¿Podría la Eutanasia ser Justificable?

¿Podría la Eutanasia ser Justificable?

Preguntas Contestadas por José Fielding Smith
Presidente del Consejo de los Doce Apóstoles
(Tomado de the Improvement Era)

Durante una de nuestras clases de estudio surgió el interrogante de que si la acción de matar por misericordia podría ser o no justificable. Contemplamos el caso de un anciano, aquejado por un mal que los médicos consideran incurable. Su médico de cabecera ha asegurado que podría prolongar su vida, aunque sólo para continuar sufriendo, y que en un corto plazo la muerte se producirá inevitablemente. ¿Se justificaría que a fin de terminar con el tormento físico del paciente, se procediera a quitarle la vida como un acto de misericordia? Si el médico diera su consentimiento para dar tal paso, ¿serían condenados en el día del juicio los que participen en dicha resolución?

Respuesta: La respuesta a este interrogante es simple. El quitar la vida humana fue ya condenado por el Señor en el principio, cuando Caín asesinó a su hermano Abel; como consecuencia de su terrible pecado, descendió sobre Caín un castigo mucho peor que la misma muerte. Y cuando más tarde Noé y su familia, saliendo del arca, pisaron nuevamente tierra firme, el Señor renovó Su mandamiento y dijo:

“El que derramare sangre de hombre, por el hom­bre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre.” (Génesis 9: 6.)

¿Quién tiene la sabiduría perfecta para decir que en casos de extrema enfermedad y sufrimiento, no existe esperanza alguna de recuperación? La historia nos dice que innumerables veces se ha repetido el caso de personas que, estando al parecer a punto de morir y sufriendo severos dolores, se han recuperado inexpli­cablemente. En pocas palabras, la respuesta a esta pregunta es que presumir que el tiempo de una persona ha terminado y que por lo tanto sería justificable matarla para evitar su sufrimiento, es una conclusión harto presumida. El mandamiento dado a Noé está en vigencia todavía y será parte de la ley divina mien­tras la humanidad toda no alcance la inmortalidad.

Este asunto de la eutanasia, o de matar “miseri­cordiosamente”, surge constantemente ante el caso de individuos que sufren grandes dolores o son afligidos por alguna seria deformación que les convertiría en una carga, no sólo para sí mismos sino para otros durante el resto de sus vidas. Las discusiones al respecto pare­cen no terminar nunca. En el año 1935 se propuso, ante la Casa de los Lores en Gran Bretaña y como un proyecto de ley, la legalización de la eutanasia. Este proyecto sugería permitir que la ciencia decidiera si habría de satisfacerse o no el deseo de los pacientes graves para que se les practicara una muerte indolora. En tal oportunidad, acerca de dicha ley presentada por Lord Ponsonby, líder laborista inglés, el Deseret News comentó lo siguiente:

En Inglaterra, como en otros países, se ha evidenciado durante los últimos años un creciente movimiento tendiente a legalizar la “muerte misericordiosa” para los enfermos incurables. Los varios “juicios misericordiosos” realizados en la Gran Bre­taña, han servido para aumentar el interés en dicho movimiento, y por más de un año la Sociedad por la Legalización de la Eutanasia, apoyada por médicos prominentes y caudillos reli­giosos, ha estado luchando por lo que ha dado en llamarse “la muerte fácil” en ciertos casos.

Habiendo confesado cierto médico inglés que quitó la vida de cinco enfermos incurables, sus colegas y los jurisconsultos han estado debatiendo acerca de que si es correcta o erróneo el terminar con el sufrimiento de las gentes condenadas de por vida por alguna tortura física que no desean seguir viviendo.

De acuerdo a los términos del proyecto, actualmente bajo consideración del Parlamento Británico, la ley sería ejercitada bajo los oficios de un árbitro designado por el Ministerio de Salud. Antes de que la vida del paciente pudiera ser quitada, debía obtenerse un permiso de dicho árbitro. Los alcances de dicha ley serían específicamente limitados a los casos de “males comprendiendo severos dolores o de incurable y fatal caracte­rística,”

El solicitante de la “muerte misericordiosa” deberá ser mayor de 21 años de edad y en pleno uso de sus facultades mentales. Su solicitud tiene que ser escrita de su puño y letra y atestiguada por dos médicos. En caso de ser concedida, la propuesta “muerte fácil” habría de ser administrada sólo por un profesional especialmente licenciado y en presencia de un testigo oficial.

Parece ser que la civilización quiere solucionar el interro­gante sin siquiera haberlo entendido. La conciencia común de la humanidad declara que es un pecado y un crimen el que una persona mate a otra. Pero también reconoce que la ley, sea que provenga de la voluntad del rey o la del pueblo, es la única agencia humana con cierto derecho a quitar la vida de un ser mortal.

La muerte que es operada por el estado, por un oficial de la ley o por un soldado en el campo de batalla, es actualmente la única considerada en cierto modo justificable. Por consiguiente, el homicidio es impune cuando está sancionado por la ley. No obstante, enfrentamos aún la ley del Monte Sinaí—No Matarás- cuyo amplio concepto colocará una maldición sobre cualquiera que quite la vida de un semejante.

En dicha ocasión, durante el debate acerca de la eutanasia en la Gran Bretaña, el Salt Lake Tribuno se adhirió también a la campaña condenatoria, y publicó lo siguiente:

En una civilización que ha alcanzado un cierto nivel de éxito en la compensación de las muchas deficiencias naturales, y en una sociedad que recién ha podido aprender el arte de prolongar la vida, resulta inconcebible que se fomente la práctica de matar deliberadamente. Más aún, el asunto de determinar si una específica enfermedad o un señalado defecto es incurable, resulta demasiado pretensioso; porque nada es absoluto. Dentro de muestro limitado conocimiento actual de la endocrinología, por ejemplo, muchos idiotas pueden ser curados si se les trata sin demora y siempre y cuando, por supuesto, la degeneración no sea hereditaria. Muchos estados y condiciones que hasta no hace mucho se consideraban in­curables, en la actualidad están siendo, si no curados, notable­mente mejorados. Antes del descubrimiento de la insulina, por ejemplo, la diabetes era considerada incurable. La misma anemia perniciosa sólo recientemente ha dejado de catalogarse como fatal.

Existen casos—admitimos—en que parecería humano extermi­nar una vida inútil. Pero la cuestión práctica es saber quién puede determinarlo por seguro. El sentimiento público, en general, no está aún preparado para permitir que ni siquiera un diestro y prominente profesional lo determine.

Recordemos que la vida de cada persona está en las manos del Señor. No se ha dado al ser humano el derecho de juzgar si un alma defectuosa debe o no permanecer en la vida mortal. Tampoco está en nosotros el decir cuándo una persona ha completado su vida probatoria. Nadie ha sufrido tan intensamente como el mismo Hijo de Dios—“padecimiento que hizo que yo, aun Dios, el más grande de todos, temblara a causa del dolor, y echara sangre por cada poro, y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar—

“Sin embargo, gloria sea al Padre, participé y acabé mis preparaciones para con los hijos de los hom­bres.” (Doc. y Con. 19: 18-19.)

En conclusión, después de considerar cuidadosa­mente el asunto que nos ocupa, podemos decir que la conciencia de toda persona normal que sea culpable de un acto de tal naturaleza, será acosada por el re­mordimiento todos los días de su vida. Y en cuanto al sufrir alguna penalidad por ello, es algo que queda librado al juicio final.

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