La Luz y la Vida

La Luz y la Vida

Por el élder Dallin H. Oaks
Del Quorum de los Doce Apóstoles

Algunos que profesan, ser seguidores de Cristo insisten en que los miem­bros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no somos cristianos. Incluso hay quienes se ganan la vida atacando a la Iglesia y a su doctrina. Quisiera que todos ellos pudieran tener la experiencia que yo tuve.

Un amigo que visitaba Salt Lake City por primera vez me fue a ver a mi oficina. Es un hombre instruido y un cristiano devoto y sincero. Aunque nunca hemos hablado de ello, los dos sabemos que algunos líderes de su religión han enseñado que los miembros de nuestra Iglesia no son cristianos.

Después de una breve charla sobre un asunto de interés común, le dije que deseaba mostrarle algo. Fuimos caminando hasta la Manzana del Templo y entramos en el Centro de Visitantes Norte. Miramos los cuadros de los Apóstoles y Profetas de la Biblia y del Libro de Mormón; luego nos dirigimos hacia la rampa en forma de espiral que lleva al segundo nivel. Allí, la gran estatua del Cristo Resucitado, de Thorvaldsen, domina la representación panorámica de la inmensidad del espacio y la magnificencia de las creaciones de Dios.

Amamos al Señor Jesucristo. Él es el Mesías, nuestro Salvador y nuestro Redentor.

Al entrar en ese lugar y contemplar la majestuosa imagen del Chrístus, con los brazos extendidos y mostrando en las manos las heridas de la Crucifixión, mi amigo se quedó maravillado. Estuvimos en silencio unos minutos, en una comu­nión reverente de pensamientos de veneración hacia nuestro Salvador. Luego, también silenciosamente, fuimos hasta la planta baja pasando junto al diorama del profeta José Smith arrodillado en la Arboleda Sagrada.

Después de salir de la Manzana del Templo, al despedirnos, él me estrechó la mano y me dijo: “Gracias por haberme llevado allí. Ahora entiendo algo sobre tu fe que nunca había comprendido”. Espero que toda persona que tenga dudas sobre el hecho de que somos cristianos llegue a esa misma comprensión.

Amamos al Señor Jesucristo. Él es el Mesías, nuestro Salvador y nuestro Redentor, Su nombre es el único mediante el cual podemos ser salvos (véase Mosíah 3:17; 5:8; D. y C. 18:23). Procuramos servirle; pertenecemos a Su

Jesucristo es la luz del mundo porque Él es la fuente de la luz que vivifica nuestro enten­dimiento, porque Sus ense­ñanzas y Su ejemplo iluminan nuestra senda y porque Su poder nos persuade a hacer lo bueno.

Iglesia, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Nuestros misioneros y nuestros miembros testifican de Jesucristo en muchas naciones del mundo. Como escribió el profeta Nefi, cuyas palabras se encuen­tran en el Libro de Mormón, “hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo y escribimos según nuestras profecías, para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados” (2 Nefi 25:26).

Conforme a lo que declara nuestro Artículo de Fe N° 1, “Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo”. Dios el Padre es el Padre de nuestros espíritus, el arquitecto del cielo y de la tierra, y el autor del plan de nuestra salvación (véase Moisés 1:31-33, 39; 2:1-2; D. y C. 20:17-26). Jesucristo es Su Hijo Unigénito, Jehová, el Santo y el Dios de Israel, el Mesías, “el Dios de toda la tierra” (3 Nefi 11:14).

El Libro de Mormón relata la visita del Señor resuci­tado a un pueblo de las Américas. Vestido con ropas blancas descendió del cielo y, poniéndose de pie en medio de la multitud, extendió la mano y dijo:

“He aquí, yo soy Jesucristo, de quien los profetas testi­ficaron que vendría al mundo.

“Y he aquí, soy la luz y la vida del mundo…” (3 Nefi 11:10-11).

En armonía con Sus palabras, solemnemente afir­mamos que Jesucristo es la luz y la vida del mundo. Todas las cosas fueron hechas por El. Bajo la dirección del Padre, y de acuerdo con el plan del Padre, Jesucristo es el

Creador, la fuente de la luz y de la vida de todas las cosas. Mediante la revelación moderna, tenemos registro de que Jesucristo es “el Espíritu de verdad que vino al mundo, porque el mundo fue hecho por él, y en él estaba la vida y la luz de los hombres.

“Los mundos por él fueron hechos, y por él los hombres fueron hechos; todas las cosas fueron hechas por él, mediante él y de él” (D. y C. 93:9-10).

Jesucristo es la luz del mundo porque Él es la fuente de la luz que “procede de la presencia de Dios para llenar la inmensidad del espacio” (D. y C. 88:12). La suya es “la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene al mundo” (D. y C. 93:2). Su ejemplo y Sus enseñanzas iluminan el camino por el cual debemos andar para regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial.

Durante su ministerio Jesús enseñó: “He aquí, yo soy la luz; yo os he dado el ejemplo” (3 Nefi 18:16). El Salvador hizo hincapié en la estrecha relación que hay entre Su luz y Sus mandamientos cuando enseñó a los neritas: “He aquí, yo soy la ley y la luz” (3 Nefi 15:9). Debemos vivir de tal manera que Su Espíritu nos ilumine y para que de esa forma podamos oír y prestar atención a la inspiración del Espíritu Santo, el cual da testimonio del Padre y del Hijo (véase D. y C. 20:26).

Además, Jesucristo es la luz del mundo, porque Su poder nos persuade a hacer lo bueno, “… [el] que crea estas cosas que he hablado… sabrá que estas cosas son verdaderas; porque persuade a los hombres a hacer lo bueno.

Jesucristo es la vida de) mundo por la posición sin par que tuvo en lo que las Escrituras llaman “el gran y eterno plan de redención de la muerte” (2 Nefi 11:5). Su resurrección y Su expiación nos salvan tanto de la muerte física como de la espiritual.

“Y cualquier cosa que persuade a los hombres a hacer lo bueno viene de mí; porque el bien de nadie procede, sino de mí…” (Eter 4:11-12).

Así vemos que Jesucristo es la luz del mundo porque Él es la fuente de la luz que vivifica nuestro entendi­miento, porque Sus enseñanzas y Su ejemplo iluminan nuestra senda y porque Su poder nos persuade a hacer lo bueno.

Jesucristo es la vida del mundo por la posición sin par que tuvo en lo que las Escrituras llaman “el gran y eterno plan de redención de la muerte” (2 Nefi 11:5). Su resu­rrección y Su expiación nos salvan tanto de la muerte física como de la espiritual.

Jacob se regocijó en este don de vida: “¡Oh cuán grande es la bondad de nuestro Dios, que prepara un medio para que escapemos de las garras de este terrible monstruo; sí, ese monstruo, muerte e infierno, que llamo la muerte del cuerpo, y también la muerte del espíritu” (2 Nefi 9:10).

Nuestra vida inmortal se encuentra ahora asegurada porque el Señor Resucitado nos ha redimido de la muerte física; El también expió los pecados del mundo. “Por cuanto todos pecaron” (Romanos 3:23), todos estamos muertos espiritualmente. Nuestra única esperanza de vida es el Salvador, quien “se ofrece a sí mismo en sacri­ficio por el pecado” (2 Nefi 2:7).

A fin de tener derecho a reclamar la victoria del Salvador sobre la muerte espiritual que sufrimos por nuestros pecados, debemos aceptar las condiciones que Él nos ha impuesto, mediante el arrepentimiento, el bautismo y la “obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio” (Artículo de Fe N° 3).

Debemos agradecer Su don seguro de la inmortalidad. Debemos recibir las ordenanzas y guardar los convenios que se nos requieren para recibir Su don condicional de la vida eterna, “que es el mayor de todos los dones de Dios” (D. y C. 14:7).

En resumen, los Santos de los Últimos Días se exhortan mutuamente y exhortan a los hombres y a las mujeres de todas partes, como nos dice un Profeta del Libro de Mormón, a venir “a Cristo, el cual es el Santo de Israel, y participa [r] de su salvación y del poder de su redención. Sí, venid a él y ofrecedle vuestras almas enteras como ofrenda, y continuad ayunando y orando, y perseverad hasta el fin; y así como vive el Señor, seréis salvos” (Omni 1:26).

Que Dios nos bendiga a todos para que vengamos a Cristo. Testifico que Él es nuestro Salvador y nuestro Redentor, la luz y la vida del mundo. □

Este artículo se ha adaptado de un discurso pronunciado en la confe­rencia general de octubre de 1987.

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