Revelación

Revelación

por el élder Harold B. Lee

Discurso dado por el élder Harold B. Lee ante una asamblea de alumnos de la Universidad de Brigham Young, el día 15 de octubre de 1952.

Como el Presidente Wilkinson ha anunciado, se me ha pedido hablarles un rato esta mañana sobre el tema “el principio de la revelación”. Me siento muy humilde y tengo necesidad de la dirección divina mientras les dirijo la palabra. Estoy abrumado al contemplar la multitud de caras por todos lados. Quisiera relatar tres historias para poder iluminar sus mentes tocante a este sujeto de la revelación.

Hace varios años recibimos la visita de un prominente ingeniero civil del este, el cual fué hospedado por un hombre de alta posición en la Iglesia. Cuando aquél había regresado a su casa, nuestro hermano de la Iglesia dijo: —¿Saben ustedes qué me dijo el ingeniero civil? Dijo, —Sabe que podría aceptar esta Iglesia. Me maravillo de las cosas que están haciendo, su magnífico sistema educacional, el plan de bienestar, la vida tan fina de las comunidades mor-monas, la limpieza de su vida social y las demás de sus virtudes. Y si no fuera por una de sus reclamaciones podría entregarme completamente a la vida de ustedes—. Nuestro hermano le preguntó, —¿Y cuál es la cosa que no puede aceptar?— Respondió el ingeniero, —Si quitaran de la Iglesia el principio de la revelación, podría ser yo miembro de ella—. Y luego nuestro hermano hizo una observación sorprendente. —¿Qué no debemos tomar en cuenta el parecer del ingeniero?

La segunda historia es una repetida muy a menudo por el hermano Widstoe, el cual, volviendo a casa después de haber oficiado en una conferencia de estaca, contaba una discusión que había tenido con unos de los oficiales de estaca. Uno del grupo le había preguntado, —Hermano Widstoe, ¿cuánto hace desde que la Iglesia recibió una revelación?— Estregando la barba pensativamente, el hermano Widstoe dijo, —A ver. El jueves pasado recibió una—. Los que le preguntaron se quedaron muy sorprendidos.

La tercera historia resulta de una discusión que tuve con un ilustre joven educador quien se perturbaba por causa de las palabras de los que dicen que las autoridades generales hablan la voluntad del Señor. Y para dar énfasis a lo que dijo, me platicó de una conversación que había tenido con un profesor de la universidad de Brigham Young. Discutían un discurso que fué dado por el presidente Clark, cuyo discurso se trató de las relaciones internacionales y tuvo por su título “Nuestra menguada soberanía”. Según el joven educador este profesor opinaba del discurso de la siguiente manera: —Por salir de los labios de uno de la primera presidencia, el discurso del presidente Clark es la voluntad del Señor, y si no lo acepta uno, no anda en armonía con él en este particular.

Pues, esto le había desagradado al educador, y él resistía la opinión del profesor. Me dijo, —¿Qué piensa de eso?— Yo contesté, —pues, recuerdo que el presidente Clark dijo por vía de introducción en sus observaciones esa noche, —Ahora, yo tengo toda la responsabilidad por lo que voy a decirles a ustedes esta noche. No estoy hablando por parte de nadie—. Y luego le dije que yo había tenido una entrevista con uno que estaba listo para ejercer su carrera de maestro de la Iglesia antes de que se fuera a uno de nuestros seminarios para enseñar, y que cuando le hablaba de su fe y su lealtad, él había dicho, —No concuerdo con todo lo que las autoridades generales dicen. Por ejemplo, no estoy de acuerdo con lo que dijo el presidente Clark en la universidad esa noche—. Me habría gustado decir a ese joven, —Pues, supongo que sería difícil que un pigmeo obtuviera el punto de vista de un gigante—. Pero no dije eso porque habría sido un poco áspero. En cambio, le dije, —Sabe usted que cuando he tenido la oportunidad de sentarme a los pies de un gran abogado internacional, un perito en su trabajo, gasto todos mis esfuerzos en escuchar en vez de hablar. Por mi parte, yo le prestaba toda mi atención al hermano Clark. No me encontraba en una posición para criticar.

Con esas tres historias en mente, quisiera que pusieran su atención en unos problemas en cuanto a la revelación. Por toda la escritura se halla este pasaje: —El que tiene oídos para oír, que oiga—. No todos nosotros somos bendecidos con la capacidad de oír todo lo que debemos. Permítanme recordarles unos ejemplos de la escritura. En una ocasión, cerca de la crucifixión y durante la semana que llamamos “La Semana de la Pasión”, el Maestro estaba en el templo con unos griegos. Sin duda ellos estaban ansiosos de verle a causa de su popularidad. Y él, en ese lugar sagrado y en frente de esos griegos, se arrodilló y oró pidiéndole al Señor que le dejara pasar esa hora. Y luego dijo: —Padre, glorifica tu nombre—. Y vino la respuesta, —Yo lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez—. De la gente que estaba presente algunos pensaron que había sido trueno que sonaba, mientras que otros decían que un ángel le había hablado. ¡Fíjense, de los que tenían oídos para oír, unos no oyeron! Acuérdense de otra petición del Maestro, la cual sugiere el mismo pensamiento, —Te alabo, Padre,’ Señor del cielo y de la tierra, que hayas escondido estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las hayas revelado a los niños—. No importa qué tan sabio sea el hombre según el mundo, le serán escondidas las cosas preciosas del cielo si no quiere oír. He aquí la venida del Salvador entre los nefitas. La tierra, por causa de terremotos, incendios y otras destrucciones, había sufrido grandes cambios. Y los que fueron perdonados y pasaron por estas tribulaciones, al oír los grandes truenos, echaron la vista al cielo. Algunos oyeron solamente los truenos, otros oyeron una voz, pero no podían identificar palabras. Unos de éstos, empleando todas sus facultades, por fin entendieron la voz que penetraba a cada fibra del corazón, y se dieron cuenta de que fué el Señor quien estaba hablando. En esa ocasión tres distintas clases de gente se representaban: 1) los que oyeron los ruidos de los elementos, 2) los que oyeron la voz del Señor pero no la entendían, y 3) los que oyeron la voz y la entendían.

Además, dirijan su atención a la conversión del apóstol Pablo. Caminando rumbo a Damasco con papeles autorizándole a perseguir a los santos de esa ciudad, fué derribado por la brillantez de una luz celestial, y de en medio de la luz oyó una voz que decía, —Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?— Pablo, hablando de esta experiencia, dice, —Los que estaban conmigo vieron a la verdad la luz,- mas no oyeron la voz del que hablaba conmigo—. Estos también tenían oídos para oír, pero no oyeron nada.

El citar estas escrituras me hace recordar una ilustración que proponía el hermano Widstoe en una conferencia general de la Iglesia. Dijo él, —Cuando Dios habla, algunos de nosotros- no entendemos el mensaje por no haber vivido de acuerdo con la ley del cielo. Conozco algunas gentes que dirán, —Pues, ¿cómo puedo hacerme receptivo al mensaje de un mundo invisible?— Ahora, aquí está la ilustración que tiene que ver con este sujeto: Si cogemos una varilla de hierro blando y la ponemos junto a unas limaduras, nada pasará porque la varilla no es magnética. Pero si enrollamos la varilla en un alambre que lleva una corriente eléctrica, llega a ser un imán. Aunque no ha cambiado de largo, de ancho o de grueso, la varilla ha sufrido un gran cambio. Se ha cambiado de tal manera que atrae limaduras de hierro o cualquier otra cosa que está sujeta a la acción magnética. Y si nosotros nos enrolláramos en obediencia al amor de Dios y viviéramos rectamente, nos transformaríamos hasta poder entender los mensajes del mundo invisible. Eso se me ilustraba varios años atrás, mientras servía yo de presidente de estaca. La presidencia y el concilio alto de la estaca averiguamos un caso muy serio, el resultado siendo la excomunión de un hombre de familia quien había violado a una joven hermosa. La mañana siguiente entré al trabajo muy cansado a causa de haber durado tanto en el tribunal la noche anterior. Allí me encontré con el hermano del hombre que habíamos excomulgado. Dijo él, —quiero que sepa que mi hermano no fué culpable de las acusaciones levantadas en su contra.

—¿Cómo sabe que no fué culpable? —le pregunté.

—Porque yo oraba y el Señor me dijo que fué inocente—. Vino la respuesta.

Le pedí que pasara a mi oficina, donde nos sentamos. Luego le hice esta pregunta, —¿Me permite hacerle unas preguntas personales ?— Y dijo él, —Sí, cómo no.

—¿Cuántos años tiene?

—Cuarenta y siete.

—¿Cuál es su llamamiento en el sacerdocio?

—Pienso que soy maestro.

—¿Y guarda la palabra de sabiduría?

—Pues no (era evidente que usaba el tabaco).

—¿Paga sus diezmos?

—¡No —dijo—. Y en tanto que el hermano “fulano” sea obispo del trigésimo segundo barrio no los pago.

—¿Asiste a los cultos de sacerdocio?

—le pregunté.

— ¡Seguro que no! —respondió, y no intento reunirme a ellos mientras fuera obispo ese hombre.

—Y no asiste a los cultos sacramentales, tampoco, ¿verdad? —le pregunté.

—¡No!

—¿Tiene oración familiar en su casa?

—¡No!

—¿Estudia las escrituras? —y dijo que le dolían los ojos tanto que no podía leer mucho.

Y  luego le dije: En casa tengo un mecanismo maravilloso que se llama un radio. Cuando todas las partes del radio están funcionando bien, podemos sentarnos y escuchar programas de todas partes del mundo como si estuvieran en nuestra propia casa. Pero poco a poco esas partes delicadas llamadas bulbos se descomponen. Y por más que se descomponen, con menos claridad nos llegan los programas. Y si no componemos estos bulbos, por fin cesará de trabajar el radio. Todavía es el mismo radio con las mismas partes, pero algo ha pasado con las entrañas: no oímos nada. Ahora, ¡mire! Podemos comparar nuestras almas con estos bulbos de radio. Tenemos un bulbo que nos dice, —Váyase a los cultos sacramentales—. Otro dice, —Guarde la palabra de sabiduría—. Otro, —Pague sus diezmos—. Otro, —Lea las escrituras—. Otro, —Tenga la oración familiar en la casa—. Y luego hay el gobernador de todos los bulbos que dice, —Guárdese limpio moralmente—. Y si estos bulbos se descomponen por causa del desuso o inactividad, la recepción del cielo se empeora hasta tal grado, que por fin no oímos nada de lo alto. Anoche quince de los hombres más finos de la estaca nos juntamos en oración después de haber probado toda la evidencia levantada en contra de su hermano. Fuimos unánimes en decir que su hermano de usted es culpable. Usted oraba y recibió respuesta opuesta a la de ellos. Ellos viven según las reglas de la Iglesia, usted no. Favor de explicarme cómo pasó, si puede.

—Pues, presidente Lee, me parece que recibí mi respuesta de mal origen —admitió. En verdad ese dicho es una verdad muy grande. Recibimos respuesta a nuestras súplicas del origen o poder al cual rendimos obediencia. Si desobedecemos los mandatos de Satanás, la respuesta, vendrá de él, y si obedecemos los mandatos de nuestro Padre Celestial, Él nos socorrerá y guiará.

Hace un año que el presidente Clark dió un sermón inspirado en esta misma sala. Se titulaba “¿Vino por revelación el plan de bienestar?” Por vía de respuesta, analizaba las varias maneras de recibir revelación, refiriéndose a las manifestaciones personales del Padre o Hijo, o de los dos juntos. Moisés hablaba al Señor cara a cara; Daniel recibió una visita personal de Dios. Juan, el Bautista, después de haber bautizado al Maestro, oyó una voz de los cielos que decía, —Este es mi hijo amado, en el cual tengo contentamiento—. Pablo, al convertirse, recibió una visita personal y oyó una voz. En la ocasión de la transfiguración del Señor, Moisés y Elías se les aparecieron a Pedro, Santiago y Juan. Además, oyeron la voz del cielo que decía, —Este es mi hijo amado, en el cual tomo contentamiento; a él oíd—. La más grande revelación de esta clase que ha ocurrido en nuestra época fué la aparición del Padre y del Hijo al profeta José Smith. En seguida, los profetas recibieron otras visitas del Señor, una de las cuales se registra en la sección 110 de las Doctrinas y Convenios. En esta ocasión, Jesucristo se les apareció a José Smith y Oliverio Cówdery.

A causa de un testimonio simple y profundo que recibí a los once años, mi corazón nunca ha dudado. Mi papá se fué a un rancho un día para arreglar unos negocios y me llevó consigo. Mientras él andaba en sus negocios, yo me paseaba en los campos. Fijándome en unas casuchas al otro lado de un cerco se me despertó la inclinación aventurera que tienen todos los muchachos. Al empezar a cruzar el cerco, de repente oí una voz de claridad inequívoca que me llamaba por nombre y decía, —No te vayas para allá—. Me volteé para ver si era mi papá el que me habló, pero nadie estaba al alcance de mi vista. Por eso, cuando por primera vez escuchaba las historias de José Smith sabía cómo se sentía él, porque yo también había oído la voz de un ser invisible.

El profeta Enós indica otra manera de recibir revelación. Después de recibir la grande comisión de dirigir la obra del ministerio y guardar el registro de su pueblo, escribió esta frase significante en el registro que hoy se llama “El Libro de Mormón”, —Y mientras me hallaba así luchando en el espíritu, he aquí que vino la voz del Señor a mi mente, diciendo…— En otros términos, la voz del Señor puede venir a la mente y dejar impresiones tan fuertes como si él estuviera hablándonos en persona.

Jeremías dice la misma cosa en el primer capítulo de su libro: las palabras del Señor vinieron a mí, diciendo. .. La voz del Señor vino a su mente, como con Enós. En la historia del Libro de Mormón leemos de Nefi reprendiendo a sus hermanos, llamándoles al arrepentimiento y dando voz al mismo pensamiento al decir: Y os ha hablado con una voz dulce y delicada, pero habíais perdido el sentimiento, de modo que no pudisteis sentir sus palabras. Así el Señor nos revela su voluntad al poner su voz en nuestras mentes. Les pido que me dispensen mientras dejo mi humilde testimonio de ese hecho.

Una vez yo estaba en una situación que requería ayuda. El Señor sabía que la necesitaba y que yo estaba en una misión de suma importancia. Algo me despertó en las primeras horas de la mañana. Me parecía como si alguien me hubiera despertado para el solo propósito de prohibir que mis acciones me llevaran por mal camino. Y tan seguro como si alguien estuviera sentado al lado de mi cama instruyéndome, me fué delineado en la mente exactamente lo que había de hacer y lo que había de decir aquella mañana. En verdad la voz del Señor viene a nuestras mentes para guiarnos.

Y luego recibimos revelación por el poder del Espíritu Santo. En los primeros días de la Iglesia en esta era, el Señor le dijo al profeta José Smith; —Sí, he aquí, te lo manifestaré en tu mente y corazón por medio del Espíritu Santo que vendrá sobre ti y morará en tu corazón. Ahora, he aquí, este es el espíritu de revelación—. Se acordarán que el Maestro consolaba a sus discípulos poquito antes de su crucifixión cuando dijo: —Porque si yo no fuese el consolador no vendría a vosotros. Y cuando él (el Consolador o el Espíritu Santo) viniere, él os guiará a toda la verdad, os hará saber las cosas que han de venir, y os recordará todas las cosas que os he dicho—. Así es el poder del Espíritu Santo. El profeta José Smith, hablando de este poder, dijo: —Ningún hombre puede recibir el Espíritu Santo sin recibir revelaciones, porque el Espíritu Santo es un revelador—. Quiero cambiar ese dicho un poquito y aplicarlo directamente a nosotros los santos de los últimos días: —Cualquier miembro de esta Iglesia, habiendo recibido las ordenanzas del bautismo e imposición de manos para el don del Espíritu Santo, quien no haya recibido una revelación por el poder del Espíritu Santo no ha recibido todavía ese don del cual es heredero legal. ¡Ojalá que los miembros de la Iglesia pensaran en eso con más frecuencia!

Permítanme Leerles lo que dijo José Smith de la revelación. Quizás no hayamos podido interpretar las revelaciones que hemos recibido, por eso, demos oído a su explicación de él: —Hay que fijarse bien en las primeras insinuaciones del espíritu de la revelación. Por ejemplo, al recibir las impresiones santas de la inteligencia pura y divina, se notará que serán cumplidas aun en el mismo día o en el venidero cercano. Es decir, las cosas introducidas en la mente por el Espíritu de Dios acontecerán, y por llegar a un entendimiento de las operaciones del Espíritu de Dios se procederá creciendo en el principio de revelación hasta perfeccionarse en el Señor.

¿Les causa sorpresa saber que cada quien que haya recibido el don del Espíritu Santo puede recibir una revelación? Seguramente no pueden recibir una revelación para el presidente de la Iglesia, ni para la guía de esta universidad, ni para manejar los negocios del barrio, estaca o misión al cual pertenece. Pero, sí, pueden recibir revelaciones, por el poder del Espíritu Santo, conforme a sus llamamientos en la Iglesia. ¡Den oído a las palabras del presidente José F. Smith: —Es mi creencia que cada miembro de esta Iglesia tiene tanto derecho de recibir el espíritu de revelación, y el entendimiento que resulta de él, para su propio beneficio como lo tiene el obispo para descargar las actividades de su barrio. Cada miembro fiel puede ser recipiente de este don para conducir sus propios negocios, sean el criar sus hijos, el manejo de su rancho, ganados, o rebaños, el manejar su tienda, etc. Es su derecho gozar del espíritu de revelación e inspiración a fin de que desempeñe todas sus responsabilidades sabia, prudente y justamente—. Yo sé que el principio es verdadero, y sé que lo sé. Y quiero que todos ustedes lo sepan también. Todos debemos prestar atención a las impresiones divinas que nos llegan y cultivarlas, para que crezcamos en el espíritu de revelación.

Hace unos días que me llamaron la atención las palabras de un hombre que una vez era uno del concilio de los doce apóstoles, el cual por causa de sus delitos y deslealtades fué excomulgado de la Iglesia. Le tocó hablar en una conferencia general poquito antes de su excomunión y dejó el siguiente testimonio: —Ninguna persona se ha convertido jamás sin que viera antes el poder de Dios manifestado en sus siervos y el Espíritu de Dios hubiera entrado en su corazón como fuego consumidor—. Todos podemos recibir ese mismo poder e inspiración.

Los sueños constituyen todavía otra manera por la cual las revelaciones pueden venir. No, no estoy para decirles que cada sueño que tienen es una revelación directa del Señor. Puede que demasiada comida fuera la causa de una condición nerviosa que resultó en el sueño. No obstante, temo que en la actualidad estemos demasiado dispuestos a tener en poco los sueños, aunque por toda la escritura leemos que el Señor en muchas ocasiones ha dirigido su pueblo por ellos. Les voy a leer lo que dijo Parley P. Pratt sobre este asunto: —En todas las edades y dispensaciones Dios ha revelado muchas instrucciones y amonestaciones al hombre por medio de sueños. Cuando todas las facultades físicas reciben su oportunidad de descansar tranquilamente y renovar su fuerza y vigor, entonces las facultades espirituales quedan libres a ejercerse según les plazca, a recordar las vistas queridas de su habitación primordial en el cielo, de la cual se bajaron a morar en un tabernáculo de carne. Sus hermanos espíritus, sus ángeles protectores les velan afectuosamente en una demostración arrobadora de amor celestial. Espíritu habla con espíritu, el velo está roto (aquí quiero decir que nuestros espíritus se parecen a nuestros cuerpos carnales. En la sección 77 de las Doctrinas y Convenios el Señor nos dice que lo temporal es a semejanza de lo espiritual. Es decir, el cuerpo espiritual también tiene ojos para ver, oídos para oír, lengua para hablar, etc.). Estando en esta condición, podemos conversar con Dios, ángeles, o los espíritus de hombres justos hechos perfectos. Frecuentemente hablamos con nuestros queridos que han salido de este mundo. El vínculo de amor que nos ata no puede ser roto por la muerte, porque tuvimos por fundación el amor infinito de un hogar celestial. Y si en la lozanía de su juventud nos fué quitada una amiga cuya toda aspiración y esperanza no se realizarían a menos que se consumara la unión del matrimonio eterno, ella continuará a vivir en el más allá con las mismas esperanzas inspiradoras del corazón, anhelando el día cuando podamos encontrarnos otra vez y juntos gozar de eterna felicidad. Si se abrieran nuestros ojos espirituales, veríamos a los seres del mundo espiritual que nos visitan y guían. Y cuando al fin aprendemos a reconocer las impresiones de los que están fuera de nuestro alcance, entonces recibiremos sueños que para nosotros serán revelaciones.

El presidente Smith nos ha indicado la relación entre la revelación y los estudios de la universidad. Nos ha dicho que no debemos enterarnos tanto en nuestros estudios de ciencia y filosofía, que cesemos de estar en armonía con el espíritu de Dios. He aquí sus palabras: —Nuestros jóvenes son estudiantes diligentes. Buscan la verdad con un celo loable y muchas veces hallan necesario adoptar temporalmente las teorías de los hombres. Pero en cuanto reconozcan estas teorías como carreteras de peaje en su búsqueda de la verdad no les serán dañosas. El buscador de la verdad está en peligro de desviarse no más cuando abrace estas teorías como verdades básicas. Las teorías filosóficas tienen su lugar y su uso, pero cuando intenten reemplazar las revelaciones de Dios, su lugar no está en nuestra Iglesia ni en nuestras escuelas—. Acordémonos de eso, que las revelaciones de Dios son la regla por la cual medimos toda fase de ciencia. Y si estas teorías humanas no andan de acuerdo con las revelaciones de Dios, podemos estar seguros que no son la verdad.

Vengo a ustedes esta mañana con un corazón contrito. Soy un hombre quien ha tenido la oportunidad de sentarse en la compañía de hombres que viven cerca de su Padre Celestial. Las dudas no hallan cabida en mi corazón. He estado presente cuando los hermanos de la primera presidencia y el concilio de los doce apóstoles han resuelto problemas no por razonar, sino por una impresión que vino a la mente, cuya impresión después se reconoció como una directiva divina.

Me acuerdo de un día de hace como seis meses. Los hermanos presidentes se habían juntado con los doce para declarar una decisión de gran importancia. Lo que dijo el presidente de la Iglesia después de anunciar la decisión me causaba grande emoción. Dijo él: —Hermanos, el Señor ha hablado—. El presidente McKay, al salir en su misión a Europa, dejó este pensamiento solemne: —Hermanos, oren por mí. Estoy saliendo a una misión importantísima. Oren por mí y trataré de vivir de tal manera que Dios pueda contestar sus oraciones por mí.

¿Reconocen en las palabras de nuestro presidente la meta que debemos tratar de alcanzar? Esa meta es vivir de tal modo que el Señor pueda dar respuesta a las oraciones que suben a él a favor de ustedes. Nosotros, las autoridades generales, siempre oramos por ustedes. Y damos gracias al Señor al saber que ustedes oran por nosotros. Si vivimos rectamente, el Señor nos hará saber las cosas necesarias para nuestra salvación, sea por una aparición personal, por un sueño, por su voz viniendo a la mente, o por una impresión repentina sobre el corazón. ¡Qué tan agradecidos debemos estar por las varias maneras en que el Señor puede revelarnos su santa voluntad!

Yo, siendo uno de los más humildes de entre los santos, quiero dejarles mi humilde testimonio que he recibido por el poder de revelación, conocimiento y entendimiento que Dios vive. Se me había pedido hablar por radio tocante a la vida del Salvador y estaba haciendo mis preparativos para leer de nuevo la historia de su vida, crucifixión y resurrección. La historia que leí no fué meramente una cosa puesta por escrito, sino que me parecía una realidad. Presenciaba yo la vida del Señor como si hubiera estado allí.

Les dejo mi testimonio solemne que somos miembros de la Iglesia que se dirige por revelación. ¡Qué Dios nos ayude a vivir de tal manera que seamos el medio por el cual él responderá a las peticiones de los fieles, pido humildemente en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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