Un poderoso cambio en el corazón

Un poderoso cambio en el corazón

Por El Presidente Ezra Taft Benson

La fe en el señor Jesucristo es la base sobre la cual debe cimentarse un arrepen­timiento sincero y auténtico. Si en verdad procuramos alejarnos del pecado, debemos primero acercarnos a él, el autor de nuestra salvación.

Ser miembro de la Iglesia, en el sentido común de la palabra, quiere decir que el nombre de una persona figura en los registros de los miembros de la Iglesia. De acuerdo con esa definición, tenemos en la actualidad más de seis millones.

Pero la definición que el Señor nos da de un miembro de la Iglesia es totalmente diferente. En 1828, por medio del profeta José Smith, dijo: “He aquí, ésta es mi doctrina: quienes se arrepienten y vienen a mí, tales son mi iglesia” (D. y C. 10:67, cursiva agregada). Esto quiere decir que para Aquel a quien pertenece esta Iglesia, el ser un miembro de ella significa mucho más que figurar en los registros.

En base a eso, me gustaría exponer conceptos importantes que debemos comprender y aplicar en nuestra vida si realmente hemos de arrepentimos de nuestros pecados y acercarnos a Cristo.

Una de las artimañas que Satanás utiliza con más frecuencia para alejarnos del bien, es inculcarnos la creencia de que los mandamientos de Dios restringen la libertad y limitan la felicidad de los seres humanos. Los jóvenes, en especial, a veces sienten que las normas del Señor son como muros y cadenas que los aíslan de las diversiones que parecen hacer disfrutar más de la vida. Pero, en realidad, es totalmente lo opuesto. El plan del evangelio es el único plan por medio del cual el hombre puede llegar a tener la plenitud de gozo. Y éste es el primer concepto que me gustaría recalcar: Los principios del evangelio son los pasos y las pautas que nos ayudarán a encontrar el verdadero gozo y la verdadera felicidad en la vida.

Cuando el salmista llegó a comprender este concepto, exclamó: “¡Oh, cuánto amo yo.tu ley! . . . Me has hecho más sabio que mis enemigos con tus mandamientos. . . Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino . . . Por heredad he tomado tus testimonios para siempre, porque son el gozo de mi corazón” (Salmos 119:.97—98, 105, 111).

Si deseamos arrepentimos sinceramente y acercarnos al Señor para que se pueda decir de nosotros que somos miembros de su Iglesia, primero y ante todo debemos darnos cuenta de esta verdad eterna: El plan del evangelio es el único plan que brinda la felicidad. La iniquidad nunca dio, nunca da, ni nunca dará felicidad. Cuando se violan las leyes de Dios, sólo se consiguen desdicha, cautiverio y tinieblas.

El segundo concepto importante para llegar a comprender el plan de Dios es la relación que existe entre el arrepentimiento y el principio de la fe. El arrepentimiento es el segundo principio fundamental del evangelio. El primero es que debemos tener fe en el Señor Jesucristo. ¿Por qué? ¿Por qué la fe debe preceder al arrepentimiento?

A fin de contestar esas preguntas, debemos comprender algo acerca del sacrificio expiatorio del Maestro. Lehi enseñó que “. . . ninguna carne puede morar en la presencia de Dios, sino por medio de los méritos, y misericordia, y gracia del Santo Mesías” (2 Nefi 2:8). Ni el más justo y virtuoso de los hombres podrá salvarse sólo por sus propios méritos porque, tal como nos dice el apóstol Pablo: “. . . todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23).

Entonces, si no fuera por la vida perfecta y sin pecado del Salvador, la cual dio en forma voluntaria por nosotros, no podría haber remisión de los pecados.

Por lo tanto, arrepentirse significa más que limitarse a corregir o cambiar el comportamiento. Muchos hombres y mujeres en todo el mundo demuestran una gran voluntad y autodisciplina para vencer los malos hábitos y las debilidades de la carne. Pero al mismo tiempo que lo hacen no se acuerdan en absoluto del Maestro, y, a veces, hasta lo rechazan abiertamente. Aun cuando estos cambios en el comportamiento de una persona estén orientados correctamente, no se puede decir que ha habido en ellos un verdadero arrepentimiento.

La fe en el Señor Jesucristo es la base sobre la cual debe cimentarse un arrepentimiento sincero y auténtico. Si en verdad procuramos alejarnos del pecado, debemos primero acercarnos a Él, el Autor de nuestra salvación.

El tercer principio importante para saber si somos verdaderamente miembros de la Iglesia es que el arrepentimiento no requiere un simple cambio de proceder, sino un cambio en el corazón.

Después que el rey Benjamín concluyó el notable discurso que dio en la tierra de Zarahemla, todos clamaron a una voz diciendo que creían todas las palabras que él había hablado. Sabían con certeza que las promesas de redención eran verdaderas porque dijeron: “. . . el Espíritu del Señor Omnipotente… ha efectuado un potente cambio en nosotros o en nuestros corazones, [y préstese atención a lo siguiente:] por lo que ya no tenemos más disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente” (Mosíah 5:2).

Una vez que se produce en nosotros este cambio poderoso, que sólo se puede llevar a cabo por medio de la fe en Jesucristo y de la influencia del Espíritu, es como si fuéramos otra persona. Por ese motivo, el cambio se compara con volver a nacer. Miles de vosotros habéis experimentado ese cambio; miles de vosotros habéis abandonado el pecado, a veces profundo y repulsivo, y, mediante la sangre de Cristo, os habéis vuelto limpios. No tenéis más la disposición de volver a vuestras antiguas costumbres; sois en realidad una persona nueva. Eso es precisamente lo que significa tener un cambio en el corazón.

El cuarto concepto que me gustaría recalcar es lo que las Escrituras llaman “la tristeza que es según Dios” por causa de nuestros pecados. Es muy común ver en el mundo a hombres y mujeres que tienen remordimientos por los errores cometidos; muchas veces eso se debe a que su conducta les causa pesar e infortunio, tanto a ellos como a sus seres queridos; a veces sufren porque los han descubierto y castigado por sus acciones. Esos sentimientos mundanos no son “la tristeza que es según Dios”.

La “tristeza. . . según Dios” está claramente representada en dos pasajes de las Escrituras. En los últimos días de la nación nefita, Mormón dijo con respecto a su pueblo: “. . . su aflicción no era para arrepentimiento, por motivo de la bondad de Dios, sino que era más bien el lamento de los condenados, porque el Señor no siempre iba a permitirles que se deleitasen en el pecado.

“Y no venían a Jesús con corazones quebrantados y espíritus contritos, antes maldecían a Dios, y deseaban morir.” (Mormón 2:13—14.)

En el hemisferio oriental, el apóstol Pablo trabajó entre la gente de Corinto. Después de haberse enterado de que había serios problemas entre los miembros de la Iglesia, incluso inmoralidad (véase 1 Corintios 5:1), Pablo les escribió una epístola severa de reprensión. Los santos reaccionaron con el espíritu debido y, evidentemente, cambiaron de proceder, porque en la segunda epístola Pablo les escribió: “Ahora me gozo, no porque hayáis sido contristados, sino porque fuisteis contristados para arrepentimiento; porque habéis sido contristados según Dios. . .

“Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte.” (2 Corintios 7:9—10.)

En ambos pasajes, la tristeza que es según Dios se define como una tristeza que nos conduce al arrepentimiento.

La tristeza según Dios es un don del Espíritu; es un claro reconocimiento de que nuestras acciones han ofendido a nuestro Padre, nuestro Dios; es adquirir una vivida conciencia de que, debido a nuestro comportamiento, el Salvador, que estaba libre de todo pecado, El, el más grande de todos, padeció la agonía y el sufrimiento, porque fue por nuestros pecados que sangró por cada poro. Es esa aflicción mental y espiritual que sufrimos a lo que las Escrituras se refieren cuando dicen “los de corazón quebrantado y de espíritu contrito” (véase 2 Nefi 2:7), y ese estado espiritual es el requisito absolutamente necesario para que tenga lugar el verdadero arrepentimiento.

El siguiente principio que deseo analizar es éste: No hay nadie que desee más que se produzca un cambio en nuestra vida que nuestro Padre Celestial y el Salvador. En el Apocalipsis, el Salvador extiende una poderosa e intensa invitación. Él dice: “… yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él” (Apocalipsis 3:20). Observemos que Él no dice “Estoy a la puerta y espero a que llaméis”. Por el contrario, Él es quien llama, quien nos hace señas de que nos acerquemos, quien nos pide que abramos nuestro corazón y le demos cabida en él.

Ese principio se enseña aún con más claridad en el gran sermón que Moroni pronunció acerca de la fe. El Señor le dijo: “. . . si los hombres vienen a mí, les mostraré su debilidad. Doy a los hombres debilidad para que sean humildes; y basta mi gracia a todos los hombres” (Eter 12:27). No interesa lo que nos falte, las debilidades que tengamos ni nuestras insuficiencias, porque Sus dones y Sus poderes son suficientes para superar todo eso.

Moroni continúa con las palabras del Señor diciendo: “. . . y basta mi gracia a todos los hombres que se humillan ante mí; porque si se humillan ante mí, y tienen fe en mí, entonces haré que las cosas débiles sean fuertes para ellos” (Eter 12:27, cursiva agregada).

¡Qué hermosa esta promesa del Señor! Que precisamente la raíz misma de nuestros problemas [nuestras debilidades] pueda cambiarse, moldearse y transformarse en fortaleza y en una fuente de poder. Y esa promesa se repite de una forma u otra en muchos otros versículos de las Escrituras. Por ejemplo, Isaías dijo: “El da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas” (Isaías 40:29). Y a Pablo, el Señor le dijo: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (1 Corintios 12:9). En Doctrina y Convenios leemos: “… el que tiemble bajo mi poder será fortalecido, y dará frutos de alabanza y sabiduría” (D. y C. 52:17; véanse también 1 Nefi 17:3; 2 Nefi 3:13; D. y C. 1:28; 133:58-59).

Hermanos, debemos llevar nuestros pecados al Señor con un arrepentimiento humilde y contrito; debemos suplicarle que nos dé las fuerzas necesarias para superarlos. Las promesas del Señor son seguras; Él nos ayudará y podremos encontrar el valor que se requiera para cambiar nuestra vida.

El sexto y último punto que deseo aclarar acerca del proceso del arrepentimiento es que en nuestros esfuerzos por asemejarnos más a Dios, debemos tener cuidado de no desanimarnos y perder las esperanzas. El llegar a ser como Cristo es un proceso de toda la vida y, con frecuencia, requiere un progreso y un cambio lentos, casi imperceptibles.

En las Escrituras encontramos ejemplos notables de hombres en cuya vida se produjeron cambios drásticos, en forma instantánea, como en los casos de Alma el joven, cuando se le apareció un ángel; Pablo, en el camino hacia Damasco; Enós, que oró todo el día, aun hasta después de bien entrada la noche; y el rey Lamoni, por intermedio de Ammón. Estos ejemplos asombrosos acerca del poder de cambiar aun a grandes pecadores nos dan la seguridad de que los efectos del sacrificio expiatorio pueden alcanzar incluso a los que están sumidos en la más profunda desesperanza.

Pero debemos tener cuidado cuando hablamos acerca de esos ejemplos maravillosos de conversiones, porque, si bien son reales y extraordinarias, no son comunes. Por cada Pablo, por cada Enós y por cada rey Lamoni, hay cientos y miles de hombres y mujeres cuyo proceso de arrepentimiento es mucho más sutil e imperceptible. Día a día se van acercando más al Señor, sin siquiera darse cuenta de que están forjándose una vida cuyas cualidades se asemejan a las divinas. Esas personas llevan una vida sencilla de bondad, servicio y determinación; son como los lamanitas, de quienes el Señor dijo que “. . . fueron bautizados con fuego y con el Espíritu Santo al tiempo de su conversión, por motivo de su fe en mí, y no lo supieron” (3 Nefi 9:20, cursiva agregada).

No debemos perder la esperanza, ya que ésta es un ancla para el alma del hombre. Satanás quiere que nos despojemos de esa ancla para que nos sintamos desanimados y nos entreguemos. Pero nunca debemos darnos por vencidos. Por pequeños que sean los intentos que hagamos, el Señor se siente complacido, ya que es por medio de ese esfuerzo que tratamos de llegar a ser como El. Aun cuando nos parezca que nos falta mucho para lograr la perfección, nunca debemos perder la esperanza.

Mis queridos hermanos, a medida que nos esforcemos por lograr las cualidades características de los miembros de la Iglesia de Jesucristo —miembros en el verdadero sentido que Él le da, miembros que se hayan arrepentido y se hayan acercado al Señor— tengamos presentes los siguientes seis principios: Primero, el evangelio es el plan que el Señor tiene de felicidad y arrepentimiento, y que está preparado para brindarnos gozo. Segundo, el verdadero arrepentimiento se basa en la fe en el Señor Jesucristo y proviene de ella; no hay otro medio. Tercero, el verdadero arrepentimiento requiere un cambio en el corazón y no sólo en la conducta. Cuarto, parte de ese cambio poderoso en el corazón es sentir la tristeza de Dios por los pecados que hayamos cometido. A eso se refieren las Escrituras cuando hablan de un corazón quebrantado y un espíritu contrito. Quinto, los dones de Dios son suficientes para ayudarnos a superar todos los pecados que cometamos y todas las debilidades que tengamos si tan sólo nos volvemos a Él para que nos ayude. Sexto y último, debemos recordar que, en la mayoría de los casos, el arrepentimiento no se produce, por medio de un cambio drástico, sino que más bien es un proceso constante que paso a paso nos va acercando hacia la perfección divina.

Si nos esforzamos por aplicar en nuestra vida estos principios y los llevamos a la práctica en forma diaria, reuniremos entonces las cualidades para que se nos llame en verdad miembros de la Iglesia de Jesucristo; y, como tales, podremos reclamar la promesa del Señor que dice: “. . . a los que son de mi iglesia, y perseveran en ella hasta el fin, estableceré sobre mi roca, y las puertas del infierno no prevalecerán en contra de ellos” (D. y C. 10:69).

Ruego que todos seamos dignos de recibir esa promesa. □

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