les ha enseñado en su hogar o en la Escuela Dominical. En su estudio de zoología, sociología, filosofía y otros temas semejantes, los cuales llevan consigo alguna relación a la religión, ellos creen ver inconsistencias o contradicciones y se allegan a su maestro de Escuela Dominical para obtener ayuda y dirección. Pero es posible que se dirijan a alguna otra persona si no estamos preparados para ayudarles. Este grupo es un desafío a los mejores maestros en la iglesia y es en esto donde tenemos muchas dificultades en la Escuela Dominical, muchas de las cuales se pueden evitar mediante la sabiduría, la previsión y la preparación.

Otros 100,000 están llegando a las varias clases de nuestras escuelas y con gratitud les damos la bienvenida. Estuvieron con nosotros cuando fueron más jóvenes pero nos fueron quitados para defender a nuestra nación y nuestros principios. Muchos de ellos han regresado, y vendrán a la Escuela Dominical. Algunos tendrán heridas mentales y espirituales las cuales necesitarán curación. Algunos traerán consigo cicatrices las cuales dan evidencia de valor y algunos traerán consigo manchas las cuales tan sólo podrá borrar el amor. Necesitaremos la ayuda divina para poder restaurar las hojas tiernas de fe que el furor de la guerra ha marchitado. Habrán algunos para los cuales será necesario que dejemos a los noventa y nueve. Aquí es donde el maestro llega a ser un buen pastor y tiene que arriesgar su vida para llevar a cabo el mandato del Maestro, “Apacienta mis Ovejas”.

Y algunos de vosotros enseñaréis a los más adultos; aquellos que han aprendido mucho por experiencia pero que aún necesitan ayuda. Ellos han logrado progresar a pesar de, o quizá por, las tormentas de la vida. Ellos están agradecidos por la dolorosa poda que el Maestro supo que sería para su bien; sin ella habrían crecido demasiadas ramas y habrían dado muy poco fruto. De lo profundo de sus experiencias ellos os llamarán y vos habéis de tener profundidad de la cual obtener la contestación. ¿A quién pues enseñaremos? Enseñamos a sus hijos, chicos y grandes. La promesa de su gracia en esta grande tarea está fundada sobre nuestra diligencia la cual en gran manera significa una preparación de la mente, el corazón y el espíritu.

Imaginaos el cuidado que un escultor tendría si su barro repentinamente se volviera oro el cual se endureciera cada vez que fuese tocado, haciendo cada impresión permanente, y cada error irreparable. Imaginaos la humildad del talador de diamantes en cuyas manos es dejada la joya más preciada del mundo para que la trabaje. El dueño de la joya buscaría al perrito más bien entrenado en el mundo para dicha tarea y no le importaría el costo. Pero vosotros maestros, no tenéis que ver con el oro o los diamantes. Estos son inanimados y su pérdida por más que sea, tan sólo es temporal. En vosotros están confiadas las impresionables e inmortales almas de los hijos de nuestro Padre, ya sean chicos o grandes. La impresión de vuestra mano seguirá a algunos hasta la eternidad. Un maestro de la Escuela Dominical quien fué veterano en la Primera Guerra Mundial impresiono sobro los miembros de su clase mediante anécdotas vividas, el valor de la fe y la oración. Diez años después, un miembro de esa clase era un piloto en un bombardero que regresaba del continente hacia Inglaterra, una de las máquinas no funcionaba y su equipo de radio había sido destruido. Estaba a punto de dar órdenes a su cuadrilla de que se desplomaran al espacio sobre el Canal de la Mancha en donde tenían poca esperanza de ser rescatados. La memoria de esta clase de la Escuela Dominical resplandeció en su mente y con un valor renovado continuó, llegando a Inglaterra y aterrizando entre una neblina densa. Después se le oyó decir “La fe es una máquina buena y la oración el mejor radio”. Ese maestro diligente realizó la promesa, “Mi Gracia os Atenderá”.

¿Qué enseñaremos? En la sección de Doctrinas y Convenios de la cual obtenemos nuestro texto, el Señor dice: “Y os doy el mandamiento de que os enseñéis el uno al otro la Doctrina del Reino”. Constantemente debemos enseñarles las verdades iniciales del Evangelio —que Dios vive— que Jesús es el Cristo, el Unigénito del Padre. Debemos enseñarles que ellos son hijos de Dios, creados a su Semejanza y dotados con atributos semejantes a los de Dios, capaces para un desenvolvimiento eterno. Aquel que no cree profundamente en estas cosas, no las puede enseñar efectivamente.

Debemos enseñarles sin temor e inequívocamente, la historia de la restauración, sin apologías y sin intentar el dar explicaciones científicas. La historia del profeta como él la relata no necesita amplificación alguna pues es sin excepción la historia más grandiosa que jamás haya sido impresa.

Debemos precavernos de la tendencia actual de tolerar y condonar las mentiras y de moderar las verdades severas del Evangelio para satisfacer apetitos sofisticados. No adaptaremos el mensaje del Evangelio a la demanda popular ni lo rebajaremos con agua de acuerdo con los sistemas éticos de la actualidad. Nuestras enseñanzas no se reducirán a recitaciones biográficas o tradicionales, mas estarán relacionadas e integradas según el mundo en que vivimos. Les mostraremos el pasado sin igual de la historia evangélica pero también les llamaremos la atención a su vista gloriosa. Les enseñaremos a creer todo lo que Dios ha revelado y a que se preparen en si para aceptar todo lo que aun vaya a revelar. Les enseñaremos la fuente por la cual nos pueda venir alguna nueva revelación y le advertiremos en contra de los impostores, falsos maestros y de todos los usurpadores de autoridad. Les enseñaremos las verdades del Antiguo Testamento mientras les señalamos la necesidad y lo oportuno del mensaje del Nuevo Testamento. Les enseñaremos el precio de las verdades que contiene el Libro de Mormón y a que lean todas las escrituras, fuentes de la luz de la revelación moderna y a que reconozcan y hagan uso del hecho de que tenemos profetas, videntes y reveladores hoy en día, quienes dirigen a la iglesia y que de esta forma estamos capacitados para alumbrar la luz de hoy día sobre los problemas actuales.

Ellos deben llegar a saber que como “La Gloria de Dios es La Inteligencia” así su gloria dependerá sobre su inteligencia, pues no pueden ser salvos en la Ignorancia. Les enseñaremos a que sean honestos, verídicos, castos, benevolentes, a que se honren a sí mismos, a sus semejantes y a su Creador y que le sirvan con todo propósito de corazón. Obedeceremos su mandamiento de que nos enseñemos los unos a los otros el Evangelio del Reino y memorizaremos y llevaremos consigo como un estandarte mental en todo nuestro trabajo en la Escuela Dominical, nuestro lema “Enseñaos diligentemente, y mi gracia os acompañará, para que seáis más perfectamente instruidos en teoría, en principio, en doctrina, en la ley del evangelio, en todas las cosas que pertenecen al reino de Dios, que os conviene comprender;

de cosas tanto en el cielo como en la tierra, y debajo de la tierra; cosas que han sido, que son y que pronto han de acontecer; cosas que existen en el país, cosas que existen en el extranjero; las guerras y perplejidades de las naciones, y los juicios que se ciernen sobre el país; y también el conocimiento de los países y de los reinos,

a fin de que estéis preparados en todas las cosas, cuando de nuevo os envíe a magnificar el llamamiento al cual os he nombrado y la misión con la que os he comisionado. (Doc. y Conv. Sec. 88:78-80).

Para enseñar estas cosas constantemente, nos prepararemos mediante la oración y viviendo una vida justa.

Y finalmente, ¿Cómo Enseñaremos?: El dió la contestación cuando simplemente dijo “Ven Sígueme”. El fué el Maestro de Maestros, pues El fué lo que enseñó. ¿Os movería el Sermón tal como lo hace, sin después saber la vida de Cristo tras él? El precedió sus tres años de enseñanza con treinta años de preparación. Debemos continuar preparándonos mientras vivimos, y esa preparación tiene que incluir el incorporar nuestras vidas de acuerdo con las verdades que enseñamos. Nuestras vidas y nuestras enseñanzas no deben contradecirse. Sus parábolas no fueron entretejidas de la fantasía. Fueron cuadros en palabras de lo que Él había observado mientras vivía entre la gente. Había visto al sembrador en los campos, al pastor con sus ovejas, al hijo arrepentido volviendo a su padre, a la higuera sin hojas; Conocía al publicano y al fariseo y había asistido a bodas a las cuales habían ido las vírgenes indiscretas sin aceite en sus lámparas. Enseñó de la riqueza de su propia vida, y enseñó porque amaba al pueblo.

Entonces, hemos de seguirle, también hemos de ser lo que enseñamos. Nuestras enseñanzas y nuestras vidas no deben variar entre sí o en alguna forma obrar en contrariedad. Esto necesitará una preparación que ocupe toda la vida. Con este desafío delante de nosotros, seguramente ningún superintendente enviará a sus maestros a sus clases sin llamarles para tener una oración. Seguramente, ningún maestro se irá a su clase sin pedir que Su espíritu le acompañe. En nuestro texto nos promete que Su gracia nos atenderá si somos diligentes. Moisés mientras hablaba a Dios, preguntó ¿“Y en qué, pues, se conocerá que he hallado gracia ante tus ojos, yo y tu pueblo”? Y luego se contesta a sí mismo, “sino en que tú andes con nosotros”. (Éxodo 33:16).

Hagamos toda la preparación posible, organicemos y asistamos a las clases de entrenamiento, adoptemos los métodos pedagógicos más conocidos, usemos toda la buena herramienta que nos ha proporcionado la ciencia moderna pero nunca tratemos de enseñar tan sólo con ella. No tratéis de enseñar nunca sin el espíritu del Maestro de Maestros. En realidad ha dicho hoy en día, “Si no recibís el Espíritu, no enseñaréis”.

Entonces salgamos y llevemos el mensaje a nuestras estacas y barrios y misiones, que este año centenario ha de ser un año de mejor enseñanza en la Iglesia, de modo que el mundo en espera, no se desilusione cuando pida con frialdad y tardanza, el mensaje del Evangelio como su última esperanza de supervivencia. Que los peregrinos de 1847 puedan mirar hacia abajo y ver un ejército de obreros de la Escuela Dominical, 400,000 en número en 1947, quienes están humilde pero efectivamente enseñándose los unos a los otros y que puedan ver que mediante la diligencia, hemos encontrado gracia en Su vista y que Él está con nosotros, aun Jesucristo nuestro Señor. Amén.

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Una respuesta a Enseñaos diligentemente

  1. Paola dijo:

    Excelente , que valioso es ver personas que así como enseñan también aplican en sus vidas ……porque se enseña con el espíritu ….

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