La fortaleza por medio de la obediencia

La fortaleza por medio de la obediencia

por el presidente Thomas S, Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

En Galilea, Jesús le dijo a Pedro: “Venid en pos de mi”. Y a ustedes y mí, esa misma voz, ese mismo Jesús, nos dice: “Sígueme”.

Cuando sufrió la agonía en Getsemaní, el Salvador demostró, por medio del ejemplo, Su obe­diencia al decir: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42).

El poeta captó el verdadero significado de la búsqueda de la verdad cuando escribió estas líneas inmortales:

¿Qué es la verdad? Es el máximo don
que podría mortal anhelar.
En abismos buscadla, en todo rincón,
o subid a los cielos buscando ese don;
es la mira más noble que hay.

¿Qué es la verdad? Es principio y fin
y sin límites siempre será.
Aunque cielo y tierra dejaran de ser,
la verdad, la esencia de todo vivir,
seguiría por siempre jamás,
(Himnos, número 177).

En una revelación dada al profeta José Smith en Kirtland, Ohio, en mayo de 1833, el Señor declaró:

“…la verdad es el conocimiento de las cosas como son, como eran y como han de ser…

“El Espíritu de verdad es de Dios… El [Jesús] recibió la plenitud de la verdad, sí, aun de toda la verdad;

“y ningún hombre recibe la pleni­tud, a menos que guarde sus manda­mientos.

“El que guarda sus mandamientos recibe verdad y luz, hasta que es glo­rificado en la verdad y sabe todas las cosas” (D.yC. 93:24, 26-28).

No es preciso que en esta era de conocimiento, en que se ha restau­rado la plenitud del evangelio, tanto ustedes como yo tengamos que via­jar por mares o caminos desconoci­dos en busca de la “fuente de la verdad”, ya que un Padre Celestial real nos ha marcado el camino y nos ha brindado un mapa infalible: la obediencia.

Su palabra revelada describe con toda claridad las bendiciones que acarrea la obediencia, y el inevitable dolor y la aflicción que acompañan a la persona que se desvía por los sen­deros prohibidos del pecado y del error.

Con intrepidez, Samuel declaró lo siguiente a una generación que firme­mente se aferraba a la tradición del sacrificio de animales; “…el obedecer es mejor que los sacrificios, y el pres­tar atención que la grosura de los carneros” (1 Samuel 15:22). Los pro­fetas, tanto los antiguos como los de la actualidad, han conocido muy bien la fortaleza que deriva de la obedien­cia. Pensemos en Nefi: “Iré y haré lo que el Señor ha mandado” (1 Nefi 3:7). O la bella descripción que hizo Alma en cuanto a la fortaleza que poseían los hijos de Mosíah: “…se habían fortalecido en el conocimiento de la verdad; porque eran hombres de sano entendimiento, y habían escu­driñado diligentemente las Escrituras para conocer la palabra de Dios.

“Más esto no es todo; se habían dedicado a mucha oración y ayuno; por tanto, tenían el espíritu de pro­fecía y el espíritu de revelación, y cuando enseñaban, lo hacían con poder y autoridad de Dios” (Alma 17:2-3).

En el mensaje de apertura que dirigió a los miembros de la Iglesia en la Conferencia General de abril de 1957, el presidente David O. McKay declaró en forma sencilla pero a la vez poderosa: “Guardad los mandamientos de Dios”. Esa misma exhortación la han hecho los profe­tas que lo han sucedido.

Esa fue la esencia del mensaje de nuestro Salvador cuando El declaró: “Porque todos los que quieran reci­bir una bendición de mi mano han de obedecer la ley que fue decretada para tal bendición, así como sus condiciones, según fueron institui­das desde antes de la fundación del mundo” (D.yC. 132:5).

Nadie puede criticar la declara­ción del Maestro, ya que Sus mismas acciones dieron mérito a Sus pala­bras. El Señor demostró un amor genuino hacia Dios por medio de una vida perfecta, honrando la sagrada misión que debía cumplir. Jamás demostró arrogancia ni vano orgullo. Jamás fue desleal. En todo momento fue humilde; fue siempre sincero y también verídico.

Pese a que fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el maestro del engaño, el mismo diablo; pese a que se debilitó física­mente tras haber ayunado durante cuarenta días y cuarenta noches ya que tuvo hambre; pese a todo ello, cuando el diablo lo sometió a las más tentadoras propuestas, Él nos puso un ejemplo divino de amor ver­dadero a Dios al rehusarse a des­viarse de lo que Él sabía que era correcto.

Cuando sufrió la agonía en Getsemaní, en donde fue tal el dolor que Su sudor era como grandes gotas de sangre que caían a tierra, Él demostró, por medio del ejemplo, Su obediencia como Hijo, al decir: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42).

En Galilea, Jesús le dijo a Pedro; “Venid en pos de mí”. Felipe recibió el mismo mandato; “Venid en pos de mí”. Y al publicano llamado Leví, sentado al banco de los tributos públicos, le llegó el llamado: “Sígueme”. Aun a aquel que fue corriendo tras El, un hombre de muchas posesiones materiales, llega­ron las palabras: “Sígueme”. Y a ustedes y a mí, esa misma voz, ese mismo Jesús, nos dice: “Sígueme”. ¿Estamos dispuestos a obedecer?

La obediencia es una característica propia de los profetas, pero es preciso que nos demos cuenta de que esa misma fuente de fortaleza está a nues­tro alcance en la actualidad.

Una persona que aprendió muy bien la lección de la obediencia era un hombre bondadoso y sincero, de escasos recursos. Él se unió a la Iglesia en Europa y, después de aho­rrar diligentemente y de sufrir muchas penalidades, emigró a América del Norte, a un nuevo país con un idioma y costumbres diferen­tes, pero a la misma Iglesia, bajo la dirección del mismo Señor en quien había confiado y a quien había obe­decido. Llegó a ser el presidente de una pequeña rama de miembros de la Iglesia que pasaban por circuns­tancias muy difíciles en una ciudad un tanto inhóspita de miles de habi­tantes. Él siguió con exactitud el programa de la Iglesia, a pesar del reducido número de miembros y de la gran cantidad de cosas que había por hacer. A los miembros de esa rama les dio el ejemplo de lo que es una persona verdaderamente cris­tiana, y éstos respondieron con un amor que no se ve con mucha frecuencia.

Él se ganaba la vida como comer­ciante de productos al por menor; sus posesiones materiales eran limi­tadas, pero siempre pagó más de una décima parte del total de sus ingre­sos como diezmo. En la pequeña rama que administraba estableció un fondo misional, y durante varios meses, él fue el único contribuyente.

Él era como un padre para los misioneros que laboraban en esa ciudad, les daba de comer, y ellos nunca se iban de la casa sin que él les diera algo que les sirviera en su obra y que fuera para su bienestar. Los miembros de la Iglesia de lugares lejanos que pasaban por la ciudad y visita­ban la rama siempre recibían la hos­pitalidad y la calidez del espíritu de ese hermano, y se iban de ahí con el firme sentimiento de que habían conocido a un hombre especial, a un siervo obediente del Señor,

Los líderes que lo presidían reci­bían su profundo respeto y cuidado especial; él los consideraba como emisarios del Señor y hacía cual­quier cosa que ellos le mandaran. El ayudaba a satisfacer las necesidades físicas de esos hermanos, y muchas veces, las oraciones fervientes que ofrecía eran para suplicar por el bienestar de ellos. Un día de reposo, varios líderes de la Iglesia que visita­ban la rama participaron con él en más de una docena de oraciones que se pronunciaron en diversas reunio­nes y visitas a los miembros. Al final del día, ellos se fueron de ahí con un sentimiento de regocijo que les hizo más ameno aquel viaje de cuatro horas en condiciones típicas del invierno, y que ahora, cuando piensan en ello, después de tantos años, les alienta el espíritu y les ale­gra el corazón.

Los hombres educados y de expe­riencia buscaban a ese hombre de Dios, humilde y sencillo, y se consi­deraban afortunados si les era posi­ble pasar una hora con él. Tenía la apariencia de un hombre común, no hablaba mucho inglés y era un tanto difícil entenderle; su hogar era modesto; no tenía automóvil ni tele­visión, no escribió libros ni predicó sermones ilustres, ni hizo ninguna de las cosas que por lo general cap­tan la atención de la gente del mundo. Sin embargo, los fieles acu­dían a su puerta. ¿Por qué? Porque deseaban beber de la “fuente de la verdad”. No era tanto lo que ese hombre decía, sino lo que hacía; no era la esencia de los sermones que predicaba, sino la fortaleza de la vida que llevaba.

El saber que de buena gana y en forma regular un hombre pobre le daba al Señor por lo menos el doble del diezmo, les permitía a los demás obtener una perspectiva más clara del verdadero significado del diezmo. El verlo ministrar al necesi­tado y dar albergue al desvalido, les hacía saber que él lo hacía como si hubiera sido para el Maestro. El orar con él y sentir la seguridad que él tenía de que recibiría la ayuda divina era experimentar un nuevo medio de comunicación.

Bien podría haberse dicho que él guardó el primer y grande manda­miento, y el segundo, que es seme­jante, que sus entrañas estaban llenas de caridad hacia todos los hombres, que la virtud engalanaba sus pensamientos incesantemente, y que, por consiguiente, su confianza se fortalecía en la presencia de Dios (véase D, y C. 121:45), Ese hombre poseía el brillo de la bondad y el res­plandor de la rectitud. Su fortaleza provenía de la obediencia.

La fortaleza que diligentemente buscamos hoy día para hacer frente a los desafíos de un mundo complejo y cambiante puede ser nuestra si, con entereza y valor, estamos dis­puestos a declarar junto con Josué: “…pero yo y mi casa serviremos a Jehová” (Josué 24:15). □

Liahona Noviembre 1996

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