Podemos mejorar, parte 2: Cómo hallar nuestro lugar en la Iglesia de Jesucristo

Podemos mejorar, parte 2: Cómo hallar nuestro lugar en la Iglesia de Jesucristo

Por Betsy VanDenBerghe
La autora vive en Utah, EE. UU.

No dejen que otras personas les impidan disfrutar de las bendiciones de ser miembros de la Iglesia de Cristo.

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Nota de los editores: Independientemente de cuán firme sea nuestra creencia en el evangelio de Jesucristo, puede ser difícil mantenerse fieles cuando no nos sentimos integrados. Los líderes de la Iglesia trataron recientemente esta dificultad en una serie de videos titulada Unity in Diversity [Unidad en la diversidad]. En el artículo “Podemos mejorar: Cómo recibir a otras personas en el redil”, del ejemplar de septiembre de 2017, tratamos la responsabilidad que tenemos de que las personas se sientan bienvenidas. En este artículo, la segunda parte, veremos cómo ser responsables de nuestra propia fe sin importar que nos sintamos integrados o no.

Después de ochos años sin asistir a la Iglesia, Paulo (todos los nombres se han cambiado) recibió una llamada telefónica de su obispo en Brasil que le preguntó cómo se encontraba. Paulo anhelaba regresar, pero muchas preocupaciones le impedían volver a ser plenamente activo. ¿Cómo podía evitar compararse, pues aún seguía soltero, con aquellos que estaban casados y tenían hijos? ¿Tendría amigos en la Iglesia después de tanto tiempo y, de ser así, qué pensarían de él? ¿Aún sería capaz de sentir el Espíritu como lo había sentido durante su conversión y su misión, o tendría fe suficiente para aceptar llamamientos?

Un mes después de la llamada telefónica, Paulo vio al presidente Dieter F. Uchtdorf, Segundo Consejero de la Primera Presidencia, dar un discurso de conferencia titulado “Vengan, únanse a nosotros”1. “Aquel discurso me llegó al corazón”, recuerda, y a las pocas semanas estaba sentado en el estacionamiento del centro de reuniones, tembloroso y ofreciendo una oración en silencio para tener fuerza para salir del auto y entrar en el edificio.

“No todo fue perfecto”, recuerda de su primer año tras su regreso. No resultó fácil encajar. Sin embargo, el sentimiento de conexión con el Salvador y un fuerte deseo de tener una recomendación para el templo le permitieron superar sus inseguridades; empezó a leer las Escrituras y a orar de nuevo. “Si uno no se rinde, recibe fortaleza y puede sentir cómo le bendice el Señor”, aconseja a los que tienen dificultades para sentirse aceptados. “Tengo un testimonio de que esta es la Iglesia de Cristo, pero es con Él con quien se sentirán verdaderamente integrados”.

El relato de Paulo representa varios de los puntos que los líderes de la Iglesia describen en la serie de videos Unity in Diversity [Unidad en la diversidad]. Sus mensajes brindan esperanza y consejo a quienes no se sienten integrados. A veces nos sentimos solos, incluso en la Iglesia, pero como indican estos líderes y miembros, hay cosas que podemos hacer para ayudarnos a superar dificultades como la exclusión o el trato pésimo de otras personas. Podemos evitar las comparaciones, avanzar entre la incertidumbre, saber que siempre es posible volver y, por encima de todo, confiar en el Salvador.

Eviten las comparaciones: Todos seremos bendecidos al final

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“Compararse con otras personas conduce al desánimo o al orgullo… Se reciben bendiciones a corto y a largo plazo. En mi opinión, a veces las bendiciones se reservan para después de cruzar el velo… En última instancia, podemos tener la certeza de que la promesa de la vida eterna es para todos”.

—Élder Gary E. Stevenson, del Cuórum de los Doce Apóstoles

Rochelle se mudó a un modesto dúplex en una zona adinerada en el oeste de los Estados Unidos tras haber pasado un tiempo en un refugio de desamparados. Divorciada y al cuidado de varios hijos, tenía dos empleos, a veces tres, para poder ganar suficiente para comida y alquiler, y había estado menos activa en la Iglesia, asistiendo de vez en cuando, desde su conversión.

“Aunque casi todos en mi nuevo barrio parecían estar mejor económicamente que yo”, explica ella, “me tendieron una mano y aceptaban mi manera de vestir. Realmente todos se preocupaban por mí”.

“Aunque sentía una fuerte presión económica, Rochelle nunca se resintió con los demás por sus circunstancias más favorables. “Quiero estar más segura, definitivamente, pero nunca vi las casas de mis vecinos y sentí que Dios me había dejado atrás”, recuerda ella. “Podía sentirlo a Él caminando a mi lado a pesar de mis malas decisiones”.

Si bien el horario de trabajo de Rochelle ha sido complicado en ocasiones, los líderes del barrio y los amigos la ayudaron a cumplir con su anhelo de asistir al templo. “El ir al templo con regularidad me ayuda a estar agradecida por todo lo que he conseguido”, comenta ella. “No me preocupa que otros parezcan estar en mejores condiciones que yo”.

Rochelle admite que ella y sus hijas tienen sus problemas y que “nos son una familia SUD perfecta”. Sin embargo, reconoce que “todos tienen problemas y que ninguna familia es realmente perfecta”, una perspectiva que la libera de mirar de reojo a los demás en vez de centrarse en su relación con Dios.

“Mis hijas pueden ver la diferencia que el Evangelio ha marcado en mi vida”, dice ella. “Yo también puedo sentir la diferencia, y estoy lo suficientemente ocupada con el trabajo, la familia y la Iglesia que no tengo tiempo para compararme. Simplemente estoy contenta de estar en la senda correcta”.

Manténganse fuertes: Cristo puede transformarlos

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“La persona sentada a mi lado que me ignora o que incluso quiere que me vaya… no cambia la realidad de lo que Cristo siente por mí y de las posibilidades que tengo en Él… Cada persona necesita tener la determinación de que va a tener un lugar en el reino de Dios [y en] el cuerpo de Cristo, y que las personas desconsideradas o descuidadas, o peor que eso, no pueden impedirlo”.

—Élder D. Todd Christofferson, del Cuórum de los Doce Apóstoles

De pequeño, Matthew asistió a la Iglesia en ramas pequeñas. Él y su esposa, una conversa de Ucrania, se acostumbraron a tener varios llamamientos y a participar plenamente en comunidades SUD internacionales, pero entonces se mudaron a los Estados Unidos. Los barrios grandes y las expectativas culturales diferentes les hacían sentirse “innecesarios y a la deriva”, recuerda él. “Parecía que no lográbamos encajar. Nos sentíamos ignorados, carentes de algo edificante y de conexión los domingos”.

Su frustración alcanzó un punto crítico cuando, tras mudarse a otra ciudad, Matthew y su esposa recibieron la visita de un líder local del sacerdocio cuyo propósito terminó siendo pedirles que controlaran a su niño pequeño durante la reunión sacramental. Profundamente dolido, Matthew consideró no volver jamás al centro de reuniones local. “Lo que me frenó”, explica, “fue mi testimonio de que esta es la Iglesia del Señor y que el Salvador me quiere en ella. Participar en el Evangelio tiene consecuencias que van más allá de cualquier daño o encuentro personal que tenga en esta vida”.

A veces las situaciones en la Iglesia pueden hacer que nos sintamos solos, marginados o innecesarios, un fenómeno que no es único de los santos de los últimos días. El escritor católico David Mills describe el reto que enfrentan los fieles que interactúan con personas que son “más ricas o más pobres, con más o menos formación académica que usted. Tal vez sean de una raza, etnia o edad diferente a la suya”. Y explica que tal vez no incluiríamos a ninguna de ellas en nuestras diversas redes sociales. Sin embargo, el compromiso religioso implica relacionarse con gente a la que no escogemos y “supone uno de los pocos sitios que quedan que se parecen más a una comunidad que a una red… Debe aprender a amar a esas personas, o al menos actuar con amor, cuando no se tiene el deseo de hacerlo”2. Confiar en Dios cuando no es posible bloquear o dejar de seguir a las personas de su comunidad religiosa suele ser la única manera de superar el problema.

Matthew descubrió que confiar en lo divino es crucial para mantenerse activo en la Iglesia. “Lo único que a veces me ha ayudado a seguir es mi testimonio de Cristo”, explica. “El Evangelio es mayor que cualquiera de nosotros. Cristo ve lo que nosotros no podemos; Él sabe lo que podemos llegar a ser y tiene sitio para todos”.

Jasmin, una miembro del sur de los Estados Unidos, admite que “me costó mucho llevarme bien con una hermana de mi barrio que parecía entrometerse mucho en mi vida, y dejé que eso me distanciara”. Pero cuando la preocupación por su hijo pequeño empezó a superar la incertidumbre de cómo sería regresar, Jasmin supo que era el momento de “no dejar que las opiniones de los demás me alejaran de Cristo, tanto si sentía o no que alguien del barrio me miraba con desprecio”.

Hizo acopio de suficiente valor para salir un domingo en medio de una tormenta de nieve e ir a donde su pequeña familia no tardó en sentirse aceptada por amigos que podían ayudarles a crecer en la Iglesia de Jesucristo. “Lamento haberme ido”, dice, “pero me siento agradecida porque no me rendí y seguí adelante, porque ni los demás ni yo somos el centro del Evangelio: lo es mi Salvador”.

Den un paso en la oscuridad y se hará la luz

members of the Church

“El hombre y la mujer naturales dicen: ‘Nada ni nadie hará que dé un paso hacia la oscuridad mientras no haya luz y sepa a dónde voy’. El requisito es dar el paso anticipando que, cuando el pie toque el suelo, se hará la luz”.

—Élder David A. Bednar, del Cuórum de los Doce Apóstoles

A veces a los miembros nuevos les cuesta mantenerse arraigados en el Evangelio cuando no tienen la completa certeza de qué les deparará el futuro. Para Mei-Hsin, una ama de casa de Taiwán, aprender acerca de este aspecto de la fe incluyó la admonición del Evangelio de traer hijos al mundo, un paso difícil porque “en mi cultura muchos tienen un solo hijo o tienen una mascota”, puntualiza. Cada embarazo la ha obligado a dar un paso hacia lo desconocido y a veces hasta ignorar fuertes críticas de familiares y de la cultura en general.

A veces avanzar requiere caminar hacia lo desconocido, lo cual puede resultar intimidante para quienes son nuevos en la fe, pues requiere desarrollar la confianza de que el Señor les ayudará durante el camino. Sentir desasosiego e incertidumbre, afirma el élder Bednar, es una parte normal de nuestro proceso de aprendizaje y crecimiento, pero otras veces caminar hacia lo desconocido —tanto si ello implica formar una familia o volver a participar en la Iglesia— puede ser particularmente sobrecogedor porque el testimonio se recibe después de la prueba de nuestra fe (véase Éter 12:6). Mei-Hsin y su esposo recibieron dicho testimonio después de crear una familia. “Somos felices y estamos agradecidos por nuestros hijos”, dice ella. “Hemos aprendido a vivir frugalmente, a ayudarnos y a amarnos unos a otros. Agradezco haberlos traído al mundo”.

Con frecuencia, los primeros pasos son los más difíciles. Según el élder Bednar, “la primera vez que [damos un paso en la oscuridad] no hay duda, pero sí un poco de incertidumbre y hasta puede que un poco de aprensión, lo cual es bastante normal”. Si bien el proceso de avanzar no puede ser totalmente fácil (“un ciclo perfecto que no se interrumpe jamás”, explica), crecemos gradualmente “línea por línea” con nuestra fe aumentando de modo incremental.

Avanzar requiere práctica, aconseja Lazare, de Georgia, un converso de un país fronterizo con Rusia y Europa. Aprender a confiar en sus amigos SUD fue el primer paso, tras lo cual accedió a recibir una bendición del sacerdocio. “Entonces pude pasar a las lecciones de los misioneros”, explica. A medida que aumentaba su fe en Jesucristo, Lazare dio “el gran paso del bautismo aun cuando no estaba seguro al cien por ciento. Pero el Señor me dio valor en cada fase y ahora agradezco haberlo hecho”.

No se den por vencidos

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“A las personas que creen que han pecado demasiado, que creen que han ido demasiado lejos o que llevan mucho tiempo alejados y de alguna manera creen que no pueden volver al círculo, les digo: nadie puede caer por debajo del brillo de la luz de Cristo. Eso no es posible”.

—Élder Jeffrey R. Holland, del Cuórum de los Doce Apóstoles

Habiendo crecido en Utah, EE. UU., en una familia SUD devota, Brian sentía que la Iglesia no era para él. “Me encantaban los juegos de fantasía, las películas y la música rock”, dice, “no el escultismo, las Escrituras ni los deportes”. En cuanto pudo irse de casa, se mudó a un apartamento y “me abrí al mundo, incluso el sexo y las drogas”. Después de un periodo de tiempo que él llama de “vida disoluta y experimentación”, tuvo problemas económicos y sus padres lo acogieron de nuevo, aunque no volvió a la Iglesia.

El nacimiento de una hermanita hizo que Brian se replanteara sus puntos de vista. La primera vez que la tomó en brazos, recuerda, “supe que no era solo otro tipo de animal”. Algo aprensivo, asistió a la bendición de su hermanita y cuando llegó el momento de la Santa Cena, “no la tomé, aunque una parte de mí tenía hambre espiritual de ella”.

En un intento por aclarar sus sentimientos encontrados, Brian empezó a llevar un diario. “Una noche me quedé hasta tarde escribiendo acerca de mi dilema espiritual”, dice, “y tuve mi primera experiencia espiritual, aunque no con el bando bueno”. Sintió una fuerza maligna, repleta de odio y enojo, que intentaba adueñarse de su alma. “Después de eso”, explica, “supe que necesitaba al Señor”. Pero habiéndose alejado tanto, Brian se preguntaba: “¿Podía ser digno de Su ayuda y protección?”. También se preguntaba si alguna vez podría volver a participar de la Santa Cena.

El camino de regreso fue duro. No resultó fácil dejar de fumar; confesarse con el obispo requirió valor; fue difícil dejar atrás a sus antiguos amigos y actividades. Su familia, su novia y su obispo, todos le apoyaron, pero Brian descubrió su mayor fuente de fortaleza en Jesucristo.

“Descubrí que el Señor estaba ansioso por ayudarme”, recuerda. “Se presentaron nuevas oportunidades para reemplazar mis antiguas actividades. Cuanto más me esforzaba por vivir el Evangelio, más claro se tornaba el camino”. A medida que Brian confiaba en el Señor y descubría Su disposición para perdonar y sanar, la Santa Cena cobró un sentido mayor para él y le ayudó a acercarse más al Salvador. “Aunque había tomado el pan y el agua cientos de veces cuando era niño, por fin pude participar de la Santa Cena como si fuera la primera vez”.

Nadie puede ocupar tu lugar

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Salir del auto y entrar en la Iglesia, tender una mano a otros miembros, superar situaciones hirientes, vivir el Evangelio sin la plena seguridad de lo que deparará el futuro y confesar los pecados… todos recorremos sendas difíciles e inciertas en nuestro camino hacia el árbol de la vida (véase 1 Nefi 8).

Nuestro compromiso personal de seguir al Salvador es esencial para llegar a salvo. Si bien el aliento, el amor y la aceptación de los líderes y miembros de la Iglesia es importante, cada uno de nosotros puede enfrentarse a ocasiones en las que debemos estar dispuestos a seguir al Salvador, aun si sentimos que lo estamos haciendo solos.

Ocupen su lugar en la Iglesia de Jesucristo. No se comparen, dejen que Cristo los transforme, den pasos de fe que serán recompensados y sepan que nunca es demasiado tarde para volver. “Por tanto, si marcháis adelante, deleitándoos en la palabra de Cristo, y perseveráis hasta el fin, he aquí, así dice el Padre: Tendréis la vida eterna” (2 Nefi 31:20).

Notas

1. Véase Dieter F. Uchtdorf, “Vengan, únanse a nosotros”, Liahona, noviembre de 2013, págs. 21–24.
2. David Mills, “Go to Church, Meet Annoying People”, 1 de febrero de 2017, aleteia.org/2017/02/01/go-to-church-meet-annoying-people.

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