Guarden los mandamientos de Dios

Conferencia General Abril 1945

Guarden los mandamientos de Dios

por el presidente Heber J. Grand

Este editorial es el último de los muchos mensajes que dirigió el presidente Heber J. Grant a la Iglesia que encabezó como profeta, vidente y revelador por más de 26 años.

Fué dado en la conferencia general del 6-8 de abril de 1945.

No parece posible que seis meses más hayan pasado desde que tuvimos el privilegio de reunimos en conferencia general de la Iglesia. Desde entonces mucho ha ocurrido en nuestra propia vida y en los eventos del mundo. Desde entonces he tenido el privilegio de cumplir el octogésimo- octavo año de mi vida y vivir el octogésimo noveno año. El Señor nos ha bendecido y sustentado a la hermana Grant y a mí, y la riqueza de nuestras bendiciones son nuestros amigos, nuestros hermanos, y nuestras hermanas, cuyas oraciones a favor nuestro han bendecido nuestra vida, y cuyas consideraciones han alegrado nuestra vida de muchas maneras.

Me regocijo grandemente en las muchas bendiciones del evangelio de Jesucristo de que gozamos. Me regocijo en la hermandad, la fe, las oraciones y el buen espíritu de quienes se asocian conmigo. Me regocijo en la integridad, la fe y la diligencia de aquellos que presiden en las varias estacas de Sión. Reconozco que todos estamos expuestos a las flaquezas, debilidades e imperfecciones, pero estoy convencido de que casi sin excepción los que estén al frente de los santos en los barrios, las estacas de Sión, y en las misiones, sean hombres de Dios, y que su integridad sea sin motivo de duda, y que si fuera necesario estarían dispuestos y listos a perder su vida por el progreso del Reino de Dios. Yo creo que los élderes de Israel en todos los diferentes barrios y estacas de Sión desean fervientemente conocer la mente y la voluntad de nuestro Padre Celestial, y que están listos y prestos para cumplir con todo lo que esté a su alcance, cumplir con esa mente y esa voluntad, que me proporcionan gozo y satisfacción, y que me alientan en la responsabilidad que pesa sobre mí.

Desde que nos reuniéramos la última vez, la Iglesia ha tenido que sufrir la pérdida de dos de nuestro hermanos de las autoridades generales; el hermano Samuel O. Bennion y el hermano Rufus K. Hardy, ambos del Primer Concilio de los Setenta. Yo los honraba y amaba. Ellos eran en realidad hombres de Dios, y rindieron grandes servicios al trabajo del Señor, en los últimos días. Los echamos de menos y continuaremos echándolos de menos en los concilios de la Iglesia — pero su lugar está asegurado en el reino de nuestro Padre. Eran predicadores valientes de la justicia y recibirán las bendiciones de los valientes y de los justos. Que Dios, nuestro Padre conceda la paz y el consuelo a su devotas esposas, las hermanas Hardy y Bennion, y a sus familiares.

RELATIVO A LOS DIEZMOS Y OTROS PRINCIPIOS.

Me regocijo en el aumento de los diezmos y ofrendas de este pueblo, y en el número crecido de los que cumplen con sus obligaciones financieras ante el Señor, y espero y ruego que este principio y todos los demás principios del Evangelio se enseñan a los niños en nuestros hogares, y en nuestras organizaciones auxiliares de la Iglesia. ..

Debe ser orgullo de los obispos y consejeros de los obispos, y de los presidentes de las estacas y sus consejeros, y de los oficiales y maestros, y de los miembros de esta Iglesia, grandes y chicos que diligente y concienzudamente paguen sus diezmos. Somos capaces de lograr esto si tenemos la firme creencia de que es posible y si trabajamos con ese fin.

Reconozco y aprecio el hecho. de que el Señor pudiera derramar sobre nosotros abundancia de las riquezas de este mundo, de que nos pudiera enriquecer a todos, porque las montañas están llenas de riquezas y podría abrir para nosotros avenidas por las cuales todos pudiéramos enriquecernos pero al hacer esto, no nos dejaría oportunidad de mostrar nuestra fe con nuestras obras; no tendríamos oportunidad de desarrollarnos como hombres ni de alistarnos y prepararnos con el mismo trabajo para volver a morar en la presencia de nuestro Padre Celestial.

Yo entiendo las enseñanzas de nuestro Señor y Salvador Jesucristo que dicen que no aprovecha al hombre ganar todo el mundo y perder su propia alma. Es por la fiel ejecución de los deberes y las obligaciones que pesan sobre nosotros en la Iglesia de Dios que nos desarrollamos. Es por el ejercicio de nuestras facultades mentales que mejoramos; es por el ejercicio de nuestros poderes físicos que nos fortalecemos; es por el cultivo y el ejercicio espiritual por lo que crecemos espiritualmente, que crecemos en el testimonio del Evangelio, que crecemos en capacidad y fuerza necesaria para lograr los propósitos de nuestro Padre Celestial sobre la tierra.

Sobre el tema de los diezmos, escuché una ilustración espléndida de boca de una maestra en una clase de niños; ella trajo consigo diez bonitas manzanas rojas. Explicó que todo lo que tenemos en el mundo viene del Señor y dijo, “¿Si le doy estas diez manzanas a uno de ustedes me devolverá una?” Cualquiera de ustedes niños que haga esto levanté la mano. Por supuesto todos levantaron las manos. Entonces dijo ella, “Esto es lo que el Señor hace con nosotros. Él nos da las diez manzanas, más solicita que le devolvamos una mostrando así nuestro agradecimiento por la dádiva”.

Lo que pasa con algunos es que cuando reciben las diez manzanas, se comen nueve de ellas, luego parten la décima en mitades, se comen una mitad y dan la otra al Señor. Unos parten la última manzana en dos, se comen la primera mitad, y levantan la otra al Señor para que pruebe un bocado. Hasta esto llegan nada más en repartir sus bienes y mostrar su gratitud al Señor.

Nuestros hijos a veces creen que nosotros estemos bajo obligación con ellos si aprenden sus lecciones en las escuelas; creen que han hecho algo que deja a los parientes con obligación, mientras, la verdad es, que han hecho algo si aprenden bien sus lecciones, que individualmente les beneficiará para siempre. Del mismo modo, algunos miembros de la Iglesia tienen la creencia de que la presidencia de la Iglesia, de la estaca, o el obispado de su barrio están bajo obligación a ellos si obedecen la palabra de sabiduría, si obedecen la ley de diezmos que nos es dada, o cualesquier principio del Evangelio. Sienten que han hecho algo que pone a la Iglesia, las autoridades locales de la Iglesia, las autoridades generales, bajo obligación con ellos. Más cada ley de la Iglesia que nos es dada es para nuestro beneficio individual.

CUIDANDO NUESTRA JUVENTUD

Quisiera impresionaros a los obreros en todas las organizaciones de la Iglesia, sobre la necesidad de trabajar humilde, diligentemente, y sin cansarse en estos tiempos para persuadir a la juventud de Sión a que sea fiel, más diligente en todas sus obligaciones y responsabilidades, en salvaguardar su virtud, y en observar lo que conocemos como la “Palabra de Sabiduría”. Siento que aunque haya docenas de millares de nuestros jóvenes que hagan esto, puede haber también unos que para hacerse compadritos, sean tentados hasta llegar a ser descuidados y olvidadizos.

Suplico a nuestros jóvenes, doquier que estén en el mundo, que recuerden bien todos los principios e ideales, bajo todas las condiciones y circunstancias, estando en su casa o fuera de ella.

No hay como cuidar al pueblo. Es igual el Evangelio que en los negocios. Si un hombre no cuida de sus negocios seguro es que perderá la clientela. Tenemos que cuidar al pueblo, a nuestros jóvenes y a los demás, no importa donde vayan, si queremos mantenerlos en el camino de sus deberes.

A NUESTROS JÓVENES DE LAS FUERZAS ARMADAS

Nuestros corazones, nuestros pensamientos, y nuestras oraciones se extienden a los que están en las fuerzas armadas. Por datos de todas las estadísticas que hemos podido juntar, sabemos que más de cien mil de nuestros jóvenes están al servicio de su país, portando el uniforme. Oramos por ellos continuamente. Rogamos por la preservación de su vida, y que sean fieles a las cosas que les son más preciosas que la vida.

Les decimos otra vez que sean limpios, que guarden los mandamientos de Dios, que oren, que vivan rectamente; y si lo hacen, la paz y la comprensión llegarán a su corazón, y nuestro Padre Celestial les confortará; y El dejará que se sienta Su presencia en la hora de tribulación.

Jóvenes de Sión, cuando regresen a sus hogares, regresen con las manos y el corazón limpio — y grande será su felicidad, su fe y su testimonio. Sus hermanos y sus queridos parientes ruegan por ustedes y esperan el día de su regreso.

Y ruego con todo mi corazón que si hay quienes hayan cometido errores, se arrepientan; y de esta manera sabremos que  se han arrepentido — que confiesen sus pecados y los abandonen.

A LOS AFLIGIDOS

A las casas de muchos de nosotros ha llegado la tristeza desde la última conferencia. En los días venideros tendremos que hacer frente al hecho de que más hogares y más familias serán afligidas por las noticias de la muerte y otras tragedias. Que la paz y el consuelo de nuestro Padre Celestial lleve su influencia alentadora a todos los que están afligidos y los que tengan que aguantar tristezas. Y que seamos fortalecidos con el entendimiento de que el ser bendecido no siempre signifique el ser librado de desengaños y de las dificultades de la vida. Todos las tenemos, aunque nuestras dificultades sean diferentes. No he pasado por la misma clase de pruebas que otros han tenido que aguantar, más he tenido una buena porción. Cuando de joven, perdí a mi esposa y mis únicos dos hijos, trataba sinceramente y de todo corazón de guardar los mandamientos del Señor, y yo y mi casa observábamos la palabra de sabiduría, y teníamos derecho a las bendiciones de la vida. Yo he sido probado y tentado intensamente, más con gratitud digo que las tribulaciones y las tentaciones no fueron más grandes de lo que podía aguantar, y con todo mi corazón espero que nunca tengamos que aguantar más de lo que soporte nuestra capacidad, por medio de las bendiciones del Señor.

Y que siempre recordemos, porque es verdadero y consolador, que la muerte de un hombre fiel no es nada en comparación con la pérdida de la inspiración del buen espíritu. La vida eterna es el premio, y será nuestro, y el gozo de nuestro Padre Celestial al darnos la bienvenida será grande, si hacemos lo justo; y no hay nada más grande que alguien pueda hacer en la vida, que hacer lo justo. El Señor oirá y contestará las oraciones que le ofrecemos y nos dará las cosas que le pedimos si son para nuestro bien. Nunca abandonó ni jamás abandonará a los que le sirvan de corazón; pero siempre tenemos que estar preparados para decir, “Padre, sea hecha tu voluntad”.

Que el Señor bendiga y guarde a los que estén fuera de sus hogares, y que bendiga a las esposas, a los hijos, a las madres y a los padres.

Que Dios bendiga y preserve a los santos y a los justos en todas partes, en todas las naciones, en las islas lejanas, en las tierras destrozadas por la guerra, tanto como entre nosotros. A todos los fieles extendemos de nuevo la mano de la hermandad, y les recordamos ante Dios; y que logre sus propósitos, que domine en los asuntos de las naciones, que apresure el fin de la guerra y de la maldad, y que traiga paz sobre la tierra.

TRABAJO, INDUSTRIA E INTEGRIDAD

Ruego a todos los santos ahora, como mis antecesores en la presidencia de la Iglesia siempre lo han hecho, que sean honestos, verídicos, industriosos y frugales; que se libren de las deudas y que no incurran en más deudas; que se preparen para el tiempo en que el dinero no circule tan libremente como ahora.

Aun ahora, se nos dice que habrá días difíciles más adelante no obstante haya progresado la guerra a su presente estado. Que todos los que podamos, sembremos lo que sea posible de nuestra propia comida y sustento. Que todos seamos industriosos y útiles hasta el máximo de nuestra fuerza y nuestra capacidad. Fuimos enviados a ganar nuestro pan “con el sudor de la frente”. Creo que puede haber cierta disposición de parte de algunos Santos de los Últimos Días en decir, “Bueno, después de que tengamos unos sesenta y cinco años de edad no tendremos que t r a b ajar más”. Debe existir en el corazón de todo hombre y mujer este decir, “Voy a vivir y trabajar. No se me ha dado más que el tiempo para vivir, y voy a esforzarme cada día de mi vida en hacer algún trabajo que sea aceptable a la vista de mi Padre Celestial, y si es posible, lograr un poco más hoy de lo que lograse ayer”. Es fácil arrojarle un peso a un semejante, más requiere simpatías y un buen corazón para poderse interesar uno en aquel semejante y hacer planes para su bienestar y beneficio.

Y es un principio del evangelio de Jesucristo, ahora, como siempre lo ha sido, el ayudar a todo hombre para que él pueda ayudarse a sí mismo — el ayudar a cada hijo de nuestro Padre Celestial a ganar su salvación, ambas temporal y espiritualmente.

RESPONSABILIDAD DE DIRECCIÓN

Ruego por los justos de todos los pueblos. Suplico al Señor que bendiga a los que presiden en las naciones; En los Estados, en las ciudades, y en los condados. Ruego a Dios que inspire al pueblo para que obedezca Sus mandamientos y que elija buenos hombres a los puestos de responsabilidad pública, que reconcilien sus diferencias políticas, sus ambiciones personales, y sus intereses egoístas, para elegir hombres buenos para puestos públicos.

Yo les digo que es el deber de la presidencia de esta Iglesia pedir al pueblo que haga cualquier cosa y todas las cosas que la inspiración de Dios les mande que les diga y no tienen necesidad de temer que ningún hombre jamás se pare a la cabeza de la Iglesia de Jesucristo a menos que nuestro Padre Celestial quiera que esté allí.

Varias veces he ido al culto de la vieja Casa de los Dotes, sabiendo que cierto asunto sería discutido, y mi mente quedaba tan perfectamente fija sobre la posición que tomaría yo en ese asunto, como es posible que el hombre tenga una idea fija; y creo ser tan firme en mis opiniones como la mayoría de los hombres (he oído decir que no hay persona tan testaruda como un escocés que no sea un holandés; y yo soy escocés por parte de mi padre v holandés por parte de mi madre). Y aunque haya ido yo a los cultos favoreciendo determinadamente cierto proceder, libre y gustosamente he votado al exacto opuesto de ese proceder, por causa de la inspiración del Señor que venía a darme dirección. Y en cada ocasión de esas fué vindicado el proceder adoptado y eventos posteriores probaron que era por el bienestar del pueblo.

También podría relatar circunstancias en que los hermanos se han mandado para llevar a cabo cierta misión bajo la inspiración del Señor, cuando les parecía que no podían llevar a cabo esas labores. Han regresado y han podido dar testimonio que por y con la ayuda del Señor pudieron llevar a cabo la labor que les había sido encomendada.

El Señor nos da a muchos la pequeña y silenciosa voz de la revelación. Viene tan vivida y fuertemente como si fuera un sonido agudo. Viene a cada hombre según sus necesidades y su fidelidad, para guiarle en los asuntos pertenecientes a su propia vida. Para la Iglesia en total viene a los que han sido ordenados para hablar por toda la Iglesia — y les repito que es deber de la presidencia de esta Iglesia pedir al pueblo que haga cualquier cosa y todas las cosas que la inspiración de Dios les mande que les diga. Nosotros como Santos de los Últimos Días poseyendo el sacerdocio de Dios, debiéramos magnificarlo, y respetar a las autoridades generales de la Iglesia; y como nosotros los respetamos, Dios nos respetará.

LA CLAVE

Hay solamente un sendero de seguridad para los Santos de los Últimos Días y es el sendero del deber. No es únicamente un testimonio; no es recibir manifestaciones maravillosas; no es el saber que el evangelio de Jesucristo sea la verdad, y que sea el plan de salvación — no es el saber realmente que el Salvador sea el Redentor, y que José Smith sea su profeta, lo que nos salvará a ustedes y a mí; sino que el guardar los mandamientos de Dios, viviendo como Santo de los Últimos Días.

Ruego constantemente por todos los oficiales de esta Iglesia, sean en el sacerdocio o en las asociaciones auxiliares. Estoy seguro, particularmente en mis oraciones secretas, que nunca me olvido, a mañana y noche, de los que han sido llamados a presidir y a dirigir los quórums del sacerdocio y de las asociaciones auxiliares. Mi oración es que cada uno de los que posea un puesto de responsabilidad, ordene su vida de tal manera que sea un ejemplo de diligencia y energía y del espíritu del Dios viviente, que pueda seguirse en todas sus partes sobre los que presida.

Si hacemos esto, cuán maravilloso poder tendremos con el Señor para el adelanto de sus grandes propósitos en la tierra. Si guardamos sus mandamientos nuestra influencia irá no solamente con el mundo, sino también con nuestros jóvenes. Su fuerza y poder de ellos se multiplicarán si logramos hacerles sentir la necesidad de observar los mandamientos de Dios, particularmente en lo que concierne a los principios de una vida limpia y justa.

Digo a todos los Santos de los Últimos Días: Guardad los mandamientos de Dios! Esta es la clave. Solamente estas cuantas palabras:

GUARDAD LOS MANDAMIENTOS DE DIOS TESTIMONIO FINAL

Lo más glorioso que jamás haya acontecido en la historia del mundo desde que el mismo Salvador viviera sobre la tierra, es que Dios mismo tomó a bien visitar la tierra con Su amado y unigénito Hijo, nuestro Redentor y Salvador, y aparecérsele al joven José. Hay miles y centenares de miles que han tenido un perfecto e individual testimonio y conocimiento de esta verdad eterna. El Evangelio en su pureza se ha restaurado en la tierra, y quiero poner énfasis sobre la cosa suprema que nosotros como pueblo penemos que hacer, y esto es, llamar al mundo al arrepentimiento, y a la obediencia a los mandamientos de Dios. Y es nuestro deber, sobre todas las cosas, proclamar el evangelio del Señor Jesucristo en el hogar y fuera del hogar, según lo permitan las circunstancias. Es nuestro deber también acordarnos de aquellos hijos  de nuestro Padre que murieron anteriormente sin tener el conocimiento del Evangelio, y abrirles la puerta de la salvación en los templos, en donde tenemos obligaciones que cumplir.

Os testifico que yo sé que Dios Vive, que oye y contesta oraciones; que Jesús es el Cristo, el Redentor del mundo, que José Smith fué y es un ‘profeta del verdadero Dios viviente, y que Brigham Young y los que le siguieron fueron y son también profetas de Dios.

No tengo a mi alcance el lenguaje propio para expresar mi gratitud por el conocimiento de que Él vive y que su Evangelio llamado el mormonismo, es en verdad el plan de vida y salvación, que es en toda verdad del Señor Jesucristo. Que Dios nos ayude a ustedes, a mí y a todos, a vivir el Evangelio, y que pueda ayudar a los que no conocen la verdad para que puedan recibir este testimonio es mi constante y sincera oración, y la hago en el nombre de Jesucristo. Amén.

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