José Smith: DE LA DEBILIDAD A LA FORTALEZA

José Smith: DE LA DEBILIDAD A LA FORTALEZA

Por el élder Marcus B. Nash
De los Setenta

Si nosotros, al igual que José Smith, reconocemos nuestra debilidad y acudimos al Señor con fe, también seremos fortalecidos.

[Nota de los traductores: En este artículo se citan varias veces los propios escritos de José Smith. En inglés, las citas contienen algunos errores de ortogra­fía, puntuación y del uso de las mayúsculas. (La ortografía del inglés americano no se empezó a estandarizar hasta finales de 1820). Sin embargo, para facilitar la lectura, las citas se tradujeron sin repetir esos errores].

Hace miles de años, José de antaño profetizó: “… Así me dice el Señor: Levanta­ré a un vidente escogido del fruto de tus lomos… y a él daré poder para llevar mi palabra… Y de la debilidad él será hecho fuerte” (2 Nefi 3:7, 11, 13).

Me fascina y me inspira esta profecía de que “de la debilidad él será hecho fuerte”. Puede parecer ilógico que el Señor llame a los débiles para llevar a cabo una obra majestuosa. Sin embargo, quienes reconocen su debilidad pueden sentirse motivados por esa misma debilidad a buscar la fortaleza del Señor. Aquellos que se humillan con fe serán fortalecidos por Aquel que tiene todo poder en el cielo y en la tierra (véanse Mateo 28:18; Mosíah 4:9)1.

Desde su juventud, José Smith acudió al Señor en esos términos. Cuando tenía 14 años, José anhelaba recibir el perdón de los pecados y saber cuál era la iglesia correc­ta. Él escribió: “… no obstante la intensidad de mis sentimientos, que a menudo eran punzantes… era imposible que una persona tan joven como yo, y sin ninguna expe­riencia en cuanto a los hombres y las cosas, llegase a una determinación precisa sobre quién tenía razón y quién no” ( José Smith—Historia 1:8).

Plenamente consciente de esa debilidad, José fue a la Arboleda Sagrada para averiguar dónde podría hallar la Iglesia de Dios. Preguntó para poder hacer algo al respecto, para poder unirse a esa iglesia (véase José Smith—Historia 1:18). Como respuesta a su humilde y sincera petición, Dios el Padre y Su Hijo Jesucristo se aparecieron a José. Al hacerlo, lo libraron del poder del maligno y prepararon la vía para la Restauración (véase José Smith—Historia 1:14–19).

José Smith no negaba que él pertenecía a “lo débil del mundo” (D. y C. 1:19; 35:13). Años después, el Señor se dirigió a él de la siguiente manera: “… para este fin te he levantado, para manifestar mi sabiduría por medio de las cosas débiles de la tierra” (D. y C. 124:1).

Un muchacho desconocido

José se describió a sí mismo como “… un muchacho desconocido… que estaba bajo la necesidad de ganarse un escaso sostén con su trabajo diario” ( José Smith—Historia 1:23). Nació en un estrato social bajo y tuvo una limitada educación formal. El primer intento que hizo para escribir su historia pone de manifiesto la débil condición en que se encontraba cuando fue llamado a la obra.

“Nací en el pueblo de Sharon en el estado de Vermont Norteamérica, el día veintitrés de diciembre de 1805 d. C., de buenos padres, que no escatimaron esfuerzos para instruirme en la religión cristiana. Cuando tenía unos diez años mi padre, Joseph Smith, se mudó a Palmyra, condado de Ontario, en el estado de Nueva York; y por encontrarnos en condiciones indigentes se veía obligado a trabajar ardua­mente para mantener a una familia grande, ya que había nueve niños; y puesto que se exigía el esfuerzo de todos los que estábamos capacitados para ayudar en el mantenimien­to de la familia, nos vimos privados del beneficio de una instrucción escolar. Baste decir que yo apenas había apren­dido a leer y escribir y las reglas básicas de Aritmética” 2.

José sentía tan profundamente su falta de escolarización que una vez se lamentó por estar atrapado en “la pequeña y estrecha prisión casi como si fuera la oscuridad absoluta del papel, la pluma y la tinta, y un lenguaje enrevesado, entre­cortado, disperso e imperfecto” 3. A pesar ello, el Señor lo llamó a traducir el Libro de Mormón —las 588 páginas del libro que se publicaron originalmente—, cosa que hizo en menos de 90 días.

Cualquiera que lo piense claramente llegará a la conclu­sión de que es imposible que José, quien tenía una forma­ción académica tan débil, llevara a cabo semejante tarea por sí solo, y las explicaciones que algunas personas han urdido son mucho más difíciles de creer que la verdadera explicación: él era un profeta que traducía por el don y el poder de Dios.

El testimonio de Emma

Hacia el final de su vida, Emma Smith recordó que en la época en que su esposo tradujo las planchas de oro, él “no era capaz de escribir ni dictar una carta coherente y bien formulada, ni mucho menos dictar un libro como el Libro de Mormón; y aunque participé activamente en las situaciones que ocurrieron, me resulta tan maravilloso, ‘una maravilla y un prodigio’, como a cualquier otra persona” 4.

Con el contexto que ofrece esta historia, es interesante ver la primera página del primer diario de José, fechado el 27 de noviembre de 1832 (que aparece a la derecha). Él escribió esto aproximadamente tres años y medio después de finalizar la traducción del Libro de Mormón. Observen que escribe y luego tacha las siguientes palabras:

“Libro de Registro de José Smith, hijo, comprado para apuntar todas las menores circunstancias que se someten a mi observación”.

Al tomar este diario en mis manos y leer las palabras tachadas, me he imaginado a José sentado en un ambiente rústico de la frontera de los Estados Unidos, escribiendo la primera oración y luego pensando: “No, no salió bien; voy a intentarlo de nuevo”. Así que tacha la oración y escribe: “Libro para Registro de José Smith, comprado el 27 de noviembre de 1832, con el propósito de llevar un pequeño recuento de todas las cosas que se someten a mi observación & c— —”.

Por fin, probablemente sin estar satisfecho del todo con las palabras forzadas y vacilantes que acababa de redactar, escribe: “Oh que Dios permita que yo sea guiado en todos mis pensamientos. Oh, bendice a tu Siervo. Amén” 5. En esta oración percibo que José sentía su ineptitud y debili­dad, e invocaba a Dios con fe para que lo guiara en todo lo que hiciera.

Ahora bien, comparen esa entrada del diario con la copia de una página del manuscrito original del Libro de Mormón, transcrita en algún momento entre abril y junio de 1829 (aparece en la página siguiente).

Observen la prosa fluida, sin puntuación ni tachaduras. No fue una composición. José la dictó palabra por palabra mientras fijaba la vista en instrumentos que el Señor había preparado para él —entre ellos el Urim y Tumim y, en oca­siones, una piedra de vidente—, usando un sombrero para cubrir sus ojos de la luz externa a fin de ver claramente las palabras a medida que aparecían (véanse 2 Nefi 27:6, 19–22; Mosíah 28:13). Como pueden ver, existe una amplia diferencia entre la traducción del Libro de Mormón y la entrada del diario: una es producto de José Smith, el pro­feta, vidente y revelador; la otra es producto de José Smith, el hombre. Si observan cuidadosamente este manuscrito original de la traducción, leerán palabras que deben haber sido alentadoras para José:

“Y sucedió que yo, Nefi, dije a mi padre: Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da mandamientos a los hijos de los hombres sin preparar­les una vía para que cumplan lo que les ha mandado” (1 Nefi 3:7).

Poco antes de esas palabras, él había traducido lo siguiente: “Pero he aquí, yo, Nefi, os mostraré que las tiernas misericordias del Señor se extienden sobre todos aquellos que, a causa de su fe, él ha escogido, para hacerlos poderosos, sí, hasta tener el poder de librarse” (1 Nefi 1:20).

Sí, uno de los temas del Libro de Mormón —y de la vida del profeta José— es que los débiles que buscan humilde­mente al Señor con fe son hechos fuertes, incluso podero­sos, en la obra del Señor. Dicho fortalecimiento ocurre aun en cosas aparentemente pequeñas.

Por ejemplo, José, quien tenía mala ortografía, corrigió la forma en que Oliver Cowdery, su principal escribiente, escribió el nombre Coriántumr (véase Helamán 1:15). La primera vez que José le dictó el nombre a Oliver, este escri­bió Coriantummer, lo cual era razonable porque ninguna palabra en inglés termina en “mr”. Sin embargo, José —quien tenía tan mala ortografía como para aceptar la forma de dele­trear el nombre que el Señor le dio— corrigió la forma de escribirlo durante la traducción. Ahora sabemos que, aunque dicha forma de escribirlo es inusual en inglés, está perfecta­mente bien escrita en egipcio, y encaja en el marco del Viejo Mundo. José no podría haber sabido eso sino por revelación6.

Podemos ser fortalecidos

El milagro de la traducción del Libro de Mormón es un ejemplo de cómo José, de la debilidad, fue hecho fuerte. Hay otra lección, una más personal: Si nosotros, al igual que José, reconocemos nuestra debilidad y acudimos al Señor con fe y con todo nuestro corazón, con la determi­nación de hacer Su voluntad, también seremos fortalecidos en nuestra debilidad. Eso no significa necesariamente que la debilidad desaparecerá en la vida mortal, sino que Dios hará fuerte a tal persona.

José reconocía humildemente sus imperfecciones. Él comentó que cuando era joven “manifestaba las debilida­des de la juventud y las flaquezas de la naturaleza humana” ( José Smith—Historia 1:28). Hacia el final de su vida, les dijo a los santos de Nauvoo que él “… no era sino un hom­bre, y no debían esperar que fuese perfecto… pero que si toleraban [sus] debilidades y las de los hermanos, de igual manera [él] toleraría sus debilidades” 7.

José jamás fingió ser perfecto ni infalible, pero reconocía que el poder de Dios se ejercía por medio de él cuando actuaba como profeta: “Cuando hablo como hombre, es tan solo José el que habla, mas cuando el Señor habla a través de mí, ya no es José Smith quien habla, sino Dios” 8.

Por tanto, de la debilidad, José fue hecho fuerte; lo sufi­cientemente fuerte como para hacer “más por la salvación del hombre… exceptuando solo a Jesús” (D. y C. 135:3), que cualquier otro profeta de la historia.

Del mismo modo, de la debilidad, nuestro inmutable Dios nos hará fuertes a ustedes y a mí si acudimos a Él con fe y con verdadera intención de corazón, como lo hizo José.

Oración y humildad

Según Su química celestial, el Señor nos da debilidad para que nos hagamos fuertes de la única manera que importa en esta vida y en la eternidad: mediante Él. Él dice: “y si los hombres vienen a mí, les mostraré su debilidad. Doy a los hombres debilidad para que sean humildes; y basta mi gracia a todos los hombres que se humillan ante mí; porque si se humillan ante mí, y tienen fe en mí, entonces haré que las cosas débiles sean fuertes para ellos” (Éter 12:27).

Según esta Escritura, se nos da debilidad para que sea­mos humildes. Aquellos que deciden humillarse y ejercer fe en Él serán hechos fuertes. Nuestra humildad ante Dios, por tanto, es un catalizador esencial para que la fortaleza y el poder de Dios se manifiesten en nuestra vida.

Hay quienes “… se creen sabios, y no escuchan el consejo de Dios, porque lo menosprecian, suponiendo que saben por sí mismos; por tanto, su sabiduría es locura, y de nada les sirve” (2 Nefi 9:28). El antídoto para este tipo de orgullo es “[considerarnos] insensatos ante Dios y [descender] a las profundidades de la humildad” (2 Nefi 9:42).

Desde su juventud, José comprendió que una de las claves para cultivar la humildad es acudir a nuestro Padre Celestial mediante la oración franca y sincera. Daniel Tyler, uno de los primeros miembros de la Iglesia, recordó una época en la que muchas personas de Kirtland se habían vuelto en contra del Profeta. El hermano Tyler, quien esta­ba presente en una reunión en la que el Profeta oró con la congregación en busca de la ayuda del Señor, describió la experiencia con las siguientes palabras:

“Yo había oído orar a hombres y mujeres… pero nunca, hasta entonces, había oído a hombre alguno dirigirse a su Hacedor como si Él hubiese estado presente escuchándole, como un padre bondadoso escucharía los pesares expresa­dos por un hijo obediente. En ese entonces José no era ins­truido, pero esa oración, que hasta cierto punto fue a favor de aquellos que lo acusaban de haberse descarriado… se embebió del aprendizaje y la elocuencia del cielo… A mí me parecía que si se hubiera descorrido el velo, podría haber visto al Señor frente al siervo más humilde que yo hubiese visto” 9.

La fortaleza proveniente de la debilidad

Cuando José tenía 17 años, Moroni le dijo que “Dios tenía una obra para mí, y que entre todas las naciones, tribus y lenguas se tomaría mi nombre para bien y para mal, o sea, que se iba a hablar bien y mal de mí entre todo pueblo” ( José Smith—Historia 1:33).

Estoy seguro de que, en aquel entonces, muchos pensa­ron que tal declaración era evidencia de delirios de grandeza; sin embargo, en el mundo de hoy, por medio de internet, el nombre de aquel desconocido y joven granjero es conocido en todo el mundo, y se habla bien y mal de él.

Justo antes de que José y Hyrum afrontaran la muerte en Carthage, Illinois, Hyrum leyó en voz alta a José y a otros que estaban con ellos en la celda de la prisión, y luego dobló la página que contiene las siguientes palabras:

“Y sucedió que le imploré al Señor que diera gracia a los gentiles, para que tuvieran caridad.

“Y aconteció que el Señor me dijo: Si no tienen caridad, es cosa que nada tiene que ver contigo; tú has sido fiel; por tanto, tus vestidos estarán limpios. Y porque has visto tu debilidad, serás fortalecido, aun hasta sentarte en el lugar que he preparado en las mansiones de mi Padre” (Éter 12:36–37).

En un sentido literal, es de la debilidad que José fue hecho fuerte. Motivado, en parte, por su debilidad, procuró la ayuda de Dios con fe y con la determinación de actuar de acuerdo con Su voluntad. Acudió a nuestro Padre Celes­tial en esos términos a lo largo de su vida. Como resultado, experimentó la Primera Visión, tradujo el Libro de Mormón, recibió llaves del sacerdocio, organizó la Iglesia restaura­da de Cristo y trajo a la tierra la plenitud del evangelio de Jesucristo. El profeta José se hizo fuerte poco a poco; no se volvió poderoso de un momento a otro. Recibió fortaleza, y la recibiremos ustedes y yo, “línea sobre línea, precepto tras precepto; un poco aquí, y otro poco allí” (D. y C. 128:21; véanse también Isaías 28:10; 2 Nefi 28:30).

Así que no se desanimen; el proceso de hacerse fuerte es gradual y requiere paciencia y una firme determinación de seguir al Salvador y obedecer Su voluntad, pase lo que pase.

El don ha vuelto

William Tyndale, quien tradujo y publicó la Biblia en inglés en el siglo XVI, le declaró a un hombre instruido que se oponía a que la Biblia estuviese al alcance de la gente común: “Si Dios me preserva la vida, de aquí a pocos años haré que el joven que guía el arado sepa más sobre las Escrituras que ustedes” 10.

En un curioso paralelismo, 300 años después, Nancy Towle, una famosa predicadora viajante de la década de 1830, visitó Kirtland para observar personalmente a los “mormones”. Cuando conversó con José Smith y otros líderes de la Iglesia, criticó la Iglesia con aspereza.

Según el registro de Towle, José no pronunció palabra hasta que ella se dirigió a él y le exigió que jurase que un ángel le había mostrado dónde se hallaban las planchas de oro. Él respondió cordialmente que nunca juraba, en absoluto. Al no lograr irritarlo, ella trató de menospreciarlo. “¿No le avergüenzan tales afirmaciones?”, preguntó. “¡Usted, que no vale más que cualquier ignorante labrador de nues­tra tierra!”

José contestó con calma: “El don ha vuelto, como en los tiempos antiguos, a pescadores analfabetos” 11.

Las palabras de Tyndale fueron proféticas: un joven que guiaba el arado llegó a conocer más sobre las Escrituras que cualquier otro hombre que jamás haya existido, a excepción del Salvador.

Ciertamente, la Iglesia y el evangelio restaurados de Jesucristo no son la obra de José Smith, un “labrador” de la frontera de los Estados Unidos. Más bien, son la obra del Señor Jesucristo, restaurada mediante José Smith, el Profeta. Al pensar en su vida, José tal vez se haya sentido identifi­cado con la observación de Jacob de que “… el Señor Dios nos manifiesta nuestra debilidad para que sepamos que es por su gracia y sus grandes condescendencias para con los hijos de los hombres por las que tenemos poder para hacer estas cosas” ( Jacob 4:7).

Sé que José Smith fue y es un profeta de Dios, hecho fuerte a partir de su debilidad. El presidente Brigham Young (1801–77) dijo: “Siento como que quisiera exclamar ‘¡Aleluya!’ en todo momento al pensar en que llegué a conocer a José Smith, el Profeta” 12. Aunque no he tenido ese privilegio en esta vida, recibo consuelo por medio de la poética promesa de que “él conocido por miles será” 13. Estoy profundamente agradecido por el Profeta y por su humildad ante nuestro Dios, quien lo hizo fuerte. Asimismo, me siento motivado por esta historia y por la doctrina de que el Señor nos fortalecerá a cada uno de nosotros en nuestra debilidad si también nos humillamos ante Él y ejercemos nuestra fe en Él con la firme determinación de hacer Su voluntad. ◼

Tomado del discurso: “Out of Weakness He Shall Be Made Strong”, pronun­ciado en el septuagésimo Devocional Anual Conmemorativo de José Smith en Logan, Utah, EE. UU., el 10 de febrero de 2013.

NOTAS

  1. Agradezco a mis colegas, particularmente a Richard E. Turley, hijo, y a Jed Woodworth, del Departamento de Historia de la Iglesia, por su reflexiva contribución.
  2. José Smith, en The Joseph Smith Papers, Histories, tomo I: 1832–1844, ed. Karen Lynn Davidson y otros, 2012, pág. 11.
  3. José Smith, “Carta a William W. Phelps, 27 de noviembre de 1832”, pág. 4, josephsmithpapers .org.
  4. Emma Smith, en “Last Testimony of Sister Emma”, Saints’ Herald, 1 de octubre de 1879, pág. 290; ortografía estandarizada; véase también Russell M. Nelson, “A Treasured Testament”, Ensign, julio de 1993, págs. 62–63.
  5. José Smith, en The Joseph Smith Papers, Journals, tomo I: 1832–1839, ed. Dean C. Jessee y otros, 2008, pág. 9.
  6. Sobre “Coriántumr” y la ortografía de nombres propios, véase Royal Skousen, en Book of Mormon Authorship Revisited: The Evidence for Ancient Origins, ed. Noel B. Reynolds, 1997, págs. 61–93. Valiéndose de evidencia tomada del manuscrito original, Skousen demuestra que la primera vez que los nombres propios aparecen en el texto, se escribieron correctamente. Cuando aparecen posteriormente, a veces la ortografía de los nombres no es correcta, lo que implica que José Smith escribió cada nombre la primera vez, pero confió en la memoria del escribiente de allí en adelante.
  7. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, págs. 555–556.
  8. Edward Stevenson, en las compilaciones de Hyrum L. Andrus y Helen Mae Andrus, They Knew the Prophet, 1974, pág. 87.
  9. Daniel Tyler, en “Recollections of the Prophet Joseph Smith”, Juvenile Instructor, 15 de febrero de 1892, pág. 127; véase también Enseñanzas: José Smith, págs. 133–134.
  10. William Tyndale, en S. Michael Wilcox, Fire in the Bones: William Tyndale—Martyr, Father of the English Bible, 2004, pág. 47.
  11. Vicissitudes Illustrated, in the Experience of Nancy Towle, in Europe and America, 1833, págs. 156, 157.
  12. Véase Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Brigham Young, 1997, pág. 359.
  13. “Loor al Profeta”, Himnos, nro. 15.

LA RÁPIDA ADQUISICIÓN DE CONOCIMIENTO Y MADUREZ DE JOSÉ

“Lo que más sobresale en todo el minis­terio del profeta José es su juventud, su poca educación académica y su increíble capacidad para adquirir conocimiento y madurez. Tenía catorce años cuando tuvo la Primera Visión y diecisiete en la ocasión de la primera visita del ángel Moroni; tenía veintiún años cuando recibió las planchas de oro y solo veintitrés cuando terminó la traducción del Libro de Mormón (en menos de sesenta días de trabajo). Recibió más de la mitad de las revelaciones de nuestro libro Doctrina y Convenios cuando tenía veinticinco años o menos; tenía veintiséis cuando se organizó la Primera Presidencia y treinta cuando se dedicó el Templo de Kirtland”.

Élder Dallin H. Oaks, del Cuórum de los Doce Apóstoles, “José, el hombre y el Profeta”, Liahona, julio de 1996, pág. 77.

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