El pecado de la ingratitud

El pecado de la ingratitud

Por Joseph Fielding Smith
del concilio de los doce.
Liahona Junio 1953

He sido edificado por las palabras de mis hermanos durante las varias sesiones de esta conferencia. Hemos recibido instrucción, admonición, amonestación; nuestra atención ha sido llamada a nuestras faltas, y espero que todo sea recordado.

Es mi deseo, en los pocos minutos que tengo, añadir mi pequeña parte por testimonio, instrucción y consejo como el Señor me inspire a hablar. He tenido varios temas desde el principio de esta conferencia, pero siempre alguien se ha levantado y presentado esos temas. Por lo tanto, pensaba que quizá podría pensar de algo que ninguna otra persona pensaría, y quiero hablar esta tarde unos momentos sobre el pecado de la ingratitud, que yo considero ser el más prevaleciente de todos los pecados, porque todos somos culpables de ella; yo lo soy, ustedes lo son, la gente en todas partes sobre la faz de este mundo es culpable de este pecado en algún grado.

En una ocasión, leemos en las escrituras, un abogado joven vino al Salvador con una pregunta, tentándole y diciendo:

Maestro, ¿cuál es el mandamiento grande en la ley?
Y Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de toda tu mente.
Este es el primero y el grande mandamiento.
Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas. (Mateo 22:36-40).

Si observamos la primera ley, seguirá naturalmente la segunda, y de hecho, como el Salvador lo señaló, no seremos culpables de no observar la ley y los profetas en otra cosa alguna.

Jesucristo vino a este mundo con una misión definida como el Salvador del hombre y el Redentor del mundo. Cuando Nicodemo vino al Salvador, preguntando, vino en la noche porque tenía miedo a los judíos, pero creyendo en Jesucristo, le hizo unas preguntas y el Salvador le dió unas instrucciones definidas acerca del bautismo por agua y el espíritu, y en el curso de la conversación que siguió, el Salvador dijo esto:

Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado;
Para que todo aquel que en él creyere, nada se pierda, sino que tenga vida eterna.
Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para que condene al mundo, mas para que el mundo sea salvo por él.
El que en él cree, no es condenado; mas el que no cree, ya es condenado, porque no creyó en el nombre del unigénito Hijo de Dios.
Y esta es la condenación: porque la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz; porque sus obras eran malas.
Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, porque sus obras no sean redargüidas.
Mas el que obra verdad, viene a la luz, para que sus obras sean manifestadas que son hechas en Dios. (Juan 3:14-21).

Entonces el Salvador añade:

El que cree en el Hijo, tiene vida eterna; mas el que es incrédulo al Hijo, no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él. (Juan 3:36).

Ahora, quisiera usar unos minutos poniéndonos por delante lo que todos sabemos es la verdad, que Jesucristo vino a este mundo para morir. Eso fué su misión, y por aquella muerte sobre la cruz, y el derrame de su sangre, para traer la redención doble; primero, para redimir a los hombres de la transgresión de Adán, para restaurarlos otra vez a la vida, para destruir la muerte, ganar la victoria, que aparentemente Satanás había ganado por la transgresión de Adán. En alguna manera que no puedo explicar completamente y que ustedes no pueden explicar completamente, había una necesidad de una expiación infinita, un Dios muriendo por un mundo caído, y eso tenía que ser por el derrame de sangre, y solamente Su sangre podría ser derramada para restaurar aquella vida que había sido quitada, y devolver otra vez al hombre el poder de vivir para siempre. Y por su muerte, nos viene a todos, universalmente, a cada criatura viviente, una resurección de los muertos. El Señor no nos pregunta si queremos ser redimidos de la muerte o no. No somos responsables por eso, y por lo tanto no somos cargados con ello; no somos acreditados con ello. Como Pablo ha dicho:

Porque así como en Adán todos mueren, asi también en Cristo todos serán vivificados. (1 Cor. 15:22).

Eso es el obsequio de Dios el Padre Eterno, por Jesucristo, su Hijo, a cada alma viviente, hombres, mujeres, niños, desde la caída de Adán, hasta el fin de los tiempos.

Ahora eso es un regalo maravilloso. Lo tenemos sin pedirlo. Viene a los inicuos tanto como a los rectos. En el quinto capítulo de San Juan el Señor habla a la gente de el tiempo de su venida, y dice que ya estaba aquí, cuando los muertos oirían la voz del Hijo de Dios y que aquellos que oirían, vivirían. Sí, no solamente aquellos que lo oyeron, eso es, recibieron su verdad, porque añadió esto, cuando se maravillaron de lo que decía:

No os maravilléis de esto; porque vendrá hora, cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz;

Y los que hicieron bien saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron mal, a resurrección de condenación. (Juan 5:28-29).

Aquí es la palabra del Señor mismo que él iba a llevar el mensaje a los muertos; todos le oirían; aquellos que estuviesen dispuestos a recibir aquel mensaje de verdad y observarlo, tendrían la vida eterna; pero aquellos que no quisieran recibirlo o que no fueran dignos de recibirlo saldrían de todos modos en la resurrección para recibir condenación, pero la resurrección iba a venir a todos universalmente.

Además, el Señor murió por todos los hombres sobre la fas de la tierra, cada ser, eso es, ser humano que estuviera dispuesto a arrepentirse de sus pecados y guardar sus mandamientos. No ha redimido a ninguno de nosotros de sus pecados a menos que haya sido por arrepentimiento y por seguir fielmente los principios del evangelio y perseverar hasta el fin.

Cuando se paró delante de sus discípulos sobre este continente, les dijo:

Y nada impuro puede entrar en su reino; por lo que, nadie puede entrar en su reposo, sino aquellos que han lavado sus vestidos en mi sangre, a causa de su fe, y del arrepentimiento de todos sus pecados, y de su fidelidad hasta el fin. (3 Nefi 27:19).

Eso es explícito.

Así, El redimió a la humanidad de la muerte, universalmente, y ha redimido a todos los hombres de sus propios pecados, a condición de su arrepentimiento, y no serán redimidos de sus pecados a menos que sí se arrepientan y le acepten y laven sus vestidos en su sangre y perseveren en fe hasta el fin.

Ahora, cuando nos ponemos a pensar que el Hijo de Dios creó este mundo, todas las cosas, dicen las escrituras, fueron hechas por él, y cuando pensamos que El vino a este mundo con aquella misión que aceptó antes de que naciese en Belén, y por el derrame de su sangre nos dió vida para que podamos levantarnos en la resurrección para vivir para siempre; y cuando El, por verter su propia sangre nos ha ofrecido la remisión de nuestros pecados y vida eterna, por obedecer el evangelio, ¿no piensan que le debemos algo? Todo se lo debemos.

Pablo dice: “Comprados sois por precio”. Ese precio era la sangre de Jesucristo y no somos nuestros. Oh, si pudiéramos entender que por el derramamiento de su sangre, El nos compró. Pertenecemos a El. El tiene derecho de decirnos qué debemos hacer y qué no debemos hacer, y de mandar que guardemos sus mandamientos; sin embargo, tenemos nuestro libre albedrío, y actuamos por nosotros mismos.

No podemos comprender el gran sufrimiento que el Señor tuvo que tomar sobre sí para traer esta redención de la muerte y del pecado. Pasó unos cuantos años en la tierra, y durante esa corta temporada sufrió el escarnio de los hombres. Le apedrearon; le escupieron encima; le maldijeron; se burlaron de él; le acusaron de casi todo crimen de que podían pensar, y finalmente le tomaron y le crucificaron.

Tenemos el hábito de pensar, supongo, que su gran sufrimiento fué cuando fué clavado en la cruz por sus manos y sus pies y dejado allí para sufrir hasta que muriese. Tan agonizante como fué aquella pena, no fué el sufrimiento más grande que tuvo que aguantar, porque en alguna manera que yo no entiendo, pero que acepto por fe, y que ustedes tienen que aceptar por fe, llevó sobre sí el peso de los pecados del mundo entero. Para mí, me es bastante difícil llevar mis propios pecados. ¿Cómo es con ustedes? Pero él tuvo que llevar los pecados del mundo entero, como nuestro Salvador y el Redentor de un mundo caído, y tan grande fué su sufrimiento aun antes de que se fuera a la cruz, se nos dice, que la sangre salía de cada poro de su cuerpo, y oró a su Padre que pasara de él aquel vaso si fuera posible, pero no siendo posible estaba dispuesto a beber.

Y esto es lo que él ha dicho a la Iglesia:

Porque, he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten.
Mas si no se arrepienten, tendrán que padecer aun como yo he padecido;
Padecimiento que hizo que yo, aun Dios, el más grande de todos, temblara a causa del dolor, y echara sangre por cada poro, y padeciera tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar…
Sin embargo, gloria sea al Padre, participé y acabé mis preparaciones para con los hijos de los hombres. (D. y C. 19:16-19).

Ahora, cuando dijo que si no nos arrepentimos tendremos que sufrir, aun como él sufrió, no se refería al ser clavado en una cruz, pero era el tormento de su mente, de su espíritu, a que se refirió, aun antes de que llegara a la cruz, y si los hombres no se arrepienten, tendrán que sufrir aun como El sufrió.

Ahora, hermanos, brevemente, él hizo todo esto para nosotros, el Hijo de Dios, y lo hizo, como les he leído, porque su Padre se lo mandó y porque su Padre amó al mundo de tal manera, que quería salvarlo de sus pecados.

Ahora, nos ha pedido guardar sus mandamientos. Dice que no son dolorosos, y hay tantos de nosotros que no están dispuestos a hacerlo. Estoy hablando ahora de la gente generalmente del mundo. No estamos dispuestos a hacerlo. Eso ciertamente es ingratitud. Somos ingratos. Cada miembro de esta Iglesia que viola el día del Señor, que no es honrado en pagar sus diezmos, que no guarda la Palabra de Sabiduría, que a sabiendas viola cualquiera de los otros mandamientos que el Señor nos ha dado, es ingrato al Hijo de Dios y cuando es ingrato al Hijo de Dios, es ingrato al Padre quien lo envió. Si nuestro Salvador hizo tanto para nosotros, ¿cómo es que no estamos dispuestos a observar sus mandamientos que no son dolorosos, que no nos causan sufrimiento alguno si sólo los guardamos? Sin embargo, hay personas que no observan la Palabra de Sabiduría; se niegan a atender a sus deberes como oficiales y miembros de la Iglesia; muchos no asisten a los cultos que el Señor los ha llamado a sostener. Siguen sus propios deseos aun si están opuestos a los mandamientos del Señor.

Si comprendiéramos nuestra posición y amáramos al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, y con toda nuestra mente, o, como él lo ha dicho en una revelación dada a nosotros en estos días:

Por lo tanto, les doy un mandamiento que dice asi: Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, alma, mente y fuerza; y en el nombre de Jesucristo lo servirás. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. (D. y C. 59:5-6).

Entonces guardaríamos sus mandamientos; cuando no hacemos esto, les digo, mis hermanos y hermanas, nos mostramos ingratos ante el Señor.

En el nombre de Jesucristo. Amén.

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Una respuesta a El pecado de la ingratitud

  1. Martin dijo:

    Que mensaje clarisimo gracias.

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