La sagrada ley del diezmo

La sagrada ley del diezmo

por el presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero de la Primera Presidencia
Liahona, Mayo 1991

“Siempre estaré agradecido a mis padres, quienes, desde que tengo uso de razón, nos enseñaron a pagar nuestro diezmo. Nunca he encontrado un fiel pagador del diezmo que no estuviera dispuesto a testificar que las ventanas de los cielos se han abierto y han derramado bendiciones sobre él.”

Siendo joven, en más de una ocasión escuché al presidente Heber J. Grant dar su testimonio, con un firme tono de convicción, concerniente a la sagrada ley del diezmo y a las maravillosas promesas que el Señor ha hecho a los que sean fieles en el pago del diezmo y las ofrendas. Cada vez que lo oí, sus palabras me impresionaron profundamente.

A menudo citaba estas notables palabras del antiguo profeta Malaquías:

“¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas.
“Malditos sois con maldición, porque vosotros, la nación toda, me habéis robado.
“Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde.
“Reprenderé también por vosotros al devorador, y no os destruirá el fruto de la tierra, ni vuestra vid en el campo será estéril, dice Jehová de los ejércitos.
“Y todas las naciones os dirán bienaventurados; porque seréis tierra deseable, dice Jehová de los ejércitos.” (Malaquías 3:8-12.)

Yo sabía que era el Señor, el Dios de los cielos, quien hacía esas promesas; y sabía que, por ser El quien es, cumple lo que promete.

Siempre estaré agradecido a mis padres, quienes, desde que tengo uso de razón, nos enseñaron a pagar nuestro diezmo. En aquellos días, en el barrio al que pertenecíamos, el obispo no disponía de una oficina en el centro de reuniones, así que íbamos a su casa para el ajuste de diezmos. Todavía recuerdo la sensación de nerviosismo que tenía al entrar en aquella casa, cuando de niño iba a realizar el ajuste de diezmos con el obispo John C. Duncan. La cantidad que pagaba quizás no fuera más que veinticinco centavos, puesto que en esa época de dificultades económicas los niños no teníamos muchos ingresos; pero, según nuestros cálculos infantiles, era exactamente la décima parte de lo que hubiéramos recibido, de acuerdo con este versito que repetíamos en la Escuela Dominical:

¿Quieres saber lo que es diezmo?
Te lo explico otra vez:
Diez centavos en un peso,
y un centavo entre diez-

Nunca consideramos que el pago del diezmo fuera un sacrificio. Entendíamos que era una obligación, y que, aunque éramos pequeños, estábamos cumpliendo con nuestro deber en la forma en que el Señor lo había decretado; y que de esa manera ayudábamos a Su Iglesia en la gran obra que ésta tenía que llevar a cabo.

No pagábamos el diezmo con la esperanza de recibir bendiciones materiales, aun cuando podemos atestiguar que, en efecto, las recibimos. El Señor ha abierto las ventanas de los cielos y ha derramado sus bendiciones sobre nosotros con maravillosa abundancia. No me cabe duda de que El bendecirá a todos los que sean obedientes a este mandamiento.

Ahora bien, no me interpretéis mal. No digo que si pagáis un diezmo íntegro, veréis realizarse vuestro sueño de tener una casa muy hermosa, un auto último modelo y una residencia de verano. No. El Señor abrirá las ventanas de los cielos conforme a lo que necesitemos y no a b que codiciemos. Si pagamos el diezmo pensando en la recompensa material, lo hacemos fundados en una razón equivocada. El propósito fundamental del diezmo es proveer a la Iglesia los medios necesarios para llevar a cabo la obra del Señor, mientras que las bendiciones que reciba el dador son un beneficio accesorio y pueden no estar representadas siempre en forma económica ni material. Al hablar de que se abrirían las ventanas de los cielos, Él dijo:

“Reprenderé también por vosotros al devorador, y no os destruirá el fruto de la tierra, ni vuestra vid en el campo será estéril…

“Y todas las naciones os dirán bienaventurados; porque seréis tierra deseable, dice Jehová de los ejércitos.” (Malaquías 3:11-12.)

El Señor tiene muchas maneras de bendecirnos, que superan a las riquezas del mundo; entre ellas está el maravilloso don de la salud. Él nos ha prometido que reprenderá al devorador en nuestro beneficio. Malaquías habla de los frutos de la tierra. Esa reprensión al devorador, ¿no podría aplicarse a nuestros esfuerzos e inquietudes en general?

Hay grandes bendiciones de sabiduría, de conocimiento, sí, de tesoros escondidos de conocimiento. Se nos promete que nuestra tierra será deleitable si obedecemos esa ley. Interpreto aquí la palabra tierra como gente, o sea, que los que obedezcan serán personas deleitables. ¡Qué maravillosa condición ésta, que otros describirían diciendo que somos gente bendecida!

Hay quienes dicen actualmente que, debido a la situación económica en que viven, no pueden darse el lujo de pagar el diezmo. Recuerdo una experiencia que tuve hace muchos años, siendo presidente de estaca. Un hombre a quien conocía bien fue a verme para que le firmara la recomendación para el templo. Le hice las preguntas de costumbre y, entre otras cosas, le pregunté si pagaba un diezmo íntegro. Sinceramente me contestó que no, que por las muchas deudas que tenía le era imposible pagarlo; me sentí inspirado a decirle que mientras no pagara el diezmo, no se libraría de las deudas.

Transcurrió un período de uno o dos años en el que el hermano aquel continuó viviendo de la misma manera, hasta que al final tomó una decisión. Al poco tiempo me visitó, diciendo: “Lo que usted me dijo probó ser cierto. Estaba convencido de que no podía pagar el diezmo debido a las deudas que tenía, pero descubrí que, por más que me esforzara, no lograba disminuirlas. Al fin, mi esposa y yo nos sentamos a hablar sobre el asunto y llegamos a la conclusión de que pondríamos a prueba la promesa del Señor. Así lo hemos hecho, y, de una manera que todavía no llegamos a comprender, Él nos ha bendecido: No hemos echado de menos el dinero que pagamos de diezmo, pero por primera vez en muchos años hemos visto reducirse nuestras deudas; hemos aprendido a controlar nuestros gastos y a determinar el destino que daremos a nuestros ingresos. Por tener ahora objetivos más elevados, tenemos capacidad para moderarnos en nuestros deseos materiales; y, sobre todo, ahora nos sentimos dignos de ir a la casa del Señor junto con todos aquellos que son merecedores de esa bendición”.

Todos podemos pagar el diezmo. Este no es tanto un asunto de dinero como de fe. Nunca he encontrado un fiel pagador del diezmo que no estuviera dispuesto a testificar que, literal y maravillosamente, las ventanas de los cielos se han abierto y han derramado bendiciones sobre él.

Os exhorto, mis hermanos, a confiar en la palabra del Señor en este asunto tan importante. Él es quien ha dado el mandamiento y ha hecho la promesa. Cito a Nefi, que en una época de preocupaciones e inquietudes les dijo a sus hermanos: “…seamos fieles en guardar los mandamientos del Señor, pues he aquí, él es más poderoso que toda la tierra” (1 Nefi 4:1).

Con todo mi corazón, ruego a los Santos de los Últimos Días que sean honrados con el Señor en el pago de los diezmos y las ofrendas. Ruego a los jóvenes que establezcan ese hábito mientras estén todavía en su juventud y lo continúen durante todos los días de su vida. A los oficiales de la Iglesia les ruego que exhorten a los miembros a aumentar su fidelidad en el pago de los diezmos y las ofrendas para su propio beneficio, con el fin de recibir las bendiciones.

Para mí, es un milagro todo lo que la Iglesia ha logrado, y es un milagro que se ha hecho posible por la fe, en un plan que el Señor mismo estableció para la administración económica de Su reino.

La ley del diezmo es algo muy sencillo y noble. Aplicada a nosotros, se establece el principio en un solo versículo de la sección 119 de Doctrina y Convenios:

“Y después de esto [después de poner “sus bienes sobrantes… en manos del obispo”], todos aquellos que hayan entregado este diezmo pagarán la décima parte de todo su interés anualmente; y ésta les será por ley fija perpetuamente, para mi santo sacerdocio, dice el Señor.” (Vers. 4; véase también-vers. 1 y 2.)

Ese cuarto versículo contiene treinta y cinco palabras. Comparémoslo con las fastidiosas y complicadas leyes de los impuestos que los gobiernos establecen y obligan a cumplir: En cuanto al diezmo tenemos una breve declaración del Señor, en la que el pago es motivado por la fe y se deja librado a la honradez del individuo; y con respecto a los impuestos, tenemos una compleja red creada por el hombre e impuesta por la ley.

El Señor ha colocado sobre la Iglesia una tremenda responsabilidad, y el diezmo es la fuente de ingresos para que ésta lleve a cabo toda la obra que se le ha mandado hacer. La necesidad siempre supera la disponibilidad.

Que Dios nos ayude a ser fieles en la observancia de este gran principio del diezmo que Él nos ha dado junto con Su maravillosa promesa. □

“Ruego a los jóvenes que establezcan ese hábito mientras estén todavía en su juventud y lo continúen durante todos los días de su vida.”

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