El valioso Don de la Vista

El valioso Don de la Vista

Por el presidente Thomas S. Monson
Segundo consejero de la primera presidencia
Liahona Agosto 1990

Hay muchos hombres y mujeres en todas partes del mundo que podrían mejorar su vida si tan sólo les extendiéramos nuestra ayuda; pueden ser nuestros vecinos, nuestros amigos, nues­tros compañeros de tra­bajo. Todos son nuestros hermanos y hermanas.

Cuando Jesús anduvo entre los hombres, enseñándoles, utilizó siem­pre un vocabulario sencillo. Ya fuera que caminara por la polvo­rienta senda de Perea a Jerusalén, dirigiera la palabra a la multitud en la costa del Mar de Galilea, o se detuviera cerca del pozo de Jacob, en Samaria, enseñó por medio de parábolas. Con frecuencia habló acerca de corazones que fuesen perceptivos y tuviesen comprensión, de oídos que escuchasen y de ojos que literalmente pudiesen ver. Al igual que en la época de Cristo, en nuestros días hay quienes no tienen la bendición del don de la vista.

Había un hombre ciego que, para mantenerse a sí mismo, se sentaba todos los días en el mismo lugar, en la orilla de una transitada acera de una gran ciudad. Con una mano sostenía un viejo sombrero de fieltro, lleno de lápices; y con la otra, una taza de hojalata. Del cuello le colgaba un cartel, el cual era un simple llamado de atención a los transeúntes; el mensaje del cartel era breve y conciso, implicaba un último recurso y tenía incluso un tono de desesperación. Decía: “Soy ciego”.

La mayoría de la gente no se detenía para comprar los lápices ni poner unas monedas en el recipiente; todos estaban muy ocupados, y demasiado enfrascados en sus propios problemas. La taza nunca se había llenado de monedas, ni siquiera hasta la mitad. Pero en una hermosa mañana de primavera, un hombre se detuvo y escribió algo en el raído cartel. Ya no decía: “Soy ciego”, sino que el mensaje era: “Es primavera, y soy ciego”. Aquel men­saje despertó sentimientos de compasión y muy pronto la taza se llenó. Sin embargo, las monedas no eran más que un simple substituto por la añoranza de poder restituirle la vista.

Recuerdo un artículo que leí acerca de un suceso ocu­rrido en la isla de Sicilia, Italia: “El martes pasado, cinco hermanos, ciegos de nacimiento, lloraron de gozo al ver por primera vez al mundo. Los hermanos Rotolo se some­tieron a una operación quirúrgica a fin de extirparles las cataratas que habían tenido desde su nacimiento. Mien­tras les quitaba las vendas, en un cuarto en penumbras, el cirujano Luigi Picardo debió de haber orado para que la operación hubiese tenido éxito. El primero que habló fue Calogero, el menor, de cuatro años. “La corbata!” exclamó, mientras jalaba la corbata del cirujano. “¡Puedo ver, puedo ver!” Mientras el doctor quitaba las vendas a los otros niños, se oían expresiones de gozo y felicidad. El padre de los chicos casi no podía creer lo que estaba sucediendo y mientras tomaba en sus manos la cara de su hijo de trece años, Carmelo, le preguntó tiernamente: “Hijo, ¿puedes ver? ¿En verdad puedes ver?”

La madre de los niños, los médicos y todos los que estaban allí presentes lloraban de alegría. El doctor Pi­cardo volvió a vendar los ojos de los niños y salió muy lentamente de la habitación; se sentó en un banco y sollozando dijo: “Nunca he sentido una serenidad y una felicidad tan extraordinarias”. De ese modo, un hábil cirujano literalmente dio el don de la vista a cinco mucha­chitos que, hasta ese momento, habían sido ciegos.

Todos nosotros conocemos a alguien que no puede ver; también conocemos a muchas otras personas que caminan en la obscuridad a plena luz del día. Estas quizás nunca lleven consigo el bastón blanco que identifica a los ciegos y con el que cuidadosamente se abren paso, guiándose por el sonido familiar que hace al pegar contra el suelo. Quizás tampoco les acompañe un perro fiel, entrenado para ello, ni lleven colgado del cuello un cartel que diga: “Soy ciego”. No obstante, sí son ciegos. A algunos los ha enceguecido el enojo, a otros la indiferencia, la venganza, el odio, el prejuicio, la ignorancia o el haber dejado pasar valiosas oportunidades de progresar.

Con respecto a ellos el Señor ha dicho:

“…con los oídos oyen pesadamente,
Y han cerrado sus ojos;
Para que no vean con los ojos,
Y oigan con los oídos,
Y con el corazón entiendan,
Y se conviertan,
Y yo los sane” (Mateo 13:15).

Esas personas podrían muy bien clamar: “¡Es prima­vera, el Evangelio de Jesucristo ha sido restaurado; no obstante, soy ciego!” Algunos, al igual que el amigo de Felipe, del Nuevo Testamento, se lamentan: “¿Y cómo podré [encontrar la senda], si alguno no me enseñare?” (Hechos 8:31). Otros son demasiado tímidos y temen pe­dir la ayuda necesaria que les restaure la preciada visión espiritual.

El caso de los hermanos Rotolo se publicó en todo el mundo. Pero hay miles de otras situaciones en que la transición de la densa obscuridad de la desesperación a la gloriosa luz espiritual se logra sin publicidad de nin­guna clase, sin el reconocimiento de los demás.

Citaré a continuación dos comentarios típicos de aque­llos que por un tiempo estuvieron ciegos pero que ahora caminan en la luz y la verdad, gracias a fieles maestros orientadores y líderes dedicados.

Una familia comentó lo siguiente: “Antes de reactivar­nos en la Iglesia, creíamos que nuestra vida era normal; teníamos nuestros problemas, nuestros altibajos, como todo el mundo, pero en nuestro hogar faltaba algo en particular: La unidad que sólo se logra por medio del sacerdocio. Ahora tenemos esa bendición y el amor que sentimos el uno por el otro es más grande de lo que jamás soñamos. Ahora podemos decir que somos felices”.

Otra familia declaró: “Todas las noches le damos gra­cias a nuestro Padre Celestial por el obispado y los maes­tros orientadores que nos ayudaron a lograr las bendiciones que, para nosotros, parecían imposibles de recibir. Ahora sentimos una paz y tranquilidad indescrip­tibles”.

A los que han sentido la influencia del Salvador les es difícil explicar el cambio que se ha producido en su vida; sienten el deseo de ser mejores, de prestar servicio con fidelidad, de ser humildes y de ser como Cristo. Después de haber recibido la visión espiritual y de haber vislum­brado las promesas de la eternidad, esas personas hacen eco de las palabras del hombre ciego a quien Jesús res­tauró la vista: “…una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo” (Juan 9:25).

¿Qué explicación tenemos para esos milagros? ¿Por qué se reactivan con tanto fervor? Un poeta escribió acerca de la muerte: “Y Dios lo tocó, y durmió”. Y yo, refirién­dome a ese renacer, digo: “Y Dios los tocó, y desperta­ron”.

Hay dos razones primordiales por las que se producen estos cambios de actitud, de costumbres y de acciones en las personas:

La primera razón es que cuando se les enseñan las posibilidades eternas, toman la determinación de alcan­zarlas; una vez que la gente ve su potencial eterno, no se conforma con algo inferior.

Y la segunda razón es que otros hombres, mujeres y jóvenes han seguido la admonición del Salvador y han llegado a amar a su prójimo como a sí mismos y les ayudan a lograr las metas justas que se hayan fijado.

El elemento principal de ese proceso ha sido y es el amor, el cual se describe como el atributo más noble del alma humana.

Con frecuencia, el amor de un niño enternece el cora­zón de una persona, y, consiguientemente, produce un cambio en la vida de ésta. Era la época de la Navidad y un niñito entró en una gran tienda, tomado de la mano de su mamá y de su papá, para ver a Papá Noel. Durante la conversación, Papá Noel le preguntó: “¿Qué quieres para Navidad?” Este se quedó anonadado ante la res­puesta del pequeño: “Quiero que mi papá vuelva a querer a mi mamá como antes”. ¿Puede acaso un padre perma­necer indiferente ante una súplica de esa naturaleza? ¿Y una madre?

A veces, el amor paciente, piadoso y comprensivo de una esposa despierta en un hombre el deseo de llevar una vida mejor, de ser el esposo y el padre que sabe que debe y que puede ser.

Recuerdo el día en que tuve el privilegio de sellar en el templo a una familia que había conocido durante muchos años. Reinaba una gran paz; todas las preocupaciones del mundo exterior se habían disipado; la serenidad y la quietud de la Casa del Señor reinaba en el corazón de los presentes. Yo sabía que esa pareja en particular se había casado hacía dieciocho años y que era la primera vez que iban al templo. Dirigiéndome al esposo le pregunté: “Jack, ¿a quién le debes la realización de este glorioso acontecimiento?”

Él sonrió y, en silencio, señaló a su esposa, que estaba sentada a su lado. Presentí que aquella mujer encanta­dora nunca se había sentido más orgullosa de su esposo que en ese momento en particular. Entonces Jack señaló a uno de los testigos de la ceremonia y, del mismo modo, reconoció la gran influencia que él había tenido en su vida.

Cuando los tres hermosos hijos fueron sellados a los padres, advertí las lágrimas que brotaban de los ojos de la hija adolescente; éstas le rodaban por las mejillas y le bañaban las manos entrelazadas; eran lágrimas sagradas, lágrimas de un gozo supremo, lágrimas que expresaban la silenciosa pero elocuente gratitud de un corazón tierno, gratitud que no habría podido expresar con palabras.

Yo pensé: ¡Si la gente tan sólo se diera cuenta de que no debe desperdiciar dieciocho largos años para recibir esta bendición tan grande!

Sin embargo, hay quienes piensan que Dios los ha abandonado a causa de su negligencia, sus malos hábitos, porque se han apartado de la senda del bien; creen que El no escuchará más sus súplicas, no verá la situación en que se encuentran ni sentirá compasión por ellos. Pero esos sentimientos no son compatibles con la palabra del Señor:

“Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes.

“No muchos días después, juntándolo todo el hijo me­nor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desper­dició sus bienes viviendo perdidamente.

“Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle.

“Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos.

“Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba.

“Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!

“Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti.

“Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.

“Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.

“Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo.

“Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor ves­tido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies.

“Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta;

“porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado.” (Lucas 15:11-24.)

Para aquellos que piensen que son demasiado débiles para cambiar el curso de su vida, para aquellos que no tomen la determinación de mejorar por temor al más grande de los temores, el fracaso, no hay un consuelo mayor que las palabras del Señor: “…y basta mi gracia a todos los hombres que se humillan ante mí; porque si se humillan ante mí, y tienen fe en mí, entonces haré que las cosas débiles sean fuertes para ellos” (Eter 12:27).

Hay muchos hombres y mujeres en todas partes del mundo que podrían mejorar su vida si tan sólo les exten­diéramos nuestra ayuda; pueden ser nuestros vecinos, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo. Todos son nuestros hermanos y hermanas.

Desde lo más profundo de mi corazón ruego que esas personas respondan al cálido llamado del Maestro y a su mano piadosa que se extiende siempre hacia nosotros; ruego que todos sirvamos fielmente a nuestro Señor y Salvador, quien voluntariamente dio la vida para que viviéramos para siempre; que tengamos ojos que real­mente vean, oídos que en verdad oigan y un corazón caritativo y perceptivo. □

Otros hombres, mujeres y jóvenes han seguido la admonición del Salvador y han llegado a amar a su prójimo como a sí mismos y les ayudan a lograr las metas justas que se han fijado.

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