La Expiación y la Resurrección

La Expiación y la Resurrección

Élder D. Todd Christofferson

El élder D. Todd Christofferson es miembro del Quórum de los Doce Apóstoles.
Este artículo es una adaptación del discurso dado en BYU el 26 de marzo de 2005.

Me siento honrado de poder compartir algunos pensamientos acerca de la Expiación y la Resurrección de Jesucristo. He luchado tanto como ustedes, con una mente limitada, para comprender el sacrificio infinito del Salvador. No pretendo ser capaz de llegar a las profundidades del tema, pero espero poder ofrecer algunos pensamientos que pudieran ser de ayuda y de ánimo para nosotros al pensar de nuevo en los grandes eventos de aquellos días que marcan una total diferencia en nuestra existencia.

Traten de trasladarse mentalmente en el tiempo al primer fin de semana de Pascua. Hoy es sábado, el día de reposo judío. Aquí estamos; los acontecimientos de ayer y de anteayer nos han impactado tremendamente. Era el jueves por la tarde cuando tuvo lugar la Última Cena. Después, Jesús cruzó el arroyo y entró en el Jardín de Getsemaní; allí sufrió de una manera que ninguno de nosotros hemos presenciado, y desde luego que nadie haya podido comprender. Eso continuó tal vez hasta altas horas de la madrugada de ayer, cuando Él fue asaltado y maltratado por aquellos con autoridad, tanto judíos como romanos. Fue condenado finalmente por Pilato y azotado. Han pasado menos de veinticuatro horas desde que presenciamos la terrible escena de Su Crucifixión, mientras colgaba en la cruz y volvía a sufrir intensamente.

Fue un momento muy, muy oscuro, no hace muchas horas. Pusimos apresuradamente Su cuerpo en la tumba ayer, antes del atardecer. Ahora estamos aquí en este sábado, día de reposo. Es mediodía y estamos perplejos, entre dudas y confusión. Pensábamos que sería Él quien rescataría a Israel. Pensábamos que Él era el Mesías, y ahora, Él se ha ido, está muerto.

Antes de que Él muriera ayer, declaró estas palabras: “Consumado es” (Juan 19:30). [La frase equivalente en inglés, “It is finished”, también puede interpretarse como “se acabó”] ¿Qué quiso decir? ¿Quiso decir que había fracasado? ¿No volvería nunca más? ¿Se ha ido y se acabó? ¿Hay algo más? Sin saberlo, ustedes y yo en esta situación, en este día de reposo lleno de duda, Él, Su espíritu, ha estado ocupado en otro lugar. Esta mañana Él entró en el mundo de los espíritus. Los registros futuros confirmarán que allí se le esperaba.

[Allí se hallaba reunida una multitud de los justos] esperando el advenimiento del Hijo de Dios al mundo de los espíritus [justo esta mañana], para declarar su redención de las ligaduras de la muerte.

Anchor Su polvo inerte iba a ser restaurado a su perfecta forma, cada hueso a su hueso, y los tendones y la carne sobre ellos; el espíritu y el cuerpo iban a ser reunidos para nunca más ser separados, a fin de recibir una plenitud de gozo.

Mientras esta innumerable multitud esperaba y conversaba, regocijándose en la hora de su liberación […] apareció el Hijo de Dios y declaró libertad a los cautivos que habían sido fieles; y allí les predicó el evangelio sempiterno, la doctrina de la resurrección y la redención del género humano de la caída, y de los pecados individuales, con la condición de que se arrepintieran. (DyC 138:16–19)

Esto es lo que Él ha estado haciendo esta mañana. En palabras del presidente Joseph F, Smith, “organizó sus fuerzas y nombró mensajeros de entre los justos, investidos con poder y autoridad, y los comisionó para que fueran y llevaran la luz del evangelio a los que se hallaban en tinieblas, es decir, a todos los espíritus de los hombres” (DyC 138:30); y así se les predicará el Evangelio a los muertos. Ahora bien, lo que nos espera mañana no lo sabemos. Pero con el tiempo tendremos un gozo incomprensible. Mañana por la mañana, María y otras mujeres estarán en la tumba. La encontrarán vacía. Los ángeles declararán que el Señor, que no está allí, ha resucitado. Pedro y Juan entrarán en esa tumba y la encontrarán vacía. Más tarde esa mañana, quizás apenas salido el sol, el mismo Jesús se le aparecerá a María y hablará con ella, la primera persona mortal que jamás haya visto al Señor resucitado. Él se mostrará a otras mujeres y a Pedro individualmente. Estará con dos de ustedes en el camino a Emaús y, luego por la noche, se mostrará a Sus Apóstoles y quizás a algunos de nosotros, reunidos, maravillándonos y meditando sobre el maravilloso testimonio de aquellos que lo vieron antes. Eso es lo que nos espera mañana, y es glorioso contemplarlo.

Me pregunto si apreciamos las expectativas que recaen sobre nosotros por lo que Él ha hecho y por lo que ahora Él nos ofrece. En lo que quizás sea la primera referencia de Él y de Su papel en nuestras vidas, este es el comentario de Dios a Moisés: “Pero, he aquí, mi Hijo Amado, que fue mi Amado y mi Escogido desde el principio, me dijo: Padre, hágase tu voluntad, y sea tuya la gloria para siempre” (Moisés 4:2).

En una simple frase, yo creo que el Salvador reveló lo que fue y lo que siempre ha sido Su propósito y motivación principales. Su propósito es hacer la voluntad del Padre, y su motivación es glorificar al Padre. Yo creo que requirió toda esa devoción, la totalidad de Su devoción para hacer la voluntad del Padre y desear glorificar al Padre, para ser capaz Él de perseverar en lo que debía hacer y realizar la Expiación hasta su culminación.

Los relatos de Su sufrimiento que se encuentran en Mateo, Marcos y Lucas, hablando de Getsemaní, hacen hincapié en cuánto perseveró Él. (Me ha resultado interesante que no haya ningún relato de Getsemaní en Juan, al menos en lo que tenemos de Juan. Me pregunto si fue algo que él sintió demasiado sagrado para tratarlo, o simplemente demasiado íntimo para contarlo.) Al menos tres veces, parece ser, Él suplico al Padre que no tuviera que beber la amarga copa. En Mateo, el relato dice así:

Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.

Vino luego a sus discípulos, y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?

Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.

Otra vez fue, y oró por segunda vez, diciendo: Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad.

Vino otra vez y los halló durmiendo, porque los ojos de ellos estaban cargados de sueño.

Y dejándolos, se fue de nuevo, y oró por tercera vez, diciendo las mismas palabras (Mateo 26:39–44)

Esto es en realidad todo lo que tenemos (repetido en forma diferente en Marcos y Lucas) de lo que contenía esa oración. Estoy seguro que había mucho más. Pero eso fue lo más concluyente, diciendo básicamente: “Padre, si es posible, pase de mi esta copa. Si hay alguna manera de que esto se pueda lograr sin que yo tenga que beberlo, eso es lo que te ruego que hagas. No obstante, no se haga mi voluntad, sino la tuya”.

Lucas registra que, debido a Su agonía, “era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra” (Lucas 22:44). El Salvador mismo, cuando se lo describió al profeta José Smith, dijo que no era sudor sino, en efecto, sangre que salió de cada poro. Lucas registra que un ángel vino para fortalecerlo en esa terrible experiencia (véase Lucas 22:43). Posteriormente, al continuar dicho sufrimiento en la cruz, éste pareció acrecentado al retirar el Padre Su Espíritu, a fin de que el Hijo pudiera pisar el lagar solo. “Y a la hora novena Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Marcos 15:34).

Sin embargo, en toda esta agonía y toda esta súplica por recibir alivio, estaba siempre Su sumisión a la voluntad del Padre, “pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mateo 26:39). “Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad” (Mateo 26:42). Al describir la Expiación y la preocupación de no rendirse y fracasar en beber la amarga copa, Él expresó una vez más la primordial motivación que lo acompañó en ese incomprensible sufrimiento: “Sin embargo, gloria sea al Padre, bebí, y acabé mis preparativos para con los hijos de los hombres” (DyC 19:19; cursiva agregada).

De no haberse dedicado Jesús al Padre y a la voluntad del Padre, a lo largo de Su vida y a lo largo de Su existencia antes de esta vida, Él no habría podido ser capaz de llevar a su fin la Expiación. Tal como se lo expresó a Juan: “Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy, y que nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo. Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada” (Juan 8:28–29).

En el Libro de Mormón declaró: “He aquí, yo soy Jesucristo, de quien los profetas testificaron que vendría al mundo. Y he aquí, soy la luz y la vida del mundo; y he bebido de la amarga copa que el Padre me ha dado, y he glorificado al Padre, tomando sobre mí los pecados del mundo, con lo cual me he sometido a la voluntad del Padre en todas las cosas desde el principio” (3 Nefi 11:10–11).

Más tarde, en ese mismo libro de 3 Nefi: “He aquí, os he dado mi evangelio, y éste es el evangelio que os he dado: que vine al mundo a cumplir la voluntad de mi Padre, porque mi Padre me envió” (3 Nefi 27:13). Y además las palabras inolvidables de Abinadí: “Sí, aun de este modo será llevado, crucificado y muerto, la carne quedando sujeta hasta la muerte, la voluntad del Hijo siendo absorbida en la voluntad del Padre” (Mosíah 15:7).

Me pregunto si nosotros, a fin de mantenernos en nuestro camino, de perseverar hasta el fin, para cosechar todos los beneficios de Su Expiación, debemos también someternos a la voluntad y gloria del Padre y del Hijo. ¿No es lógico que ustedes y yo, para poder recibir lo que Él ofrece, debiéramos hacer lo que Él hizo y hacer que nuestra mayor ambición sea hacer la voluntad de Dios y que nuestro mayor deseo sea glorificarlo a Él?

Hace poco, leí unos versículos de la sección 138 de Doctrina y Convenios refiriéndose a la llegada del Salvador al mundo de los espíritus antes de la Resurrección. En esos versículos se da una descripción muy interesante del cuerpo de los justos que esperaban esa llegada. He aquí cómo se describían: “Y se hallaba reunida en un lugar una compañía innumerable de los espíritus de los justos, que habían sido fieles en el testimonio de Jesús mientras vivieron en la carne, quienes habían ofrecido un sacrificio a semejanza del gran sacrificio del Hijo de Dios, y habían padecido tribulaciones en el nombre de su Redentor. Todos éstos habían partido de la vida terrenal, firmes en la esperanza de una gloriosa resurrección mediante la gracia de Dios el Padre y de su Hijo Unigénito, Jesucristo” (DyC 138:12–14).

Lo que me interesó en particular es la frase “quienes habían ofrecido un sacrificio a semejanza del gran sacrificio del Hijo de Dios”. Ellos no habían ofrecido un sacrificio equivalente, sino algo semejante, de la misma naturaleza. Debido a ello, eran firmes en la esperanza de una gloriosa o celestial resurrección. ¿Cuál sería una ofrenda a semejanza de la gran ofrenda del Hijo de Dios?

Tenemos la conocida declaración que se le dio a Adán: “Y después de muchos días, un ángel del Señor se apareció a Adán y le dijo: ¿Por qué ofreces sacrificios al Señor? Y Adán le contestó: No sé, sino que el Señor me lo mandó. Entonces el ángel le habló, diciendo: Esto es una semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre, el cual es lleno de gracia y de verdad. Por consiguiente, harás todo cuanto hicieres en el nombre del Hijo, y te arrepentirás e invocarás a Dios en el nombre del Hijo para siempre jamás” (Moisés 5:6–8; cursiva agregada).

Sabemos que cuando Él se apareció en este hemisferio, después de Su resurrección y ascensión, Él puso fin a ese tipo de sacrificios semejantes al del Unigénito; es decir, el sacrificio de animales. Pero Él recalcó un aspecto del mandamiento a Adán, “Te arrepentirás e invocarás a Dios en el nombre del Hijo para siempre jamás”, cuando posteriormente dijo, “Y me ofreceréis como sacrificio un corazón quebrantado y un espíritu contrito. Y al que venga a mí con un corazón quebrantado y un espíritu contrito, lo bautizaré con fuego y con el Espíritu Santo” (3 Nefi 9:20). Entonces es nuestro sacrificio, a semejanza del Suyo, que nos sometamos totalmente a Dios.

Como dice en la Sección 20 de Doctrina y Convenios: “Por tanto, el Dios Omnipotente dio a su Hijo Unigénito, como está escrito en esas Escrituras que de él se han dado. Sufrió tentaciones pero no hizo caso de ellas. Fue crucificado, murió y resucitó al tercer día; y ascendió al cielo, para sentarse a la diestra del Padre, para reinar con omnipotencia de acuerdo con la voluntad del Padre; [¿para qué fin?] a fin de que fueran salvos cuantos creyeran y se bautizaran en su santo nombre, y perseveraran con fe hasta el fin” (DyC 20:21–25).

Ese Anchores nuestro sacrificio a semejanza del Suyo, bautizarnos en Su santo nombre y perseverar hasta el fin. Permítanme recordarles dos conocidas estrofas de un himno sacramental, “El Padre tanto nos amó”.

El Padre tanto nos amó
que a Su Hijo nos mandó
para mostrarnos cómo vivir;
debemos su ejemplo seguir.

Y también la cuarta estrofa que casi nunca cantamos:

Sus leyes quiero acatar
Y mis deseos sujetar
A Su divina voluntad,
mostrándole mi voluntad.1

Ese conocimiento, esa sumisión hacia Él y Su voluntad que nos permitiría obtener el beneficio de la Expiación, puede suponer varias cosas. La única revelación registrada en el canon de escrituras que se le dio a Brigham Young incluye este versículo: “Es preciso que los de mi pueblo sean probados en todas las cosas, a fin de que estén preparados para recibir la gloria que tengo para ellos, sí, la gloria de Sión; y el que no aguanta el castigo, no es digno de mi reino” (DyC 136:31).

En los comienzos de mi llamamiento como Setenta, serví como compañero del élder Russell M. Nelson en una conferencia de estaca. Tuvimos una maravillosa experiencia juntos y, al volver del viaje le dije, “Élder Nelson, espero que si alguna vez usted ve un error en mí o alguna equivocación o defecto, me lo diga”. Él contestó, “lo haré”. Me puse un poco nervioso por su aparente inquietud de atender mi petición, pero entonces dijo, “Esa es una de las formas en que demostramos nuestro amor el uno por el otro”; y yo creo que en verdad éste es un principio verdadero.

El Salvador dijo: “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto” (Juan 15:1–2). El tipo de limpieza que podría ser, el tipo de sacrificios que podría suponer para cualquiera de nosotros, probablemente no lo sepamos con antelación. Pero si, al igual que el joven rico, preguntásemos, “¿Qué más me falta?” (Mateo 19:20), la respuesta del Salvador sería probablemente la misma, “Sígueme” (Mateo 19:21) o, en palabras del Rey Benjamín, “[vuélvete] como un niño: sumiso, manso, humilde, paciente, lleno de amor y dispuesto a someterse a cuanto el Señor juzgue conveniente imponer sobre él, tal como un niño se somete a su padre” (Mosíah 3:19). Aquí hay otra manera de decirlo: “Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. [Y este añadido de la Traducción de José Smith] Y ahora, para que el hombre tome su cruz, debe abstenerse de toda impiedad, y de todo deseo mundano, y guardar mis mandamientos” (Mateo 16:24; Traducción de José Smith, Mateo 16:26).

Debemos poder decir, junto con Job, que nuestra sumisión a Él, a Su voluntad, es tan completa que “He aquí, aunque él me matare, en él esperaré” (Job 13:15). Creo que eso queda perfectamente descrito de forma poética en el himno “La cruz excelsa al contemplar” de Isaac Watts.

La cruz excelsa al contemplar
Do Cristo allí por mí murió,
Nada se puede comparar
A las riquezas de su amor.
Yo no me quiero, Dios, gloriar
Mas que en la muerte del Señor.
Lo que más pueda ambicionar
Lo doy gozoso por su amor.
Ved en su rostro, manos, pies,
Las marcas vivas del dolor;
Es imposible comprender
Tal sufrimiento y tanto amor.
El mundo entero no será
Dádiva digna de ofrecer.
Amor tan grande, sin igual,
En cambio exige todo el ser.2

En verdad, exige todo nuestro ser.

Aunque quizás no alcancemos de inmediato el perfecto ejemplo del Salvador de hacer siempre aquellas cosas que complacen al Padre y vivamos siempre nuestras vidas de manera que lo glorifiquemos, nosotros podemos progresar como lo hizo el Salvador mismo, de gracia en gracia, hasta que obtengamos una plenitud. “Y yo, Juan, doy testimonio de que vi su gloria, como la gloria del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad […] que vino y moró en la carne, y habitó entre nosotros. Y yo, Juan, vi que no recibió de la plenitud al principio, mas recibía gracia sobre gracia; y no recibió de la plenitud al principio, sino que continuó de gracia en gracia hasta que recibió la plenitud; y por esto fue llamado el Hijo de Dios, porque no recibió de la plenitud al principio” (DyC 93:11–14).

Hace unos años en la conferencia general, cité esta declaración reconfortante del presidente Brigham Young, quien parecía comprender los desafíos que enfrentamos:

Después de todo lo que se ha dicho y hecho, después que Él ha guiado a Su pueblo por tanto tiempo, ¿no perciben una falta de confianza en nuestro Dios? ¿La perciben en ustedes? Podrían preguntar: ‘Hermano Brigham, ¿la percibe en usted mismo?’. Sí, me doy cuenta de que todavía me falta confianza, hasta cierto punto, en Él, en quien confío. ¿Por qué? Porque no tengo el poder, como resultado de lo que la Caída ha producido en mí…

… En ocasiones algo nace en mi interior que […] traza una línea divisoria entre mi interés y el interés de mi Padre Celestial, que hace que mi interés y el interés de mi Padre Celestial no sean uno precisamente.

Nosotros debemos sentir y comprender, hasta donde nos resulte posible, hasta donde nuestra naturaleza caída nos permita, hasta el punto en que podamos obtener fe y conocimiento para entendernos a nosotros mismos, que el interés del Dios al que servimos es nuestro interés y que no tenemos ningún otro, ni en el tiempo ni en la eternidad.3

Con ustedes, doy testimonio de los frutos de esa gran Expiación. Para mí, se pueden resumir en tres.

El perdón. El primero es el perdón, o como a veces decimos, justificación. “Y sucederá que cualquiera que se arrepienta y se bautice en mi nombre, será lleno; y si persevera hasta el fin, he aquí, yo lo tendré por inocente ante mi Padre el día en que me presente para juzgar al mundo” (3 Nefi 27:16).

“He aquí, os digo que quien ha oído las palabras de los profetas, sí, todos los santos profetas que han profetizado concerniente a la venida del Señor, os digo que todos aquellos que han escuchado sus palabras y creído que el Señor redimirá a su pueblo, y han esperado anhelosamente ese día para la remisión de sus pecados, os digo que éstos son su posteridad […], los herederos del reino de Dios” (Mosíah 15:11).

Y este testimonio de la sección 20: “Y sabemos que la justificación por la gracia de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es justa y verdadera” (DyC 20:30).

La santificación. Un segundo fruto es la limpieza, o como a veces decimos, santificación que viene por Su gracia. “Y nada impuro puede entrar en su reino; por tanto, nada entra en su reposo, sino aquellos que han lavado sus vestidos en mi sangre, mediante su fe, y el arrepentimiento de todos sus pecados y su fidelidad hasta el fin. Y éste es el mandamiento: Arrepentíos, todos vosotros, extremos de la tierra, y venid a mí y sed bautizados en mi nombre, para que seáis santificados por la recepción del Espíritu Santo, a fin de que en el postrer día os presentéis ante mí sin mancha” (3 Nefi 27:19–20).

En Moroni, leemos: “Y además, si por la gracia de Dios sois perfectos en Cristo y no negáis su poder, entonces sois santificados en Cristo por la gracia de Dios, mediante el derramamiento de la sangre de Cristo, que está en el convenio del Padre para la remisión de vuestros pecados, a fin de que lleguéis a ser santos, sin mancha” (Moroni 10:33).

Y nuevamente, en la sección 20, un testimonio: “y también sabemos que la santificación por la gracia de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es justa y verdadera, para con todos los que aman y sirven a Dios con toda su alma, mente y fuerza” (DyC 20:31).

La Resurrección. El tercer glorioso fruto de la Expiación es la misma Resurrección, la cual viene porque Él expió la transgresión de Adán. El Señor le dijo a Adán: “He aquí, te he perdonado tu transgresión en el Jardín de Edén. De allí que se extendió entre el pueblo el dicho: Que el Hijo de Dios ha expiado la transgresión original, por lo que los pecados de los padres no pueden recaer sobre la cabeza de los niños, porque éstos son limpios desde la fundación del mundo” (Moisés 6:53).

En la sección 88, aprendemos lo siguiente: “Ahora, de cierto os digo que mediante la redención que se ha hecho por vosotros, se lleva a efecto la resurrección de los muertos. Y el espíritu y el cuerpo son el alma del hombre. Y la resurrección de los muertos es la redención del alma” (DyC 88:14–16).

Con respecto a la Resurrección, leemos: “Aquellos que son de un espíritu celestial recibirán el mismo cuerpo que fue el cuerpo natural; sí, vosotros recibiréis vuestros cuerpos, y vuestra gloria será aquella por medio de la cual vuestro cuerpo sea vivificado. Vosotros los que seáis vivificados por una porción de la gloria celestial, recibiréis entonces de ella, sí, una plenitud” (DyC 88:28–29).

El poder de la Expiación de perdonar, de santificar, de dar vida nueva, aun vida eterna e inmortal, vino a mí hace unos años en la forma de una experiencia sencilla pero poderosa. Una vez más, es uno de muchos testimonios. En esa ocasión, había recibido la asignación de la Primera Presidencia de entrevistar a una mujer para la posible restauración de sus bendiciones del templo. Ella había cometido unas transgresiones muy graves, había sido excomulgada, después se volvió a bautizar, y ahora había solicitado el privilegio de volver al templo. Dicha solicitud requería de esta entrevista y de la ordenanza de la imposición de manos para restaurarle esos derechos y bendiciones. Al prepararme para la entrevista y al leer el resumen de lo que había ocurrido en su vida, me quedé atónito. No podía creer que hubiera tanto mal en una vida. Al leer, me pregunté, ¿Cómo podría suponer la Primera Presidencia que esta persona volvería a calificar para entrar en la casa del Señor? Cuando ella entró en la sala para ser entrevistada, parecía brillar, como si llevara una luz. Según conversábamos, me vino la sensación de que era pura, quizás una de las almas más puras que jamás haya conocido. La miré, y miré el papel que describía su pasado, y no podía creer que era la misma mujer; y en un sentido real, era una persona diferente. La Expiación la había transformado. Me dio la oportunidad de entender, de forma ponderosa, la profundidad, la amplitud y el panorama de la gracia expiatoria de Jesucristo. Él es real y Su gracia es muy real.

Conclusión

Es apropiado considerar el testimonio del profeta José Smith al concluir esta reflexión sobre la Expiación y la Resurrección. El martirio otorga al testimonio de un profeta una especial validez. La raíz griega martireo, de la cual deriva la palabra inglesa martyr, significa “testigo” o “dar testimonio”. Al profeta Abinadí se le describe como alguien que selló sus palabras, o la verdad de sus palabras, con su muerte (véase Mosíah 17:20). La propia muerte de Jesús fue un testamento de Su divinidad y de Su misión. En Hebreos, se le declara ser el “mediador de un nuevo pacto” [o testamento] (Hebreos 9:15), validado por Su muerte, “Porque donde hay testamento, es necesario que intervenga muerte del testador. Porque el testamento con la muerte se confirma” (Hebreos 9:16-17).

Al igual que la mayoría de los ungidos de Dios en tiempos antiguos, José Smith selló su misión y sus obras con su propia sangre. En medio de una lluvia de balas, la tarde del 27 de junio de 1844, en Carthage, José y su hermano Hyrum fueron talados por causa de la religión y el testimonio que profesaban; y como entonces anunciaron los apóstoles de los últimos días: “Los testadores ahora han muerto, y su testamento está en vigor […] su sangre inocente sobre el pabellón de la libertad y sobre la Carta Magna de los Estados Unidos es un embajador de la religión de Jesucristo que tocará el corazón de los hombres honrados en todas las naciones” (DyC 135:5, 7; cursiva en el original).

El Salvador no ha tenido, entre los mortales, un testigo más fiel, un discípulo más obediente, un defensor más leal que José Smith.

Concluyo con su gran testimonio del Salvador, haciéndolo mío, uniéndolo con el de ustedes:

Y vimos la gloria del Hijo, a la diestra del Padre, y recibimos de su plenitud;

Anchor y vimos a los santos ángeles y a los que son santificados delante de su trono, adorando a Dios y al Cordero, y lo adoran para siempre jamás.

Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive!

Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre;

que por él, por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios (DyC 76:20–24).

Éste es el aspecto más significativo de toda nuestra existencia. Es real. Él es real. “No está aquí, sino que ha resucitado” (Lucas 24:6). Él vive. En el nombre de Jesucristo, amén.

Notas

[1] “El Padre tanto nos amó”, Himnos (Salt Lake City: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, 1992), núm. 112.
[2] “La cruz excelsa al contemplar”, http://www.cyberhymnal.org/non/es/cruzcont.htm
[3] Brigham Young, Deseret News, 10 de septiembre de 1856, pág. 212.

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