Una bendición prometida por asistir al templo

Una bendición prometida por asistir al templo

Por Cheri Evans
La autora vive en Utah, EE. UU.

Había tenido el deseo de asistir más al templo, pero jamás imaginé lo mucho que eso bendeciría a mi familia.

family walking toward temple

Hace unos años, el presidente Oldroyd, miembro de la presidencia de estaca, visitó mi barrio y dijo algo que jamás olvidaré: “Les prometo que, si asisten al templo, serán bendecidos en cada aspecto de su vida”.

Al pensar al respecto, no podía imaginarme de qué manera el ir al templo podría influir en cada aspecto de mi vida. Sin embargo, al salir de la capilla, tomé la decisión de aceptar ese desafío de todos modos y asistir al templo con más frecuencia. Deseaba poner a prueba esa promesa. Mi esposo había tenido el deseo de ir al templo más a menudo, pero yo estaba renuente porque teníamos niños pequeños. Tendríamos que conducir una hora y media hasta el templo que se encontraba en San Antonio, Texas, EE. UU., realizar una sesión de investidura, y luego volver a casa. No podíamos pedirle a alguien que cuidase a nuestros hijos por siete u ocho horas.

El comienzo de una bendición

Al principio intentamos turnarnos con otra familia para cuidar a los niños, pero inevitablemente alguien se enfermaba o tenía algún compromiso. Decidimos que solo debíamos fijar las fechas para todo el año, ¡e ir! Luego se nos ocurrió el método “pizza y diversión”. Íbamos al templo juntos. Uno de nosotros iba a una sesión del templo mientras el otro llevaba a los niños a comer pizza. Luego intercambiábamos roles: el otro hacía la obra del templo mientras que el primero paseaba con los niños por los jardines del templo. Esto dio buenos resultados. Nuestros hijos sabían que el templo era importante para nosotros —sabían que podíamos estar haciendo muchas otras cosas los sábados—, y tuvimos la oportunidad de pasar tiempo en familia.

Jamás imaginé lo mucho que ir al templo bendeciría a mi familia. Después de que habíamos estado yendo con más frecuencia durante más de un año, me encontraba en una sesión cuando noté la presencia de un hombre cuadripléjico. Pensé que era increíble que él estuviera allí. Cuando salimos del templo, lo vi sentado cerca del estacionamiento, por lo que mi esposo y yo nos acercamos para saludarlo.

El hombre le preguntó a mi esposo Chad si podíamos ayudarlo a hacer una llamada telefónica. Aceptamos ayudarlo, y el hombre le dijo a Chad dónde estaba su teléfono. Chad marcó el número y luego le pasó el teléfono. El hombre no lograba alcanzarlo, aunque sonreía amablemente. Chad vio que los brazos del hombre estaban amarrados a la silla de ruedas, y pronto se dio cuenta de que debía llevarle el teléfono al oído. El autobús de servicio que debía recoger al hombre estaba retrasado. Nos quedamos con él y hablamos hasta que llegó el autobús. Nos sorprendió que, a pesar de sus desafíos, él estaba en el templo. Tenía una actitud increíble y una sonrisa radiante. Antes de que se fuera, intercambiamos nuestra información de contacto y supimos que se llamaba Max Para.

Si el hermano Para podía ir al templo, nosotros también podíamos hacerlo; ¡no había excusas!

El ejemplo del hermano Para

Brother Para with the Evans family

Decidimos visitarlo al mes siguiente durante nuestra ida al templo. Lo llamamos con anticipación, y nos dijo que al llegar a su casa, podíamos entrar directamente. Condujimos hasta San Antonio y hallamos la pequeña casa del hermano Para. Él estaba recostado en su cama, y una sábana blanca le cubría el cuerpo hasta el mentón. Movió la cabeza a un lado y habló con nosotros con una gran sonrisa. Nos contó cómo quedó cuadripléjico después de caerse de un techo cuando tenía un poco más de 30 años. Compartió sus pruebas y su testimonio.

Aquella visita al hermano Para fue el comienzo de años de visitas. Él llegó a ser una parte especial de nuestra vida. No sabíamos qué hacer por él; sus desafíos eran enormes. Lo que sí sabíamos era que podíamos ser sus amigos. Podíamos llevarle pequeños regalos: una imagen del Salvador, un CD del Libro de Mormón en español, una fotografía del templo, una bolsa de naranjas frescas. Podíamos visitarlo, cantar canciones de la Primaria y escucharlo. Fue una experiencia increíble: no se puede dar una migaja al Señor sin recibir una hogaza a cambio1.

Él nos enseñó a ser agradecidos, lo cual cambió cadaaspecto de nuestra vida. Aprendimos a tener gratitud por nuestro conocimiento del Evangelio; por nuestra relación con Dios; por nuestro conocimiento del Plan de Salvación; por nuestro hogar, autos, alimentos y ropa; por poder usar nuestro cuerpo; por la oportunidad de contribuir a la comunidad y por las buenas personas que nos rodean. El hermano Para transformó nuestra definición de las palabras difícil y prueba. Teníamos motivos para regocijarnos por nuestras muchas bendiciones, y nos valimos de ellas para edificar a los demás.

Aprender a prestar servicio

Una vez, cuando Chad estaba en el templo con uno de nuestros amigos, el hermano Gonzáles, volvió a ver al hermano Para mientras este esperaba que una camioneta pasara por él. El hermano Para había estado esperando mucho tiempo. Chad y el hermano Gonzáles decidieron llevar al hermano Para a su casa. El hermano Gonzáles tenía una camioneta grande y negra. En ese preciso momento, algunos presbíteros de nuestra estaca llegaron en auto y ayudaron a subir la pesada silla de ruedas a la parte trasera de la camioneta. Luego subieron al hermano Para a la camioneta, le pusieron el cinturón de seguridad y lo sostuvieron para que no se cayera. Estoy segura de que ese día fue maravilloso para el hermano Para: ¡jamás hubiera imaginado que volvería a casa desde el templo en la camioneta de sus sueños!

Bendecidos en todo sentido

Durante nuestra última ida al Templo de San Antonio antes de que nos mudáramos, tuvimos la oportunidad de visitar al hermano Para. En aquella última y especial visita, él invitó a toda nuestra familia a cenar.

Estoy muy agradecida por haber puesto a prueba la promesa del presidente Oldroyd. Mi familia y yo jamás habríamos conocido al hermano Para si no hubiésemos asistido al templo. Soy un persona diferente; estoy llegando a ser la persona que el Señor quiere que sea. Al poner al Señor en primer lugar y asistir al templo, nuestras vidas fueron bendecidas en todo sentido.

Nota

  1. Véase Melvin J. Ballard, en Marion G. Romney, “Los Servicios de Bienestar: El programa del Salvador”, Liahona, febrero de 1981, pág. 184.
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