Haciendo del Hogar un Cielo

Haciendo del Hogar un Cielo

Por LeGrand Richards
Del Consejo de los Doce Apóstoles
(Tomado de the Instructor)

Alguien ha dicho: “Cuando amamos, allí está el hogar—el hogar que nuestros pies pueden dejar, pero no nuestros corazones.”

Probablemente lo más importante para nosotros en esta vida, es preparar nuestros hogares a fin de que sean protegidos en la vida venidera. Esto significa que debemos hacer de ellos un cielo, aquí y ahora. Para poder realizar este objetivo, deben tenerse en cuenta ciertos elementos fundamentales.

Primero-, Si observamos, como padres, la admo­nición de Jesús de buscar primeramente el reino de Dios, contaremos entonces con Su promesa de que todas las demás cosas necesarias nos serán añadidas.

Para ello, marido y mujer deben estar unidos en todas las cosas espirituales, de manera que puedan orar juntos con sus hijos, noche y día; la madre podrá entonces decir a sus hijos: “Hagan como hace su padre,” destacándoles que así habrán de crecer y desarrollarse en la Iglesia, siendo que el padre está dándoles el ejemplo al magnificar su sacerdocio y dedicarse a sus deberes en la Iglesia. Todo joven quiere ser como su padre. La mayoría de los hogares desdichados, lo son por la carencia de unidad en las cosas espirituales por parte de los padres.

Segundo: El apóstol Pablo ha dicho:

“No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? (2 Corintios 6:14.)

El Señor, al recomendar al pueblo de Israel, por medio de Moisés, que no permitiera el casamiento de sus hijos con los paganos, declaró:

“. . .No darás tu hija a su hijo, ni tomarás a su hija para tu hijo.

“Porque desviará a tu hijo de en pos de mí, y servirán a dioses ajenos; y  el furor de Jehová se encenderá sobre vosotros, y te destruirá pronto.” (Deuteronomio 7:3-4.)

Frecuentemente podemos comprobar la veracidad estas sabias palabras. Cuando yo era niño, mi maes­tra en la Escuela Dominical se casó con un no creyente; más tarde, sus hijos fueron criados y educados fuera de la Iglesia. Esto siempre me apenó mucho, porque yo sentía un gran cariño por aquella maestra.

Cierta madre vino a mí comunicándome su pesar porque su hijo, mientras estuvo en el servicio militar, fuera del país, se enamoró de una muchacha que fin­gió cierto interés en la Iglesia hasta el día en que se – casaron; pero a partir de entonces, ha estado haciendo lo imposible por alejarlo de la Iglesia. Aunque él nunca fumó, ella le regaló para Navidad una pipa y una caja de tabaco.

En una de Sus revelaciones al profeta José Smith, tal como se encuentra en las Doctrinas y Convenios, el Señor dijo:

“Porque la inteligencia se adhiere a la inteligencia; la sabiduría recibe a la sabiduría; la verdad abraza a la verdad; la virtud ama a la virtud; la luz se allega a la luz… (Doc. y Con. 88:40.)

Antes de casarse, los jóvenes deben conocerse muy bien entre sí, hasta saber si ambos poseen estas virtudes en común—entonces podrán anticipar la felicidad. Una joven hermosa, dulce y pulcra nunca podrá encontrar felicidad con un hombre inmundo; por eso, durante su noviazgo debe ser capaz de determinar si su feste­jante o novio es verdaderamente limpio.

Tercero: Cuando un hogar es edificado sobre nobles y sublimes ideales, llega a ser un cielo en la tierra. Y ésta debe ser la ambición de toda joven pareja que se una en los lazos del matrimonio—es­pecialmente cuando lo hacen por la eternidad en un templo sagrado del Señor. El hombre debe continuar cortejando a su esposa aún después del casamiento, y ésta tratar de complacer a su marido, conservándose a sí misma y a su hogar en una invariable condición de pulcritud y agradabilidad, a fin de que ambos puedan disfrutar cabalmente de su asociación, Todo hombre debe decir a su mujer, diariamente, que la ama.

Una hermana me dijo en cierta oportunidad: “Sí mi esposo sólo me dijera que lo que cocino para él le satisface o lo que hago para él y nuestros hijos le complace, yo sería la mujer más feliz del mundo; pero cuando le menciono algo al respecto, él me responde, ‘Si no estuviera complacido, te lo diría’ ”

Otra hermana me dijo que había dado a su esposo seis hijos—pero desde que nació el primero, él nunca volvió a decirle que la amaba.

Ningún hogar puede llegar a ser un cielo en la tierra, si median tamañas negligencias. Uno de nuestros himnos favoritos, nos ofrece la fórmula infalible:

“Oh, qué grato todo es cuando del hogar
El amor el lema es, siempre el amor
Paz allí se deja ver, con sonrisas por doquier,
Y sostén a todo ser, cuando hay amor
En cabaña gozo hay, cuando hay amor,
Vejaciones nunca hay, cuando hay amor.
Gratas flores por doquier, dan perfumes de primor,
Dulce cosa es vivir, cuando hay amor
En el cielo gozo hay, cuando hay amor,
Y  tristezas nunca hay, cuando hay amor.
Todo son alegre es, todo paz y lucidez,
Y contento Cristo es, cuando hay amor.

Todos los que sigan esta fórmula, podrán hacer de su hogar un cielo en la tierra.

Cuarto: Un autor desconocido escribió: “Felices las familias donde el gobierno de los padres constituye un reinado de afecto y la obediencia de los hijos es la sumisión del amor.”

Los hogares más felices que conozco, están edifi­cados sobre estos principios; y en ellos no ha habido nunca necesidad de escarmiento físico alguno para los hijos. Cuando éstos son jóvenes, pueden ser obli­gados a la obediencia mediante el castigo, pero in­dudablemente crecerán resentidos; sin embargo, cuan­do los hijos son gobernados mediante el amor y la bondad, puede considerárseles habitantes de un hogar celestial. No debe permitirse que los niños peleen entre ellos; los derechos de cada niño deben ser respetados. Y los padres tienen que evitar, a toda costa, la irritabilidad.

Para hacer de nuestros hogares un cielo en la tierra, necesitamos aquella ayuda que Jesús sugirió a los nefitas cuando les visitó:

“Orad al Padre con vuestras familias, siempre en mi nombre, para que sean bendecidas vuestras esposas o hijos.” (3 Nefi 18:21.)

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