El Sacerdocio de Juan el Bautista

El Sacerdocio de Juan el Bautista

Por Joseph Fielding Smith
(Tomado de the Improvement Era)

 En una de las reuniones de nuestro quorum, alguien preguntó: “¿Quién confirió el Sacerdocio Aarónico a Juan el Bautista?”

Investigándolo consiguientemente, descubrimos que fue ordenado por un ángel. También llegamos a la conclusión de que el padre de Juan tenía el oficio de Presbítero. Pero siendo que un Presbítero tiene autoridad para ordenar Diáconos, Maestros o Presbíteros en el Sacerdocio Aarónico, y que éste era el caso con su padre, ¿por qué no fue Juan ordenado por Zacarías, en lugar de serlo por un ángel?

No es la primera vez que se me formula esta pregunta, lo cual me extraña sobremanera, puesto que el Señor lo ha explicado perfectamente en una de Sus revelaciones modernas, diciendo:

“Por consiguiente, tomó a Moisés de entre ellos, y el Santo Sacerdocio también;

“y continuó el sacerdocio menor, que tiene la llave del ministerio de ángeles y el evangelio preparatorio,

“el cuál es el evangelio de arrepentimiento y de bautismo, y la remisión de pecados, y la ley de los mandamientos carnales, que el Señor en su ira hizo que continuara en la casa de Aarón entre los hijos de Israel hasta Juan, a quien Dios levantó, pues fue lleno del Espíritu Santo desde el vientre de su madre.

“Porque se bautizó mientras estaba aún en su niñez, y cuando tenía ocho días de edad, el ángel de Dios lo ordenó para este poder, con el objeto de derribar el reino de los judíos y enderezar las sendas del Señor ante la faz de su pueblo, a fin de prepararlo para la venida del Señor, en cuya mano se halla todo poder.” (Doc. y Con. 84:25-28.)

El Señor se reservó el derecho de revelar el nombre de aquel ángel que ordenó a Juan. La razón por la que Zacarías no pudo ordenar a su hijo, fue que éste, Juan, debía recibir ciertas llaves de autoridad que el padre no poseía. Por lo tanto, esta autoridad especial tenía que ser conferida por un mensajero celestial, debidamente comisionado para ello. La ordenación de Juan no constituyó simplemente la concesión del Sacerdocio Aarónico que su padre poseía, sino también la otorgación de ciertos poderes esenciales y pertinentes a la época en que dicha autoridad había de “derribar el reino de los judíos y enderezar las vías del Señor”. Más aún, había de preparar a los judíos y otros israelitas para la venida del Hijo de Dios. Esta gran autoridad requirió una ordenación especial, más allá de todo poder delegado a Zacarías o a cualquier otro sacerdote, y por lo tanto un ángel del Señor fue enviado para ministrar a Juan, “aún en su niñez.”

Nuestro problema consiste en que muchos de nosotros solemos llegar a ciertas conclusiones con respecto a determinadas materias o asuntos, sin conocer todos los hechos pertinentes a eventos específicos. Es evidente que una gran proporción de miembros de la Iglesia no se prepara mediante el estudio, la oración y la fe para entender muchas de las revelaciones que nos han sido dadas en estos últimos días. Esta carencia de entendimiento no es culpa del Señor, sino una falta del individuo.

No es mi intención señalar estas faltas, más simplemente indicar la necesidad de un estudio más cabal de la palabra revelada del Señor, mediante la oración sincera y la humildad de espíritu. Cuando sólo consideramos parte de los hechos, es fácil llegar a conclusiones incorrectas. Por consiguiente, los miembros de la Iglesia—y especialmente los que poseen el divino sacerdocio—deben ser más diligentes en sus estudios y en sus oraciones.

Ha sido específicamente revelado que Juan fue enviado para preparar el camino delante del Señor, enseñando el arrepentimiento y bautizando a las gentes antes de la inauguración del ministerio personal del Hijo de Dios. Esta debía ser una ordenación llevada a cabo por una autoridad superior a la de Zacarías o de cualquier otro Presbítero que le hubo precedido.

Cuando Juan el Bautista envió a sus mensajeros para que preguntaran a Jesús:

“¿Eres tú el que había de venir, o esperaremos a otro?”, el Salvador testificó de la grandeza de Juan, diciendo:

“¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña que es agitada por el viento?

“Mas ¿qué salisteis a ver? ¿A un hombre cubierto de vestiduras delicadas? He aquí, los que llevan vestidura preciosa y viven en deleites están en los palacios de los reyes.

“Mas ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y más que profeta.

“Este es de quien está escrito: He aquí, envío mi mensajero delante de tu faz, el cual preparará tu camino delante de ti.

“Porque os digo que, entre los nacidos de mujeres, no hay mayor profeta que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él.” (Lucas 7:19,24-28.)

Comentando esta declaración, el profeta José Smith ha dicho:

“Primero: Le fue confiada [a Juan] una misión divina de preparar el camino delante de la faz del Señor. ¿Quién jamás ha recibido cargo semejante, antes o después? Nadie.

“Segundo: Se le confió, y le fue requerido efectuar la importante misión de bautizar al Hijo del Hombre. . . ¿Quién jamás llevó al Hijo del Hombre a las aguas del bautismo, y tuvo el privilegio de ver al Espíritu Santo descender en forma de paloma, o mejor dicho, en la señal de la paloma, como testimonio de esa administración? La señal de la paloma fue instituida desde antes de la creación del mundo como testimonio o testigo del Espíritu Santo, y el diablo no puede presentarse en la seña o señal de la paloma. . .

“Tercero: Teniendo las llaves del poder Juan era, en esa época, el único administrador legal de los asuntos del reino que entonces se hallaba sobre la tierra. Los judíos tenían que obedecer sus instrucciones, o ser condenados por su propia ley; y Cristo mismo cumplió con toda justicia observando la ley que Él había dado a Moisés en el monte, y de esta manera la magnificó y la honró en lugar de destruirla. El hijo de Zacarías arrebató las llaves, el reino, el poder y la gloria de los judíos, mediante la santa unción y el decreto de los cielos; y estas tres razones lo establecen como el profeta más grande que ha nacido de mujer.” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 338.)

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