Consagra tu acción

Consagra tu acción

Por el élder Neal A. Maxwell (1926–2004)
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Neal A. Maxwell prestó servicio durante dos años como Ayudante de los Doce y durante cinco en la Presidencia de los Setenta hasta el 3 de octubre de 1981, cuando se le sostuvo como miembro del Quórum de los Doce Apóstoles. El élder Maxwell murió el 21 de julio de 2004, en Salt Lake City, después de librar una lucha de ocho años con la leucemia. Pronunció este memorable discurso sobre la consagración en la conferencia general de abril de 2002.

Al meditar sobre la consagración y procurarla, es natural que, por dentro, temblemos de miedo ante lo que se nos pueda exigir. No obstante, el Señor ha dicho, consolándonos: “…mi gracia os es suficiente”.

Estos comentarios se dirigen a los que son imperfectos pero que aún están esforzándose por mejorar en la familia de la fe. Como siempre, los dirijo a mí mismo antes que a nadie.

Tenemos la tendencia a interpretar la consagración sólo como una renuncia a nuestros bienes materiales cuando nos lo sea indicado por mandato divino, pero la consagración total es la renuncia de sí mismo para entregarse a Dios. El corazón, el alma la mente fueron las palabras inclusivas de Cristo cuando describió el primer mandamiento, que está constantemente en vigencia y no de vez en cuando (véase Mateo 22:37). Si guardamos este mandamiento, nuestras acciones serán a su vez consagradas para el bienestar perdurable de nuestra alma (véase 2 Nefi 32:9).

Esa entrega total abarca la sumisa unión convergente de sentimientos, pensamientos, palabras y acciones, que es precisamente lo opuesto al distanciamiento: “Porque, ¿cómo conoce un hombre al amo a quien no ha servido, que es un extraño para él, y se halla lejos de los pensamientos y de las intenciones de su corazón?” (Mosíah 5:13).

Muchas personas hacen caso omiso de la consagración porque les parece o muy abstracta o muy abrumadora. No obstante, los que somos conscientes sentimos un descontento inspirado por Dios ante la mezcla de progreso y dejadez que nos afecta. Por eso, ofrezco un afectuoso consejo para continuar en ese progreso, aliento para seguir adelante en la jornada y consuelo para hacer frente a nuestras propias dificultades en las variaciones que le son inherentes.

Seamos totalmente sumisos

La sumisión espiritual no se logra en un instante sino al ir mejorando poco a poco y con pasos sucesivos, peldaño a peldaño. De todos modos, esos peldaños se deben subir uno a uno. Finalmente, nuestra voluntad queda “absorbida en la voluntad del Padre” a medida que estemos “dispuesto[s] a someter[nos]… tal como un niño se somete a su padre” (Mosíah 15:73:19). De otra forma, aun cuando sigamos intentándolo, la conmoción del mundo nos mantendrá, hasta cierto punto, desviados de nuestra meta.

Es importante notar los hechos que ilustran lo que sucede cuando se trata de la consagración económica. Cuando Ananías y Safira vendieron sus posesiones, “sustrajeron del precio” (véase Hechos 5:1–11). Del mismo modo, muchos de nosotros nos aferramos tenazmente a determinada “parte”, tratando como una posesión algo que nos obsesione. Así es como, sea lo que sea que ya se haya dado, la última porción es la más difícil de ceder. Es cierto que una entrega parcial es todavía digna de encomio, pero se parece en gran parte a la conocida excusa: “Ya contribuí a esa causa” (véase Santiago 1:7–8).

Por ejemplo, quizás poseamos ciertas habilidades que erróneamente pensemos que nos pertenecen. Si continuamos aferrándonos a ellas más de lo que nos allegamos a Dios, estaremos retrocediendo ante el primer mandamiento consagrante. Puesto que Él nos da “aliento… momento tras momento”, ¡no es recomendable que quedemos sin aliento por dedicarnos demasiado a dichas distracciones! (Mosíah 2:21).

Cuando servimos a Dios generosamente con tiempo y dinero pero aún nos reservamos partes de nuestro yo íntimo, eso nos presenta una piedra de tropiezo, ¡pues significa que no somos completamente Suyos!

Hay personas que tienen dificultad cuando están a punto de completar alguna tarea en particular. Pero tenemos un modelo en Juan el Bautista cuando dijo con respecto al rebaño de Jesús que se acrecentaba: “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe” (Juan 3:30). El considerar erróneamente que nuestras presentes asignaciones son el único indicador de cuánto nos ama Dios servirá sólo para aumentar nuestra renuencia a dejarlas. Hermanos y hermanas, Dios ya ha establecido que el valor que tiene cada uno de nosotros es “grande”, y no fluctúa como el mercado de valores.

Hay otros peldaños que no se utilizan porque, como el joven rico y justo, todavía no estamos dispuestos a reconocer lo que aún nos falta (véase Marcos 10:21). Queda expuesto así un residuo de nuestro egoísmo.

La vacilación para consagrarnos se presenta de diversas formas. Por ejemplo, en el reino terrestre estarán los “honorables”, quienes obviamente no hablan falso testimonio. Sin embargo, no fueron “valientes en el testimonio de Jesús” (D. y C. 76:75, 79). La mejor manera de testificar de Jesús valerosamente es parecernos cada vez más a Él, y ésa es la consagración que talla en nuestro carácter la facultad de emularlo (véase 3 Nefi 27:27).

No pongamos a otros dioses delante de Dios

Cuando enfrentamos las dificultades a que me he referido, la sumisión espiritual es una cualidad afortunada y útilmente sagaz, ayudándonos a veces a renunciar a algunas cosas, inclusive a la vida terrenal, y otras a asirnos e incluso a subir el siguiente peldaño (véase 1 Nefi 8:30).

No obstante, si carecemos de la debida perspectiva, los próximos metros, aunque sean pocos, pueden resultarnos terriblemente difíciles. Lamán y Lemuel, con su visión limitada, aun cuando sabían cómo bendijo Dios al antiguo Israel para escapar del poderoso Faraón y de sus huestes, carecían de la fe en que Dios les ayudaría a vencer a Labán, un insignificante líder local.

Es posible también que nos desviemos si estamos demasiado anhelosos por complacer a nuestros superiores en el nivel profesional o a los compañeros de esparcimiento. El complacer a “otros dioses” en lugar de al Dios verdadero es también una violación del primer mandamiento (Éxodo 20:3).

A veces defendemos incluso nuestras idiosincrasias como si esos rasgos constituyeran nuestra personalidad. En cierto modo, el discipulado es un “deporte de contacto”, como lo testificó el profeta José Smith:

“Soy como una enorme piedra áspera… y la única manera de pulirme es cuando una de las puntas de la piedra se alisa al entrar en contacto con otra cosa pegándose fuertemente contra ella… Así llegaré a ser un dardo liso y pulido en el carcaj del Todopoderoso”1.

Puesto que muchas veces las rodillas se doblan mucho antes que la mente, el hecho de retener esta “parte” priva a la obra de Dios de algunos de los mejores intelectos de la humanidad. Sería mucho mejor que fuéramos mansos como Moisés, que aprendió cosas “que… nunca… había imaginado” (Moisés 1:10). Sin embargo, hermanos y hermanas, lamentablemente existe mucha vacilación en la sutil interacción entre el albedrío y la identidad. La entrega de la mente es, en realidad, una victoria, porque nos introduce en los caminos ensanchadores y “más altos” de Dios (Isaías 55:9).

Irónicamente, aun cuando se ponga en cosas buenas, la atención desmesurada quizás haga que nuestra devoción a Dios disminuya. Por ejemplo, es posible envolverse demasiado en deportes y en un fanatismo por el aspecto del cuerpo, algo que observamos a diario; se puede venerar la naturaleza y aun así descuidar al Dios de la naturaleza; es posible sentir una admiración especial por la buena música, así como por una profesión meritoria hasta el punto de excluir todo lo demás. En esas circunstancias, muchas veces se omite “lo más importante” (Mateo 23:23; véase también 1 Corintios 2:16). Sólo el Altísimo puede guiarnos totalmente hacia el bien más sublime que podamos llevar a cabo.

Según lo que Jesús hizo destacar con énfasis, de los dos grandes mandamientos depende todo lo demás, y no viceversa (véase Mateo 22:40). No se suspende el primer mandamiento solamente porque vayamos entusiasmados en pos de un bien menor, porque no es un Dios menor al que adoramos.

Reconozcamos la mano de Dios

Por lo tanto, antes de disfrutar del producto de nuestros justos esfuerzos, reconozcamos primeramente la mano de Dios; de lo contrario, surgen justificativos tales como: “Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza” (Deuteronomio 8:17); o nos “alabamos” nosotros mismos, como lo habría hecho el antiguo Israel (excepto el ejército de Gedeón, que deliberadamente era pequeño), jactándonos: “Mi mano me ha salvado” (Jueces 7:2). El halago de nuestra propia “mano” hace que sea doblemente difícil confesar la mano de Dios en todas las cosas (véase Alma 14:11D. y C. 59:21).

En un lugar llamado Meriba, Moisés, uno de los más grandes hombres que han existido, estaba asediado por la gente que clamaba por agua. En ese momento, Moisés “habló precipitadamente”, diciendo: “¿Os hemos de hacer salir aguas?” (Salmos 106:33Números 20:10; véase también Deuteronomio 4:21). El Señor le enseñó una lección sobre el problema de pronombres [por haber dicho “os hemos” en lugar de “Dios os hará”], y lo magnificó aún más. Bien haríamos en ser tan mansos como Moisés (véase Números 12:3).

Jesús nunca, nunca, ¡nunca! perdió de vista Su perspectiva. Aun cuando anduvo haciendo tanto bien, siempre tuvo en cuenta que le esperaba la Expiación, suplicando con percepción: “Padre, sálvame de esta hora. Mas para esto he llegado a esta hora” (Juan 12:27; véase también 5:30; 6:38).

Al desarrollar nosotros más amor, paciencia y mansedumbre, más tendremos para ofrecer a Dios y a la humanidad. Más aún, ninguna otra persona ha sido colocada como lo hemos sido nosotros, exactamente, en nuestra esfera humana de oportunidades.

Es cierto que los mencionados peldaños sucesivos nos llevan a un territorio nuevo que tal vez no tengamos ningún deseo de explorar. De ahí que los que ya hayan recorrido con éxito esos peldaños sean una fuerza motivadora para el resto de nosotros; generalmente, prestamos más atención a aquellos a quienes admiramos. El hambriento hijo pródigo añoraba las comidas de su hogar, pero también lo atraían allí otros recuerdos, por lo que dijo: “Me levantaré e iré a mi padre” (Lucas 15:18).

La consagración devuelve a Dios lo que es Suyo

En nuestra lucha por lograr una total sumisión, de todas maneras nuestra voluntad es lo único que realmente tenemos para entregar a Dios. Los dones de costumbre y sus derivados que le ofrecemos podrían muy bien llevar una etiqueta que dijera: “Devuélvase al remitente”, con Rmayúscula. Aun cuando Dios reciba a cambio ese único don, los que sean totalmente fieles recibirán “todo lo que [el] Padre tiene” (D. y C. 84:38). ¡Qué extraordinario tipo de cambio!

Entretanto, hay todavía ciertas realidades a tener en cuenta: Dios nos ha dado la vida, el albedrío, diferentes tipos de talento y oportunidades; nos ha dado nuestros bienes; nos ha dado la porción de vida terrenal que nos corresponde, junto con el aliento que nos hace falta (véase D. y C. 64:32). Si nos dejamos guiar por esa perspectiva, evitaremos cometer errores graves en cuanto a lo que es o no es importante; esos errores serían mucho más serios que el de escuchar un cuarteto doble ¡y confundirlo con el Coro del Tabernáculo!

No es de extrañar que el presidente [Gordon B.] Hinckley… haya hecho hincapié en que somos un pueblo de convenios, poniendo énfasis en los convenios de la Santa Cena, del diezmo y del templo, y mencionando el sacrificio como “la esencia misma de la Expiación”2.

El ejemplo de sumisión de Jesús

El Salvador logró una asombrosa sumisión cuando se enfrentó a la angustia y al terrible sufrimiento de la Expiación y deseó “no tener que beber la amarga copa y desmayar” (D. y C. 19:18). En nuestra escala imperfecta y mucho menor, nosotros enfrentamos pruebas y deseamos que de algún modo se nos libre de ellas.

Consideren lo siguiente: ¿Cuán importante habría sido el ministerio de Jesús si hubiese efectuado más milagros pero sin el milagro trascendental de Getsemaní y el Calvario? Sus otros milagros brindaron benditas extensiones de vida y disminuyeron el sufrimiento de algunas personas; pero ¿cómo podrían compararse ésos con el milagro más grandioso de todos: la Resurrección universal? (véase 1 Corintios 15:22). La multiplicación de los panes y los peces alimentó a una multitud hambrienta; a pesar de ello, los que comieron tuvieron otra vez hambre muy pronto, mientras que los que coman del Pan Vivo no volverán a sentirla nunca (véase Juan 6:51, 58).

Al meditar sobre la consagración y cómo procurarla, es natural que, por dentro, temblemos de miedo ante lo que se nos pueda exigir. No obstante, el Señor ha dicho, consolándonos: “…mi gracia os es suficiente” (D. y C. 17:8). ¿Le creemos realmente? También ha prometido que hará que lo débil se haga fuerte (véase Éter 12:27). ¿Estamos realmente dispuestos a someternos a ese proceso? Y, sin embargo, ¡si deseamos la plenitud, no podemos reservarnos una parte!

El dejar que nuestra voluntad sea cada vez más absorbida en la voluntad del Padre significa en realidad que nuestra individualidad sea ensalzada y expandida y más capaz de recibir “todo lo que [Dios] tiene” (D. y C. 84:38). Además, ¿cómo nos puede confiar “todo” lo que es Suyo a menos que nuestra voluntad sea como la Suya? Tampoco podrían los que se comprometan a medias apreciar completamente “todo” lo que Él tiene.

Francamente, si nos reservamos una parte, sea cual sea, lo que traicionamos es nuestro propio potencial. Por lo tanto, no tenemos por qué preguntar: “¿Soy yo, Señor?” (Mateo 26:22). Preguntemos en cambio sobre nuestras propias piedras de tropiezo: “Señor, ¿es esto lo que debo cambiar?”. Quizás hayamos sabido la respuesta desde hace mucho tiempo y necesitemos más resolución personal que contestación del Señor.

En el generoso plan de Dios, la mayor felicidad está reservada al final para los que estén dispuestos a extenderse y a pagar el precio de la jornada hacia Su reino majestuoso. Hermanos y hermanas, “emprendamos otra vez esta jornada”3.

En el nombre del Señor del brazo extendido (véase D. y C. 103:17136:22), sí, el Señor Jesucristo. Amén.

Notas

1. Citado en la obra de James R. Clark, comp., Messages of the First Presidency of The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints, 6 tomos, (1965–1975), tomo 1, pág.185.
2. Teachings of Gordon B. Hinckley [“Enseñanzas de Gordon B. Hinckley”], 1997, pág. 147.
3. “Come, Let Us Anew”, Hymns, Nº 217 [no se ha traducido al español].

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