Así también haced vosotros con ellos

“Así también haced vosotros con ellos”

por el presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Al celebrar el nacimiento de nuestro Salvador, debemos recordar Su ejemplo cuando reunió a los niños a Su alrededor; El desea que nosotros ayudemos, de la misma manera, a reunir a todo el género humano para venir a El.

¡Qué hermosa es esta época del año en que recordamos el advenimiento del Niño Jesús! Lo que las Escrituras relatan sobre este acontecimiento se limita a unas pocas líneas, pero la sencillez de sus palabras transmite un mensaje de paz y buena voluntad a todos los pueblos del mundo.

“El nacimiento de Jesucristo fue así”, comienza la narración de Mateo (Mateo 1:18).

Marcos empieza su relato con una intrépida declaración de testimonio: “Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios” (Marcos 1:1).

Al comenzar su narración de la vida del Salvador, Lucas se refiere a “la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas” (Lucas 1:1), dando a continuación una crónica hermosa y sencilla de las circunstancias que llevaron a María y a José de Nazaret a Belén. Su relato es la bella historia de los pastores que se hallaban en el campo cuidando de su rebaño, del nacimiento en un establo “porque no había lugar… en el mesón” y del ángel que declaró:

“No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo:

“que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lucas 2:7, 10—11).

Juan da comienzo a su historia con una explicación de la existencia premortal del Salvador y de Su misión de Creador:

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.

“Este era en el principio con Dios.

“Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho…

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:1-3, 14).

Estos son los testimonios de los testigos que anduvieron con El, cuyas palabras llevan el nombre de El Nuevo Testamento de nuestro Señor Jesucristo, nuestro Salvador.

Y hay otro evangelio, el testamento del Nuevo Mundo, donde se registran las palabras del Padre Eterno cuando presentó al Señor resucitado a los fieles del pueblo del hemisferio occidental: “He aquí a mi Hijo Amado, en quien me complazco, en quien he glorificado mi nombre: a él oíd” (3 Nefi 11:7).

Después de esta divina introducción, el Señor resucitado descendió y, de pie en medio del pueblo, dijo: “…yo soy Jesucristo, de quien los profetas testificaron que vendría al mundo… soy la luz y la vida del mundo…” (3 Nefi 11:10-11).

A todas estas declaraciones se agrega el testimonio del Profeta de nuestra dispensación, José Smith, cuyo nacimiento también recordamos en este mes:

“Y vimos la gloria del Hijo, a la diestra del Padre, y recibimos de su plenitud…

“Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive!

“Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre” (D. y C. 76:20, 22-23).

Unimos nuestro propio testimonio a todos éstos que se han dado de El: Que es Jesús el Cristo, el Primogénito del Padre, el Creador de los cielos y de la tierra, el Jehová del antiguo Israel, el Mesías prometido que nació en Belén de Judea, el Sanador de los enfermos, el Maestro de la doctrina, el Redentor del mundo, el Autor de nuestra salvación, el Señor resucitado que se sienta a la diestra del Padre, nuestro Intercesor en cuyo nombre oramos al Todopoderoso.

El dijo: “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él” (Juan 14:21).

Esta es una gloriosa promesa para los que le demuestran su amor por medio de la obediencia. Quisiera referirme brevemente a uno de los mandamientos del Señor que es más conocido y que, probablemente, se observe menos: se conoce como “la regla de oro”.

Jesús enseñó lo siguiente: “Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos…” (Mateo 7:12).

En esta época navideña, recordemos que si cada uno de nosotros reflexionara de vez en cuando sobre esa enseñanza de Cristo e hiciera un esfuerzo por observarla, éste sería un mundo muy diferente. Habría mayor felicidad en nuestros hogares; habría mejores sentimientos entre las personas; existirían menos litigios en los tribunales y la gente se esforzaría más por resolver sus diferencias pacíficamente. Se notaría un aumento de amor, aprecio y respeto entre todos.

Habría más corazones generosos, mayor consideración e interés y un deseo más grande de dar a conocer el evangelio de paz y de hacer avanzar la obra de salvación entre los hijos de los hombres.

Hace un tiempo recibí, sin haberla solicitado, una carta cuyo autor me ha dado permiso para citarla.

“Estimado presidente Hinckley:

“Hace una hora tuve una experiencia muy especial, que me induce a escribirle esta carta. Me dirigía caminando hacia mi casa cuando de pronto tuve la fuerte impresión de que en alguna parte hay un joven que, a no ser por la falta de dinero, se está preparado para cumplir una misión para el Señor, y que yo debo proveerle los fondos para que la cumpla. No tengo la menor idea de quién es ese joven ni de dónde está, pero tuve la seguridad de que usted sabría y que yo debía poner el dinero en sus manos para asegurarme de que vaya a la misión. Esa experiencia me hizo derramar las lágrimas; al llegar a casa, se la conté a mi esposa y le pregunté qué pensaba. Por supuesto, ella estuvo de acuerdo conmigo.

“Le adjunto un cheque por $3.000 (dólares), pero tuve la impresión de que la cantidad que se necesita es $4.000. No contamos con más dinero en el presente, pero el 27 de enero le enviaremos un cheque por los otros $1.000. Me encuentro haciendo el internado de medicina y tengo que trabajar horas extras a fin de ganar lo necesario para mantener a mi esposa y nuestras tres hijas, y todavía no hemos podido juntar el dinero de la entrega inicial para comprarnos una casa. Con ese propósito hemos estado ahorrando durante cinco años y el Señor nos ha bendecido indescriptiblemente.

“Hace tres años tuve una impresión similar, pero al pensar y hablar sobre ella consideramos que el Señor nos estaba dando una señal con el fin de prepararnos para que estuviéramos dispuestos a poner en el altar lo que El requiriera de nosotros. Decidimos entonces que en el futuro, una vez que yo termine el internado, mantendremos tantos misioneros como nuestros medios nos lo permitan. Pero esta noche no tuvimos dudas de que el Señor nos ha pedido ahora que pongamos ese dinero en el altar.

“Soy converso a la Iglesia… mi esposa nació bajo el sagrado convenio. Yo salí de mi casa en Beirut, Líbano, hace trece años. Desde que tenía once había soñado con encontrar la verdadera religión, y la encontré quince años después… Siendo niño, en más de una ocasión escapé de la muerte habiendo sido salvado por un poder divino.

“Cuando vine a los Estados Unidos… debido a que no era ciudadano estadounidense, no me dieron ninguna esperanza de poder ingresar a una facultad de medicina. Pero una voz interior me susurraba que algún día sería médico.

“Asistí, con una beca, a una de las mejores universidades de los Estados Unidos. Después, por una razón que entonces ignoraba totalmente, fui a otra facultad de medicina… Estando allí, un año después llegaron milagrosamente a mis manos unos folletos de la Iglesia, y me bauticé. Nueve meses más tarde conocí a la que ahora es mi esposa, y a los tres meses nos casamos en el templo.

“Como ya se dará cuenta, ¡le debo al Señor más de $4.000! El me ha dado los ojos y las manos para trabajar y ganarme el sustento…

“Ponemos el dinero en sus manos para que lo use de acuerdo con la inspiración que el Señor le conceda… Sentimos afecto por todos los que trabajan en bien de esta gran causa.

“Que el Señor nos bendiga a todos en el servicio que le prestamos.

“Atentamente,”

Y firma en su nombre y en el de su esposa.

Más que cualquiera de mis débiles expresiones, esa carta irradia el espíritu de la Navidad, ejemplifica la regla de oro y habla con elocuencia del amor de Aquel que dio Su vida en sacrificio por todos nosotros.

Quisiera mencionar a otra persona que vivió la regla de oro. Muchos ya conocen parte de esta historia, que tuvo lugar un invierno en el enorme y atestado Aeropuerto Internacional O’Hare, de la ciudad de Chicago, estado de Illinois. Ese día, una gran tormenta había ocasionado demoras y cancelaciones de vuelos; los miles de personas que habían tenido que quedarse o habían sufrido demoras estaban impacientes, malhumoradas e irritables. Entre ellos se encontraba una joven mujer, de pie en la larga línea de pasajeros que esperaba turno frente a un mostrador; estaba embarazada y tenía consigo una hijita de dos años, que se hallaba tirada en el suelo sucio, junto a ella; la madre se sentía enferma y extremadamente fatigada. El médico le había advertido que no debía agacharse ni levantar cosas pesadas; por eso, cada vez que la línea se movía ella empujaba con el pie a la criatura, que lloraba de cansancio y hambre. La gente que la observaba hacía comentarios negativos acerca de aquella escena, pero nadie se ofreció para ayudarla.

De pronto, se le acercó un hombre que, sonriendo con bondad, le dijo: “Usted necesita ayuda; permítame ayudarle”, después de lo cual levantó a la niña del suelo y la sostuvo tiernamente en sus brazos; sacando del bolsillo un dulce, se lo dio, lo que la calmó inmediatamente. Luego, explicó la situación de la mujer a los que se encontraban delante de ella en la línea, y la acompañó hasta el mostrador donde habló con el agente de la aerolínea; éste verificó el pasaje de la joven e hizo los arreglos para que tomara el vuelo que le correspondía. Después, el caballero le buscó asientos donde madre e hija pudieran esperar cómodamente, conversó con ella un momento y luego desapareció entre la multitud. La mujer volvió a su casa en el estado de Michigan sin saber el nombre del amable señor que la había ayudado. [Véase Edward L. Kimball y Andrew E. Kimball, Spencer W. Kimball, Salt Lake City: APAK Publishing Co., 1979, págs. 374-375.]

Muchos años más tarde llegó a la oficina del Presidente de la Iglesia una carta que decía lo siguiente:

“Querido presidente Kimball:

“Estoy estudiando en la Universidad Brigham Young después de haber regresado hace poco tiempo de cumplir una misión en Munich, Alemania Occidental. Disfruté mucho de la misión y aprendí muchísimo…

“La semana pasada, en una reunión del sacerdocio, hicieron un relato sobre un amable servicio que usted prestó a una persona hace veintiún años, en el aeropuerto de Chicago. Hablaron de la forma en que usted se acercó a una joven mujer, embarazada… y con una niñita que lloraba…, consternada por la situación, esperando en una larga línea para arreglar su pasaje. Estaba en peligro de perder el embarazo y, por ese motivo, le era imposible levantar en brazos a la niña para consolarla. Había sufrido antes cuatro abortos y el médico le había prohibido levantar pesos e inclinarse.

“Usted se encargó de consolar a la criatura y de explicar la situación de la mujer a los otros pasajeros. Ese acto de amor tuvo un efecto calmante sobre mi madre, aliviando la tensión que sentía. Pocos meses después nací yo, en Flint, estado de Michigan.

“Sólo quiero agradecerle su amor. ¡Y gracias por su ejemplo!”

En verdad, el mundo sería un lugar diferente si cada uno de nosotros considerara frecuente y seriamente el mencionado consejo del Señor: “…todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos…” (Mateo 7:12).

En esta época navideña en que celebramos el nacimiento del Hijo de Dios, nuestro Maestro, nuestro Rey, nuestro Salvador y Redentor, el Hijo resucitado y viviente del Dios viviente, procuremos sinceramente hacer el bien a aquellos que nos rodean.

Que Dios nos bendiga en estos días con un aumento de amor, una disminución de egoísmo, un deseo más grande de ayudar a los que se hallan en dificultades y un sentido más amplio de lo que significa servir, □

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