La gratitud: un principio salvador

La gratitud: un principio salvador

por el presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

“Entonces uno de ellos [un leproso], viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz, “y se postró… a sus pies, dándole gra­cias…” (Lucas 17:15-16).

Quisiera hablar sobre la gratitud como una expresión de fe y como un principio salvador. El Señor ha dicho: “Y en nada ofende el hombre a Dios, ni contra ninguno está encendida su ira, sino contra aquellos que no confiesan su mano en todas las cosas y no obedecen sus mandamientos” (D. y C. 59:21). Para mí es obvio que este pasaje de las Escrituras nos dice que el dar “…las gracias al Señor tu Dios en todas las cosas” (D. y C. 59:7) es más que una cortesía; es un mandamiento.

Una de las ventajas de haber vivido mucho tiempo es que podemos recor­dar a menudo las épocas en que hemos pasado por situaciones peores que las de ahora. Estoy agradecido por haber vivido lo suficiente para conocer algu­nas de las bendiciones que provienen de la adversidad. Recuerdo la época de la Gran Depresión en los Estados Unidos, cuando teníamos ciertos valores grabados en nuestra alma. Uno de esos valores era la gratitud por lo que teníamos, ya que nuestras’ posesiones eran muy pocas. Para poder sobrevivir tuvimos que aprender a llevar una vida próvida. Esa situación, en lugar de crear en nosotros un sentimiento de envidia o enojo por lo que no teníamos, hizo que muchos desarrollaran un espíritu de agradecimiento por las escasas y sencillas cosas con las que habíamos sido bendecidos, como el pan casero recién horneado y los cereales, y muchas otras cosas.

Otro ejemplo: recuerdo a mi querida abuela, Mary Caroline Roper Finlinson, haciendo jabón casero en la granja; su receta incluía grasa animal, una pequeña parte de lejía como detergente y cenizas de leña como abrasivo. El jabón tenía un aroma extraño y era casi tan duro como un ladrillo. No había dinero para comprar un jabón suave y perfumado. En la granja había mucha ropa llena de tierra y transpirada que lavar y muchos cuerpos que necesitaban desesperadamente el baño del sábado por la noche. Si había necesidad de bañarse con el jabón hecho en casa, las personas salían impecables pero olían peor que antes del baño. Como ahora uso el jabón más que cuando era niño, be desarrollado un sentido diario de agradecimiento por su aroma delicado.

Es muy lamentable el que, en nuestra época, no sepa­mos agradecer las muchas cosas que disfrutamos. Esto lo dijo el Señor: “Porque, ¿en qué se beneficia el hombre a quien se le confiere un don, si no lo recibe?” (D. y C. 88:33). El apóstol Pablo describió nuestros días al indicar a Timoteo que en los últimos días “…habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos” (2 Timoteo 3:2). Esos pecados son compañeros insepara­bles y la ingratitud es lo que nos hace susceptibles a ellos.

La historia del samaritano agradecido tiene un gran significado. Cuando el Salvador pasaba entre Samaría y Galilea, “…al entrar en una aldea, le salieron al encuen­tro diez hombres leprosos… los cuales alzaron la voz, diciendo: ¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!” Y Jesús les dijo que fueran a mostrarse a los sacerdotes.

“…Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados.
“Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz,
“y se postró… a sus pies, dándole gracias; y éste era samaritano.
“Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fue­ron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?
“¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero?
“Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado” (Lucas 17:12-19).

En esa época la lepra era una enfermedad tan repulsiva que a los afectados no se les permitía por ley acercarse a Jesús. Se esperaba que los que sufrían esa horrible enfermedad agonizaran juntos compartiendo su desgracia (véase Levítíco 13:45-46). El afligido clamor: “¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!” tuvo que haber llegado al corazón del Salvador. Una vez que fueron sana­dos y recibieron la aprobación de los sacerdotes de que ya eran limpios y aceptables ante la sociedad, debieron de haberse regocijado y sorprendido, y el hecho de haber recibido tan grande milagro tuvo que haberlos dejado muy satisfechos; sin embargo, olvidaron a su benefactor. Es difícil entender por qué fueron tan desagradecidos. Tal ingratitud es egoísta; es una forma de orgullo. ¿Cuál es el significado de que el único que regresó para agradecer era samaritano? Al igual que la historia del buen samaritano, la experiencia parece demostrar que aquellos que están en un estado económico o social inferior a menudo se elevan mostrándose muy nobles y capaces de asumir grandes responsabilidades.

Además de la gratitud personal como un principio de salvación, quisiera expresar lo que siento con respecto a la gratitud que debemos tener por las muchas bendicio­nes que disfrutamos.

Aquellos de entre vosotros que se han unido a la Iglesia en esta generación se han hermanado con un pueblo entre quienes hay muchos que tienen una gran herencia de sufrimiento y sacrificio. Ese sacrificio se transforma también en herencia suya, porque es la herencia de un pueblo con faltas e imperfecciones, pero con un propósito grande y noble. Ese propósito es ayu­dar a todo el género humano a entender en forma dulce y pacífica quiénes son, a sentir amor por sus semejantes y a tomar la determinación de guardar los mandamien­tos de Dios. Este es el llamado sagrado del evangelio; es la esencia de la adoración.

No hay duda de que necesitamos estar informados en cuanto a lo que sucede en el mundo; pero los medios modernos de comunicación traen a nuestros hogares una avalancha de violencia y desdicha humana, y llega el momento en que necesitamos encontrar una renova­ción espiritual pacífica.

Reconozco con gran agradecimiento la paz y la satis­facción que podemos encontrar en el nido espiritual de nuestro hogar, en nuestras reuniones sacramentales y en nuestros templos sagrados. En estos lugares serenos, nuestra alma descansa y sentimos lo que se siente al vol­ver a casa después de una larga ausencia.

Tiempo atrás estuve en el reino de Tonga. El presi­dente de la Estaca Nuku’alofa Tonga Sur, Penisimani Mu ti, preparó en el centro de estaca una noche de hogar con música y mensajes de inspiración. La reunión era en honor de su Majestad el rey Taufa’ahau Tupou Cuarto, monarca de Tonga. El rey, su hija y sus nietas amable­mente aceptaron la invitación, al igual que muchos nobles y representantes diplomáticos que se encontra­ban en Tonga. Nuestros miembros presentaron un pro­grama hermoso con cantos y versos. Una de las nietas del rey cantó una canción titulada “Cuánto amo a mi abuelo”. Al finalizar se invitó al élder Sonnenberg y a mí a decir unas breves palabras a la congregación, lo cual hicimos gozosamente.

Al terminar el programa, y haciendo caso omiso del protocolo, el rey vino a saludarnos a nosotros y a nues­tras respectivas esposas en señal de agradecimiento por la actuación de sus súbditos miembros de la Iglesia. El protocolo social se observa en muchos lugares, pero las expresiones de bondad son adecuadas universalmente.

Parece que en nuestro interior se libra una lucha entre los distintos rasgos de carácter, lo cual no permite que en nuestra alma haya un lugar vacío: si en ésta no hay agradecimiento o éste desaparece, a menudo se reemplaza con la rebelión. No hablo de rebelión en contra de la opresión civil; me refiero a la rebelión en contra de la limpieza moral, de la belleza, de la decencia, de la honradez, de la reverencia y del respeto por la autoridad paterna. Un corazón agradecido es el comienzo de la grandeza. Es una expresión de humildad. Es el fundamento para que se desarrollen virtudes como la oración, la fe, la valentía, el contentamiento, la felici­dad, el amor y el bienestar.

Pero hay una verdad indiscutible asociada con todo tipo de fortaleza humana: “Usalo o piérdelo”. Cuando no se utilizan, los músculos se debilitan, las habilidades se deterioran y la fe desaparece. El presidente Thomas S. Monson, en aquel entonces miembro del Quorum de los Doce Apóstoles, declaró: “Piensa en agradecer. En estas tres palabras está la fórmula del matrimonio feliz, de la amistad duradera y de la felicidad personal” (Pathways to Perfection [1973], pág. 254). El Señor dijo: “Y el que reciba todas las cosas con gratitud será glorificado; y le serán añadidas las cosas de esta tierra, hasta cien tantos, sí, y más” (D. y C. 78:19).

Estoy agradecido por la gente de esta tierra que ama y aprecia a los niños pequeños. Hace algunos años, ya entrada la noche, me encontraba en un avión lleno de pasajeros, volando desde la Ciudad de México basta Culiacán. Los asientos del avión eran algo estrechos y todos estaban ocupados, la mayoría con la agradable gente de México. En todas partes había paquetes y male­tas de todo tamaño. Una mujer joven apareció en el pasillo con cuatro pequeños, el mayor de unos cuatro años y el menor un recién nacido. Además tenía una bolsa con pañales, un coche plegadizo para bebé y algu­nos paquetes. Los niños estaban cansados, llorando e inquietos. Al encontrar su asiento en el avión, los demás pasajeros a su alrededor, tanto hombres como mujeres, se levantaron de inmediato para ayudarle y pronto los niños sintieron el amor y la tierna atención de los pasa­jeros. Pasaron de brazo en brazo por todo el avión y el resultado fue un avión lleno de niñeras y niñeros. Los niños se calmaron en los brazos de los que los cuidaban y poco después se quedaron dormidos. Lo más admirable fue ver a algunos de los hombres, que obviamente eran padres o abuelos, mecer y acariciar con ternura al recién nacido. La madre estuvo liberada del cuidado de los niños durante la mayor parte del vuelo. ¡Lo único que no me gustó fue que nadie me pasó al niñito a mí! Volvía aprender que el aprecio y la bondad hacia los niños es una expresión del amor que el Salvador tiene por ellos.

¿Cómo podemos pagar nuestra deuda de gratitud por la herencia de fe demostrada por los pioneros de muchos países a través del mundo, que se sacrificaron y lucharon por que el evangelio echara raíces? ¿Cómo expresar el agradecimiento a los intrépidos pioneros de los carros de mano que arrastraron en esos carros a través de las pra­deras y de la nieve en las altas montañas sus escasas posesiones a fin de escapar de la persecución y encontrar la paz para adorar tranquilos en estos valles? ¿Cómo pueden pagar los descendientes de los que atravesaron las llanuras en las compañías de carros de mano la fe de sus antepasados?

Una de esas almas intrépidas fue Emma Batchelor, una joven inglesa que viajaba sin su familia. Salió con la compañía de carros de mano de Willie, pero al llegar al Fuerte Laramie (en el estado de Wyoming), se les ordenó alivianar las cargas. A Emma se le pidió que dejara su cofre de cobre en el que guardaba todas sus pertenencias. Emma rehusó hacerlo y se sentó sobre su cofre a la orilla del camino; sabía que la compañía de Martin pasaría dentro de unos días. Cuando la compañía de Martin la encontró, se unió a la familia de Paul Gourley.

Muchos años más tarde un hijo de esa familia escri­bió: “Aquí se unió a nuestra familia la hermana Emma Batchelor; cosa que nos alegró porque ella era joven y fuerte, y significaba más harina para nuestro grupo”. Fue entonces cuando la hermana Gourley dio a luz un hijo y Emma actuó como partera y cargó a la madre y al hijo en el carro de mano, que luego ayudó a tirar durante dos días, mientras se reponía la madre.

Aquellos que murieron mientras viajaban con la com­pañía de Martin fueron relevados misericordiosamente de los sufrimientos que experimentaron otros viajeros que resultaron con pies, orejas, narices o dedos congelados, los que más tarde les tuvieron que amputar. Sin embargo, Emma, que entonces tenía veintiún años de edad, fue una de las afortunadas y superó todas las pruebas.

Un año más tarde conoció a Brigham Young, quien se sorprendió al verla que no tenía ninguna mutilación, y ella le dijo: “Hermano Young, yo no tenía a nadie que me cuidara ni que se preocupara de mí, así es que decidí cuidarme a mí misma. Yo fui la que reclamó cuando el hermano Savage nos advirtió no viajar en esas circunstancias, y me equivoqué en eso, pero traté de compensar mi equivocación. Cada día tiré del carro cuando me tocaba mi turno; cuando llegábamos a un arroyo me sacaba los zapatos, los calcetines y la falda y los ponía sobre el carro, y cuando llegaba al otro lado con el carro, regresaba a buscar a Pablito para cargarlo sobre mi espalda. Luego me sentaba, me frotaba muy fuerte los pies con una bufanda de lana y me ponía los zapatos y los calcetines secos”.

Los descendientes de esos pioneros pueden saldar parcialmente esa deuda siendo fieles a la causa por la cual sus antepasados sufrieron tanto.

Como en todos los mandamientos, la gratitud es la descripción de un modo de vivir que da resultados. El corazón agradecido abre los ojos a una multitud de ben­diciones que nos rodean. El presidente J, Reuben Clark, anteriormente el Primer Consejero de la Primera Presidencia, dijo: “Aferraos a las bendiciones que Dios os ha dado; vuestra tarea no es ganarlas, ya están aquí; vuestra tarea es apreciarlas” (Church News, 14 de junio de 1969, pág. 2), En esta época navideña, espero que podamos cultivar corazones agradecidos para apreciar la multitud de bendiciones que Dios con tanta bondad nos ha concedido. Ruego que sepamos expresar abierta­mente tal gratitud a nuestro Padre Celestial y a nuestros semejantes. □

Liahona Diciembre 1996

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