Testimonio

Conferencia General Octubre 1963

Testimonio

Por el presidente N. Eldon Tanner

Mi amado presidente David O. McKay, presi­dente Brown, hermanos y hermanas: Es con gran dificultad y un sentimiento de profunda humildad que me paro ante vosotros respondiendo a este alto honor y enorme responsabilidad que me han sido confe­ridos, pues me considero uno de vuestros siervos más humildes, el más débil e incapaz de todos. Humilde­mente ruego al Señor que me conceda Su espíritu y Sus bendiciones al estar frente a vosotros esta mañana.

Estoy seguro de que mi llamamiento a esta posi­ción debe haber resultado una sorpresa para muchos de vosotros, como lo ha sido para mí. En verdad, es otra evidencia de que Dios trabaja misteriosamente para llevar a cabo Sus maravillas.

Mis colegas, las Autoridades Generales, han podido apoyarme en esta posición únicamente porque tienen un fuerte testimonio del hecho de estar dirigidos por un Profeta de Dios. Con humildad ruego que al apoyar al Profeta en esta decisión, conociendo mis debilidades, continúen orando por mí y fortaleciéndome, pues lo necesito grandemente; y con esta confianza, mis her­manos y hermanas, puedo decir, como Nefi en la an­tigüedad:

“. . . Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él no da ningún mandamiento a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que puedan cumplir lo que les ha mandado.” (I Nefi 3: 7.)

Sinceramente agradezco a cada uno de vosotros por vuestra confianza y voto de apoyo, y os prometo, y lo hago también a mis hermanos y colegas, a quienes tanto amo y apoyo con todo mi corazón, y también a usted, presidente McKay, como representante del Señor y de Dios, poner a disposición de la edificación del reino de Dios todas las cosas con que el Señor me ha bendecido.

Doy gracias a Dios por mi fiel y devota esposa y familia, que amo inmensamente y quienes siempre me han apoyado y fortalecido con su inspiración, lealtad, fe y oraciones; estoy seguro de que continuarán apoyán­dome en este nuevo llamamiento.

Agradezco a mi Padre Celestial por el maravilloso privilegio que he tenido de asociarme con estos hombres magníficos, por la influencia de cada uno de ellos sobre mi vida y por el aliento y fortalecimiento que me dan. Estoy agradecido a Dios por la significativa be­dición de poder asociarme tan íntimamente y sentir el gran espíritu y la influencia de nuestro amado presi­dente David O. McKay. Todo lo que ha sido escrito y dicho acerca de él, con motivo de su nonagésimo cumpleaños, no logra ni puede describir la grandeza de este hombre que ha sido escogido como un Profeta di­vino, y que en la actualidad preside la Iglesia de Jesu­cristo de los Santos de los Últimos Días — el reino de Dios sobre la tierra.

Es imposible apreciar o estimar la enorme influen­cia que el presidente McKay ha ejercido en bien de la humanidad. Cuanto más nos acercamos a él, más se fortalece nuestro testimonio de que es realmente un

Profeta de Dios. Con tristeza menciono la ausencia de nuestro amado amigo y colega, el presidente Henry D. Moyle, a quien tanto extrañamos todos, y cuyo deceso ha hecho necesarios estos cambios. Tanto su familia como sus amigos, su Iglesia, su comunidad y su país, han sufrido una pérdida tremenda. Amado padre y es­poso, fue también un amigo verdadero y leal, un vecino considerado, un miembro devoto y un capacitado líder de la Iglesia. Siempre trabajó en bien de su país y del mejoramiento de la humanidad. Quisiera expresar mi amor y simpatía por la hermana Moyle y su familia, y rogar que el Espíritu del Señor les acompañe, les fortalezca y les aliente.

En esta ocasión, también quisiera dar la bienvenida al hermano Thomas Monson, a quien apoyo con todo mi corazón.

No tengo palabras para expresar mi profundo amor por el Señor y mi gratitud por las innumerables ben­diciones que ha derramado sobre mí, y sinceramente ruego por Su continua orientación y fortalecimiento, mientras yo trate de servirle. Quiero prometeros nueva­mente que mi vida y todo lo que poseo, serán comple­tamente dedicados al servicio de mi Hacedor y de mis semejantes, abrigando en mi corazón una oración para que El me provea de sabiduría y conocimiento, valor y fuerza, inspiración, determinación y habilidad para guardar Sus mandamientos y servirle en manera acep­table.

Una y otra vez quiero solicitar a todos vosotros el apoyo de vuestra fe y oraciones, a fin de que pueda dedicarme al servicio de mi Señor sólo en procura de Su gloria.

Quiero dejaros mi testimonio; yo sé que Dios vive, que Jesús es el Cristo y que dio Su vida por mí y por vosotros; que ésta es Su Iglesia y Su reino; que a la cabeza de nuestra Iglesia en la actualidad tenemos a un Profeta de Dios, inspirado de Él, y a través de quien somos orientados por los senderos de la verdad y la justicia.

Ruego que podamos seguir sus consejos y admoni­ciones, sabiendo que de esta forma seremos llevados hacia la inmortalidad y la vida eterna; y lo hago en el nombre de Jesucristo. Amén.

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