Con la mira hacia el templo

Con la mira hacia el Templo

Por el élder John A. Widtsoe (1872–1952)
Del Quórum de los Doce Apóstoles

John A. Widtsoe, hijo de John A. y Anna K. Gaarden Widtsoe, nació en la Isla de Frøya, Noruega, en 1872. Se casó con Leah E. Dunford en el Templo de Salt Lake el 1 de junio de 1898. Antes de ser ordenado apóstol el 17 de marzo de 1921, gozó de renombre como científico, educador, autor y académico, y prestó servicio en calidad de presidente del Colegio Universitario de Agricultura de Utah así como de la Universidad de Utah. El élder Widtsoe, un prolífico autor de libros sobre la historia y la doctrina de la Iglesia, falleció en Salt Lake City, Utah, a los 80 años de edad. El presente artículo apareció por primera vez en la edición de octubre de 1962 de la revista en inglés Improvement Era. Se han actualizado el uso de las mayúsculas, la división de párrafos y la puntuación; las cursivas se preservan como en el original.

El templo es una casa u hogar del Señor. En caso de que el Señor visitara la tierra, vendría a Su templo. Somos de la familia del Señor; somos Sus hijos engendrados en la vida preexistente [premortal], por lo cual, así como un padre y una madre terrenales juntan a su familia en el hogar, los miembros dignos de la familia del Señor pueden congregarse, como lo hacemos nosotros, en la casa del Señor.

El templo es un lugar de instrucción. Aquí se hace un repaso de los principios del Evangelio y se revelan las verdades profundas del reino de Dios. Si entramos al templo con el debido espíritu y prestamos atención, salimos enriquecidos con el conocimiento y la sabiduría del Evangelio.

El templo es un lugar de paz. Aquí podemos dejar a un lado las inquietudes y preocupaciones del turbulento mundo exterior. En este lugar nuestra mente se ha de concentrar en las realidades espirituales, ya que en él sólo nos ocupamos de las cosas del espíritu.

El templo es un lugar de convenios, los cuales nos ayudarán a vivir en rectitud. Aquí declaramos que obedeceremos las leyes de Dios y prometemos usar el valioso conocimiento del Evangelio para bendición nuestra y para el bien del hombre. Las sencillas ceremonias nos permiten salir del templo con la firme resolución de llevar vidas dignas de los dones del Evangelio.

El templo es un lugar de bendiciones. Aquí se nos hacen promesas cuyo cumplimiento depende únicamente de nuestra fidelidad y las cuales se extienden desde el tiempo hasta la eternidad. Esas promesas nos servirán para entender la cercanía de nuestros padres celestiales. Es así que el poder del sacerdocio se nos otorga en nuevas y grandes medidas.

El templo es un lugar en el que se presentan ceremonias correspondientes a la divinidad. En ese lugar se esclarecen los grandes misterios de la vida, con las interrogantes del hombre a las que no ha recibido respuesta: (1) ¿De dónde vine? (2) ¿Por qué estoy aquí? (3) ¿A dónde voy después de esta vida? Allí, las necesidades del espíritu, de las cuales se desprende todo lo demás en la vida, se consideran sumamente importantes.

El templo es un lugar de revelación. En su interior, el Señor puede brindar revelación, de modo tal que toda persona puede recibir la revelación que le sea útil en la vida. Todo conocimiento, toda ayuda, proviene del Señor, ya sea de forma directa o indirecta. Aunque Él no esté allí en persona, nos acompaña mediante Su Espíritu Santo y mediante hombres terrenales que poseen el sacerdocio. Por ese mismo Espíritu guían la obra del Señor en la tierra. Toda persona que entre en ese recinto sagrado con fe y en oración hallará las soluciones a los problemas de la vida.

Es bueno estar en el templo, la casa del Señor, un lugar de instrucción del sacerdocio, de paz, de convenios, de bendiciones y de revelación. Nuestros corazones deberían rebosar con gratitud por este privilegio y firme deseo de captar el espíritu del momento.

El templo, con sus dones y bendiciones, abre sus puertas a todos los que se adhieren a los requisitos del evangelio de Jesucristo. Toda persona digna puede solicitar a su obispo una recomendación para entrar en el templo.

Las ordenanzas que allí se efectúan son sagradas, no misteriosas. Todos los que acepten y vivan el Evangelio y se mantengan limpios pueden participar de ellas. De hecho, se invita e insta a todos los miembros fieles de la Iglesia a valerse del templo y a gozar de sus privilegios. Es un lugar sagrado en el cual se otorgan ordenanzas sagradas a todos los que hayan probado ser dignos de participar de sus bendiciones.

En el templo se puede llevar a cabo todo lo que ofrece el Evangelio. Los bautismos [por los muertos], las ordenaciones al sacerdocio [por los muertos], los matrimonios y los sellamientos por el tiempo y la eternidad para los vivos y por los muertos, la investidura para los vivos y por los muertos… la enseñanza del Evangelio, los consejos para la obra del ministerio y todo lo relativo al Evangelio se efectúan allí. De hecho, en el templo se representa la totalidad del Evangelio…

No se espera que las ceremonias del templo se comprendan en su totalidad la primera vez que alguien participa de ellas y, por eso, el Señor ha establecido los medios para su repetición. Toda persona debe primeramente realizar la obra del templo para sí misma; después, la puede realizar por sus antepasados o por sus amigos fallecidos, con tanta frecuencia como las circunstancias se lo permitan. Este servicio les abrirá las puertas de la salvación a los muertos y al mismo tiempo servirá para que los vivos fijen la mente en la naturaleza, el significado y las obligaciones de la investidura. Al tenerla siempre presente, estaremos capacitados para cumplir con nuestros deberes en la vida bajo la influencia de bendiciones eternas.

Las ceremonias del templo se bosquejan de forma extensa en la revelación conocida como la sección 124, versículos 39–41, de Doctrina y Convenios:

“Por tanto, de cierto os digo que vuestras unciones y lavamientos, y vuestros bautismos por los muertos, y vuestras asambleas solemnes y memoriales para vuestros sacrificios por medio de los hijos de Leví, y para vuestros oráculos en vuestros lugares santísimos en donde recibís conversaciones, y vuestros estatutos y juicios, para el principio de las revelaciones y fundamento de Sión, y para la gloria, honra e investidura de todos sus habitantes, son conferidos mediante la ordenanza de mi santa casa, que a mi pueblo siempre se le manda construir a mi santo nombre.

“Y de cierto os digo, edifíquese esta casa a mi nombre, para que en ella pueda yo revelar mis ordenanzas a mi pueblo;

“porque me propongo revelar a mi iglesia cosas que han estado escondidas desde antes de la fundación del mundo, cosas que pertenecen a la dispensación del cumplimiento de los tiempos”.

En el templo todos se visten de blanco. Este color es el símbolo de la pureza. Ninguna persona impura tiene el derecho de entrar en la casa de Dios; por otra parte, la uniformidad en el vestir simboliza que ante Dios nuestro Padre, todos los hombres son iguales. El mendigo y el banquero, el instruido y el indocto, el príncipe y el pobre se sientan uno junto al otro en el templo y son de igual importancia si viven rectamente ante Dios el Señor, el Padre de sus espíritus. En el templo se crece espiritualmente y se recibe entendimiento. Todos tienen el mismo lugar ante el Señor …

De principio a fin, participar de las ordenanzas del templo es una experiencia gloriosa. Es edificante e informativo, y además da valor. Cada persona sale de allí con un mayor entendimiento y con más poder para llevar a cabo su obra.

Las leyes del templo y los convenios de la investidura son hermosos, útiles, sencillos y fáciles de comprender. Cumplir con ellos es igualmente sencillo. Sin embargo, resulta maravilloso que el profeta José Smith, indocto en cuanto a las cosas del mundo, pudiera colocarlos en el orden preciso al señalar los fundamentos del progreso espiritual del ser humano. Ese solo hecho justifica nuestra fe de que José Smith recibió la guía de poderes superiores a los de los hombres mortales.

Quienes se sumen con fe al servicio en el templo, entregándose plenamente a la voluntad del Señor, ese día vivirán una experiencia gloriosa. Recibirán luz y poder …

Todo aspecto del evangelio revelado del Señor Jesucristo, especialmente en lo referente al templo, hace aumentar la convicción de que la obra de Dios se ha restablecido con Sus propósitos específicos en los últimos días. Servir en el templo tiene como fin ayudarnos a reunir los requisitos para esta poderosa obra, la de “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39).

El templo, con sus dones y bendiciones, abre sus puertas a todos los que se adhieren a los requisitos del evangelio de Jesucristo.

En el templo todos se visten de blanco. Este color es el símbolo de la pureza. Ninguna persona impura tiene el derecho de entrar en la casa de Dios.


Las bendiciones del Templo

“Cuando asistan al templo y participen de las ordenanzas de la Casa del Señor, recibirán ciertas bendiciones:

  1. Recibirán el espíritu de Elías, el cual hará volver sus corazones hacia sus cónyuges, sus hijos y sus antepasados.
  2. Amarán a su familia con más intensidad que nunca antes.
  3. Sus corazones se volverán hacia sus padres y los de ellos hacia ustedes.
  4. Serán investidos con poder de lo alto, tal como lo prometió el Señor [véase D. y C. 38:32].
  5. Recibirán la llave del conocimiento de Dios. (Véase D. y C. 84:19.) Aprenderán cómo pueden ser como Él. Incluso el poder de la divinidad se manifestará en ustedes. (Véase D. y C 84:20.)
  6. Harán un gran servicio a los que ya cruzaron al otro lado del velo que les permitirá ser “juzgados en la carne según los hombres, pero [vivir] en espíritu según Dios” (D. y C. 138:34).

“Tales son las bendiciones del templo, las cuales provienen de asistir a él con frecuencia.

“Así que digo: ¡Que Dios bendiga a Israel! Que Dios bendiga a nuestros antepasados que edificaron santos templos. Que Dios nos bendiga a cada uno para que enseñemos a nuestros hijos y nietos y bisnietos las grandes bendiciones que les esperan al ir al templo. Que Dios nos bendiga a fin de recibir todas las bendiciones reveladas por Elías el profeta para hacer firme nuestra vocación y elección”.

Véase Ezra Taft Benson (1899–1994), “Lo que espero enseñéis a vuestros hijos acerca del templo”, Liahona, abril/mayo de 1986, pág. 1

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