Los doce testigos del nacimiento de Cristo

Los doce testigos del nacimiento de Cristo

por Joseph Fielding McConkie

Pues no se ha hecho esto en algún rincón”, dijo el apóstol Pablo refiriéndose al ministerio terrenal de Cristo (Hechos 26:26). Y ciertamente, el nacimiento de nuestro Salvador y su ministerio no fue algo que se mantuvo oculto, ya que hubo muchos testigos.

En América, Samuel el Lamanita profetizó acerca de las señales de la primera venida del Señor (véase Helamán 14:3-6). Y Alma escribió que el nacimiento de Cristo sería anunciado por “la boca de ángeles… a hombres justos y santos” (Alma 13:26). En la tierra donde nació el Salvador, el testimonio de Su venida se esparció entre la gente, especialmente entre aquellos que guardaban los mandamientos y las ordenanzas del Señor y estaban llenos del Espíritu Santo.

Los evangelistas Mateo y Lucas hablan de las doce personas que fueron testigos del Santo Nacimiento. Y aunque los testimonios individuales de esas personas son en sí extraordinarios, juntos constituyen una poderosa atestiguación del nacimiento de Cristo. Al leer los relatos, vemos que todos los elementos son apropiados y ocupan el lugar correspondiente; al tener en cuenta que Mateo y Lucas cuentan diferentes partes de la historia, esto resulta aún más notable.

La narración de la Natividad comienza en el Lugar Santísimo del templo, con el anuncio de un ángel a un sacerdote que precisamente había estado orando, en nombre de su nación, para que ocurriera ese acontecimiento; y termina con la proclama de los malévolos planes de Herodes para quitarle la vida al Niño. La historia nos habla de la forma en que los cielos se abrieron a sacerdotes y a legos, a hombres y mujeres, a jóvenes y viejos, a poderosos y a humildes por igual.

Cada uno de ellos fue llamado a ser un testigo importante de ésta, la más hermosa de todas las historias.

GABRIEL

El primer testigo del nacimiento de Cristo que menciona el Nuevo Testamento es Gabriel, un mensajero que vino de la presencia de Dios. Como era de esperarse, este mensajero apareció por primera vez en el templo, a un sacerdote fiel del orden Aarónico llamado Zacarías, que se encontraba realizando una ceremonia ritual en favor de su nación: la de quemar incienso en el altar del Lugar Santísimo.

Al llevar a cabo sus deberes, Zacarías representaba la fe unida de todo Israel. Su oración era una súplica de que el pueblo fuera liberado eternamente de las manos de sus enemigos por el Mesías prometido; las llamas ascendentes del incienso eran un símbolo de la ascensión de las oraciones unidas del pueblo. Mientras Zacarías oraba, sus compañeros del sacerdocio y todos los que se encontraran dentro del recinto del templo respondían al unísono con un “Amén”.

En contestación a las oraciones de Israel, apareció ante Zacarías “un ángel del Señor puesto en pie a la derecha del altar del incienso”, y se presentó diciendo que era Gabriel, que estaba “delante de Dios”. De acuerdo con la revelación de los últimos días sabemos ahora que Gabriel era el mismo que en la tierra se había conocido como Noé, que “sigue a Adán en la autoridad del sacerdocio” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 182) y que él tiene las llaves de “la restauración de todas las cosas” (D. y C. 27:6-7).

Esas llaves que estaban en su poder lo hacían ser un Elías, o sea, el enviado a preparar el camino para el Señor. No podría haber habido otro más apropiado que él para anunciar el nacimiento del Elías terrenal (Juan el Bautista) que habría de preparar el camino para el Mesías.

ZACARÍAS

¿Quién era este Zacarías, a quien apareció Gabriel? Era uno de los “justos y santos” (véase Alma 13:26), así como lo era su esposa, Elisabeth. Zacarías era descendiente de Abías, y su nombre significa “el que Jehová recuerda”. Al igual que él, Elisabeth descendía de un linaje de sacerdotes (véase Lucas 1:5), y su nombre significa “consagrada por Dios”.

A esta pareja se le prometió un hijo que llegaría a ser el precursor del Mesías. Al principio Zacarías no creyó la promesa profética de Gabriel; por ese motivo, recibió una señal por la que quedó mudo, según las palabras del ángel, “hasta el día en que esto se haga” (Lucas 1:20).

Así permaneció, sin poder hablar, hasta que “a Elisabeth se le cumplió el tiempo de su alumbramiento”. Entonces, “fue abierta su boca” y dio testimonio de la misión divina de su hijo recién nacido diciendo que iría “delante de la presencia del Señor, para preparar sus caminos”. Las nuevas de estos sucesos milagrosos corrieron por “todas las montañas de Judea” (Lucas 1:57, 64, 76, 65).

ELISABETH

Leemos en las Escrituras que Juan estaría “lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre” (Lucas 1:15). Y en verdad, “cuando oyó Elisabeth la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabeth fue llena del Espíritu Santo” (Lucas 1:41).

Elisabeth, siendo también ella un “vaso precioso” (véase Alma 7:10), reconoció la naturaleza especial de su propio hijo y testificó de la divinidad del hijo de María, exclamando:

“…Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre.

“¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí?” (Lucas 1:42-43).

Elisabeth concluyó su testimonio profetizando que a “la que creyó… se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor” (Lucas 1:45). El suyo se une al de los que la precedieron y al de los que la siguieron proclamando el divino Nacimiento.

JUAN EL BAUTISTA

Así como Cristo era, por Su nacimiento, el heredero legítimo del trono de David, Juan nació siendo un heredero legítimo del oficio de Elías. Su ministerio de ir “delante de la presencia del Señor, para preparar sus caminos” comenzó en la forma apropiada al saltar de gozo dentro del vientre de su madre (véase Lucas 1:76, 41, 15). Aquel debe de haber sido un momento glorioso: el bebé que todavía no había nacido saltando de gozo; Elisabeth, su madre, recibiendo a su prima María con espíritu de profecía; y María respondiendo con el mismo espíritu. En este caso, también se destaca la maravillosa forma en que se combinan los testigos y sus testimonios: las dos mujeres que testificaron —Elisabeth, ya entrada en años, y la joven María—, cada una de ellas encinta con una criatura concebida en circunstancias milagrosas, ambas (y Juan, aun por nacer) regocijándose ante el grandioso acontecimiento que estaba por tener lugar.

MARÍA

No podría existir un testigo terrenal más perfecto de la divinidad de Cristo como Hijo de Dios que Su madre, María. Ella había recibido la promesa de Gabriel de que concebiría en su vientre al “Hijo del Altísimo”. Después de ese hecho maravilloso, María dijo: “Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso; Santo es su nombre” (Lucas 1:32, 49).

Nefi nos dejó un relato perfecto de este suceso tan sagrado:

“Y aconteció que vi que fue llevada en el Espíritu”, escribió; “y después que hubo sido llevada en el Espíritu por cierto espacio de tiempo, me habló el ángel, diciendo: ¡Mira!

“Y miré, y vi de nuevo a la virgen llevando a un niño en sus brazos.

“Y el ángel me dijo: ¡He aquí el Cordero de Dios, sí, el Hijo del Padre Eterno!” (1 Nefi 11:19-21).

No hay duda de que María fue, como el ángel Gabriel le dijo, “muy favorecida” y “bendita… entre las mujeres” (Lucas 1:28) al haber sido testigo presencial de estos milagros y al haber dado a luz al Salvador del mundo.

JOSÉ

En las Escrituras no hay ningún registro de palabras pronunciadas por José, pero su rectitud y su reacción ante la condición de María atestiguan su creencia en la ascendencia divina de Cristo. Sabemos que tuvo sueños y que hubo ángeles que lo instruyeron en cuanto a lo que había de hacer; más aún, sabemos que, por su fidelidad a la ley de Moisés, siguió fielmente cada una de las instrucciones divinas que recibió.

José demostró una obediencia absoluta al tomar a María como esposa, ya encinta, después que “un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es” (Mateo 1:20). Además, él “no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito”; dio al Niño el nombre de Jesús; huyó a Egipto de noche, con María y el Niño; se quedó en Egipto hasta que se le mandó regresar; y cuando regresó, fue a Galilea en lugar de ir a Judea (Mateo 1:25; véanse también los versículos 19—21 y Mateo 2:13-23).

Cada una de sus acciones fue un nuevo testimonio de su convicción de que el Niño era la esperanza de Israel, el Hijo de Dios.

LOS PASTORES

En la víspera del nacimiento de Cristo, ocurrido en un establo de Belén, había pastores vigilando sus rebaños en los campos de los alrededores; no se trataba de hombres comunes, pues ya entre los nefitas se había profetizado que los ángeles declararían “a hombres justos y santos” las nuevas de gran gozo del nacimiento del Mesías (Alma 13:26).

Aquellos pastores testificaron ante parientes y conocidos, y contaron su experiencia en los recintos del templo desde donde saldría la noticia entre todas las naciones de la tierra. Lucas nos dice que, después que los pastores vieron “al niño acostado en el pesebre… dieron a conocer lo que se les había dicho acerca del niño” (Lucas 2:16-17). Así les había declarado el ángel que se les había presentado aquella noche santa, diciéndoles que esas “nuevas de gran gozo” serían “para todo el pueblo” (Lucas 2:10).

LOS COROS CELESTIALES

Después del anuncio que el ángel hizo a los pastores, “repentinamente apareció… una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios”. Los coros celestiales prorrumpieron en alabanzas ante los humildes pastores de Judea: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Lucas 2:13-14). De este modo, proclamaron poéticamente el nacimiento del Salvador entre los esparcidos restos de Israel.

SIMEÓN

Volvamos ahora la atención a Jerusalén. Allí había un hombre anciano, de quien Lucas dice que era “justo y piadoso” (Lucas 2:25), que había recibido del Señor la promesa de que no moriría sin haber visto al Salvador; inspirado por el Espíritu, había ido al templo, donde tuvo en los brazos al Niño Jesús.

Cuando los padres entraron en el templo llevando a Jesús —María para el rito de la purificación y José con el fin de pagar el rescate acostumbrado para eximir al primogénito del servicio en el santuario—, Simeón lo tomó en brazos y dijo:

“Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra;

“porque han visto mis ojos tu salvación,

“la cual has preparado en presencia de todos los pueblos;

“luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel” (Lucas 2:29-32).

Las palabras de Simeón estaban muy por encima del entendimiento de los de su pueblo, porque él comprendió la naturaleza universal del ministerio de Cristo, y testificó que Jesús era el Salvador de los judíos y de los gentiles por igual.

ANA

El maravilloso testimonio de Simeón no fue el único que se expresó en ese momento. Ana, una anciana viuda cuyo nombre significa “llena de gracia”, también fue testigo especial de Cristo. Era una mujer devota, que se había dedicado por muchos años a adorar en el templo con ayuno y oración, de día y de noche, y sin duda sería muy conocida entre los habitantes de la Ciudad Santa que esperaban fielmente el advenimiento del Mesías. Después de ver al Niño y sus padres, testificó de Cristo “a todos los que esperaban la redención en Jerusalén” (Lucas 2:38).

LOS MAGOS DEL ORIENTE

Sólo Mateo habla de la llegada de los magos del oriente, que ocurrió poco después de nacer el Salvador: “…vinieron del oriente a Jerusalén unos magos”. Es evidente, por el hecho de que fueron a preguntar a Herodes sobre el paradero del Niño, que estos hombres ignoraban la situación política del momento. “¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido?”, preguntaron. “Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle” (Mateo 2:1, 2). Nadie que hubiera conocido a Herodes y sabido sus intenciones habría puesto en peligro la vida de Cristo yendo a hacerle esa pregunta.

También sabemos que recibían comunicaciones del Señor, porque más tarde Él les avisó “por revelación en sueños que no volviesen a Herodes”, y, siguiendo esa admonición, “regresaron a su tierra por otro camino” (Mateo 2:12). Además, en su traducción de la Biblia, José Smith nos dice que los magos del oriente llegaron buscando “al Mesías de los judíos”, para seguir de esta manera el designio de que hubiera testigos que buscaran al Hijo de Dios para testificar de EL

HERODES

El último testigo que mencionamos es el más inesperado y reacio, Herodes el Grande, el rey de Israel. Este había hecho una alianza con los poderes del mundo; sus amigos eran Augusto, Roma y la conveniencia; él había masacrado a sacerdotes y a nobles, había matado a miembros del Sanedrín, y había mandado estrangular a su esposa favorita, Mariamne, a pesar de que parece haber sido la única persona a quien llegó a amar. Hizo asesinar a todo el que fuera víctima de sus sospechas, incluso a tres de sus hijos y a otros varios parientes.

A este hombre, que era la personificación de la iniquidad que había en el mundo, dieron los magos del oriente su testimonio de que había nacido el legítimo rey y gobernante de Israel. Herodes no habría prestado atención a las palabras de Simeón, de Ana, ni a las de los sencillos pastores; pero creyó, en cambio, lo que le dijeron aquellos visitantes del oriente cuyos antecedentes, fueran los que fueran, los hacían destacarse como hombres de gran sabiduría.

El Reino de Dios nunca estará sin oposición mientras dure el período terrenal, que es la etapa del poder de Satanás. Las evidencias de la desatada furia del infierno ante el nacimiento del Hijo de Dios completan la historia de la Natividad. Las buenas nuevas dé los cielos no llevaron ningún gozo al príncipe de las tinieblas ni a sus siervos. Y por ser uno de éstos, Herodes reaccionó con ira asesina ante el testimonio de los magos, procurando por todos los medios destruir al Niño Jesús. Por ese motivo, promulgó el decreto por el que “mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos” (Mateo 2:16).

OTROS TESTIGOS

La historia de la Natividad menciona esos doce testigos del nacimiento del Salvador e ilustra la forma en que el conocimiento de Dios se restaura y se esparce por todas las naciones de la tierra.

¿Y de qué modo se ha de esparcir? Por medio de testigos especiales, testigos que fueron llamados y preparados en los concilios celestiales. ¿Quiénes son esos testigos? Son hombres y mujeres, jóvenes y viejos, con instrucción académica o sin ella, que andan “irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor” (Lucas 1:6), que tienen sueños, que son instruidos por ángeles y que están llenos del Espíritu Santo. Así ha sido siempre, y así seguirá siendo. □

Joseph Fielding McConkie es profesor de educación religiosa en la Universidad Brigham Young, de Provo, Utah.

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