Un valor inconmensurable

Conferencia General Octubre 2017

Un valor inconmensurable

Por Joy D. Jones
Presidenta General de la Primaria

Podemos disfrutar frecuentemente de los dulces susurros del Espíritu Santo que confirman la verdad de nuestro valor individual.

Mientras visitaba el país de Sierra Leona, en África Occidental, participé en una reunión que dirigía una líder de la Primaria de estaca. Mariama dirigía con tal amor, elegancia y confianza que era fácil suponer que hacía mucho tiempo que era miembro de la Iglesia. Sin embargo, Mariama era una conversa reciente.

Mariama y su hija

Su hermana menor se unió a la Iglesia e invitó a Mariama a asistir a una clase de la Iglesia con ella. El mensaje impresionó a Mariama profundamente. La lección era sobre la ley de castidad. Pidió que los misioneros le enseñaran más y al poco tiempo recibió un testimonio del profeta José Smith. Se bautizó en 2014 y su hija se bautizó el mes pasado. Imaginen, las dos enseñanzas fundamentales que condujeron a la conversión de Mariama fueron la ley de castidad y el profeta José Smith, dos temas que el mundo a menudo considera irrelevantes, anticuados o inconvenientes. Sin embargo, Mariama testificó que ella era como una polilla atraída a la luz. Ella dijo: “Cuando encontré el Evangelio, me encontré a mí misma”. Descubrió su valor mediante principios divinos. El Espíritu Santo le reveló su valor como hija de Dios.

Ahora conozcamos a las hermanas Singh, de la India. Renu, al extremo derecho, la primera de cinco hermanas que se unieron a la Iglesia, compartió los siguientes pensamientos:

Hermanas Singh

“Antes de comenzar a investigar la Iglesia, en realidad no sentía que era alguien especial. Era una entre tantas personas, y mi sociedad y mi cultura no me enseñaban que tenía ningún valor como persona.Cuando aprendí sobre el Evangelio y aprendí que era una hija de nuestro Padre Celestial, eso me cambió. De pronto me sentí muy importante; Dios en verdad me había creado y había creado mi alma y mi vida con valor y con un propósito.

“Antes de tener el Evangelio en mi vida, siempre trataba de probar a los demás que yo era especial; pero cuando aprendí la verdad, que soy una hija de Dios, no tenía nada que probar a nadie. Sabía que era especial… Nunca piensen que no son nada”.

El presidente Thomas S. Monson lo expresó perfectamente cuando citó estas palabras: “El valor de un alma es su capacidad para llegar a ser como Dios”1.

Taiana

Hace poco tuve la bendición de conocer a otra jovencita que comprende la misma verdad. Se llama Taiana. La conocí en el Hospital de Niños de la Primaria, en Salt Lake City. Estaba en la secundaria, en el grado once, cuando la diagnosticaron con cáncer. Luchó una valiente batalla durante 18 meses antes de fallecer hace unas pocas semanas. Taiana estaba llena de luz y amor. Era conocida por su contagiosa sonrisa y por levantar ambos pulgares, algo característico en ella. Cuando otras personas preguntaba: “¿Por qué tú, Taiana?”, su respuesta era: “¿Por qué no yo?”. Taiana procuraba llegar a ser como su Salvador, a quien amaba profundamente. Durante nuestras visitas, aprendí que Taiana comprendía su valor divino. Saber que era una hija de Dios le daba la paz y el valor de enfrentarse a su abrumadora prueba en la manera positiva en la que lo hizo.

Mariama, Renu y Taiana nos enseñan que el Espíritu nos confirmará de manera personal a cada uno de nosotros nuestro valor divino. Saber verdaderamente que son hijas de Dios influenciará cada aspecto de su vida y las guiará en el servicio que ofrezcan cada día. El presidente Spencer W. Kimball lo explicó con estas gloriosas palabras:

“Dios es su Padre y las ama. Tanto Él como su Madre Celestial las valoran más allá de toda medida… Ustedes son muy especiales; son únicas en su tipo, hechas de una inteligencia eterna que les da la total posibilidad de alcanzar la vida eterna.

“No deben tener ninguna duda acerca de su valor individual. La intención primordial del plan del Evangelio es la de proveer a cada una de ustedes la oportunidad de alcanzar sus más altos potenciales, los cuales significan el progreso eterno y la posibilidad de alcanzar la divinidad”2.

Permítanme que hable de dos palabras críticas: valor y dignidad. Elvalor espiritual significa valorarnos a nosotros mismos de la misma manera en la que el Padre Celestial nos valora, no como el mundo lo hace. Nuestro valor se decidió antes de que llegáramos a esta tierra. “El amor de Dios es infinito y perdurará para siempre”3.

Por otro lado, la dignidad se alcanza mediante la obediencia. Si pecamos, seremos menos dignos, ¡pero nunca tendremos menos valor! Seguimos arrepintiéndonos y procurando ser como Jesús sin que se altere nuestro valor. Como enseñó el presidente Brigham Young: “El menor, el espíritu más inferior que está ahora mismo sobre la tierra… vale mundos”4. No importa lo que ocurra, siempre tendremos valor en la vista de nuestro Padre Celestial.

A pesar de esta maravillosa verdad, ¿cuántas de nosotras luchamos de vez en cuando con pensamientos o sentimientos negativos sobre nosotras mismos?Yo lo hago. Es una trampa fácil; Satanás es el padre de todas las mentiras, especialmente cuando se trata de malinterpretar nuestra naturaleza y propósito divinos. Pensar de nosotros mismos que somos “poca cosa” no nos hace ningún bien,sino que nos detiene.Como se nos ha enseñado a menudo: “Nadie te puede hacer sentir inferior sin tu consentimiento”5. Podemos dejar de comparar nuestras peores características con las mejores de otra persona. “La comparación es el ladrón de la alegría”6.

Como contraste, el Señor nos asegura que cuando tenemos pensamientos virtuosos, Él nos bendecirá con confianza, incluso con la confianza de saber quiénes somos en verdad. Nunca ha existido un momento más crucial para prestar oído a Sus palabras:“Deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente”, dijo Él, “entonces tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios… El Espíritu Santo será tu compañero constante”7.

El Señor reveló la siguiente verdad adicional al profeta José Smith: “Aquel que de Dios reciba, acredíteselo a Dios, y regocíjese de que Dios lo considere digno de recibir”8. Cuando sentimos el Espíritu, como lo explican estos versículos, reconocemos que lo que sentimos viene de nuestro Padre Celestial. Lo reconocemos y lo alabamos por bendecirnos. Entonces nos regocijamos porque se nos ha considerado dignos de recibir.

Imagínense que están leyendo las Escrituras una mañana y el Espíritu les susurra que lo que están leyendo es verdad. ¿Pueden reconocer el Espíritu y sentirse felices porque sintieron Su amor y fueron dignas de recibir?

Madres, puede que se estén arrodillando junto a su hijito de cuatro años mientras ofrece su oración para irse a dormir. Un sentimiento las invade mientras lo escuchan; sienten calidez y paz. El sentimiento es breve, pero reconocen que, en ese momento, se les ha considerado dignas de recibir. Puede que muy de vez en cuando, si ocurre, recibamos grandes manifestaciones espirituales en nuestra vida; pero podemos disfrutar frecuentemente de los dulces susurros del Espíritu Santo que confirman la verdad de nuestro valor individual.

El Señor explicó la relación entre nuestro valor y Su gran sacrificio expiatorio cuando dijo:

“Recordad que el valor de las almas es grande a la vista de Dios;

“porque he aquí, el Señor vuestro Redentor padeció la muerte en la carne; por tanto, sufrió el dolor de todos los hombres, a fin de que todo hombre pudiese arrepentirse y venir a él”9.

Hermanas, gracias a lo que Él hizo por nosotros, estamos unidos a Él “con lazos de amor”10. Él dijo: “Y mi Padre me envió para que fuese levantado sobre la cruz; y que después de ser levantado sobre la cruz, pudiese atraer a mí mismo a todos los hombres”11.

El rey Benjamín también explicó esta conexión que nos une al Salvador: “Y he aquí, sufrirá tentaciones, y dolor en el cuerpo, hambre, sed y fatiga, aún más de lo que el hombre puede sufrir sin morir; pues he aquí, la sangre le brotará de cada poro, tan grande será su angustia por la iniquidad y abominaciones de su pueblo”12. Ese sufrimiento y los resultados de ese sufrimiento llenan nuestro corazón de amor y gratitud. El élder Paul E. Koelliker enseñó: “Cuando quitamos las distracciones que nos atraen hacia el mundo y ejercemos nuestro albedrío para buscarlo a Él, abrimos nuestro corazón a una fuerza celestial que nos lleva hacia Él”13. Si el amor que sentimos por el Salvador y lo que Él hizo por nosotros es mayor que la energía que dedicamos a las debilidades, la baja autoestima, o los malos hábitos, entonces Él nos ayudará a superar las cosas que causan sufrimiento en nuestra vida. Nos salva de nosotros mismos.

Permítanme que lo resalte: si la atracción al mundo es más fuerte que la fe y la fortaleza que tenemos en el Salvador, entonces la atracción al mundo ganará constantemente. Si escogemos enfocarnos en nuestros pensamientos negativos y dudar de nuestro valor en lugar de aferrarnos al Salvador, resultará más difícil sentir las impresiones del Espíritu Santo.

Hermanas, ¡no nos confundamos acerca de quiénes somos! Aunque a menudo es más fácil ser pasivas espiritualmente que hacer el esfuerzo espiritual de recordar y atesorar nuestra identidad celestial, no podemos permitirnos esa indulgencia en los últimos días. Que como hermanas, seamos “… [fieles] en Cristo… y que Él [nos] anime, y sus padecimientos y muerte… y su misericordia y longanimidad, y la esperanza de su gloria y de la vida eterna, reposen en [nuestra] mente para siempre”14. Al elevarnos el Señor a terrenos más altos, podemos ver más claramente no solo quiénes somos, sino que estamos más cerca de Él de lo que jamás hayamos imaginado. En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Thomas S. Monson, “Nuestra sagrada responsabilidad del sacerdocio”, Liahona, mayo de 2006.
  2. Spencer W. Kimball, “Privilegios y responsabilidades de la mujer de la Iglesia”, Liahona, febrero de 1979, págs. 146–147.
  3. D. Todd Christofferson, “Permaneced en mi amor”, Liahona, noviembre de 2016.
  4. Brigham Young, “Remarks”, Deseret News, 6 de marzo de 1861, pág. 2.
  5. Se atribuye a Eleanor Roosevelt.
  6. Se atribuye a Theodore Roosevelt.
  7. Doctrina y Convenios 121:45, 46.
  8. Doctrina y Convenios 50:34.
  9. Doctrina y Convenios 18:10–11.
  10. “Our Savior’s Love”, Himnos, nro. 57.
  11. 3 Nephi 27:14.
  12. Mosíah 3:7.
  13. Paul E. Koelliker, “Él en verdad nos amó”, Liahona, mayo de 2012.
  14. Moroni 9:25.
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