El Espíritu de Elías

El Espíritu de Elías

por el presidente Gordon B. Hinckley

Me parece un hecho muy significativo que al comenzar esta dispensación se haya predicho la extraordinaria obra de la historia familiar de la Iglesia en la primera visita que Moroni le hizo al joven José Smith, la noche del 21 de septiembre de 1823. En respuesta a la plegaria de José, la habitación de él se llenó de luz hasta que “…quedó más iluminada que al mediodía…” (José Smith, Historia 1:30), y ante él apa­reció, de pie en el aire, un personaje, que se dirigió al jovencito de diecisiete años, llamándolo por su nombre, y le dijo que “…era un mensajero enviado de la presen­cia de Dios, y… se llamaba Moroni; que Dios tenía una obra para [José], y que entre todas las naciones, tribus y lenguas se tomaría [su] nombre para bien y para mal…” (versículo 33).

Habló entonces del registro del Libro de Mormón, y una vez que habló en detalle concerniente a ello, citó del libro de Malaquías, en particular de los últimos dos versículos de ese libro, con ciertas diferencias del len­guaje que aparece en la Biblia.

Él declaró: “He aquí, yo os revelaré el sacerdocio por medio de Elías el Profeta, antes de la venida del grande y terrible día del Señor…

“Y él plantará en el corazón de los hijos las promesas hechas a los padres, y el corazón de los hijos se volverá a sus padres. De no ser así, toda la tierra sería totalmente asolada a su venida” (versículos 38—39).

Vuelvo a repetir, mis hermanos y hermanas: me parece algo de suma trascendencia el que esta declara­ción, esta repetición de las maravillosas palabras de Malaquías concernientes a la obra vicaria, se le haya encomendado al joven José Smith cuatro años antes de que se le permitiera sacar las planchas del cerro; le fue dada antes de recibir el Sacerdocio Aarónico y el de Melquisedec, antes de ser bautizado, y mucho antes de que se organizara la Iglesia.

Eso es una indicación de cuán importante es esta obra en el plan del Señor.

No sería hasta el año 1836 que Elías vendría con las llaves de esa obra, y era muy poco lo que se podría hacer tocante a la misma durante los años subsiguientes. Pero, ¿puede alguien dudar de la importancia que le atribuye el Todopoderoso, quien, en Su infinita sabiduría, tenía un plan mediante el cual todas las bendiciones de la expiación, llevadas a cabo por Su amado Hijo, estarían al alcance de todos los hijos y las hijas de Dios de todas las generaciones del tiempo? Y, el Señor indicó que sin esta obra, el objetivo principal de crear y procrear la tie­rra se frustraría (véase José Smith, Historia 1:39).

Hoy en día hay en el mundo muchas sociedades genealógicas y de historia familiar, y creo que todas ellas se formaron después de la visita de Elías. Una de las más antiguas y prominentes es la Sociedad Genealógica Histórica de Nueva Inglaterra, organizada en 1844, el año de la muerte del Profeta. Desde entonces, y particu­larmente en años más recientes, se ha despertado en la gente un tremendo interés en la historia familiar. Con el fin de dar lugar a ese crecimiento, se ha expandido el Departamento de Historia Familiar de la Iglesia.

Cuando se organizó la Sociedad Genealógica de Utah en 1894, los miembros de la misma contribuyeron con once tomos de información genealógica. En la actuali­dad, la biblioteca cuenta con doscientos cincuenta y ocho mil tomos, y todos los meses se agregan otros mil a esa colección; además, tiene 1.9 millones de rollos de micropelícula, más cinco mil rollos por mes, llegando así a convertirse en la colección de datos de historia fami­liar más grande del mundo.

Al comienzo del siglo, sólo unas cuantas personas uti­lizaban los modestos recursos de historia familiar de la Iglesia. ¡Cómo han cambiado las cosas! Durante cada uno de los últimos cinco años, más de setecientos cin­cuenta mil investigadores han utilizado la biblioteca principal ubicada aquí, en Salt Lake City, y en más de dos mil seiscientos cincuenta centros de historia familiar diseminados por todo el mundo. Aproximadamente el cuarenta por ciento de las personas que utilizan la biblioteca de historia familiar y el sesenta por ciento de aquellas que utilizan los centros locales no son miembros de la Iglesia. Nosotros proporcionamos un gran servicio a las personas que no son de nuestra fe.

No hay nada sobre la faz de la tierra que se compare a este tesoro de historia familiar. Pienso que el Señor así lo ha señalado. Esta es Su Iglesia que lleva Su nombre, y uno de sus fines es poner la plenitud de las bendiciones que conducen a la vida eterna al alcance de los millones de personas que han pasado por el velo de la muerte.

Hay millones de personas por todo el mundo que están trabajando en registros de historia familiar, ¿por qué? ¿Por qué lo hacen? Creo que es porque se han sen­tido inspiradas por el espíritu de esta obra, algo a lo que llamamos el espíritu de Elías; es el volver el corazón de los hijos a sus padres. La mayoría de ellos no ve ningún propósito en ello, salvo quizás una fuerte y motivadora curiosidad.

Tiene que haber un objetivo en esta tremenda inver­sión de tiempo y de dinero. Ese objetivo, del cual testifi­camos solemnemente, es buscar los datos y los nombres de las personas fallecidas, a fin de que se lleven a cabo las ordenanzas por ellos para su progreso y bendición eternos.

El verdadero objetivo de esta búsqueda de datos y nombres de las personas fallecidas se encuentra única­mente en la Casa del Señor, o sea, en los templos de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Y a medida que la obra de investigación de historia fami­liar sigue adelante y progresa, también aumenta el número de templos. En los últimos doce años, se han construido y dedicado más templos que los que se cons­truyeron y dedicaron previamente en toda la Iglesia. Esta es la gran época de la edificación de templos y de la obra que en ellos se lleva a cabo. En años recientes, se han dedicado varios bellos templos; y hay unos doce más que se están planeando o que se encuentran en diversas etapas de construcción.

Confío en que el Señor nos dirigirá y nos permitirá continuar construyendo estos bellos edificios en tanto sigamos probándonos dignos de ellos. La prueba impor­tante de nuestra dignidad yace en que llevemos a cabo esa investigación que constituye el fundamento de la obra trascendental que se efectúa en los templos.

La obra del Señor es una obra de salvación. ¿Para quién? Mediante la gracia de nuestro Padre Eterno, y sin ningún esfuerzo por parte de las personas que son las beneficiarias de esas bendiciones, el sacrificio expia­torio del Hijo de Dios ha hecho posible que todos nos levantemos de entre los muertos. Y más allá de esto, en virtud de ese divino sacrificio, y mediante Su infinita gracia y bondad, se nos dará a todos la oportunidad de ganar la vida eterna, ya sea mediante el servicio perso­nal o vicario.

Que yo sepa, lo que se lleva a cabo en la Casa del Señor, y que debe ir precedido por la investigación, se asemeja más al espíritu del sacrificio del Señor que cual­quier otra obra. ¿Por qué? Porque la realizan personas que, de buena gana, dan de su tiempo y de sus recursos, sin esperar agradecimiento o recompensa alguna, a fin de hacer por otras personas lo que éstas no pueden hacer por sí mismas.

La misión que tenemos por delante es grandiosa, y la responsabilidad es enorme. En una proclamación al mundo, emitida en 1907, la Primera Presidencia descri­bió esta misión con elocuencia cuando dijo:

“Nuestra causa no es egoísta; nuestro objetivo no es trivial ni sólo para esta tierra; consideramos a la raza humana —pasada, presente y futura—“ como seres inmortales por cuya salvación tenemos la misión de obrar; y a esta obra, tan extensa como la eternidad y profunda como el amor de Dios, nos dedicamos ahora y para siempre” (de James R. Clark, compilador, Messages of the First Presidency of The Church of Jesús Christ of Latter’day Saints, 6 tomos [1965-1975], 4:155). □

(Adaptado de un discurso pronunciado el 13 de noviembre de 1994 en una transmisión vía satélite en la que se rindió tributo al presidente Howard W. Hunter y se conmemoró el centenario de la Sociedad Genealógica de Utah, precursora del actual Departamento de Historia Familiar.)

Liahona Noviembre 1996

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