Una época de Expresar Gratitud

Una época de Expresar Gratitud

Por el presidente Gordon B. Hinckley

Damos gracias a Dios por el profeta José. Él fue quien nos brindó el verdadero conocimiento de Dios, el Eterno Padre, y de Su Hijo resucitado, el Señor Jesucristo.

Ésta es una época de dar y un tiempo de gratitud. Con agradecimiento recordamos el nacimiento del profeta José Smith, que se conmemora también en este mismo mes de diciembre, dos días antes de Navidad.

Ciertamente, ¡cuán grande es la deuda que tenemos con él! Su vida se inició en el estado de Vermont y llegó a su fin en el de Illinois, y maravillosos fueron los sucesos que tuvieron lugar entre el sencillo comienzo y el trágico fin. Él fue quien nos brindó el verdadero conocimiento de Dios, el Eterno Padre, y de Su Hijo Resucitado, el Señor Jesucristo; en el breve tiempo que duró su grandiosa visión, aprendió más sobre la naturaleza de la Deidad que todos aquellos que, a través de los siglos, habían discutido el tema en concilios de eruditos y en foros de letrados. Él puso a nuestra disposición el maravilloso Libro de Mormón como otro testigo de la realidad viviente que es el Hijo de Dios y recibió, de los que los poseían en la antigüedad, el sacerdocio, el poder, la autoridad, las llaves para hablar y actuar en el nombre de Dios. Él nos dejó la organización de la Iglesia con su misión grandiosa y sagrada. Por medio de él se restauraron las llaves de los santos templos, a fin de que hombres y mujeres puedan entrar en convenios eternos con Dios y que se lleve a cabo la gran obra por los muertos para darles la oportunidad de recibir bendiciones eternas.

Grande es su gloria; su nombre es eterno.
Siempre jamás él las llaves tendrá.
Justo y fiel, entrará en su reino
y entre profetas se le premiará.
(“Loor al Profeta”, Himnos, No 15.)

José Smith fue un instrumento en las manos del Todopoderoso; fue el siervo que actuó bajo la dirección del Señor Jesucristo para llevar a cabo esta gran obra de los últimos días.

Lo honramos; él es el gran Profeta de esta dispensa­ción y está a la cabeza de esta grandiosa y extraordinaria obra que va extendiéndose por toda la tierra; es nuestro Profeta, nuestro Revelador, nuestro Vidente y nuestro amigo. No lo olvidemos; no dejemos de lado su recuerdo en las celebraciones de Navidad. Damos gracias a Dios por el profeta José.

Ahora bien, ¡qué maravillosa época del año es ésta, la de Navidad! Todo el mundo cristiano, aun cuando no: entienda lo mismo que nosotros entendemos, se detiene- en contemplación y recuerda con gratitud el nacimiento del Hijo de Dios.

Según las palabras de Phillips Brooks:

¡Es Navidad en el mundo, noche que resplandece!
Navidad en las tierras de pinos y de abetos;
Navidad donde la vid y la palmera crecen;
Navidad en las crestas nevadas y solemnes;
Navidad en los campos donde el trigo se mece…
¡Navidad, Navidad esta noche, en todo lugar!
Pues el Niño, el Cristo, es Maestro de todos:
no hay palacio o cabaña donde Él no pueda estar.

(“Christmas Everywhere” —“Navidad por todas partes”—, en Best-Loved Poems of the LDS People, recopi­lado por Jack M. Lyon y otros, 1996, pág. 30; traducción libre.)

Es en ese espíritu que nos extendemos para abrazar a todos con aquel amor que forma parte de la esencia del Evangelio de Jesucristo. Nosotros, los Santos de los Últimos Días, somos un inmenso grupo de personas ligadas en una unidad de amor y de fe. Tenemos una grandiosa bendición, tanto colectiva como individual­mente: llevamos en el corazón una convicción firme e inquebrantable de la misión del Señor Jesucristo; Él fue el gran Jehová del Antiguo Testamento, el Creador que, bajo la dirección de Su Padre, creó todas las cosas, “y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1:3); Él fue el Mesías prometido, que vino con salvación en Sus alas; fue el obrador de milagros, el gran sanador, la resurrección y la vida. El Suyo es el único nombre bajo el cielo por el cual podemos ser salvos.

Él estuvo con Su Padre en el principio; después fue hecho carne y habitó entre nosotros, “y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre… lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14).

A todos los que lo recibieron, “a los que creen en su nombre” (Juan 1:12), les dio potestad de convertirse en hijos de Dios.

Él vino como un don de Su Padre Eterno. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

Él condescendió en abandonar Su trono en las alturas y en venir a la tierra para nacer en un pesebre, en una nación vencida. El recorrió los polvorientos caminos de Palestina sanando enfermos, enseñando la doctrina, bendiciendo a todos los que lo aceptaran.

Él vino “al mundo [no] para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:17).

No hace mucho caminamos por donde Él caminó, por el “Campo de los pastores”, por Belén, Nazaret, Caná, Galilea, Jerusalén, Getsemaní, Gólgota, y vimos el sepulcro vacío; allí percibimos la majestad y el prodigio de aquel hombre llamado Jesús.

Él nos enseñó los prodigios de Dios, y abrió los ojos del entendimiento a todos los que quisieran escuchar. Él fue el cumplimiento de la ley, el sacrificio que, a partir de entonces, puso fin a todos los demás sacrificios.

Él fue el gran Jehová del Antiguo Testamento, el Creador que, bajo la dirección de Su Padre, creó todas las cosas, “y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1:3).

“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Isaías 9:6).

“Saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago reto­ñará de sus raíces.

“Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová,

“Y le hará entender diligente en el temor de Jehová. No juzgará según la vista de sus ojos, ni argüirá por lo que oigan sus oídos;

“sino que juzgará con justicia a los pobres, y argüirá con equidad por los mansos de la tierra; y herirá la tierra con la vara de su boca, y con el espíritu de sus labios matará al impío.

“Y será la justicia cinto de sus lomos, y la fidelidad ceñidor de su cintura” (Isaías 11:1-5).

En el Calvario, El dio Su vida por cada uno de noso­tros. “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?” (1 Corintios 15:55).

Honramos Su nacimiento, pero sin Su muerte éste habría sido sólo un nacimiento más en el mundo. Lo que hizo que Su don fuera inmortal, universal y eterno, fue la, redención que El llevó a cabo en el huerto de Getsemaní y en la cruz del Calvario. La Suya fue una Expiación grandiosa por los pecados de toda la humanidad. Él fue la resurrección y la vida, las “primicias de los que durmieron” (1 Corintios 15:20). Gracias a Él, todo ser humano se levantará del sepulcro.

Pero, además de eso, Él nos enseñó el camino, la verdad y la vida; El entregó las llaves por medio de las cuales podemos ir hacia la inmortalidad y la vida eterna.

Honramos el nacimiento del Salvador, pero sin Su muerte éste habría sido sólo un nacimiento más en el mundo. Él fue la Resurrección y la vida. Gracias a Él, todo ser humano se levantará del sepulcro.

Lo amamos. Lo honramos. Le estamos agradecidos. Lo adoramos. Él ha hecho por cada uno de nosotros y por toda la humanidad, lo que ningún otro habría podido hacer. Damos gracias a Dios por el don de Su Hijo Amado, nuestro Salvador, el Redentor del mundo, el Cordero sin mancha que fue ofrecido en sacrificio por todo el género humano.

Él fue quien dirigió la Restauración de ésta, Su obra, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos. Esta es Su Iglesia y lleva Su santo nombre.

¡Regocijad! Jesús nació,
del mundo Salvador;
y cada corazón tomad
a recibir al Rey…
Venid a recibir al Rey.
(“¡Regocijad! Jesús nació”, Himnos, No 123.)

La Navidad es mucho más que los arbolitos adornados y las luces de colores, es más que los juguetes, los regalos y los cientos de variadas decoraciones. Es amor; es el amor del Hijo de Dios por todo ser humano; se extiende más allá de nuestra facultad de comprensión. Es hermosa y magnífica.

Es paz. Es la paz que reconforta, que sostiene y bendice a todos los que la acepten.

Es fe. Es la fe en Dios y en Su Hijo Eterno; es la fe en Sus vías y en Su mensaje maravillosos; es la fe en El cómo nuestro Redentor y nuestro Señor.

Testificamos de Su viviente realidad. Testificamos de la divinidad de Su naturaleza. En nuestros momentos de agradecida meditación, reconocemos Su don de inesti­mable valor para nosotros y le prometemos nuestro amor y fe. Eso es, en realidad, lo que es la Navidad. Ese es el verdadero significado de la Navidad.

A cada uno de ustedes les extendemos nuestro amor y bendición. Que ustedes, doquiera se encuentren en el mundo, tengan una Navidad maravillosa; que en su hogar reinen la paz, el amor y la bondad; que el marido sonría con amor a su esposa; y que ustedes, esposas, sientan el gozo dulce de saberse amadas, honradas, respe­tadas y contempladas con admiración. Que sus hijos sean felices y estén llenos de ese encanto indescriptible que es el espíritu de la Navidad. Y aquellos que no tengan compañero encuentren tierna compañía en el conocimiento de que no están solos, que Jesús es Su Amigo. El vino “Para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte; para encaminar nuestros pies por camino de paz” (Lucas 1:79).

Que sea ésta una época feliz y maravillosa. Dejamos una bendición sobre ustedes, una bendición de Navidad, para que sean felices. Que aun los que tengan el corazón apesadumbrado de dolor se eleven con la sanidad que sólo viene de Aquel que reconforta y tranquiliza. “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí” (Juan 14:1).

Así dijo El en la hora de Su gran tribulación: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27).

En el espíritu de esa gran promesa y don, regocijé­monos todos durante esta bendita época de Navidad. □

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