La Bendición de la Libertad

La Bendición de la Libertad

por Tad R. Callister
La Expiación Infinita

¿QUÉ ES LA LIBERTAD?

Nefi habló de una consecuencia más, otra bendición, que fluye de la fuente inagotable de la Expiación: «Y porque son redimidos de la caída, han llegado a quedar libres para siempre» (2 Nefi 2:26). El élder James E. Talmage entendía que sin la Expiación no podía haber libertad: «Proclamamos que la expiación efectua­da por Jesucristo (…) es para todos los seres humanos; es el men­saje de liberación del pecado y de las penas que lo acompañan, el decreto de la libertad, la carta de la libertad».1 Como sucede con las demás bendiciones de la Expiación, esta no se encuentra ais­lada; complementa, suplementa a las demás y se solapa con ellas.

El poder de llegar a ser como Dios, la bendición culminante de la Expiación, está relacionada esencialmente con el poder de ser libre, puesto que, verdaderamente, el más libre de todos los seres es Dios mismo. El presidente David O. McKay observó que «Dios no podía hacer al hombre a su semejanza sin hacerlos li­bres». Y a continuación citó al Dr. Iverach, filósofo escocés, quien compartió esta interesante afirmación suplementaria: «Es una manifestación enorme de poder divino hacer a seres susceptibles de hacer ellos mismos, a su vez que seres incapaces de hacerlo, puesto que los primeros son hombres y los segundos marionetas y, a fin de cuentas, las marionetas no son más que objetos».2

Si la Expiación nos hace libres, entonces cabe preguntarse: «¿Qué significa ser libre?». Ser libre es ser como Dios. Los Dioses son los seres más libres de todos «porque todas las cosas les es­tarán sujetas (…) porque tendrán todo poder» (DyC 132:20). Actúan «por sí mismos» en lugar de «se actúe sobre ellos» (2 Nefi 2:26). Eso era lo que Alma intentaba decirnos acerca de Adán y Eva, que en algunos aspectos se volvieron «como dioses». ¿Y por qué? Porque conocían «el bien del mal», y estaban «en condicio­nes de actuar según su voluntad y placer» (Alma 12:31).

Las vidas de los dioses se mueven por un motor interno, y no por fuerzas externas. Su libertad emana del poder que tienen de actuar por voluntad propia sin cortapisas impuestas desde fuentes exteriores. No existe una fuerza exógena que controle su destino, ninguna limitación espiritual ni física que restrinja su expresión deseada. Si desean viajar a la velocidad del pensamiento, parece que pueden hacerlo. Si quieren comprender todo pensamiento de toda criatura viviente, lo hacen (quizá automáticamente). Los dioses actúan, no se actúa sobre ellos. Controlan todos y cada uno de los elementos en todas las esferas. No están sometidos a la enfermedad ni a las inclemencias del tiempo. Al contrario, todas las formas de vida, incluidos los elementos mismos, ceden rindiendo pleitesía a los dioses.

Las Escrituras revelan que «todas las cosas les [están] sujetas» y, por lo tanto, están «sobre todo» (DyC 132:20). Los dioses no viven al margen de las leyes, sino que por su obediencia han lle­gado a dominarlas a fin de emplearlas para cumplir sus designios.

La libertad se obtiene paso a paso en un proceso de sumisión obediente a la voluntad de Dios. Por consiguiente, cuanto más semejantes a Dios nos volvemos, más libres somos. La libertad y la divinidad son caminos paralelos; de hecho, son el mismo camino.

DIOS HACE LIBRES A LOS HOMBRES

El hombre no podría disfrutar jamás los poderes plenos del albedrío sin la intervención de Dios. Samuel le dijo al pueblo de Zarahemla: «sois libres; se os permite obrar por vosotros mismos» y añadió «Dios os (…) ha hecho libres». (Helamán 14:30). La segunda frase la han empleado profetas de ambos hemisferios a lo largo de los siglos. El rey Benjamín enseñó, «bajo este título [Cristo] sois librados». Entonces aclara que no existe una fuente alternativa de libertad: «no hay otro título por medio del cual podáis ser librados» (Mosíah 5:8). El Salvador enseñó que la li­bertad verdadera se obtiene por el Hijo, ya que «si el Hijo os hace libres, seréis verdaderamente libres» (Juan 8:36). Pablo instó a los santos de Galacia a que retuvieran «la libertad con que Cristo nos hizo libres» (Gálatas 5:1). Y en los últimos días el Señor ha declarado sin lugar a equívoco: «Yo, Dios el Señor, os hago libres; por consiguiente, sois verdaderamente libres» (DyC 98:8; véase también DyC 88:86). John Donne concibió esta relación entre Cristo y la libertad:

Llévame a ti [Cristo]; encarcélame, pues,
si tú no me cautivas, jamás seré libre.3

La libertad se describe como el poder o el albedrío para actuar por cuenta propia. En repetidas ocasiones, el Señor ha revela­do la fuente de dicho albedrío. Lehi enseñó: «el Señor Dios le concedió al hombre que obrara por sí mismo» (2 Nefi 2:16). Y en los últimos días se ha empleado lenguaje escriturario similar: «He aquí, yo le concedí que fuese su propio agente» (DyC 29:35; véase también Moisés 4:3).

LOS CUATRO COMPONENTES DE LA LIBERTAD

Pero, ¿cómo nos confiere Dios el albedrío, y qué papel desem­peña la Expiación para que seamos libres? La manera de entender mejor esta cuestión es diseccionar la libertad en sus cuatro com­ponentes principales, a saber: la necesidad de un ser inteligente, un conocimiento del bien y del mal, la existencia de elecciones y el poder de hacer o llevar a cabo dichas elecciones.

Primero está la necesidad de un ser inteligente. Si la libertad consiste en ser capaz de actuar por nosotros mismos y no que «se actúe sobre [nosotros]» (2 Nefi 2:26), como sugiriera Lehi, entonces en algún momento debemos tener la capacidad innata de tomar decisiones sobre las que basan nuestras acciones. En pocas palabras: no puede haber libertad sin un agente decisor, un ser inteligente. El hombre es una entidad consciente, pensante, lo cual cumple la primera condición necesaria para que exista la libertad.

En segundo lugar, está la necesidad de un conocimiento del bien y del mal. Este es un elemento indispensable de la libertad. El presidente Joseph F. Smith escribió: «Nadie es o puede ser librado sin poseer un conocimiento de la verdad y sin obede­cerla».4 Moisés escribió: «Y les es concedido discernir el bien del mal; de modo que, son sus propios agentes» (Moisés 6:56). La relación de causalidad entre la libertad y el conocimiento del bien y del mal es un tema común abordado por muchos de los profe­tas de la antigüedad. Uno de esos profetas, Samuel el lamanita, declaró que el pueblo era libre porque Dios les «[había] conce­dido que [discernieran] el bien del mal» (Helamán 14:31; véase también 2 Nefi 2:18, 23; Alma 12:31-32).

El conocimiento inicial del hombre con respecto al bien y el mal se activó en el momento de la Caída. El Señor afirmó: «He aquí el hombre ha llegado a ser como uno de nosotros, conocien­do el bien y el mal» (Génesis 3:22). Eva se hizo eco de esa verdad cuando exclamó: «De no haber sido por nuestra transgresión, nunca habríamos (…) conocido (…) el bien y el mal» (Moisés 5:11). En ausencia de esa concesión de conocimiento, Adán y Eva habrían quedado atrapados en un estado de inocencia.

A primera vista, uno podría verse persuadido a creer que la Caída, con independencia de la Expiación de Cristo, fue lo que entregó ese conocimiento suficiente para darle la libertad al hom­bre. En realidad, fue una pieza esencial, pero fue solamente el principio, el portal de acceso al conocimiento. La Caída abrió puertas que hasta el momento habían permanecido selladas y ojos que anteriormente habían estado cerrados. En lo tocante a Adán y Eva, las Escrituras revelan que «fueron abiertos los ojos de ambos» (Génesis 3:7). Ello era esencial, pero solamente era el comienzo, no el fin del camino. Con un mayor conocimiento se presenta la oportunidad de una mayor libertad. Este fue el testi­monio del Salvador a los escribas y fariseos: «conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Juan 8:32). Una vez más, aquellos hipócritas fueron incapaces de captar el mensaje del Salvador. Su respuesta fue: «jamás hemos sido esclavos de nadie» (Juan 8:33). Qué fuertes eran. Poseían conocimientos seculares, pero ignoraban la verdad espiritual que hace libre al hombre. Eran los maestros a la hora de no enterarse de nada. Una vez más estaban sintonizando el canal equivocado y el Salvador tuvo que dirigirse a ellos con claridad meridiana: «si el Hijo os hace libres, seréis verdaderamente libres» (Juan 8:36). Y aquí reside la esencia de la libertad: conocer al Señor y obedecer sus verdades. Cuando lo hacemos, nos volvemos libres de prejuicios, falsedades, pecados, contención y cualquier otra práctica lesiva o vil conocida para el hombre.

Si bien la Caída abrió la puerta al camino del conocimiento, fue la Expiación la que proporcionó el vehículo para proseguir. Mediante la Expiación nos limpiamos en las aguas del bautismo, lo que nos hace aptos para el don del Espíritu Santo. Este don es el que «os guiará a toda la verdad» (Juan 16:13). A medida que llegamos a conocer al Salvador y sus verdades, se agranda nuestra capacidad para la libertad. Y esto se debe a que el conocimiento es poder; y el poder, en su máxima expresión, es la divinidad; y la divinidad, es la quintaesencia de la libertad.

El tercer elemento de la libertad es la existencia de elecciones. El presidente David O. McKay observó: «Solamente al ser hu­mano le dijo el Creador: ‘(…) podrás escoger según tu voluntad, porque te es concedido’ (Moisés 3:17). Puesto que Dios preten­día que el hombre llegara a ser como él, era necesario hacerlos libres primero».5 De no ser por la Expiación, no habría habido elección entre la vida eterna y la condenación eterna. La Caída habría abierto la puerta a un camino y solamente a uno. Nuestra «carne tendría que descender para pudrirse y desmenuzarse en su madre tierra, para no levantarse jamás. (…) Nuestros espíritus tendrían que estar sujetos a (…) [al] diablo, para no levantar­se más» (2 Nefi 9:7-8): un panorama más bien sombrío. Sin la Expiación, todos se habrían visto obligados a participar en este plan sin opciones. La Caída, sin la Expiación, haría que nos pre­cipitáramos en una caída de la que no hay escapatoria. Jacob ex­plicó esta turbadora perspectiva y exclamó después con regocijo: «¡Oh cuán grande es la bondad de nuestro Dios, que prepara un medio para que escapemos de las garras de este terrible monstruo; sí, ese monstruo, muerte e infierno, que llamo la muerte del cuer­po, y también la muerte del espíritu!» (2 Nefi 9:10). Jacob siguió explicando que, «a causa del medio de la liberación de nuestro Dios (…) el infierno ha de entregar sus espíritus cautivos, y la tumba sus cuerpos cautivos» (2 Nefi 9:11—12).

La Expiación es el medio de liberación, el medio empleado para liberar nuestros cuerpos de la tumba y nuestros espíritus del infierno, de ofrecer otro camino, otra elección, otra opción. El élder McConkie escribió en verso acerca de esta misma verdad:

Creo en Cristo; me salvará,
de Satanás me librará.6

Lehi enseñó que, debido a que los hombres «son redimidos de la caída, han llegado a quedar libres para siempre, (…) libres para escoger la libertad y la vida eterna, por medio del gran Mediador de todos los hombres, o escoger la cautividad y la muerte» (2 Nefi 2:26-27). Entonces Lehi les rogó a sus hijos que escogieran «el gran Mediador (…) y escoged la vida eterna»; de otro modo, ad­virtió Jacob, el diablo tendría «el poder de cautivar [los]» y «reinar sobre [ellos]» en su reino (2 Nefi 2:28, 29).

El mensaje está claro. Podemos aceptar la Expiación, una elección que nos lleva a la vida eterna (la forma suprema de la libertad); o podemos optar por el camino del Maligno, una elec­ción que nos lleva a la destrucción, las cadenas y la cautividad (la forma suprema de cautiverio). Cuando elegimos al Señor, él nos da una barra de hierro a la que aferramos; cuando elegimos a Satanás, él nos ata con una cadena, cada vez más corta, has­ta que estamos en su poder. Charles Dickens ilustró esta verdad vivamente. En su famoso relato Cuento de Navidad, Scrooge, al ver al fantasma de su antiguo socio cargado de cadenas, le pre­gunta: «Estás encadenado. (…) Dime por qué». La respuesta de Jacob Marley nos da qué pensar: «Llevo la cadena que forjé en vida (…). La hice eslabón a eslabón, metro a metro; la ciño a mi cuerpo por mi libre voluntad y por mi libre voluntad la usaré».7

El profeta Jacob concluyó su hermoso discurso sobre la Expiación instando a su pueblo a «animarse». A fin de cuentas, explicó, «sois libres para obrar por vosotros mismos, para esco­ger la vía de la muerte interminable, o la vía de la vida eterna» (2 Nefi 10:23). Esa libertad de elección proviene de la Expiación de Jesucristo. Eso es lo que enseñó Lehi: «el Señor Dios le conce­dió al hombre que obrara por sí mismo. De modo que el hombre no podía actuar por sí a menos que lo atrajera lo uno o lo otro» (2 Nefi 2:16).

Falta todavía un elemento para que sea posible una plenitud de libertad; es el poder de llevar a cabo o hacer las elecciones que se nos planteen. Puede que tengamos conocimiento del bien y del mal; que incluso tengamos elecciones ante nosotros; pero a menos que tengamos el poder de ejecutar, el poder de hacer, nuestra libertad no será más que una fachada. Somos en cierta manera como un astrónomo que mira los cielos estrellados a sim­ple vista con la esperanza de avistar Neptuno. Por mucho que escrute el firmamento, por muy intensa que sea su mirada, ob­servará en vano. Ahora bien, dadle un telescopio y ¡qué visión se abrirá ante sus ojos! La cuestión aquí no es el conocimiento, pues el astrónomo tiene memorizada la bóveda celeste al milímetro. La cuestión no es la elección, pues tiene la opción de mirar o no sin obstrucción. La cuestión, simple y llanamente, es el poder: el poder de ver. Dios tiene un nutrido inventario de telescopios es­pirituales, aparatos auditivos, cápsulas del tiempo e instrumentos intensificadores del poder con el fin de enriquecer nuestras vidas y liberarnos para ver, oír y hacer sin cortapisas.

Todos los hombres reciben algún poder de Dios. El Señor de­claró: «los hombres deben estar anhelosamente consagrados a una causa buena, y hacer muchas cosas de su propia voluntad y efec­tuar mucha justicia; porque el poder está en ellos, y en esto vie­nen a ser sus propios agentes» (DyC 58:27-28). ¿Y cómo pode­mos aumentar este poder? De antiguo, la historia ha confirmado que el conocimiento es precursor del poder. Es el conocimiento el que ha ampliado el espacio, conquistado la enfermedad, in­crementado la velocidad de desplazamiento y revolucionado nuestros medios de comunicación. Dios no menosprecia estos poderes adquiridos mediante el aprendizaje secular; de hecho, fo­menta esas iniciativas. El nos invita a convertirnos en maestros «de cosas tanto en el cielo como en la tierra» (DyC 88:79) ya estudiar en «los mejores libros» (DyC 88:118). Nos da también inspiración para ayudarnos en estos empeños.

Aunque Dios es ciertamente promotor del conocimiento terre­nal, también quiere que sepamos que los poderes de una fuente más elevada emanan de la adquisición de verdades espirituales. Es este poder espiritual el que dividió el mar Rojo; que hizo que el sol «se [detuviera]»; que los ríos cambiaran su curso y las mon­tañas huyeran (Éxodo 14:21-29; Josué 10:12-14; Moisés 7:13). Esta fuerza invisible ha calmado el mar embravecido, aquietado la tormenta desatada, obligado a los cielos heridos por la sequía a descargar sus perlas de rocío ocultas, y, en definitiva, controlado, dirigido y gobernado todo elemento nativo del universo (Mateo 8:23-27; 1 Reyes 18:41-46; Moisés 7:13-14).

Donde la ciencia ha flaqueado —o incluso se ha quedado atrás—este poder divino ha tomado el relevo y, según la voluntad de Dios, sanado a los que no podían obtener alivio en lo tempo­ral. Este poder alcanza tal magnitud que ha penetrado y ablan­dado incluso los corazones de aquellos a los que se conocía como «un pueblo salvaje, empedernido y feroz» (Alma 17:14).

Tanto el poder terrenal como el espiritual (que son un único poder en última instancia) constituyen el poder de la deidad, pues los dioses tienen «todo poder» (DyC 132:20; énfasis añadi­do). Con cada poder adquirido, desarrollamos un mayor control, tanto de los elementos, como de nuestros propios destinos. De esta manera, nos convertimos en el conductor —no en el pasa­jero—en la causa —no en el efecto—. Actuamos por nosotros mismos y no se actúa «sobre [nosotros]» (2 Nefi 2:26); y así sere­mos libres.

Si bien este conocimiento es esencial para la adquisición del poder, hay un ingrediente más, a menudo ignorado y en ocasio­nes ridiculizado, que es además una condición previa para la reci­bir los poderes «superiores», esos poderes necesarios para disfrutar una plenitud de libertad. El elemento que falta es la obediencia.

LA OBEDIENCIA: UNA CLAVE DE LA LIBERTAD

Los hay que dirán que la libertad se da en ausencia de leyes y restricciones. Aseveran que la libertad en su esencia más pura es el derecho de hacer cualquier cosa, en cualquier momento y lugar, sin repercusiones. Hace unos dos mil quinientos años, Nefi pro­fetizó acerca de estas almas confundidas que difundirían enseñan­zas como «comed, bebed y divertios, porque mañana moriremos; y nos irá bien» (2 Nefi 28:7; véase también Mormón 8:31). ¿No resulta irónico que el autor de una filosofía de esta naturaleza sea el maestro de los esclavos mismo? Fue él a quien expulsaron del cielo, quien perdió la oportunidad de tener un cuerpo físico, quien estará atado mil años y será desterrado finalmente a las tinieblas de afuera. La libertad que él promete es ilusoria; es un espejismo en el desierto; es la condición que siempre ha eludido su mano. Era la misma mentira urdida por Caín tras asesinar a su hermano Abel: «Estoy libre», se dijo (Moisés 5:33). En realidad, nunca había estado más cautivo que en ese momento. Era un siervo, sí, el siervo del pecado. Las Escrituras describen una y otra vez el estado real de los que adoptan esta filosofía mundana. Ellos también se convierten en esclavos del pecado, atados con cadenas eternas y sujetos a la cautividad, la muerte y el infierno, lo cual tiene poco de feliz estado de libertad (2 Nefi 1:13; Alma 12:11).

¿Cómo propone entonces el Señor librarnos? La respuesta es la obediencia. De hecho, Brigham Young indicó que no hay otra manera: «¿Rendir (…) una obediencia estricta, acaso no nos con­vierte en esclavos? No, es la única manera existente en la faz de la tierra que tenemos ustedes y yo de ser libres».8

Al contrario de lo que muchos creen, la obediencia no es la antítesis de la libertad, sino su fundamento. Charles Kingsley distinguió entre la perspectiva de la libertad mantenida por el mundo y la del Señor: «Hay dos libertades, la falsa en la que se es libre de hacer lo que se desee, y la verdadera, en la que se es libre de hacer lo que se debe».9 Lehi se refería a la segun­da cuando aconsejaba a sus hijos, Lamán y Lemuel: «[escuchad] sus grandes mandamientos» (2 Nefi 2:28). El patriarca les dijo que si lo hacían el diablo no tendría poder «reinar sobre [ellos]» (2 Nefi 2:29). De Doctrina y Convenios afirman otro tanto: «la ley [o podríamos decir los mandamientos] también os hace libres» (DyC 98:8). Jacob le dijo a su pueblo: «sois libres para obrar por vosotros mismos» (2 Nefi 10:23). Y entonces les ense­ñó los medios, no solo para mantener su libertad, sino para au­mentarla: «reconciliaos con la voluntad de Dios» (2 Nefi 10:24). El Señor anunció que había hecho a Adán «su propio agente» y a continuación compartió la segunda parte divina en lo que al mantenimiento y el desarrollo de dicho albedrío se refiere: «y le di mandamientos» (DyC 29:35). Dicho de otro modo, sin man­damientos ni obediencia a ellos, el hombre no tardaría en haber visto menguar irreversiblemente su albedrío recién adquirido.

Los mandamientos son tan restrictivos para el hombre espi­ritual como las señales de tráfico para un conductor en su auto. Ninguno de los dos impone prohibiciones a nuestro progreso; al contrario, lo mejoran al servir de postes indicadores o señales de dirección que nos ayudan a encontrar nuestro destino y llegar a él. El Señor le mencionó al profeta José de un «un mandamiento nuevo», y añadió acto seguido: «o en otras palabras, os doy instrucciones en cuanto a la manera de conduciros delante de mí, a fin de que se torne para vuestra salvación» (DyC 82:8—9; énfasis añadido). El gran productor de cine, Cecil B. De Mille, famoso por la película Los diez mandamientos, entendía la diferencia en­tre la ley y la libertad:

«Somos demasiado propensos a ver la ley como algo meramen­te restrictivo (…) algo que nos cerca. A veces pensamos que la ley es lo opuesto a la libertad. Pero esto es un concepto erróneo. (…) Dios no se contradice. No creó al hombre para después, como una ocurrencia de última hora, imponerle una serie de re­glas restrictivas, irritantes y arbitrarias. Dios creó al hombre libre, y entonces le dio mandamientos para mantenerlo en la libertad. No podemos quebrantar los Diez Mandamientos. Solamente po­demos quebrantarnos nosotros contra ellos; o bien, mediante su cumplimiento, levantarnos hasta alcanzar la plenitud de la libertad bajo Dios».10

Hay una serie de verdades espirituales que al mundo secular deben parecerle ironías irreconciliables: la humildad engendra fuerza; la fe alimenta la visión y la obediencia conlleva la libertad. Sin embargo, hay una pequeña prueba mediante la cual podemos darnos cuenta por nosotros mismos de la veracidad de estos pre­ceptos espirituales. El Señor reveló cuál es. «El que quiera hacer la voluntad de él conocerá si la doctrina es de Dios o si yo hablo por mí mismo» (Juan 7:17). Sencillamente, si somos obedientes a la voluntad de Dios, encontraremos nuevas libertades; si somos desobedientes, la libertad será nuestra estrella inalcanzable.

Como ya se ha comentado, la libertad exige un conocimiento del bien y del mal, la existencia de elecciones y el poder de ha­cerlas o llevarlas a cabo. Cada uno de estos aspectos adquiere más relieve mediante la obediencia a la voluntad de Dios.

Cuando obedecemos las leyes de Dios, obtenemos un cono­cimiento aumentado de Su plan, y con un mayor conocimiento viene una mayor capacidad para la libertad. Isaías enseñó que cuando escuchamos al Señor recibimos «mandato tras mandato, línea sobre línea» (Isaías 28:10). La promesa hecha a los que obe­decen la Palabra de Sabiduría es que «hallarán sabiduría y grandes tesoros de conocimiento, sí, tesoros escondidos» (DyC 89:19).

El Señor dejó claro que la adquisición de conocimiento no era únicamente una empresa intelectual, cuando dijo «El que guarda sus mandamientos recibe verdad y luz, hasta que es glorificado en la verdad y sabe todas las cosas» (DyC 93:28; véase también DyC 93:39). La obediencia trae ese tipo de conocimiento que es indis­pensable para la libertad divina. Por ello el Señor prometió, «y si en esta vida una persona adquiere más conocimiento e inteligen­cia que otra, por medio de su diligencia y obediencia, hasta ese grado le llevará la ventaja en el mundo venidero» (DyC 130:19). La obediencia desbloquea las puertas del conocimiento; el cono­cimiento es un requisito previo de la divinidad, y la divinidad es el apogeo de la libertad.

La obediencia también amplía nuestra lista de elecciones. Si no somos obedientes, no tenemos la opción de bautizarnos, ni la opción de recibir el sacerdocio, ni de recibir la investidura, ni el sellamiento en el templo, condiciones necesarias para nuestra transformación en los seres más libres que existen, es decir, los dioses.

Pero la obediencia tiene más efectos aún si cabe. También ge­nera poder, otra conexión vital con la libertad. Hace unos cuan­tos años, en una conferencia para jóvenes llamé a un muchacho que se hallaba sentado en la congregación y lo invité a sentarse a mi lado, en la butaca del piano. Saqué de mi billetera un bi­llete de veinte dólares estadounidenses nuevecito y se lo ofrecí a cambio de tocar cualquier canción del himnario que quisiera. Mientras su mirada iba del billete al piano, se le notaba frustrado. «No sé tocar», dijo. «¿Y por qué no?» fue mi respuesta. «Tienes la música, el piano, los dedos de las manos, parece que no te falta nada de lo que necesitas para tocar». «¡Pero no sé hacerlo!», insistió el joven. En efecto, él tenía todo lo que necesitaba, con una excepción: el poder de ejecutar, que es un elemento indispensable de la libertad. El poder se genera mediante la obediencia. Obtenemos el poder para tocar el piano cuando obedecemos la ley de la práctica. Obtenemos el poder de dominar una len­gua cuando aprendemos y seguimos las reglas de la lingüística. Obtenemos el poder sobre los elementos cuando obedecemos las leyes de Dios. Por ello el Señor les dijo a los obedientes: «serán dioses, porque tendrán todo poder». Entonces divulgó el secreto de ese logro: «a menos que cumpláis mi ley, no podréis alcanzar esta gloria» (DyC 132:20, 21). La obediencia es una de las princi­pales llaves que abren el poder de la divinidad, trayendo consigo la libertad en grado sumo. La obediencia no es un enemigo de la libertad; al contrario, es su mejor amiga.

El Señor así lo dijo: «escuchad mi voz y seguidme, y seréis un pueblo libre» (DyC 38:22). El profeta José nombró el vínculo entre la Expiación, la divinidad y la obediencia en el tercer ar­tículo de fe: «Creemos que por la expiación de Cristo, todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio» (véase también DyC 138:4).

El producto final de una vida obediente es el poder, no el poder del dictador que blande su cetro, ni el poder cargado de emociones del demagogo, ni el poder irreverente y decaden­te del charlatán, sino el poder puro y benevolente de un dios. Irónicamente, si deseamos obtener ese poder, hemos de obedecer los mandamientos con exactitud. En lo que respecta al desobe­diente, el Señor profetizó sobre el atolladero en el que se halla­rían: «no pueden venir a donde yo estoy, porque no tienen poden. (DyC 29:29; énfasis añadido).

La obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio otorga un mayor conocimiento, una multiplicidad de elecciones y un poder aumentado para actuar, todo lo cual deriva en un incre­mento de libertad. Es la Expiación, no obstante, lo que aporta sustancia y sentido a esas leyes y ordenanzas. ¿Qué vitalidad ten­drían los principios de la fe y el arrepentimiento sin la misión del Salvador? ¿Qué poder purificador conferirían las aguas bau­tismales de no haber habido Expiación? ¿Qué poderes curativos tendría la Santa Cena si no hubiera redención? ¿Qué longevidad tendrían los poderes selladores si no se hubiera dado la condes­cendencia del Salvador? La obediencia a estas ordenanzas y leyes sin la Expiación sería un gesto vacuo.

La Expiación de Jesucristo abrió las compuertas del conoci­miento espiritual mediante el bautismo y el don del Espíritu Santo. Proporciona un abanico de elecciones, desde la cautividad y el diablo, en un extremo, hasta la vida eterna y la divinidad en el otro. Desata poder sobre poder para esos santos humildes que cumplen las leyes y las ordenanzas del Evangelio, cada una de las cuales deriva su fuerza de sustento en el sacrificio expiatorio. La Expiación de Jesucristo es la fuerza nutriente de cada uno de esos elementos que fomentan la libertad.

Brigham Young enseñó: «La diferencia entre el justo y el pe­cador, la vida eterna o la muerte, la felicidad o la miseria, es la siguiente: los privilegios de los que reciben la exaltación no tie­nen restricciones ni límites».11  ¡Eso es libertad! Lehi entendía esta verdad gloriosa y declaró que, debido a la redención de Cristo, los hombres son «libres para siempre» (2 Nefi 2:26).

NOTAS

  1. Talmage, Essential James E. Talmage, 89.
  2. McKay, «Whither Shall We Go?», 3.
  3. Donne, «Batter My Heart», en Untermeyer, Treasury of Great Poems,
  4. Smith, Doctrina del Evangelio,
  5. Conference Report, octubre de 1963, 5.
  6. McConkie, «Creo en Cristo», Himnos,
  7. Dickens, Christmas Stories,
  8. Journal of Discourses, 18:246; énfasis añadido.
  9. En Wallis, Treasure Cbest,
  10. Citado por Richard L. Evans, Conference Report, octubre de 1959, 127; énfasis añadido.
  11. Young, Discourses of Brigham Young,

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