¿Cuál es la importancia de la expiación?

¿Cuál es la importancia de la Expiación?

por Tad R. Callister
La Expiación Infinita

Una doctrina para la eternidad

La persona que estudia la Expiación es en cierta manera como un hombre que se retira a su cabaña de montaña para disfrutar del paisaje. Si mira por la ventana hacia el este, verá los picos ne­vados de las Rocosas; pero si pasa por alto contemplar la vista en dirección oeste, se perderá la puesta de sol teñida de carmesí en el horizonte; si deja de mirar hacia el norte, nunca verá el rutilante lago esmeralda; y si evita la ventana orientada al sur, se queda­rá sin admirar las flores silvestres en todo su glorioso esplendor, mecidas por la suave brisa alpina. La belleza le rodea en todas direcciones. Otro tanto sucede con la Expiación. Sea cual sea la atalaya desde la que se mire, el paisaje es glorioso. Todo principio subyacente, toda consecuencia que se derive de ella es una recom­pensa intelectual, anima nuestras emociones y vivifica el espíritu. Es una doctrina para la eternidad.

El intento de dominar esta doctrina exige una inmersión de todos los sentidos, los sentimientos y el intelecto. Si se presen­ta la oportunidad, la Expiación invade todas y cada una de la pasiones y facultades humanas, y al hacerlo invita al agotamiento de cada una de ellas a fin de captar su sentido más plenamente. Los que hayan refinado sus sensibilidades culturales enfocarán la Expiación con una empatia más sincera por la ternura y la compasión que representa. Los que hayan sacrificado su vida sir­viendo experimentarán una reverencia aún mayor por el que lo sacrificó todo. Los que han perfeccionado los poderes de la razón investigarán, con una perspectiva más profunda si cabe, los «por­qués» y los «cómos», no solo las consecuencias de esta doctrina inmensamente sublime. Y los de espíritu puro y vidas limpias sentirán un parentesco más estrecho hacia aquel cuya vida han intentado emular, si bien someramente.

La Expiación no es una doctrina que se preste a un plantea­miento singular, a una fórmula universal. Debe sentirse, no solo «figurarse»; ha de interiorizarse, no solo analizarse. La búsqueda de esta doctrina exige la persona en su totalidad, dado que la Expiación de Jesucristo es la doctrina más celestial, más ilumina­dora y ferviente que existirá en este mundo, o en este universo.

El acontecimiento más importante de la historia

La última semana del ministerio terrenal del Salvador había llegado. Durante cuatro mil años, los profetas habían predica­do y profetizado sobre los acontecimientos que culminarían en esta semana concreta. Todos los acontecimientos de la historia, aunque fueran y serían memorables, carecían de importancia en comparación con este momento. Era el eje central de la historia.

El que había creado mundos sin fin estaba a punto de entrar en un jardín silencioso y retirado, un pedacito de terreno humil­de en un lugar del inmenso cosmos. No hubo música triunfal, ni multitudes reunidas para presenciar el acontecimiento más trascendental que jamás se registraría en todas sus creaciones. Este instante era tan sagrado, tan sublime, que ningún ojo hu­mano podía captar, ni mente mortal comprender, su suprema importancia. Tan solo tres mortales más—Pedro, Santiago y Juan— estarían cerca, en incluso su testimonio se vería atenuado por el crepúsculo y velado por el sueño.

La hora designada estaba cerca. El Hijo de Dios estaba solo en todo su majestuoso poder contra toda la artillería del diablo. Ahí estaba el amor divino en su más consumada expresión batallan­do contra una maldad diabólica de las más crueles proporciones. Este era el lugar y el momento de la Expiación de Jesucristo.

Si se realizara una encuesta sobre los acontecimientos más im­portantes de la historia, algunas de las posibles respuestas más comunes quizás serían el descubrimiento del fuego, el descubri­miento de América, la división del átomo, la llegada a la luna, o la invención de la computadora. Todos ellos son eventos ma­ravillosos, pero en ausencia del telón de fondo de la Expiación, no dejan de tener una importancia pasajera, como una estrella fugaz que ilumina el firmamento unos instantes para luego des­vanecerse en la noche. La Expiación aporta sentido y fuerza a todos los acontecimientos históricos. El presidente Gordon B. Hinckley habló de la relación de la Expiación con otros episodios de la historia mundial: «Al fin y a la postre, cuando se examina la totalidad de la historia, cuando se ha explorado lo más profundo de la mente humana, no hay nada más maravilloso, majestuoso, más formidable que este acto de gracia».1 Este no era simplemen­te otro gran acontecimiento en los anales de la historia. Fue, tal y como observó Hugh Nibley: «¡la singular realidad suprema de nuestra vida en esta tierra!».2

El profeta Alma compartía esta creencia. Había renunciado al cargo de juez superior a fin de dedicar su tiempo plenamente al ministerio. Con visión profética, Alma contempló el curso del tiempo y vio «muchas cosas que [habían] de venir» (Alma 7:7), y concluyó, «hay una que es más importante que todas las otras, pues he aquí, no está muy lejos el día en que el Redentor viva y venga entre su pueblo» (Alma 7:7). El eider Bruce R. McConkie añadió su testimonio al de Alma: «El acontecimiento más trans­cendental de toda su existencia eternal, el suceso más glorioso desde los albores de la creación a la continuación sin final de la eternidad, la obra que corona su bondad infinita: todo ello tuvo lugar en un jardín llamado Getsemaní».3

Todos los demás acontecimientos, doctrinas y principios están subordinados a ese acto divino o son meros apéndices de él. Eso es lo que enseñó el profeta José: «Los principios fundamentales de nuestra religión son el testimonio de los apóstoles y profetas concernientes a Jesucristo: que murió, fue sepultado, se levantó al tercer día y ascendió a los cielos; y todas las otras cosas que perte­necen a nuestra religión son únicamente dependencias de esto».4

Lehi estaba al tanto del lugar preeminente de la Expiación en­tre los principios del Evangelio. Percibiendo que el fin se acerca­ba, pronunció su último sermón a sus hijos y delineó con sen­cillez magistral la esencia de la Caída y la Expiación. Entonces concluyó: «os he hablado estas pocas palabras a todos vosotros, hijos míos, en los últimos días de mi probación; y he escogido la buena parte» (2 Nefi 2:30).

La «buena parte» del Evangelio y, ciertamente, de la historia en su totalidad es el Salvador y su sacrificio expiatorio. La Expiación de Jesucristo supera, rebasa y trasciende cualquier otro aconteci­miento humano, cualquier descubrimiento nuevo y toda adqui­sición de conocimiento, puesto que, sin la Expiación, nada en la vida tiene sentido.

El élder McConkie elogia adecuadamente esta acción de no­bleza incomparable: «Nada, en todo el plan de salvación, se com­para de alguna manera en importancia, con el más trascendental de los sucesos: el sacrificio expiatorio de nuestro Señor. Es la úni­ca cosa más importante que haya sucedido en toda la historia de las cosas creadas; es la piedra fundamental sobre la que descansa el evangelio y todas las otras cosas».5 Siendo así, cabría pensar que el mundo entero se volvería ansiosamente al Señor. Por desgra­cia, eso no ha sucedido. El Salvador dijo: «(…) vine a los míos, y los míos no me recibieron» (DyC 6:21). Nefi predijo esta situa­ción deplorable: «Y el mundo, a causa de su iniquidad, lo juzga­rá como cosa de ningún valor» (1 Nefi 19:9). Qué observación tan trágica. Ya resulta grave rechazar al Salvador; pero ignorarlo, desairarlo, considerarlo como «cosa de ningún valor», desagrada al Señor sobremanera. Su actitud al respecto no deja lugar a du­das: «Yo conozco tus obras, que no eres frío ni caliente (…) Pero porque eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca» (Apocalipsis 3:15-16).

En un sorprendente contraste con los santos de temperatura ambiente que tanto aborrece el Señor, Nefi mencionó la pasión de su pueblo respecto al Cristo «Y hablamos de Cristo, nos regocija­mos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo (…) para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados» (2 Nefi 25:26). Tal regocijo manaba de su confianza absoluta en la Expiación de Cristo por venir. Sabían que era el único acontecimiento en la historia capaz de salvarlos, y que, en consecuencia, por ese motivo —la redención del hom­bre— el Salvador haría su entrada en el mundo mortal.

La experiencia terrenal del Salvador puede dividirse oportu­namente en tres categorías, a sáber: su mensaje, su ministerio y su misión. Solamente los sucesos asociados a su misión, empero, hacían imprescindible su presencia y, por tanto, su misión, el sa­crificio expiatorio, se tornó en la razón de peso para su condes­cendencia.

Su mensaje

El mensaje del Salvador, dicho de otra manera, el evangelio de Jesucristo, se había predicado antes del meridiano de los tiem­pos y se volvería a predicar nuevamente todavía. De los labios de Adán se habían escuchado las verdades prístinas del Evangelio mi­lenios antes del ministerio del Salvador. El Señor dejó claro que: «así se empezó a predicar el evangelio desde el principio» (Moisés 5:58). Enoc, Noé y Abraham igualmente predicaron el Evangelio en sus dispensaciones. En los tiempos posteriores al meridiano de los tiempos, el Profeta José restauraría el Evangelio en su plenitud, puesto que, según la promesa recibida del Señor, «esta generación recibirá mi palabra por medio de ti» (DyC 5:10).

Ciertamente, fue una inmensa bendición que el Señor predi­cara el mensaje del Evangelio en persona, pero esa no fue la razón primordial de su venida. Otros han actuado como sus portavo­ces, tanto antes como después de su advenimiento en la tierra. Con respecto a estos portavoces, el Señor declaró: «sea por mi propia voz o por la voz de mis siervos, es lo mismo» (DyC 1:38). El mensaje del Salvador era esencial para nuestra salvación. Sin embargo, que él lo explicara personalmente no era vital. El presi­dente J. Reuben Clark Jr. advirtió al respecto:

«Hermanos, está muy bien hablar del Salvador y de la belleza de sus doctrinas, y de la belleza de la verdad. Pero recuerden, y esto es lo que deseo que lleven (…) siempre con ustedes, debe considerarse al Salvador como el Mesías, el Redentor del mundo. Sus enseñanzas estaban subordinadas y supeditadas a ese hecho».6

Su ministerio

El ministerio del Salvador incluyó milagros, pero Enoc, Moisés, Elías, entre otros, habían obrado maravillas similares antes del nacimiento del Mesías. Pedro, Pablo y otros también llevarían a cabo milagros después de la ascensión.

Entre los milagros realizados por el Salvador estaba su dominio de los elementos de la naturaleza. ¿A quién no le causa sorpre­sa la lectura del enfrentamiento del Salvador con la tempestad en el mar de Galilea? La furia de los vientos se había desatado salvajemente. Las olas batían contra la pequeña barca de pesca con una violencia desenfrenada. Toda esperanza parecía perdi­da. «Maestro, maestro», dijeron ellos, «¿no tienes cuidado que perecemos?». Entonces Jesús se levantó y con voz de trueno que penetró los agitados elementos, gritó: «¡Calla, enmudece!». En respuesta, aquellas fuerzas de la naturaleza inexorable para las que cualquier límite era ignoto, se calmaron en humilde sumisión. Tan abrumadora fue tal demostración de poder, que incluso sus discípulos exclamaron: «¿Quién es este, que aun el viento y el mar le obedecen?» (Marcos 4:38—39, 41).

Sin embargo, el dominio que el Salvador tenía de la natura­leza y los elementos no era una facultad exclusiva de su persona. Actuando con poder divino, Josué mandó al sol que se parara y se hizo su voluntad. De acuerdo con el mandato inspirado de Moisés, el mar Rojo se dividió. Las palabras de Enoc hacían que las montañas se movieran, los ríos cambiaran su curso y la tierra temblara. ¿Cesó acaso el poder de someter los elementos después del meridiano de los tiempos? Mormón formuló una pregun­ta similar: «¿han cesado los milagros porque Cristo ha subido a los cielos». Y la respuesta rotunda: «He aquí, os digo que no» (Moroni 7:27,29). El Salvador prometió al creyente de genera­ciones futuras que «las obras que yo hago él también las hará; y aún mayores que estas hará» (Juan 14:12).

El Salvador levantó a los muertos en múltiples ocasiones, pero no fue el único en realizar tan extraordinaria proeza. En las Escrituras se narra que Elias hizo que el hijo de la viuda volvie­ra de la muerte (1 Reyes 17:20—22). Pedro y Pablo revivieron a los muertos (Hechos 9:39-41; 20:9-13). José Smith conminó a Elijah Fordham en su lecho de muerte: «hermano Fordham, en el nombre de Jesucristo, levántate y anda». La historia narra que, acto seguido, el hermano Fordham se levantó de un salto de su lecho, recuperado instantáneamente.7 Ciertamente, los poderes sobre la muerte no se han visto restringidos solamente al ministe­rio terrenal del Salvador.

El Salvador tenía el poder de anular las leyes de la gravedad, como cuando anduvo sobre las aguas; pero no era la primera vez que esto sucedía. ¿Acaso Eliseo, siglos antes, no había hecho flo­tar un hacha de hierro en el agua a fin de que el afligido que la había tomado prestada pudiera recuperarla (2 Reyes 6:5-6)?

¿Acaso no se ha sanado al ciego, al cojo y al leproso en otras dispensaciones? El poder que subyace a todos los milagros efec­tuados por el Salvador ha estado presente en todas las dispen­saciones del Evangelio, y así debe ser. Una de las señales de la iglesia verdadera es la posesión del mismo poder, de los mismos dones y milagros que existieron en la iglesia primitiva.

El ministerio del Salvador incluyó la realización de ordenan­zas sagradas (TJS, Juan 4:1-4), además de los milagros, pero acaso sus apóstoles no bautizaron también, y otorgaron el don del Espíritu Santo y llevaron a cabo en su totalidad las demás ordenanzas del Evangelio esenciales? El ministerio terrenal del Señor nos dejó un legado extraordinario de acciones compasivas, milagros y ordenanzas del sacerdocio, pero ninguno de estos aspectos fue exclusivo de su ministerio.

Su misión

Si bien otros han podido predicar el mensaje del Salvador e incluso llevar a cabo un ministerio de milagros y ordenanzas del sacerdocio, solamente él era capaz de cumplir esa misión dicta­da por los cielos, a saber, la redención del mundo. Ni vicarios, ni sustitutos, ni trasuntos, ni tan siquiera ángeles enviados de lo alto o profetas lo harían ni podrían hacerlo. La Expiación exigía la vida y el poder de un ser perfecto. Él era el único candidato, «porque no hay otro nombre bajo el cielo (…) en que podamos ser salvos» (Hechos 4:12). Esa es la razón primordial de su venida a la tierra: «He aquí, he venido al mundo para traer redención al mundo, para salvar al mundo del pecado» (3 Nefi 9:21; ver tam­bién en DyC 49:5;76:40-42).8 Mateo, citando al Mesías mortal, dejó registrada la misma verdad: «Porque el Hijo del Hombre ha venido para salvar lo que se había perdido» (Mateo 18:11; véase también Mormón 7:6-7). Importantes como fueron su mensaje y su ministerio personales, estos eran secundarios a su misión: el sacrificio expiatorio.

El corazón del evangelio

La Expiación no es únicamente la principal enseñanza del Evangelio; es el corazón mismo del Evangelio. Dota de vida a toda doctrina, todo principio y toda ordenanza, transformando lo que de otra manera sería un ideal elevado pero inerte en una verdad espiritual viva. Tan esencial es la Expiación para una vida con sentido que en ocasiones nos referimos a ella como «el evan­gelio». Cuando enseñó a los nefitas, el Salvador confirmó esta cuestión: «y este es el evangelio…: que vine al mundo a cumplir la voluntad de mi Padre (…) Y mi Padre me envió para que fuese levantado sobre la cruz» (3 Nefi 27: 13-14). Idéntica doctrina se le declaró de forma claramente audible al profeta José: «Y este es el evangelio, las buenas nuevas (…), que vino al mundo, sí, Jesús, para ser crucificado por el mundo y para llevar los pecados del mundo» (DyC 76:40-41). El diccionario bíblico de la edi­ción inglesa SUD de las Escrituras9 define el Evangelio como la «buena nueva» y añade a continuación: «la buena nueva es que Jesucristo ha llevado a cabo la Expiación».10

En un sentido más amplio, se caracteriza al Evangelio como todos aquellos principios y ordenanzas que componen el plan de salvación (véase DyC 39:6). Incluso cuando se emplea en este último sentido, sin embargo, hemos de recordar que estos princi­pios y ordenanzas gozan de vida y eficacia únicamente por moti­vo del sacrifico expiatorio del Salvador. Precisamente esto enseñó Enoc cuando declaró: «Este es el plan de salvación para todos los hombres, mediante la sangre de mi Unigénito» (Moisés 6:62). La Expiación es el sustento que da vida a todo precepto evangélico. Es, como declaró el presidente Gordon B. Hinckley: «la piedra angular en el arco del gran plan».11 Sin ella, todo lo demás se desploma.

Ninguna doctrina supera a la Expiación, ni se aproxima siquie­ra a ella, en importancia. Es el mayor milagro que jamás se haya producido. C. S. Lewis observa que, si uno eliminara los milagros que se le atribuyen al budismo, dicha religión no sufriría «pérdi­da» alguna. Si todos los milagros se borraran del islam, añadió Lewis, «nada especial se vería alterado». Y entonces hace esta ob­servación sorprendente: «Pero no hay manera de hacer eso con el cristianismo, porque el relato cristiano es precisamente la his­toria de un gran milagro, la afirmación cristiana» de que Cristo «adoptó la naturaleza humana, descendió en Su propio universo y se levantó nuevamente, levantando a la Naturaleza consigo. Es eso precisamente: un gran milagro. Si le quitamos esto, no queda nada singularmente cristiano».12

La Expiación es, como afirmó el élder McConkie, «el centro y el núcleo y el corazón de la religión revelada».13 Efectivamente, se trata de la piedra angular del cristianismo y el cimiento de una vida espiritual. Es un faro luminoso en un mundo ignorante. Es la fuente de la que emana toda esperanza. Cualquier teología, fi­losofía o doctrina cuyas enseñanzas contradigan la Expiación está edificada sobre la arena. Brigham Young enseñó: «En el momen­to que se elimina la expiación, en este momento, de un plumazo, las esperanzas de salvación que alberga el mundo cristiano se des­truyen, el cimiento de su fe desaparece y entonces no les queda nada en lo que apoyarse».14 La Expiación es nuestra esperanza singular para una vida con sentido.


NOTAS

  1. Hinckley, Teachings of Gordon B. Hinckley,(Nota: Las referencias completas se encuentran en la Bibliografía).
  2. Nibley, OfAll Things,
  3. McConkie, Promised Messiah,
  4. Smith, Enseñanzas del profeta José Smith,
  5. McConkie, Doctrina mormona, 289; énfasis añadido.
  6. Clark, Selected Papers,
  7. Pratt, Autobiography of Parley P. Pratt,
  8. El presidente Joseph F. Smith mencionó otra razón para la venida del Cristo a la tierra: «Cristo vino no sólo para expiar los pecados del mundo, sino para dar un ejemplo a todos los hombres y establecer la norma de la perfección y de la ley de Dios, y de obediencia al Padre» (Smith, Doctrina del Evangelio, 68). Esta afirmación está en consonancia con la observación de Pedro: «Porque para esto fuisteis llamados, pues también Cristo pade­ció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pasos» (1 Pedro 2:21).
  9. El diccionario de la Biblia producido por la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días e incluido en la edición inglesa de la Biblia SUD se cita a partir de ahora en el presente trabajo como «LDS Bible Dictionary».
  10. «LDS Bible Dictionary», 682.
  11. Hinckley, Teachings of Gordon B. Hinckley,
  12. Lewis, GrandMiracle,
  13. McConkie, New Witness,
  14. Journal of Discourses, 14:41.
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