“¿Quién subirá al monte de Jehová?”

Liahona Agosto 2001

“¿Quién subirá al monte de Jehová?”

por el presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Al percibir y ver la belleza impresionante del templo, visualizamos y con­servamos en el recuerdo las infinitas bendiciones que recibirán muchas per­sonas gracias a él.

En el Salmo 24 se halla la pregunta: “¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo?” (Salmos 24:3).

Al pensar en el mandamiento de permanecer en lugares sagrados, debemos recordar que, con excepción del templo, los lugares más sagrados y santos de todo el mundo deben ser nuestros propios hogares.

Creo que encontramos la belleza y santidad de “su lugar santo” al entrar en los magníficos templos de Dios. Bajo la profética inspiración del presidente Gordon B. Hinckley, estamos viviendo la época más grandiosa de la edificación de templos. Casi cada semana del año pasado se dedicó un nuevo templo, y en un mes se dedicaron hasta siete. Nunca antes en nin­guna época, la edificación de templos se había llevado a cabo en tan gran­de escala. Los fieles Santos que pagan sus diezmos y ofrendas lo han hecho posible, y cada uno de ellos recibirá bendiciones eternas por su fidelidad. Asimismo, los que participan de las bendiciones del templo también serán eternamente bendecidos.

Cada templo es una inspiración, es magnífico y bello en todos los aspec­tos, pero el edificio en sí no bendice. Las bendiciones de la investidura y demás ordenanzas divinas —que abarcan aquello que no es de este mundo, como las llaves del sacerdocio— se reciben mediante la obediencia y la fidelidad a la autoridad del sacerdocio y a los con­venios realizados.

Al percibir y ver la belleza impresionante del templo, visualizamos y conservamos en el recuerdo las infinitas bendiciones que recibirán muchas personas gracias a él. No obstante, debemos recordar que hay líderes y santos fieles en partes del mundo que todavía carecen de un santuario donde recibir las ordenanzas santificadoras y purificadoras del templo. Éstos son presidentes de esta­ca, patriarcas, miembros de sumos consejos, obispados y otros líderes del sacerdocio, así como una multitud de santos fieles, aún sin investir y que por encima de todo desean sellarse a sus amados padres, cónyuges e hijos. Tenemos la bendición y la responsabilidad de ayudarles a recibir las bendiciones del templo. Los futuros templos serán en cierta forma una santificación de nuestra de­voción y esfuerzos en la edificación del reino de Dios en nuestros días.

En medio de la magnificencia y el esplendor de los templos modernos, haríamos bien en detenernos un mo­mento y reflexionar en aquellos trabajadores sin camisa ni calzado que construyeron los templos de Nauvoo y de Kirtland. Cada templo que se erige hoy día es una reivin­dicación de José y de Hyrum Smith, y el triunfo de ellos y de todas las personas que sufrieron la desolación, las pa­lizas y los asesinatos de manos de los crueles tiranos de los populachos que forzaron a los primeros miembros de la Iglesia a ir hacia el oeste.

Salió triunfante el pequeño Sardius Smith, un niño de nueve años que en la masacre de Haun’s Mill, el 30 de oc­tubre de 1838, se deslizó bajo los fuelles de la herrería en busca de refugio, y que al ser descubierto fue muerto a ba­lazos. Triunfó el obispo Edward Partridge (1793-1840), quien fue sacado de su casa y arrastrado a la plaza del pue­blo por hombres brutales y desalmados que derramaron brea caliente sobre su cuerpo y la cubrieron de plumas.

En los templos del Señor aprendemos obediencia y sacrificio; hacemos votos de castidad y de consagración de nuestra vida para propósitos sagrados; es posible limpiarnos y purificarnos, y que nuestros pecados sean lavados a fin de poder ir al Señor tan limpios, blancos y sin mancha como la nieve recién caída.

“¿Quién subirá al monte de Jehová?” Podemos vi­sualizar las casi innumerables multitudes de elegidos, devotos y creyentes que vendrán al sacro santuario de Dios a procurar sus bendiciones. Al entrar en sus san­tos salones, Nefi nos recordará que “el guardián de la puerta es el Santo de Israel; y allí él no emplea ningún sirviente, y no hay otra entrada sino por la puerta; por­que él no puede ser engañado, pues su nombre es el Señor Dios” (2 Nefi 9:41).

A medida que los Santos vayan a los sacrosantos salo­nes de lavamiento y unción y sean lavados, serán limpios espiritualmente; y, al ser ungidos, serán renovados y re­generados en alma y espíritu.

Podemos visualizar las incontables parejas jóvenes y bellas que vendrán a unirse en matrimonio. Vemos cla­ramente el gozo indescriptible en sus rostros cuando se sellan entre sí y les es sellada, mediante su fidelidad, la bendición de la sagrada Resurrección, con el poder para levantarse en la mañana de la Primera Resurrección revestidos de gloria, inmortalidad y vida eterna. Podemos ver las innumerables familias rodean­do el altar, todos vestidos de blanco, con sus cabezas reclinadas y sus manos entrelazadas durante el sella- miento, como si hubiesen nacido en el nuevo y sempi­terno convenio. Podemos ver el ejército de jóvenes angelicales, con la alegría y la avidez de la juventud, asistiendo a la casa del Señor con asombro y admira­ción para bautizarse por los muertos.

Podemos visualizar las innumerables huestes celestia­les de aquellos cuya odisea eterna quedó suspendida y que están a la espera de que se haga la obra vicaria por ellos, incluyendo la purificación del bautismo, las santas bendiciones de la investidura y la exaltadora bienaven­turanza de los sellamientos. Podemos ver familias bai­lando, clamando y sollozando de gozo al reunirse en la vida venidera.

Estamos agradecidos por la existencia del poder sellador que ata en el cielo lo que se ha atado en la tierra, y expresamos gratitud y veneración a nuestro grandioso y humilde profeta, quien posee todas esas llaves.

“¿Quién estará en su lugar santo?” Ruego que haya una mano de socorro para aquellos que han flaqueado en la fe o que han transgredido, para traerlos de regreso. Después de arrepentirse por completo, tendrán una ne­cesidad especial de la parte redentora de la investidura. Deseo que puedan saber que sus pecados no serán recor­dados ya más.

Al pensar en el mandamiento de permanecer en lu­gares sagrados, debemos recordar que, con excepción del templo, los lugares más sagrados y santos de todo el mundo deben ser nuestros propios hogares, los cuales deben estar consagrados y dedicados únicamen­te a propósitos santos. En nuestros hogares debe en­contrarse toda la seguridad, el amor fortalecedor y la compresión amable que necesitamos de forma tan desesperada.

“¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo?

“El limpio de manos y puro de corazón; el que no ha ele­vado su alma a cosas vanas, ni jurado con engaño” (Salmos 24:3-4). Pues “la santidad conviene a tu casa, oh Jehová, por los siglos y para siempre” (Salmos 93:5). □

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