¡He ahí tu Madre…!

¡He ahí tu Madre…!

Por el presidente David O. McKay

Muy paco es lo que sabemos acerca de la  vida hogareña de Jesús, pero pienso que el Salvador nos ha dejado también un mensaje para el Día de la Madre, tal como para otras ocasiones y situaciones de nuestra vida.

Un artista renombrado pintó cierta vez un impresionante cuadro de María arrodillada al lado de una cuna, acariciando cariñosamente las manos de su Niño dormido. Suaves lágrimas brotaban de sus ojos y rodaban por sus mejillas al meditar, anticipando el futuro, en las grandes responsabilidades que su Hijo habría de asumir y del enorme sacrificio que haría cuando alcan­zara la edad de su plenitud. Al pie del cuadro, se lee esta frase:

Y Una Espada Traspasará Su Costado.

El artista presenta a la madre recordando una profecía expresada cuando el Niño fue bendecido en el templo:

. . . He aquí, éste está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha.

(Y una espada traspasará tu misma alma), para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones. (Lucas 2: 34-35.)

Cuando José y María regresaron de Egipto, se establecieron en Nazaret. En esta ciudad todavía puede verse un pequeño taller car­pintero. Los lugareños aseguran que fue allí donde Jesús, siendo joven, trabajó con José.

Durante los primeros años del Niño, José y María acostumbraban ir a Jerusalén y partici­par allí de la fiesta de la Pascua. Cuando Jesús tenía doce años de edad, le llevaron con ellos a Jerusalén. Una vez terminadas las fes­tividades, se aprestaron para regresar al hogar. Pensando que Jesús estaría jugando con otros niños del grupo, Sus padres recorrieron cierta distancia sin percibir que Él no estaba en la compañía. Al cabo, no hallándole regresaron a Jerusalén y le buscaron. Finalmente, después de tres días de investigación, le encontraron en el templo, preguntando y respondiendo a las preguntas de los doctores y otros eruditos. No obstante, José y María le reprendieron. Su madre dijo:

. . . Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con an­gustia.

Entonces él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?

Más ellos no entendieron las palabras que les habló. (Ibid., 2: 48-50.)

Aunque ellos no comprendieron la respuesta, sabemos que al cabo los tres regresaron a Nazaret y que Jesús obedeció filialmente a José y María. El corazón de Su madre iba desbordando de orgullo a medida que notaba que El crecía en gracia y en conocimiento en las cosas de Dios.

Encontramos otro ejemplo de Su asociación familiar, en el relato de las bodas de Caná, en Galilea. Tanto Jesús— ahora un hombre—como Su madre, estaban presentes en aquella ocasión. María, preocupada porque los invitados, al igual que los novios, estaban desconcertados por la escasez de refrescos, fue entonces a Jesús y le dijo:

… No tienen vino.

Jesús le dijo: ¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora. (El término “mujer” en este caso, fue utili­zado en sentido cariñoso.)

Su madre dijo a los que servían: Haced todo lo que os dijere. (Juan 2: 3-5.)

Podemos fácilmente imaginar no sólo la admiración, sino también la confianza que esta mujer sentía hacia su hijo.

También encontramos a María en Jerusalén, en oportunidad de la última cena. Junto con otras mujeres ella estaba indudablemente presente en el cuarto conti­guo a aquél en que Jesús lavó los pies de Sus discípulos y desde donde Judas se retiró esa noche para traicionar a su Señor. Es innegable que ella estuvo al tanto de las consecuencias de dicha traición, y aun presente durante los juicios consiguientes ante Agripa y He­redes. Aunque muchos de Sus seguidores se dispersa­ron, María permaneció al pie de la cruz hasta el final. Jesús, viéndola junto a Su amado discípulo Juan, le dijo:

Mujer (aquí el término es otra vez utilizado cariñosamente), he ahí tu hijo.

Y luego, dirigiéndose a Juan, declaró: . . . He ahí tu madre

El Día de la Madre nos provee una ocasión para contemplar los sublimes y aun divinos atributos de las madres. La verdadera madre, en su alto y sagrado oficio, está más cerca del Creador que cualquier otro ser racional.

Es realmente importante para la gente joven- madres y padre futuros—comprender que la inteligente edificación de un hogar comienza ya en la propia edad temprana de la pubertad. Con frecuencia, la salud de los hijos depende de las acciones de sus padres aún antes del casamiento. Tanto en los púlpitos como en la prensa, y particularmente en los hogares, debe proclamarse con más constancia la verdad de que en su juventud, nuestros muchachos y niñas están ya colocando los cimientos para su futura felicidad o miseria. Particularmente los hombres jóvenes, deben prepararse para la responsabilidad de la paternidad conservándose físicamente limpios y moralmente aptos. Nunca será feliz aquél que en su pasado ha sido un cobarde o un engañador. La propia felicidad futura de su esposa y sus hijos, dependerá de su vida juvenil.

Enseñemos también a nuestras jóvenes que la ma­ternidad es divina; porque cuando nos referimos a la parte creativa de nuestra vida, entramos en los dominios de la divinidad. Es importante, entonces, que toda mu­jer joven comprenda la necesidad de mantener su cuer­po limpio y puro, a fin de que sus hijos puedan venir al mundo libres de todo pecado y enfermedad. Un nacimiento normal y la herencia de un carácter noble, constituyen las más grandes bendiciones de la niñez. Ninguna mujer tiene el derecho de encadenar a su hijo en la vida por algo que en su juventud parezca ser siquiera un pasatiempo placentero. No podemos envenenar el manantial de la vida y esperar a la vez que sus afluencias sean puras. María fue escogida para ser la madre de Jesús, precisamente porque era una virgen.

Tal como en otras fases de la vida, el Salvador estableció un ejemplo ideal en cuanto a la relación de los hijos con sus padres. Si los hijos verdaderamente aman a sus padres, tratarán de emular sus virtudes- virtudes que en el caso de José y María las Escrituras no destacan debidamente, pero que sin lugar a dudas se manifestaron en la vida de Jesús:

  1. Su pureza.
  2. Su nobleza y benignidad que, ya en la juventud, engendró admiración y confianza—una confianza in­variable, como la que Su madre tenía en El.
  3. Amor eterno—un amor tan supremo, que le hizo capaz de enfrentar la muerte sin vacilar.
  4. Finalmente, Su constante sentido de la respon­sabilidad que hizo que como hijo contribuyera a la felicidad de Sus padres.

Con sinceridad en nuestros corazones, oremos para que Dios bendiga al mundo con madres inteligentes, amorosas y devotas que puedan inspirar en el corazón de sus hijos el amor a la verdad y a la justicia; y para que bendiga también a los hijos con el sincero deseo y la fuerza que les haga traer satisfacción, meritorio or­gullo y contentamiento a las almas de dichas madres.

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