Guardemos la sencillez del evangelio

Guardemos la sencillez del evangelio

Por El Élder Glen L. Rudd
Del segundo quorum de los setenta

Casi todos los principios y la doctrina de la iglesia se pueden simplificar, si tan sólo hacemos el esfuerzo, ya que es posible llevar una vida virtuosa con sencillez.

Hace muchos años fui a una misión a Nueva Zelanda. El mismo día en que llegué conocí al presidente Matthew Cowley. Durante los dos años siguientes nos hicimos buenos ami­gos, y en los últimos meses de la misión viví en la casa de la misión y viajé con él por todo el país.

Era un excelente maestro y tenía una personalidad muy especial. Atraía a todo el mundo con los interesantes relatos que contaba. Aun cuando hace más de treinta años que murió, los miembros de la Iglesia de distintos lugares toda­vía recuerdan sus anécdotas, las que se caracterizaban por edificar y motivar la fe.

El presidente Cowley trataba de simplificar lo que ense­ñaba. En realidad, muchas veces dijo que con frecuencia no podía hablar de temas que no estuvieran relacionados con los primeros principios del evangelio, y se pasó toda la vida tratando de explicar que no había nada complicado en la Iglesia. “El Evangelio de Jesucristo es simplemente hermoso y hermosamente simple”, solía decir. Y la mayoría de los líderes de la Iglesia que he conocido han enseñado lo mismo. No me cabe la menor duda de que cuando hablamos o ense­ñamos en forma directa y sencilla, nuestro conocimiento aumenta.

El presidente Cowley no era un hombre complicado! y aquellos que no podían entender la sencillez de su proceder se confundían y les era difícil comprenderlo; pero yo tuve la oportunidad de tratarlo muy de cerca por quince años. Des­pués que murió, algunos me hacían preguntas acerca de él. Un hombre dijo: “No entiendo cómo el hermano Cowley pudo hacer tantas cosas”. El secreto estaba en que el her­mano Cowley iba directamente al Señor, le decía lo que deseaba y recibía la respuesta. Y no hay nada complicado en ello; eso era todo lo que él hacía.

Como compañero suyo en los viajes de la misión, me dio instrucciones de que tuviera siempre lista una valija con unas dos o tres mudas de ropa. “Cuando le diga ‘vamos’, usted vaya a buscar la valija, encienda el auto y no haga preguntas”, me dijo. Cuando él me lo indicaba, yo tomaba la valija y me iba al auto. Como es natural en un misionero joven, yo me pre­guntaba a dónde iríamos, pero nunca se lo pregunté.

En una oportunidad, después de haber recorrido unos kilómetros me preguntó:

— ¿Le gustaría saber a dónde vamos?

— Sí, —le contesté.

—A mí también. No sé a dónde vamos, pero seguiremos adelante y cuando el Señor nos diga que doblemos, doblare­mos y así llegaremos a donde Él quiere que vayamos — agregó.

Cuando los maoríes (pueblo polinesio) de la Misión de Nueva Zelanda necesitaban ayuda, oraban para que el pre­sidente Cowley fuera a donde ellos vivían. Recuerdo un día en que condujo el automóvil hasta las oficinas del correo postal, que estaba ubicado en una ciudad más bien distante, en Nueva Zelanda. Allí había dos hermanas, de pie, espe­rando. Cuando el presidente Cowley salió del automóvil, una le dijo a la otra: “Viste, te dije que él vendida pronto”.

Entonces él preguntó: “¿Qué pasa?”

Y una de ellas explicó: “Necesitábamos hablar con usted y hemos estado orando. Sabíamos que vendría porque usted siempre va directamente a! correo, de modo que decidimos venir aquí y esperar hasta que usted llegara”.

Era así de sencillo. La gente le decía al Señor lo que necesitaba y, de alguna manera, ya fuera el presidente Cow­ley u otra persona, era guiado por el Espíritu hacia donde ellos estaban.

El presidente Cowley no era una persona desorganizada, pero nunca he conocido a nadie que planeara menos e hi­ciera más siguiendo simplemente sus impresiones de lo que debía hacer.

Un día en que viajábamos juntos, llegamos a la casa del hermano Stewart Meha, un maorí extraordinario. Él presi­día su numerosa familia como un verdadero padre y líder. El presidente Cowley y él pasaron toda la tarde conver­sando, sentados al frente de la casa, hablando acerca de la Iglesia y otros temas interesantes.

Cuando llegó el momento de cenar, el hermano Meha se puso de pie, y, en su propio idioma, llamó a toda la familia: Haere Mai Ke Te Kai. Haere Mai Ki Te Karakia, lo que quiere decir: “Vengan a casa para comer, vengan a casa para orar”.

En pocos minutos los miembros de la familia llegaron de diferentes direcciones; todos se reunieron formando un círculo, en la pieza grande del frente, en la cual había muy pocos muebles. El hermano Meha presidía, el presidente Cowley estaba a su izquierda y yo al lado del presidente. A la derecha del hermano Meha había un niño pequeño, de unos ocho años. El resto del círculo estaba formado por otros niños, separados por otras personas adultas.

Entonces el hermano Meha le dijo al niño que estaba a su derecha: “Comienza tú”. Yo incliné la cabeza pensando que iba a ofrecer la oración, pero, en cambio, citó un pasaje de las Escrituras, después de decir el capítulo y el versículo donde se encontraba. Luego el joven que estaba a su lado recitó otra escritura, también con la referencia. Después de haberse citado el cuarto pasaje, me di cuenta de que se turnaban, uno a uno, en el círculo, citando un pasaje dife­rente de las Escrituras. Uno de los más chicos citó uno que ya se había mencionado, pero rápidamente se le advirtió al respecto. Finalmente nos tocó a mí y al presidente Cowley, después de lo cual el hermano Meha ofreció la oración.

Para mí ese fue un ejemplo excelente de lo que debe ser la oración familiar, y de cómo se pueden enseñar las Escritu­ras a los niños. El reunirse y orar juntos es probablemente la mejor experiencia que una madre y un padre pueden dar a sus hijos. La oración es algo sencillo, y así debe conser­varse; no debe ser larga ni complicada, sólo tiene que ser sencilla y sincera. Si deseamos hablarle al Señor, la oración es el medio por el cual podemos hacerlo. Y si escuchamos con fe, oiremos su respuesta. También podemos estudiar las Escrituras, ya que en ellas encontramos, de un modo muy simple, las respuestas que necesitamos.

Ahora me gustaría mencionar algo acerca de la fe, la cual es el primer principio del evangelio, un don de nuestro Padre Celestial. Parecería que nadie tiene suficiente fe, y, para la mayoría de nosotros, la fe viene y se va. Pero todos necesitamos tener más fe.

La fe no es ni más ni menos que tener el conocimiento de que Dios vive, y que El cumplirá sus promesas a aquellos que se dirijan a Él con humildad. Por ejemplo, cuando era presidente de la Misión Florida (Estados Unidos), hace unos veinte años, recibí una carta de la hermana Flavia Salazar Gómez, de Santiago, República Dominicana. Ella era originaria de México, donde se había convertido a la Iglesia cuando tenía doce años; se había casado y mudado a la tierra natal de su esposo. Ella creía que, de los más de cinco millones de habitantes de la República Dominicana, ella era la única que era miembro de la Iglesia. En la carta me decía que tenía un bebito de un año que todavía no había recibido un nombre ni había recibido la bendición del sacerdocio. Agregaba que ella tenía cáncer y que los médicos no espera­ban que viviera por mucho más tiempo. Con una fe sencilla, en su carta preguntaba si sería posible que un poseedor del sacerdocio viajara hasta Santiago, la ciudad donde ella vi­vía, para bendecirlos a su hijito y a ella.

Poco después de recibir la carta, se me presentó la opor­tunidad de ir a ese lugar. Hice arreglos para reunirme con una familia de miembros de la Iglesia, Dale Valentine, su esposa e hijos, que vivían en Santo Domingo, capital de la Republica Dominicana. El hermano Valentine y yo fuimos hasta Santiago en auto, y entonces nos dimos cuenta de que no teníamos la dirección de la hermana Flavia Salazar. En­tonces le dije al hermano Valentine que entrara en la ciudad y que doblara a la izquierda. Luego le dije que doblara a la derecha y que siguiera hasta el centro de la ciudad. Después de varias cuadras le dije:

—  Siga hasta la próxima esquina; doble a la derecha y allí encontrará un lugar donde estacionar.

Hizo lo que le dije, y dicho y hecho: había un sitio donde estacionar el auto, lo cual no era de esperar considerando el tráfico de la ciudad.

—  ¿Y ahora qué hacemos? —me preguntó.

—  Preguntemos a la gente —le respondí.

El hermano Valentine se dirigió a un hombre que estaba al frente de una casa y le preguntó si no conocía a Flavia Salazar Gómez. Con gran sorpresa el hombre contestó:

— Sí, es mi esposa.

Entramos en la casa, conocimos a Flavia y conversamos con ella. Durante los dos años después de haber salido de México y de haber perdido contacto con la Iglesia ella había guardado la Palabra de Sabiduría y había orado todos los días.

Le dimos una bendición al bebé, y entonces sentí que ella debía recibir una bendición para recuperarse del cáncer y recobrar la salud.

Unos seis meses después tuve la oportunidad de volver a ver a Flavia y a su esposo. Ella disfrutaba de buena salud y los médicos le habían dicho que estaba totalmente curada.

Cuando esta joven madre tuvo necesidad de una bendi­ción del sacerdocio tuvo fe y escribió a un presidente de misión, a quien no conocía. El hizo lo que el Señor le dijo que hiciera para responder al llamado de ella. Todo eso no fue más que el producto de una fe sencilla.

No faltan aquellos que ponen en tela de juicio los susu­rros del Espíritu, pero éstos se manifiestan todo el tiempo. Casi ningún poseedor del sacerdocio, si piensa por un momento, podrá negar que la fe lo ha guiado a hacer cosas que no había planeado hacer.

El arrepentimiento es un principio tan simple como la ora­ción y la fe. Todo lo que tenemos que hacer para arrepentimos es abandonar el pecado y hacer todo lo que esté a nuestro alcance por rectificar los problemas que hayamos causado. Luego debemos decírselo al Señor, y, a veces, debemos confe­sárselo al obispo o al presidente de rama. Pero todo eso puede manejarse de una manera práctica y sencilla.

El presidente Cowley solía contar una experiencia muy interesante acerca del arrepentimiento.

Se trataba de un hombre llamado Syd, que vivía en una pequeña villa maorí, en la costa este de Nueva Zelanda. En esa época, había allí una rama grande de la Iglesia, con unos cuatrocientos miembros. Un sábado por la tarde, después de conducir el auto por ocho largas horas, el presidente Cowley llegó a la villa y fue directamente a ver a su viejo amigo Syd.

En su juventud, Syd había sido un atleta excelente. Había asistido a la escuela secundaria y a la universidad en los Estados Unidos, y se había hecho conocer como un buen jugador de básquetbol y como un atleta extraordinario, gra­cias a lo cual había recibido mucha publicidad.

Cuando vivía en los Estados Unidos había sido ordenado setenta, pero al regresar a Nueva Zelanda, se encontró con que él era el único hermano que tenía este grado en el sacer­docio y, por consiguiente, no tenía un quorum al cual asis­tir. Se inactivo un poco y dejó de cumplir con la Palabra de Sabiduría, pero, en el fondo de su corazón, sabía que el evangelio era verdadero.

Un día, como presidente de misión y como amigo, el her­mano Cowley fue a visitar a Syd, y lo encontró sentado en una mecedora, al frente de la casa, fumando un puro. Cuando el presidente Cowley se sentó a su lado, Syd continuó masticando el puro. Después de conversar y reírse afablemente por un rato, el presidente Cowley se puso serio y le dijo:

— Syd, quiero que mañana vayas a la iglesia. Voy a rele­var al presidente de la rama y llamar a otro hermano en su lugar.

— Hace mucho que no voy por ahí. ¿Por qué no me dice quién será el nuevo presidente de rama y así no tendré que vestirme temprano para ir a la iglesia —contestó Syd.

—Está bien, te diré de quién se trata. El nuevo presi­dente de la rama eres tú.

Syd se sacó el puro de la boca, lo miró a los ojos y dijo:

— Presidente, ¿con mi puro?

— No, —contestó el presidente Cowley—. No lo necesi­tarás.

Entonces Syd arrojó el puro al suelo, pensó por un mo­mento, se volvió al presidente de misión y muy humilde­mente le dijo:

— Presidente, no volveré a quebrantar la Palabra de Sa­biduría. Pago el diezmo íntegro, acepto ser presidente de rama y seré digno de mi llamamiento. Mañana estaré allí, y le prometo que seré el mejor presidente de rama de todo el país. No tendrá que preocuparse por mí y de si estoy cum­pliendo o no con los principios del evangelio.

Durante los meses siguientes, Syd sirvió en su llama­miento como uno de los mejores y más fieles líderes de la misión. Cuando se formó la primera estaca, su hijo llegó a ser el primer obispo del barrio. No hace mucho, su nieto fue relevado como obispo. En la actualidad, toda la familia de Syd es firme y activa en la Iglesia, y es una de las mejores familias de Nueva Zelanda. ¿Por qué? Porque Syd supo arrepentirse. Cuando fue llamado al arrepentimiento, se arrepintió en el momento y abandonó totalmente los hábitos mundanos que había adquirido. Volvió a la Iglesia y se con­servó fiel hasta el momento de su muerte.

En la mayoría de los casos, eso es todo lo que se necesita. ¿Os dáis cuenta de lo sencillo que fue? El presidente Cowley nunca le dijo a Syd que se arrepintiera, sino que le brindó la oportunidad de prestar servicio en la Iglesia por medio de un llamamiento del sacerdocio. Syd sabía que si aceptaba el llamamiento debía dejar de cometer errores, y lo hizo de inmediato. Puso punto final a todas las faltas y pecados que pudo haber cometido. Tomó la decisión y la cumplió; de una vez por todas. El Señor aceptó su arrepentimiento y Syd pasó a ser un gran líder.

Los principios del bautismo y de la confirmación son tan sencillos como los de la oración, la fe y el arrepentimiento. El bautismo se trata simplemente de hacer lo que el Salva­dor nos ha dicho que hagamos: Ir ante los poseedores del sacerdocio, ser bautizados por inmersión y recibir el Espí­ritu Santo, por medio de la imposición de manos. Tampoco debemos complicar esas ordenanzas.

Casi todos los principios y la doctrina de la Iglesia se pueden simplificar, si tan sólo hacemos el esfuerzo, ya que es totalmente posible llevar una vida virtuosa con sencillez.

Nuestro Padre Celestial escucha nuestras oraciones. ¡Oremos!

Él nos dará fe. ¡Pidámosla!

Él nos ayudará a arrepentimos. ¡Arrepintámonos!

De la forma más sencilla que conozco, os testifico humil­demente que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y que está a la cabecera de su Iglesia. En la actualidad, un gran hombre, el presidente Ezra Taft Benson, es nuestro Presidente. Él es un Profeta viviente del Señor, y ruego que todos le brinde­mos nuestro apoyo y que seamos la clase de seguidores de Cristo que debemos ser. □

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