Mi padre y mi recomendación para el Templo

Mi padre y mi recomendación para el Templo

por el élder L. Tom Perry
del Quórum de los Doce
Liahona, Mayo 1991

Nunca olvidaré la primera entrevista que tuve con el obispo para obtener la recomendación para ir al templo, cuando me preparaba para ir a recibir la investidura. El obispo era mí padre. Todos los días pasábamos mucho tiempo juntos, y podía haberme entrevistado en casa, en el granero, en el campo, en el auto o en cualquier otro sitio que le resultara conveniente. Pero papá quería que aquélla fuera para mí una ocasión especial, un suceso del que jamás me olvidara.

Un día me llamaron por teléfono de la oficina del obispo, diciéndome que mi padre deseaba fijar fecha y hora para entrevistarme acerca de la recomendación para el templo. Me pareció raro, puesto que nunca me había llamado antes para tener una entrevista conmigo ni para fijar una cita. Concertamos el día y la hora para reunirme con el obispo en su oficina. Cuando llegó el momento y entré en la oficina, su escritorio estaba completamente despejado, lo cual era poco común porque generalmente se hallaba cubierto de papeles y libros; pero ese día sólo se veían las Escrituras sobre él. Además de hacer que la entrevista fuera formal, papá quería que también fuera una experiencia de aprendizaje para mí.

Una vez que nos sentamos, me alcanzó las Escrituras y me pidió que leyera: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hurtarás, ni cometerás adulterio, ni matarás, ni harás ninguna cosa semejante” (D. y C. 59:6). La última frase se grabó en mi memoria para siempre.

Hablamos de lo que significa ser moralmente limpio, particularmente de la pureza de pensamientos. Me dijo que casi siempre nuestros pensamientos se convierten en acciones, y que si lo que pensamos es limpio y puro, nunca cometeremos actos que nos impidan tener la recomendación para el templo. Después, tomó las Escrituras y me leyó lo siguiente:

“Y todos los santos que se acuerden de guardar y hacer estas cosas, rindiendo obediencia a los mandamientos, recibirán salud en su ombligo y médula en sus huesos;

“y hallarán sabiduría y grandes tesoros de conocimiento, sí, tesoros escondidos;

“y correrán sin fatigarse, y andarán sin desmayar.

“Y yo, el Señor, les prometo que el ángel destructor pasará de ellos, como de los hijos de Israel, y no los matará. Amén.” (D. y C. 89:18-21.)

Teniendo presente esa promesa, que proviene del Señor, hablamos de la importancia de mantener el cuerpo como morada sana e íntegra de nuestro espíritu eterno, y de que el espíritu del hombre debe morar en el tabernáculo más puro que podamos proporcionarle mientras estemos en la tierra. A continuación, mi padre me dio otra vez las Escrituras para que leyera esto:

“He aquí, se llevará entre vosotros una historia; y en ella serás llamado vidente, traductor, profeta, apóstol de Jesucristo, élder de la iglesia por la voluntad de Dios el Padre, y la gracia de tu Señor Jesucristo,

“habiendo sido inspirado del Espíritu Santo para poner los cimientos de ella y edificarla en la fe santísima.

“Dicha iglesia se organizó y se estableció en el año de tu Señor mil ochocientos treinta, en el cuarto mes y en el sexto día del mes llamado abril.

“Por tanto, vosotros, refiriéndose a la iglesia, daréis oído a todas sus palabras y mandamientos que os dará según los reciba, andando delante de mí con toda santidad.” (D. y C. 21:1-4.)

Hablamos de la importancia de honrar y sostener al Profeta. Se nos ha prometido que el Señor jamás dejará que su Profeta nos desvíe del camino. En esto tenemos un cimiento seguro sobre el cual edificar nuestra vida. Después, papá leyó lo siguiente:

“Hay una ley, irrevocablemente decretada en el cielo antes de la fundación de este mundo, sobre la cual todas las bendiciones se basan;

“y cuando recibimos una bendición de Dios, es porque se obedece aquella ley sobre la cual se basa.” (D. y C. 130:20-21.)

Hablamos de lo trascendental que es la obediencia a la ley del Señor y del pago del diezmo y de las ofrendas como una prueba de nuestra fe.

Finalmente, volvimos a las Escrituras, donde leímos: “El velo fue retirado de nuestras mentes, y los ojos de nuestro entendimiento fueron abiertos.

“Vimos al Señor sobre el barandal del púlpito, delante de nosotros; y debajo de sus pies había un embaldosado de oro puro del color del ámbar.

“Sus ojos eran como llama de fuego; el cabello de su cabeza era blanco como la nieve pura; su semblante brillaba más que el resplandor del sol; y su voz era como sonido del estruendo de muchas aguas, sí, la voz de Jehová, que decía:

“Soy el primero y el último; soy el que vive, soy el que fue muerto; soy vuestro abogado ante el Padre.” (D. y C. 110:1-4.)

Hablamos de la esperanza eterna que tenemos en la expiación de nuestro Señor y Salvador, y de lo esencial que es que participemos en estas ordenanzas sagradas para recibir el don más grandioso que Él nos ofrece, el de la vida eterna, o sea, la vida con El.

Mi padre llenó el formulario de recomendación, me hizo firmarlo y se despidió de mí cariñosamente, felicitándome por ser digno de tener la recomendación para el templo. Salí de su oficina lleno de júbilo por haber aprobado uno de los exámenes más importantes de mi vida y haber sido considerado digno de entrar en el templo. En ese momento tomé la determinación de mantener esa dignidad y ser siempre merecedor de tener esa recomendación al día.

No creo que nunca me haya impresionado más el significado de la recomendación para el templo que cuando era presidente de estaca en Boston, estado de Massachusetts, con las experiencias que tuvimos allí con una buena hermana. Era viuda y tenía grandes dificultades para mantenerse; pero tenía también gran sentido de independencia y no quería ser una carga para nadie. Vivía en uno de los sectores más pobres de la ciudad, porque no podía darse el lujo de mudarse a un lugar mejor; pero, al ir empeorando el vecindario, ella se sentía casi prisionera en su propia casa, pues la gente que encontraba en la calle cuando iba a hacer las compras era muy hostil. Una vez alguien la atacó, haciéndola caer, para robarle el dinero que llevaba.

Al fin, tuvo que recurrir a los poseedores del sacerdocio para que la acompañaran cuando iba a comprar víveres. Pero había inventado un sistema de seguridad para abrirnos la puerta: Al llegar, llamábamos a la puerta de su apartamento, después de lo cual oíamos su vocecita temblorosa que nos preguntaba quiénes éramos. Le decíamos los nombres y ella entonces nos pedía: “Hagan el favor de pasar su recomendación del templo por debajo de la puerta; así estaré segura de quiénes son”. Después de pasar las recomendaciones por debajo de la puerta, ella quitaba el cerrojo y nos dejaba entrar.

Muchas veces he pensado en lo simbólico de su acción. La recomendación del templo, ese crocito de papel, nos representa y refleja nuestra dignidad para recibir las bendiciones del templo.

¡Ojalá siempre seamos merecedores de tener esta recomendación! Que uno de nuestros objetivos en la vida sea el sentarnos regularmente frente a nuestro líder del sacerdocio y declararle que merecemos tener esa evidencia tangible de que el Señor aprueba el tipo de vida que llevamos y que nos halla dignos de entrar en Su santa casa.

Aprended los preceptos del Señor. Sed fieles a los principios correctos. Nuestra fiel adherencia a estos principios es lo que nos mantendrá dignos a través de nuestra vida. Si somos siempre dignos de tener esa recomendación y contestamos verídicamente a todas las preguntas que se nos hagan en la entrevista, estaremos ya en camino a lograr el don más grandioso que el Señor nos ha dado. Que Él nos bendiga para que tomemos la firme determinación de ser siempre dignos de entrar en el templo. Esta es la obra del Señor. Él vive. Dios es nuestro Padre Eterno y Jesucristo es el Salvador del mundo. Este es mi solemne testimonio.

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Una respuesta a Mi padre y mi recomendación para el Templo

  1. Paola dijo:

    Excelente y cuánta fuerza nos dan el seguir firmes en nuestro testimonios manteniéndonos dignos ….

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