Esta es mi Obra y mi Gloria

Esta es mi Obra y mi Gloria

Por el Pres. George F. Richards
del Concilio de los Doce.
Liahona Agosto 1950

Lo siguiente es una citación de la Perla de Gran Precio; la palabra del Señor a Moisés su siervo, y profeta.

“Porque he aquí esta es mi obra y mi gloria: llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”. Moisés 1: 9.

Por esto tenemos el evangelio y la Iglesia de nuestro Maestro como se goza por los Santos de los Últimos Días, porque por éstas razones él propuso el cumplimiento de todos los designios pertenecientes a la salvación del hombre.

Por lo tanto hay tremendas responsabilidades sobre su Iglesia, La Iglesia de los Santos de los Últimos Días, perteneciendo a la salvación de los hijos de los hombres; una de las más grandes de las cuales es predicar el evangelio del reino en todo el mundo como testigos entre todas las naciones antes que el fin se acerque;

¿Y, qué es lo que la Iglesia está haciendo acerca de ello. Está sosteniendo como 5,000 misioneros en el campo de misiones y estacas de la iglesia, con varios cientos en exceso de los números en los tiempos presentes en las naciones del mundo y en las islas de los mares, donde un trabajo intensivo se está llevando a cabo y un trabajo estupendo en la conversión está siendo cumplido. Hay también ciertas condiciones en casa, en las estacas de Sión, que hacen un pedido de misioneros que estén capacitados los cuales puedan salir con celo por la causa del Maestro y por el bienestar de la salvación de sus semejantes.

De acuerdo con las últimas estadísticas compiladas en las oficinas del Obispado General, hay como 53,392 jóvenes de la Iglesia arriba de veintiún años de edad quienes tienen oficios en el Sacerdocio de Aarón quienes aún no han recibido el Sacerdocio de Melquisedec. Estos son designados como miembros adultos del Sacerdocio de Aarón. Hay como 17,623 jóvenes de la Iglesia arriba de los veintiún años de edad quienes no poseen el Sacerdocio. Tomando estos dos grupos juntos tenemos 71,035 jóvenes arriba de los veintiún años de edad quienes no poseen el sacerdocio de Melquisedec; un número suficiente para llenar este tabernáculo a capacidad siete veces, estimando el cupo a diez mil personas.

Esta cifra es aterradora y ella representa solamente a aquellos que viven en estacas organizadas de la Iglesia. Las misiones también tienen su cuota.

A los doce años de edad los jóvenes dignos en la Iglesia deben recibir oficios como diáconos en el Sacerdocio de Aarón; a los quince años el oficio de maestros, a los diecisiete el oficio de presbítero, y a los diecinueve años, el oficio de Élder (o anciano) en el Sacerdocio de Melquisedec.

Las estadísticas muestran que en la Iglesia hay tres mil seiscientos cuarenta y ocho jóvenes entre las edades de doce y veintiún años quienes no poseen ningún oficio en el Sacerdocio.

Uno podrá preguntar, ¿cuán importante es que el joven de la Iglesia reciba el Sacerdocio; y cuán serio es para los que no lo hallan así? El Señor contesta la pregunta en esta manera:

“Más ¡ay de todos aquellos que no aceptan este Sacerdocio que habéis recibido el cual ahora os confirmo, por mi propia voz desde los cielos, a vosotros los que estáis presentes este día; y aún a las huestes celestiales y a mis ángeles que he mandado que os cuiden”. (D. y C. 84:42).

Como un santo de los últimos días, la meta de nuestra existencia y propósito en nuestra vida es obtener la exaltación en el reino y la presencia de nuestro Padre y su Hijo; y un hombre no podrá obtener esa gloria si no recibe antes el Sacerdocio de Melquisedec. Esta verdad, e importancia de recibir el Sacerdocio de Melquisedec por hombres de la Iglesia es tan importante como la salvación misma.

Los sagrados dotes dados en los Templos del Señor son para preparar al hombre y a la mujer a entrar al reino celestial y a la presencia de Dios el Padre y Su Hijo Jesucristo. Pero para recibir éstos dotes el hombre debe primero recibir el Sacerdocio de Melquisedec. El matrimonio para la eternidad es ordenado por Dios y necesario para la salvación del hombre. “Más ni el varón sin la mujer ni la mujer sin el varón en el Señor”. (I. Cor. 11:11).

Pero el hombre debe recibir el sacerdocio de Melquisedec y los dotes antes que él pueda entrar al templo y ser casado por tiempo y la eternidad; — he aquí, la importancia de recibir el Sacerdocio de Melquisedec.

De los 71,035 hombres de la Iglesia arriba de veintiún años de edad quienes no han recibido el sacerdocio de Melquisedec, un gran porcentaje de ellos, sin duda, son casados y sosteniendo a sus familias. No habiendo recibido el Sacerdocio de Melquisedec, nosotros sabemos que su matrimonio no es para la eternidad como es ordenado de Dios, y que sus hijos no están naciendo bajo el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio. Hombres de la Iglesia quienes han sido casados por tiempo solamente están en peligro de perder sus esposas y sus hijos si ellos no toman los pasos necesarios para recibir el sacerdocio y ordenanzas de sellamientos… mi espíritu, (el espíritu de Dios) no contenderá para siempre con el hombre… (Eter 2: 15) tampoco podrá la paciencia de una buena mujer. Por ejemplo, un hombre y una mujer vinieron al templo recomendados para matrimonio, y con ellos venían dos niños nacidos a la mujer por un casamiento anterior. La madre deseaba que los niños fuesen sellados a ella y al hombre con quien iba a ser casada en ese momento. ¿Pero qué iba a ser de aquel padre de los niños, y sus derechos en el asunto?

Hay una regla (regla N 30) gobernando en la obra del templo que dice: Los niños no deben ser sellados a otros que 110 sean sus propios padres, excepto por razones importantes, y entonces solamente por autorización especial del presidente del templo.

En consecuencia de esto, la apelación al presidente del templo es la siguiente: Los derechos del padre en este caso deben recibir consideración Habiendo muerto el padre, la madre fué la única testigo obtenible. Su historia fue como sigue:

El padre y la madre antes de casarse eran miembros de la Iglesia, y cuando contemplaban su matrimonio, ella deseaba ir al templo y ser casada, pero él no estaba viviendo su religión para ser contado digno de una recomendación para ese propósito. Ella decidió casarse con él por la ley civil, con la promesa de que él se haría digno, y que después irían al templo y serían sellados. El fracasó en llevar a cabo su promesa. Algunos años después que éstos niños habían nacido, el cayó enfermo y finalmente pasó de esta vida. Ella dijo que lo había atendido por un tiempo algo largo en su enfermedad antes que él muriera, y que ella sentía que era su deber para con él como su esposa, pero ella no quería ser sellada a él por la eternidad, y ella quería que sus hijos fuesen sellados a ella y al hombre que ella había escogido después.

Las reglas del templo (regla N 36) proveen que donde un hombre y una mujer son casados por la ley civil y tienen hijos, y después se separan; para que los hijos no puedan ser sellados a los dos padres, si el uno ha sido totalmente digno, y el otro no, los niños puedan ser sellados a aquel padre que ha sido digno, ya sea él o ella, y al compañero que haya escogido.

Bajo estas reglas, se permite a los niños ser sellados a la madre y al hombre con quien ella está sellada; de esta manera el padre, a través de su negligencia y falta de dignidad ha perdido a su mujer y a sus hijos. Esto es solamente un caso de los muchos que suceden.

Hay otra clase de miembros quienes, por falta de dignidad y por pura negligencia, pueden perder a sus esposas e hijos. Una joven y un joven de los Santos de los Últimos Días contemplando el matrimonio decidieron que ellos se casarían fuera del templo y después serían sellados. El tiempo pasó así, y llegaron a tener tres hijos, y el padre cayó enfermo y murió. Algún tiempo después, otro hombre de los Santos de los Últimos Días vino, cortejó y se casó con la joven viuda, con el propósito de ir al templo después, y que actuaría como un representante y que podrían ella y sus hijos ser sellados al esposo difunto. Esa obra contemplada se retrasó hasta que ella tuvo tres hijos por su segundo esposo, quien ahora pensaba que él tenía tanto derecho a ella en la eternidad como su esposo anterior. La mujer deseaba saber con cual esposo debería ser sellada ella y sus 6 hijos. Se le dijo que ella tendría que decidir con cual esposo quería ser sellada, y que a él y a ella serían sellados los seis hijos. Ella probablemente tomó al esposo que vivía y en tal caso, el primer hombre perdería su mujer y sus hijos por su propia negligencia. Esto representa otra clase de casos, y ellos con pequeñas variaciones, son numerosos en la Iglesia: Estas son evidencias de la tontería y negligencia en cuanto a las oportunidades religiosas.

Otra clase desafortunada consiste en aquellos quienes han sido casados por tiempo y la eternidad, y después” el esposo llega a resfriarse, ser inactivo, indigno, resultando ser un matrimonio infeliz. El esposo muere; la esposa obtiene una cancelación de su sellamiento; y después ella se casa con otro hombre por tiempo y por eternidad; el primer esposo ha perdido a su esposa y posiblemente sus hijos por causa de su indignidad.

Para el beneficio de éstos hombres, sus esposas y sus hijos, ni una piedra debe ser dejada sin voltear en el esfuerzo de mejorar esas condiciones. Por la causa del Señor y la de su Iglesia también, debemos de tratar de amar a aquella gente que llegue a la actividad y al servicio. Dios necesita a ellos en el encabezamiento y las organizaciones de la Iglesia, en quórumes, en barrios, estacas, y en misiones. Ellos se lo deben al Señor, de ponerse a sí mismos en posición de ser usados en su servicio.

La obra misionera individual de parte de los miembros activos se conforma a la voluntad del Señor acerca de miembros inactivos y con no-miembros igualmente.

En las Doctrinas y Convenios tenemos la palabra del Señor como sigue: “He aquí, os envié para testificar y amonestar al pueblo, y le conviene a cada ser que ha sido amonestado, amonestar a su prójimo. Por tanto, quedan sin causa, y sus pecados quedan sobre sus propias cabezas”. (D. y C. 88:81-82).

De esta revelación, yo entiendo que el Señor espera de cada persona que ha recibido el evangelio, que sea un misionero para él durante su vida. Sin necesidad de ir a un país extranjero por llamamiento especial únicamente,, sino buscar la oportunidad de predicar el evangelio a los no-miembros igual a vecinos. No debemos de tener miedo al ir y ofrecer a nuestro vecino o a cualquier otra persona quien tiene deseos de obtener la salvación, la cual, si se acepta, así como sus preceptos seguidos, serán para ellos de tanto valor como para nosotros, lo cual es de más valor que ninguna otra cosa en la vida o la vida misma.

Hay entre nosotros alguien que necesita lo que tenemos para ofrecer — el mensaje del evangelio. No puede haber duda del hecho de que ellos están siendo convertidos en un número grande entre las estacas y los barrios de la Iglesia. Las almas de estos miembros inactivos y no-miembros entre nosotros son tan preciosas como las almas de la gente en países extranjeros y en las islas del mar donde nuestros misioneros están trabajando. En conclusión déjenme leerles unas cuantas líneas poéticas:

Cuán dulce sería al atardecer, sí tu y yo pudiéramos decir

Buen Maestro, hemos buscado las ovejas perdidas

Quebrantadas de corazón y débiles de hambre

Las oímos quejarse Y he aquí, hemos vuelto al atardecer trayéndolas seguras a casa.

Que el Señor multiplique sus bendiciones, lo pido en el nombre de Jesucristo. Amén”.

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Una respuesta a Esta es mi Obra y mi Gloria

  1. Martin dijo:

    Exquicito…solo falto hablar de lo que ocurre al momento del divorcio y el o ella se quedan con los niños y no permite que los vea su ex pareja.

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