El sacerdocio preparatorio

El sacerdocio preparatorio

Por el élder Boyd K. Packer
Del consejo de los Doce

Este artículo es mi extracto del discurso pronunciado por el élder Packer en la Conferencia de Área de Sao Paulo, el 1, de noviembre de 1978.

Tengo siete hijos, y he aprendido mucho de ellos y también he tenido que de­pender mucho de ellos. Por temporadas no ha habido en nuestra casa otro poseedor del Sacerdocio de Melquisedec aparte de mí; pues nuestros élderes han estado cumpliendo misiones o se han casado y se han ido; por lo tanto el sacerdocio que ha prevalecido en nuestro hogar ha sido el Sacerdocio Aarónico. Por causa de mi llamamiento, estoy mucho tiempo alejado de mi hogar y me siento muy agradecido a nuestros jóvenes hijos que poseen el sacerdocio.

Deseo hablaros a vosotros, jóvenes, sobre ese sacerdocio, y contaros uno o dos relatos de nuestras experiencias familiares. Hace muchos años nuestros hijos acostumbraban pasar el verano en la casa de campo de su abuelo. Hace doce años uno de nuestros hijos tuvo un caballo que le habían regalado el mismo día en que el animalito había nacido; después de eso había estado con una tropa* de caballos salvajes que formaban parte de la hacienda; pero ya tenía dos años, edad en que podía ser domado para caballo de silla. Un año fuimos a la finca del abuelo a principios del verano. Nos llevó todo un día encerrar los caballos en el corral; fi­nalmente pudimos atraparlo y ponerle un grueso cabestro después de lo cual lo atamos a un fuerte poste. “Ahora debemos dejarlo que se quede allí por dos o tres días”, le dije a mi hijo, “hasta que deje de luchar contra el cabestro y se calme”. Después de terminar nuestras tareas por la ma­ñana, fuimos a almorzar. Mi hijo se apresuró a terminar su comida y luego salió rápidamente para ver al caballo. Tenía sólo catorce años y amaba aquel animal.

En el momento en que estábamos terminando de comer, oí un ruido seguido por un grito de mi hijo. In­mediatamente imaginé lo que había pasado: Había desatado al caballo. Yo le había advertido que no lo hiciera, pero él quería tratar de amansar al animal; y a fin de poder contenerlo, se había enrrollado la cuerda alrededor de la muñeca. Al asomarnos a la puerta, vi al caballo que pasaba al galope con mi hijo corriendo detrás; unido a él por la cuerda, el caballo lo llevaba de tiro; entonces fue cuando cayó al suelo. Si el animal hubiera dado la vuelta hacia la derecha, habría salido por el portón alejándose hacia las montañas; pero dio vuelta hacia la izquiera y se encontró arrinconado por dos cercas. Mientras él trataba de encontrar la forma de salir de allí, yo desenrrollé la soga de la muñeca de mi hijo y la volví a arrollar alrededor del poste; mi muchacho estaba lastimado, aunque no era nada serio.

Al cabo de un momento habíamos vuelto a atar al caballo como estaba al principio, y nos sentamos para tener una conversación de padre a hijo. Yo le dije lo siguiente: “Hijo mío, si quieres llegar a controlar a tu caballo, tendrás que usar algo más que los músculos; el animal es mucho más grande y más fuerte que tú. Algún día podrás montarlo, pero primero habrá que entrenarlo; y eso es algo que no puedes hacer con los músculos. Aparte de que es más grande y más fuerte que tú, también es salvaje”. Dos años después volvimos a visitar la finca en la pri­mavera. El caballo de mi hijo había estado durante todo el invierno con la tropa. Fuimos a buscarlo y encon­tramos a toda la manada junto al río. Yo sabía que si nos acercábamos de­masiado, huirían; por lo tanto, mi hijo y su hermana fueron a buscar un balde que llenaron con avena y comenzaron a caminar en silencio por el borde del prado. Los caballos empezaron a ale­jarse lentamente; entonces él silbó, y su caballo se apartó de la manada y se acercó al trote hacia el amo. Habíamos aprendido una gran lección; en aquellos dos años habían sucedido muchas cosas, y mi hijo había hecho uso de algo más que sus músculos para enseñar a su caballo.

Pero el día que sucedió el accidente, cuando había desatado al caballo de­sobedeciendo mis órdenes, se había asustado mucho. “Papá”, me preguntó, “¿Qué debemos hacer?” y yo le había respondido: “Esta es la forma en que lo haremos, y un día ese caballo correrá hacia ti cuando lo llames”. En esos dos años él se había preparado y había aprendido una lección.

El Sacerdocio Aarónico es un sa­cerdocio preparatorio; es el sacerdocio menor. Preparatorio, ¿para qué? Tiene como objeto preparar a los jóvenes para recibir el Sacerdocio de Melquisedec, prepararlos para la vida, ca­pacitarlos para ser líderes, enseñarles la obediencia, ayudarlos a aprender a controlar cosas que son mayores que ellos; tiene como objeto mostrarles cómo usar algo más que sus músculos.

Ahora bien, cuando sois ordenados diáconos a los doce años, pasáis a formar parte de un quórum. ¡Qué maravillosa bendición es pertenecer al quórum! Desde ese momento en adelante toda vuestra vida pertene­ceréis a un quórum: El quórum de los diáconos con doce miembros, el de los maestros con veinticuatro miembros, el de los presbíteros con cuarenta y ocho. Luego, si sois fieles y dignos, seréis ordenados al Sacerdocio de Melquisedec o Sacerdocio Mayor. Pero ahora me interesa hablar a los jóvenes del Sa­cerdocio Aarónico, el cual nos prepara para recibir el Sacerdocio de Melquisedec; es necesario que aprendáis ahora a hacer las cosas en la misma forma en que las haréis cuando tengáis el Sacerdocio Mayor.

Desearía volver a hablaros de mi hijo, que actualmente está casado. Se graduó de ingeniero y se ha ido a vivir a una gran ciudad. Cuando se alejaron, él y su esposa estaban nerviosos por el nuevo trabajo y el nuevo hogar que formarían lejos de las familias. El me contó estas dos experiencias que de­searía relataros.

Trabajaba en un cuarto muy grande con otros ingenieros. Después de trabajar durante dos meses, había organizado todo para poder irse del trabajo a la hora de salida. Siempre les habíamos enseñado a nuestros hijos a llegar al empleo un poco más temprano y a quedarse un poco más tarde, a fin de hacer algún trabajo extra. Pero en ese día especial él deseaba irse a la casa a la hora exacta de salida; uno de los compañeros de trabajo le preguntó a dónde iría.

—¿Por qué estás tan apurado?

—Porque esta noche tengo una cena.

—¿Qué clase de cena es esa?

Es una cena de nuestro quórum; cada uno lleva a su esposa, y además de la cena tenemos una reunión.

— No lo puedo comprender. He vivido acá dos años y todavía no conozco a nadie; mi esposa y yo vivimos bastante solos. Tú has estado acá solamente dos meses y ya estás invitado a una cena.

Otro día uno de los ingenieros que trabajaba con él le preguntó si le ayudaría a mudarse.

—Encontramos un apartamento mejor y el sábado nos mudaremos. Pero necesitaré ayuda. ¿Me ayudarías tú?

Nuestro hijo respondió:

—Sí, por supuesto, con mucho gusto.

Al llegar el sábado su esposa preparó pan casero y una comida para llevarles y les ayudaron a mudarse. Luego mi hijo me comentó:

—Papá, he estado pensando sobre aquello. Apenas nos conocemos el uno al otro. Si yo soy la persona más cercana que tiene, la persona a quien él se atrevió a pedirle que le ayudara a mudarse, eso significa que no tiene a nadie. Y sin embargo, ¡nosotros te­nemos tantos amigos!

Cuando él y su esposa llegaron a aquella ciudad, fueron inmediatamente a la Iglesia. El asistió a la reunión de su quórum, y desde el primer día todos sus compañeros le hicieron sentirse cómodo. El quórum es para eso: Para apoyarse mutuamente, para ayudarse los unos a los otros. Vosotros, los jóvenes del Sacerdocio Aarónico, podéis empezar a prepararos desde ahora. Se os ha capacitado para ayudar a los demás recogiendo las ofrendas de ayuno, cumpliendo con otros deberes, ayudando en la Santa Cena y en la orientación familiar.

¿Por qué? Porque pertenecéis a un quórum. La palabra quórum es maravi­llosa, pero en la Iglesia todavía no se ha comprendido en su totalidad el signi­ficado y el valor de los quórumes del sacerdocio.

Pertenecer a un quórum es un honor muy grande. El ser llamado para presi­dir un quórum o ser su secretario o maestro es una seria responsabilidad. ¿Sabéis de dónde proviene la palabra quórum? No se encuentra ni en el Anti­guo ni en el Nuevo Testamento, sino que proviene de la antigua Roma. Cuan­do en aquella época se formaba una co­misión de mucha importancia para llevar a cabo alguna gran obra, se nom­braban miembros para esa comisión; a éstos se les enviaba un certificado, y en él aparecía la palabra quórum. En el certificado decía a qué se dedicaría la comisión, cuan importante era, se expli­caba que para ella se había elegido grandes hombres y luego terminaba con estas palabras: Quorum vos unum, las cuales significaban:  “Debéis ser unidos”.

Mis jóvenes hermanos, vosotros per­tenecéis a un quórum. ¡Qué extraordina­ria oportunidad! Podéis aprender a tomar a vuestro cargo asuntos impor­tantes, dirigir bien vuestra vida y ayu­dar a los demás. Me siento muy agradecido de haber poseído y todavía poseer el Sacerdocio Aarónico; estoy muy agradecido de que mis hijos lo ha­yan poseído y de que haya tantos como vosotros que ahora lo poseen. Que Dios os bendiga, mis muchachos. Que el Es­píritu del Señor descanse sobre vos­otros. El evangelio es verdadero; el sacerdocio es una gran oportunidad.

(Liahona Mayo 1980)

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