El cristianismo en acción

Liahona Febrero 1970

El cristianismo en acción

Por el presidente David O. McKay
(Preparado antes de su fallecimiento, el 18 de enero de 1970)

Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? Santiago 2:14

En esta importante declaración, Santiago cen­sura la impotencia de la fe como una simple percepción intelectual, e implica la importancia de la aplicación de la verdad a la vida y conducta diarias. Enseña que la “fe es muerta e inútil a menos que sea expresada en una vida y actividades cristianas verdaderas”. Ha habido, como en la actualidad, mu­cha discrepancia entre la creencia y la práctica, entre la proclamación de altos ideales y la aplicación de los mismos al diario vivir.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, aceptando a Cristo como el Hijo literal de Dios, cree que El reveló las características y per­sonalidad de Dios el Padre, verificando en este sen­tido, como El dijera: “el que me ha visto a mí, ha visto al Padre.” La Iglesia también cree que Je­sús, en su vida y enseñanzas, revela una norma de vida personal y de relaciones sociales, las cuales, si se introdujeran completamente en las vidas indivi­duales y en las instituciones humanas, no sólo aminorarían los problemas actuales de la sociedad, sino que traerían paz y felicidad a la raza humana.

Si se afirmara que durante los últimos dos mil años las llamadas naciones cristianas han fracasado en alcanzar dicha meta, respondemos que este fra­caso yace en el hecho de que no han aplicado los principios y enseñanzas del verdadero cristianismo.

Para los verdaderos seguidores de Cristo, la re­ligión debe denotar no sólo un sentido de relación con Dios, sino también una expresión de ese senti­miento en nuestras acciones con respecto a lo bueno y lo malo y a la obligación al deber.

La religión verdadera es vital

Indudablemente esta era la clase de religión en la cual pensaba Patrick Henry cuando, en la escena final de su vida, dijo: “He dejado todas mis perte­nencias a mi familia. Hay una cosa más que desearía poder brindarles, y es la religión cristiana. Si la tu­vieran y yo no les hubiera dejado un solo chelín, serían ricos; y si no poseyeran eso, y les hubiera dado todo el mundo, serían pobres.”

La religión pura nos ofrece el poder de levantar­nos sobre la vida egoísta, sensual y sórdida de lo que Eucken llama “naturaleza pura”, y nos permite “ex­perimentar una divinidad en la vida, más alta y más allá del mundo de la realidad”.

“Sin esta religión,” continúa este filósofo, “no puede existir una civilización verdadera. Una civilización que rechaza todo contacto con una vida sobrenatural y se rehúsa a establecer esas misteriosas relaciones interiores, gradualmente se convierte en una parodia de la civilización.”

Por más de seis mil años, la familia humana ha sufrido de expresiones y manifestaciones desenfre­nadas de egoísmo, odio, envidia y avaricia—pasiones animales que han conducido a las guerras, devasta­ción, pestilencia y muerte. Si se hubieran observado los principios más sencillos de las enseñanzas del Salvador, todo esto podría haberse evitado.

Constantemente, la Iglesia amonesta a los santos a que vivan de acuerdo a los principios del evangelio: rendir la reverencia debida a Dios y a todas las cosas sagradas; vivir vidas de honestidad e integridad, pa­gar los diezmos y ofrendas, recordar las oraciones diarias, observar el día de reposo y refrenarse del uso de estimulantes tales como té, café, bebidas alcohólicas, tabaco y narcóticos.

El testimonio es fortalecedor

Quisiera que todos pudiéramos tener un testi­monio como el de Job, quien, en medio de su aflic­ción, dijo:

Yo sé que mi Redentor vive: y al fin se levan­tará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios; Al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mi corazón desfallece dentro de mí. (Job 19:25-27)

Está de conformidad a las palabras, ideales y en­señanzas del evangelio que darán tal testimonio, y la fortaleza de cada individuo estará de acuerdo a la fortaleza y sinceridad de ese testimonio. Cuando lo poseemos, podemos resistir las tentaciones que nos sobrevienen.

Esto me recuerda una carta que recibí hace algún tiempo de una de nuestras jovencitas, que decía: “Creo en la oración, asisto a la Escuela Dominical”; y mencionó otros servicios de la Iglesia. Entonces confesaba una debilidad, una indulgencia, que era para su preciosa alma como la escarcha mortal para la rosa; y ella carecía de fortaleza, la fortaleza para resistir, lo cual le causó mucha aflicción a esa her­mosa joven.

Lo que hacemos en las conferencias, en nuestros barrios, en nuestros grupos, nos fortalece para resis­tir la maldad que existe en el mundo. Todos nece­sitamos esta fortaleza; y a este respecto, una gran responsabilidad recae sobre los líderes de la Iglesia —oficiales de estaca, líderes en nuestros barrios, quórumes y organizaciones—porque los jóvenes nos observan. Primero debemos poner el ejemplo obedeciendo los principios del evangelio; viviéndolos y teniendo paciencia y fe para esperar la respuesta de nuestro Padre Celestial y recibir su inspiración con­cerniente a algunos problemas, muchos de los cuales no podemos entender.

Cuatro principios

Estos principios son sencillos, y si se desea, toda persona normal puede ponerlos en práctica. El primero, que es el fundamento sobre el cual está edifi­cada una verdadera sociedad cristiana, es:

Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, mente y fuerza. . . . Una creencia en un Ser Supremo que vive y que ama a sus hijos. . . una creencia que instila poder y vigor al alma. Una seguridad de que se puede recurrir a Él para recibir guía, y que Él se manifestará a aquellos que lo busquen.

El otro es:

Aceptar la verdad de que la vida es un don de Dios y que, por lo tanto, es divina. El uso adecuado de este don impele al hombre a convertirse en el maestro, y no en el esclavo de la naturaleza. Debe controlar y usar sus apetitos para el beneficio de su salud y la prolongación de su vida; debe dominar y controlar sus pasiones para felicidad y bendición de otros, y perpetuidad de la humanidad.

El tercer principio es:

Integridad personal: Con esto me refiero clara­mente a una honestidad diaria, sobriedad y respeto por los derechos de los demás, de manera de ganar la confianza de nuestros semejantes. Esto se aplica a las naciones, así como a las personas; es tan inco­rrecto para una nación poderosa robarle a otra y oprimirla, como lo es para un individuo robar y matar a su prójimo.

El cuarto principio es:

Sentimiento social que despierta en cada indi­viduo la idea de que es su deber hacer el mundo me­jor por formar parte de él. El verdadero corazón y el espíritu de esta norma quedan expresados en la declaración del profeta José Smith: “Si mi vida no tiene ningún valor para mis amigos, ningún valor tiene para mí.”

Algún día, los seres humanos inteligentes se da­rán cuenta de la importancia de vivir en buenas re­laciones unos con otros. Esta condición puede lo­grarse no sólo con la simple creencia, ni con exhor­taciones, sino mediante la aplicación en nuestras vidas de los principios del Evangelio de Jesucristo, los cuales bendicen a aquel que los observa y a todos aquellos que están dentro del resplandor de ese dulce espíritu.

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