Nuestro Señor y Salvador

Liahona Diciembre 1997

Nuestro Señor y Salvador

Desde la gran fe de Adán, las hermosas y poéticas palabras de Isaías y la sencilla influencia del profeta José hasta los actuales líderes de la Iglesia, todos los Profetas han afir­mado que Dios vive y que Su Hijo Unigénito es nuestro Señor y Salvador. En esta época del año, cuando celebramos el nacimiento de Jesucristo, es particularmente bueno escuchar lo que dicen aquellos a quienes sostenemos como testigos especiales de Cristo testificando de nuevo que Jesús es nuestro Salvador y que, por medio de Él, hallaremos la vida eterna.

Presidente Gordon B. Hinckley:
“Cada vez que la fría mano de la muerte asesta su golpe, entre las sombras de tristeza y desolación de ese momento, reluce la figura triunfante del Señor Jesucristo, El, el Hijo de Dios, que por Su incomparable y eterno poder venció a la muerte; Él es el Redentor del mundo. El dio Su vida por cada uno de nosotros y la volvió a tomar, llegando así a ser las ‘primicias de los que durmieron’ (1 Corintios 15:20). Él, el Rey de reyes, está triunfante sobre todos los reyes. El, el Señor Omnipotente, está sobre todos los gobernantes. Él es nuestro consuelo, nuestro único consuelo, cuando la densa oscuridad de la noche terrenal se cierra ante nosotros…

“Más sublime que el género humano, allí está Jesús el Cristo, el Rey de gloria, el inmaculado Mesías, el Señor Emanuel…

“Él es nuestro Rey, nuestro Señor, nuestro Maestro, el Cristo viviente, que está a la diestra de Su Padre. ¡Él vive! Él vive, resplandeciente y maravilloso, el Hijo viviente del Dios viviente” (“Esta resplande­ciente mañana de la Pascua de Resurrección”, Liahona, julio de 1996, pág. 73).

Presidente Thomas S. Monson:
“Con el nacimiento del Niño de Belén, se recibió un don maravilloso, un poder más fuerte que las armas, un tesoro más duradero que las monedas del César. Este Niño había de ser Rey de reyes y Señor de señores, el Mesías Prometido, sí, Jesucristo, el Hijo de Dios. Nacido en un establo, mecido en un pesebre, vino del cielo para vivir en la tierra como hombre mortal y establecer el Reino de Dios. Durante Su minis­terio terrenal, El enseñó a los hombres una ley mayor. Su glorioso Evangelio reformó las ideas del mundo, Bendijo a los enfermos, hizo que el cojo caminara, que el ciego, viera y que el sordo oyera. Aun resucitó a los muertos…

“Su misión, Su ministerio entre los hombres, Sus enseñanzas de la verdad, Sus actos de misericordia, Su invariable amor por nosotros inspira nuestra gratitud y enternece nuestro corazón. Jesucristo, el Salvador del mundo, sí, el Hijo de Dios, fue y es el Supremo Pionero, porque fue primero, mostrando a todos el camino a seguir” (“Ellos mostraron el camino”, Liahona, julio de 1997, págs. 63, 64).

Presidente James E. Faust:
“La Expiación y la Re­surrección se llevaron a cabo. Nuestro Señor y Salvador padeció ese dolor indescriptible en Getsemaní, y efectuó el sacrificio final al morir en la cruz para, poco después, romper las ligaduras de la muerte.

“Todos nos beneficiamos con las trascendentales bendiciones de la Expiación y de la Resurrección, por medio de las que el divino proceso sanador puede efectuarse en noso­tros, El dolor se puede reemplazar con el regocijo que nuestro Salvador prometió. Al vacilante Tomás, Jesús le dijo: ‘No seas incrédulo, sino creyente’ [Juan 20:27]…

“…testifico del gran sacrificio expiatorio del Señor Jesucristo y doy testimonio de que El rompió las liga­duras de la muerte, lo cual en verdad enjugará nuestras lágrimas. Tengo un testimonio de esto, el que he recibido por medio del Santo Espíritu de Dios” (“Mujer, ¿por qué lloras”, Liahona, enero de 1997, págs. 62, 64).

Presidente Boyd K. Packer:
“Merced a ese acto de Su voluntad, se harían compatibles la miseri­cordia y la justicia; se sostendría la ley eterna y se produciría esa mediación sin la cual los seres mortales no podrían ser redimidos.

“El Señor, por Su propia voluntad, aceptó el castigo por toda la humanidad, por la suma total de toda la maldad; por la brutalidad y la inmoralidad; por la perversión, la corrupción, los enviciamientos, las matanzas, las torturas y el terror; todo lo malo que se había hecho y todo lo malo que habría de hacerse en esta tierra” (“Expiación, libre albedrío, responsabilidad”, Liahona, julio de 1988, págs. 68-69).

Élder L. Tom Perry:
“Desde el principio se trazó un plan. La figura central en Su plan de salvación es nuestro Señor y Salvador, Jesucristo. Su sacrificio expiatorio en bien de toda la humanidad es el foco principal de la historia de los hijos de nuestro Padre Celestial aquí en la tierra. Toda persona que acepte Su plan divino debe aceptar también la misión de nuestro Salvador y hacer convenio de guardar las leyes que nuestro Padre ha desarrollado para nosotros” (“El sacramento de la Cena del Señor”, Liahona, julio de 1996, pág. 62).

Élder David B. Haight:
En 1989, el élder Haight enfermó grave­mente y tuvieron que llevarlo de urgencia al hospital. Durante la conferencia general de octubre de ese año, contó que, mientras se hallaba inconsciente, se encontró “en un lugar tranquilo, donde todo era quietud y paz”, consciente de la presencia de “dos personas en la distancia, en la ladera de una colina…

“No oí ninguna voz, pero me di cuenta de que estaba en presencia de seres santos. Durante las horas y los días que siguieron, vi en mi mente una y otra vez la misión eterna y la posición exaltada del Hijo del Hombre. Testifico que Él es Jesús el Cristo, el Hijo de Dios, el Salvador de todos, el Redentor de todo el género humano, el Dador de amor, miseri­cordia y perdón infinitos, la Luz y la Vida del mundo. Yo sabía eso antes; nunca lo dudé; pero en esos días conocí esas verdades, mediante las vividas impresiones del Espíritu en mi alma, de un modo extraordi­nario” (“La Santa Cena y el sacri­ficio”, Liahona, enero de 1990, pág. 56).

Élder Neal A. Maxwell:
“Alma reveló que Jesús sabe: cómo socorrernos en medio de nuestros dolores y enfer­medades precisamente porque Él tomó sobre sí nuestros dolores y enfermedades (Alma 7:11-12). El Tos conoce por expe­riencia propia, con lo cual ha obtenido una comprensión profunda de ellos. Por supuesto, nosotros no comprendemos plenamente Su sufrimiento ni entendemos tampoco cómo pudo llevar sobre sí todos los pecados de los seres mortales, pero Su Expiación sigue siendo la realidad que nos rescata y nos tranquiliza.

“No es de extrañar, pues, que de todas las razones por las que podamos alabar a Jesús cuando venga otra vez con majestad y poder, lo alabaremos por Su ‘amorosa bondad y misericordia’; más aún, ¡continuaremos alabándolo para siempre jamás…!” (“Loor a Dios ‘por bendiciones de amor’”, Liahona, julio de 1997, págs. 12-13).

Élder Russell M. Nelson:
“Lloro de gozo al contemplar el signifi­cado de todo esto. El ser redimido es ser expiado, es ser recibido en el abrazo íntimo de Dios, con una expresión no sólo de Su perdón sino de nuestra unidad de corazón y de mente. ¡Qué privilegio…!

“Como uno de los ‘testigos espe­ciales del nombre de Cristo en todo el mundo’ [D. y C. 107:23], testifico que Él es el Hijo del Dios viviente, Jesús es el Cristo, nuestro Salvador y Redentor. Esta es Su Iglesia, restaurada para bendecir a los hijos de Dios y preparar al mundo para la segunda venida del Señor” (“La Expiación”, Liahona, enero de 1997, págs. 38, 39).

Élder Dallin H. Oaks:
“Nuestro Creador y Redentor también es nuestro Maestro. Él nos enseñó cómo vivir y nos dio mandamientos; si los obedecemos, recibiremos bendi­ciones y felicidad en este mundo y la vida eterna en el mundo venidero.

“Así vemos que Aquel a quien siempre debemos recordar es el que nos dio la vida mortal, el que nos mostró el camino hacia una vida feliz y el que nos redime para que podamos tener inmortalidad y vida eterna” (“Recordad siempre al Señor”, Liahona, julio de 1988, pág. 31).

Élder M. Russell Ballard:
“…pude apreciar el gozo que llenará nuestro corazón cuando comprendamos plena- mente el significado del mayor de los rescates; el rescate de la familia de Dios por el Señor Jesucristo. Porque es por medio de El que tenemos la promesa de la vida eterna. Nuestra fe en el Señor Jesucristo es la fuente del poder espi­ritual que nos asegurará que nada debemos temer de la jomada. Yo sé que el Señor Jesucristo vive y que merced a nuestra fe invariable en El, nos acompañará en nuestro viaje a través de la vida” (“Nada deben temer de la jornada”, Liahona, julio de 1997, pág. 69).

Élder Joseph B. Wirthlin:
“…Jesús es el Primo­génito de nuestro Padre Celestial en el espíritu y el Unigénito de Dios en la carne. Es un Dios, uno de los de la Trinidad; es el Salvador y el Redentor de la raza humana. En un concilio premortal en el que todos estuvimos presentes, El aceptó el gran plan de felicidad de nuestro Padre para Sus hijos y fue elegido por el Padre para ponerlo en práctica. El dirigió las fuerzas del bien en una batalla por las almas de los hombres que comenzó antes de la fundación del mundo contra las fuerzas de Satanás y sus seguidores. Ese conflicto continúa hoy. Estábamos del lado de Jesús entonces y estamos de Su lado ahora” (“Cristianos en creencia y en acción”, Liahona, enero de 1997, pág. 79).

Élder Richard G. Scott:
“Jesucristo poseía méritos que ningún otro hijo del Padre Celestial podía tener. Antes de nacer en Belén, Él era Jehová, un Dios. Su Padre no sólo le había dado el cuerpo espiritual sino que Jesús era también Su Unigénito en la carne. Nuestro Maestro llevó una vida perfecta y sin pecado, y por lo tanto, estaba libre de las demandas de la justicia. Él era y es perfecto en todo atributo, como el amor, la compasión, la paciencia, la obe­diencia, el perdón y la humildad. Su misericordia paga nuestra deuda con la justicia si nos arrepentimos y le obedecemos. Puesto que, aun con nuestros más arduos esfuerzos por obedecer Sus enseñanzas, todavía nos quedaremos cortos, por causa de Su gracia seremos salvos ‘después de hacer cuanto podamos’ [2 Nefi 25:23]” (“Jesucristo, nuestro Redentor”, Liahona, julio de 1997, pág. 65).

Élder Robert D. Hales:
“El conocimiento y la comprensión de la doctrina de que Dios vive, de que Jesús es el Cristo y de qué tendremos la oportunidad de resucitar y vivir en la presencia de Dios él Padre y de Su Hijo Jesucristo, hace que sea posible soportar sucesos que de otro modo serían trágicos. Esa doctrina brinda un brillo de espe­ranza a un mundo que, de lo contrario, sería tenebroso y lúgubre; y contesta las sencillas preguntas: de dónde venimos, por qué estamos aquí y hacia dónde vamos. Éstas son verdades que deben enseñarse y ponerse en práctica en nuestros hogares.

“Dios vive. Jesús es el Cristo. Por medio de Su Expiación, todos tendremos la oportunidad de resu­citar. Esa no es una bendición indivi­dual; es mucho más; es una bendición para cada uno de nosotros y para nuestras familias” (“La familia eterna”, Liahona, enero de 1997, pág. 75).

Élder Jeffrey R. Holland:
“La vida trae su porción de temor y su porción de fracaso. A veces las cosas     no suceden como lo deseamos. A veces, tanto en la actuación privada como en la pública, quedamos aparentemente sin fuerzas para seguir adelante. A veces la gente nos falla, o la economía y las circunstancias fracasan, y la vida, con sus dificul­tades y pesares, puede hacer que nos sintamos muy solos.

“Sin embargo, cuando pasemos por esos momentos difíciles, testi­fico que hay algo que nunca jamás nos fallará, algo que pasará la prueba de todos los tiempos, de toda tribulación, de todo contra­tiempo y de toda transgresión. Hay algo que nunca falla: es el amor puro de Cristo…

“Testifico que, habiéndonos amado a los que estamos en el mundo, Cristo, nos ama hasta el fin. Su amor puro nunca nos falla. Ni ahora, ni nunca. Nunca” (“Aun hasta el final”, Liahona, enero de 1990, pág. 27).

Élder Henry B. Eyring:
“…Su amado Hijo Jesucristo, nuestro Salvador, sufrió y pagó el precio de nuestros pecados y los de toda la gente que vayamos a conocer. Él comprende perfectamente los sentimientos, el sufrimiento, las pruebas y las necesidades de cada persona…

“Estoy agradecido porque sé, con la misma seguridad de los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan que Jesús es el Cristo, nuestro Señor resucitado, y que es nuestro intercesor ante el Padre. Sé que el Padre dio testimonio directo de Su Hijo Amado al presentar al Señor al joven José Smith, en la Arboleda Sagrada” (“Testigos de Dios”, Liahona, enero de 1997, pág. 36), □

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